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30 DE OCTUBRE DE 1647

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239 [161,XIII,646-659] CONSEJO DEL 30 DE OCTUBRE DE 1647 Hijas mías, se trata de poner orden en algunas cosas necesarias que la señorita Le Gras ha advertido en la compañía, en las que, si se puede poner algún remedio, más vale hacerlo ahora que más tarde.

Las cosas no han progresado todavía mucho.

La señorita Le Gras sigue con vida.

Lo que se haga actualmente quedará para siempre; si dejamos que las cosas sigan envejeciendo, cuando dentro de algún tiempo se les quiera remediar, de aquí a treinta años, a cuarenta años, a cincuenta años, si la compañía dura hasta entonces, ya no será posible hacerlo; se dirá: «Esto es lo que se hacía desde el principio y continuó del mismo modo; vivía entonces el Padre Vicente y también la señorita Le Gras; y ellos aprobaron que se hicieran así las cosas».

Por eso, hijas mías, si hay algo que hacer para la perfección de la compañía, es menester hacerlo, y cuanto antes.

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La señorita Le Gras consultó si sería conveniente que nuestras hermanas de la ciudad y de las aldeas que llevan la escuela, recibiesen a los niños y a las niñas, y en el caso de que recibiesen a los niños, hasta qué edad los tendrían.

Hay muchas razones para ello.

En primer lugar, se puede hacer mucho bien enseñando los principios de la piedad a unos niños que, sin ellos, se quedarían quizás sin instrucción.

En segundo lugar, parece que hay necesidad de hacerlo así, ya que en la mayor parte de los sitios no hay maestros de escuela.

En tercer lugar, lo están deseando los padres y las madres y, al parecer, tienen grandes razones para ello, ya que sería de desear que sus hijos tuvieran al menos tanta instrucción como sus hijas; por ese motivo, urgen a nuestras hermanas para que los reciban en la mayor parte de los lugares en que están.

En cuarto lugar, parece que no hay ningún inconveniente que temer por parte de la maestra; no puede haber para ella ningún motivo de tentación por parte de los niños, ya que son muy pequeños.

Parece, pues, que no hay ningún peligro en ello.

He ________ Documento 239.

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Archivo de las Hijas de la Caridad.

Original escrito por sor Hellot. 777

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aquí cuatro razones por las que parece conveniente que se reciban a los niños en la escuela.

En contra de ello tenemos unas normas del rey que lo prohíben, y otra prohibición del señor arzobispo.

Otra razón es aquella que ha motivado estas prohibiciones: el diablo se mezcla por todas partes y hemos visto que ocurrían casos tan extraños que parece necesario evitar de antemano toda ocasión.

Hace algún tiempo que en una aldea cerca de aquí algunas niñas iban a la escuela a casa de un maestro; era un sacerdote de más de sesenta años de edad, que fue tan desventurado que las violentó y abusó de ellas.

Lo condenaron a la hoguera.

Lo ejecutaron y lo quemaron.

Pues bien, aunque no sé que haya sucedido nunca nada semejante con unas hermanas, nunca se sabe lo que el demonio podría hacer.

Algo por el estilo le ocurrió también a un maestro de escuela que tenía algunas pequeñas alumnas.

Y lo que vemos que les pasa a los demás, hemos de temerlo en nosotros.

En tercer lugar, suponiendo que se recibiera a los niños, no seria posible tenerlos mucho tiempo y sería una gran pena cuando hubiera que despedirlos.

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En cuarto lugar está la obligación de no admitirlos, según las leyes y las prohibiciones que han hecho el rey y los prelados, que parecen significarnos la voluntad de Dios; efectivamente, debemos creer que está la voluntad divina en todo lo que nos ordenan.

El peor mal de todos sería que nuestras hermanas los admitiesen, teniendo que ser ellas las primeras en ejecutar las órdenes.

Así pues, he aquí cuatro razones por las que parece que no se debe admitir a los niños, en contra de las cuales hay otras cuatro razones: la primera, que así podría hacerse algún bien, y es una pena; la segunda, que parece incluso que hay necesidad de hacerlo, ya que no hay allí maestro de escuela; la tercera, que los padres lo están deseando; la cuarta, que parece que no hay ningún peligro que temer por parte de la maestra ni de los niños.

Yo añadiría además una quinta razón, que es que ya lo estáis haciendo con los niños expósitos.

Tenéis allí niños y niñas, de forma que sería lo mismo si, en las aldeas en donde las hermanas tienen escuela, también los admitieran.

¿Qué le parece a usted, hermana? 778

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La hermana fue de la opinión que, mientras fueran todavía con bata, se les podría recibir, ya que parece que se trata de algo necesario y no hay que temer nada.

Otra fue de la opinión que no había que admitirlos de ninguna manera, por las razones alegadas para ello.

La señorita presentó algunas dificultades, por las cuales ella misma había hecho algunas veces que los admitieran, que son que a veces una niña no puede venir a la escuela si no trae a su hermanito con ella, ya que la madre no está en casa para cuidar de él.

El Padre Lamberto, asistente de nuestro venerado Padre, fue de la opinión de que, en esos casos de necesidad, podrían acudir los niños, pero que, una vez que hubieran aprendido a rezar, se marcharan sin que las hermanas les enseñaran a leer.

Nuestro venerado Padre, habiendo recogido todas las opiniones, expuso la suya: Yo creo que será conveniente que nos atengamos a las órdenes que se han dado y que no se admita a ningún niño.

El rey lo ha determinado así tras maduro consejo.

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Los prelados son personas guiadas por Dios, que lo han decidido así tras madura deliberación; y lo han hecho por unas razones que nos deben obligar.

Hacer lo contrario sería exponer al peligro a una hermana.

Y aunque parezca que no se trata de un peligro manifiesto, no podemos impedir los pensamientos que le podrían venir, con los que podría mezclarse el diablo y podrían acaecer graves desórdenes.

En segundo lugar, si recibieseis a los niños, no los podríais admitir hasta los seis o siete años; y no sería conveniente guardarlos después de cumplir ocho años.

Incluso ésa serla una edad demasiado avanzada.

Despedirlos después de haber estado un año en la escuela, en el momento en que empiezan a aprender alguna cosa, resultaría muy lamentable.

Para los padres, sacar entonces a sus hijos de la escuela, seria algo así como sacarles una muela.

En tercer lugar, se originarían continuamente discusiones.

Las hermanas tendrían que andar con explicaciones con los padres de los niños despedidos, con los padres de los niños que no quisieran recibir, y siempre así con unos y con otros; siempre tendrían que dejar a alguno descontento. 779

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En cuarto lugar, aunque solamente recibiesen a los más pequeños, en los lugares más alejados podrían tomarse algunas personas la libertad de tomar otros mayores y quizás causarían escándalo a la compañía.

Por todas estas razones, hijas mías, será conveniente que no se admita a ningún niño.

Hay dos o tres que somos de esta opinión.

Hemos de quedar en esto.

La segunda cosa que propuso la señorita fue saber si se podrían recibir pensionistas en la casa de París o en las aldeas.

Resulta que esto podría hacer mucho bien, tanto respecto a las jóvenes que se recibieran como a la casa.

Respecto a las jóvenes, porque se las inculcarían las buenas costumbres, se les daría oportunamente la debida educación en los principios virtuosos y podrían romper en su juventud muchas inclinaciones viciosas que con el tiempo las echarían a perder, si no se desarraigaban cuidadosamente.

Respecto a la casa, porque quizás, al haberse educado entre nosotras, a algunas podrían entrarles ganas de quedarse aquí.

Se ve con frecuencia que muchas de las jóvenes pensionistas de las casas religiosas sienten luego vocación de ser religiosas.

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¿Quién sabe los designios de Dios?

Otra razón es que nos urgen mucho para que las tengamos; lo desean sus padres y sería muy costoso rechazarlas en algunos lugares, sobre todo de las aldeas en donde están las hermanas.

Otra razón es que no se ve ningún inconveniente en admitirlas, con tal que ellas tengan un sitio para dormir aparte, pues no hay que permitir de ningún modo que duerman juntas.

Probablemente esto proporcionaría algunos pequeños ingresos a la casa.

Podrían pagar una pensión conveniente.

Y los niños no hacen mucho gasto.

Parece, por tanto, que podría ser esto conveniente de muchas maneras y que no habría ningún inconveniente.

En contra de ellos tenéis que considerar que para las hermanas, que ya tienen unos enfermos que servir y unas escuelas que dirigir, puede ser una nueva preocupación tener todavía unas pensionistas que gobernar.

Les deben a los pobres todo el tiempo de que disponen, y recibir pensionistas es obrar en cierto modo en contra de lo que deben. 780

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En segundo lugar hay que considerar los trastornos que esto origina, ya que hay que dedicarse a ello con mucho cuidado.

Esto es, según creo, lo que puede impedir tener pensionistas.

En contra de ello habéis de considerar el bien que podría hacerse, las ventajas que esta casa podría obtener de ello, el deseo de los padres y las pocas molestias que esto causaría.

¿Qué le parece, hermana?

Las hermanas fueron del parecer que, por los trastornos que esto causaría y por las ocasiones que se presentarían a las hermanas para romper sus reglas o relajarse en ellas, era más oportuno rehusarlas que admitirlas, aparte de que no se creía que se sacara mucho provecho.

La señorita opinó que, en la casa de París y en todas las parroquias, era imposible recibir a nadie; pero que en las aldeas parecía casi necesario, dado que la mayor parte de las damas que hacen las fundaciones o contribuyen a ellas lo proponen y lo desean, siendo incluso ellas las que se las envían a nuestras hermanas.

En cuanto al trastorno, como nuestras hermanas de las aldeas no están tan ocupadas como en los demás sitios, esto no causaría muchas molestias.

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En cuanto a la ocasión para romper las reglas, las que se muestran muy aficionadas a practicarlas no se dejarían relajar por eso, mientras que las poco cumplidoras no dejarían de relajarse sin eso.

Ya hay algunas pensionistas, que nos han enviado las mismas damas y que ellas se encargan de mantener; sería muy difícil despedirlas, ya que eso podría ofenderlas y hacer que lo dejaran todo.

Por todas estas consideraciones, ella creía que era conveniente admitir algunas pensionistas en ciertos lugares.

El Padre Lamberto, asistente del Padre Vicente, expuso la opinión de que, a pesar de las razones alegadas, no había que recibirlas, dado que a veces las hermanas no congenian entre sí y no se muestran muy unánimes, y si esas jóvenes observan esas diferencias entre ellas podrían perjudicar a la reputación de la casa; además, como las hermanas tienen poco tiempo para hacer sus ejercicios, frecuentemente, en vez de hacer la oración, tendrían que cuidarse de las pensionistas; no tendrían mucha libertad para sus cosas; todo lo que dijesen e hiciesen 781

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sería visto por ellas, ya que no habría sitio para ponerlas aparte.

Nuestro venerado Padre, tomando la palabra, dijo: — Yo soy de esta misma opinión, hijas mías; no hay que admitir pensionistas de ningún modo.

En primer lugar, en cuanto al bien que puede hacerse dándoles buena educación, no hay por qué considerarlo, puesto que si eso es motivo para que una hermana falte a su regla, es un mal mayor.

El pensar que esto podría traer vocaciones a la compañia, es muy problemático.

Yo nunca he visto que las personas que han estado viviendo como pensionistas en casas religiosas hayan entrado allí; ordinariamente son personas holgazanas, de pocos ánimos, y las religiosas no las quieren.

El señor obispo de Ginebra 1 les permitió a las religiosas de la Visitación que las tuvieran, pero nunca tienen que ser más de seis.

Si él hubiera creído que esto iba a hacer mucho bien, seguramente no las hubiera restringido a este pequeño número.

Además, si son jóvenes de casas pudientes que pagan una pensión adecuada, habrá que tratarlas de manera distinta que a vosotras.

Entonces resultará molesto tener que hacer dos comidas distintas.

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Si las hermanas, para evitar la molestia de tener que poner dos pucheros al fuego, y puesto que son solamente dos, quieren acomodarse a sus pensionistas, se apartarán de la frugalidad de su casa, que es el alma y la vida de las hijas de la Caridad.

Sí, hijas mías, la frugalidad es el alma de vuestro instituto.

Por ella es por lo que subsistís; y mientras reine entre vosotras, seguiréis subsistiendo.

Pero apenas empecéis a relajaros, cuando ya no os contentéis con el potaje, con el pan y con el queso, ¡adiós las hijas de la Caridad!; ya no habrá más que hablar.

Así pues, por esta razón, es muy conveniente y hasta necesario que no se admitan, ni en las aldeas ni en París.

Tras pedirle permiso para hablar, la señorita indicó que, de cualquier condición que fuesen, siempre se les advertía a las pensionistas, antes de ingresar, que se les daría de comer lo mismo que a las hermanas. ________ 1.

San Francisco de Sales. 782

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— No importa, señorita, dijo nuestro venerado Padre; pues están también las otras razones que se han alegado, y que son de mucho peso, a saber, la dificultad que podrían experimentar las hermanas de convivir juntas.

Si una de las pensionistas se entera de alguna cosa, se lo dirá a todo el mundo.

Luego, si una hermana ha ido lejos a llevar las medicinas, al volver cansada, en vez de pensar en que tiene que hacer el examen, tendrá que preocuparse de las pensionistas, y todo el tiempo que podría tener para dedicarse a Dios, tendrá que emplearlo.en esto.

Quizás podría decirse que, como son dos, la que enseña a las niñas podrá muy bien atender de este mismo modo a las pensionistas.

Pero no es eso todo.

Hay que lavar la ropa, vestirlas, limpiarlas; hay que vigilar sus costumbres.

Si las hermanas tienen que atender a varios enfermos y las dos tienen que salir de casa, las pensionistas estarán en peligro y puede suceder cualquier cosa.

Hay ya otras personas que las pueden recibir sin correr ningún riesgo, ya que se entregan totalmente a ese menester.

Hay que atenerse, por tanto, a la norma de no recibirlos en ningún sitio.

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En cuanto a los sitios en que hay ahora algunas, que se queden, por no disgustar demasiado a las damas; pero no podrán recibir ninguna más.

La señorita Le Gras propuso que, por el bien de la compañía y el progreso de nuestras hermanas, dado que en las conferencias ordinarias no se acusan a veces de todo, o no dicen sus faltas de la manera como habría que decirlas, o no dicen a veces más que alguna parte, callándose con frecuencia lo que sería más necesario decir, propuso, digo, que quizás fuera conveniente que una hermana de las que tienen algún cargo, cuando alguna dejara de acusarse de algo, le dijera: «Hermana, en espíritu de caridad le recuerdo que cometió usted esta falta en tal ocasión, que se ha olvidado decir».

Me parece que se hace así en muchas casas bien ordenadas y que es muy útil.

¿Qué le parece hermana?

¿Cree usted que es conveniente hacerlo en la compañía?

Las hermanas estuvieron de acuerdo en que sería muy conveniente.

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Y la señorita, cuando le preguntaron, dijo que ella creía que era una práctica necesaria, pues se daba cuenta de que poco a poco las hermanas se iban relajando en esto y no decían las faltas más considerables, y veían mal que se les 783

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amonestase; al menos, cuando hubiese alguna norma para eso tendrían que tolerarlo y que ella esperaba que así se corregirían con mas interés.

Nuestro venerado Padre quiso informarse de cómo lo hacíamos en nuestras conferencias ordinarias; la señorita se lo expuso brevemente y a continuación dijo: — De ese modo la acusación es más libre; pero, como propone la señorita, cuando alguna se olvide de decir algo, la encargada, o la misma señorita, se lo recordará.

Preguntado por lo que pensaba, el Padre Lamberto refirió que entre los jesuitas se practicaba esto en la lectura del comedor y que el superior le entregaba al lector la nota de las faltas que había observado, y el lector la leía en alta voz; ellos no tienen ninguna otra forma de amonestarse, pero obtenían así tan buenos frutos que se notaba el progreso que hacían en la virtud.

El creía que esa práctica que ellos observaban necesariamente tenía que ser provechosa y, por tanto, que sería muy conveniente admitirla en la compañia.

Después del parecer del Padre Lamberto, el Padre Vicente continuó: — Así pues, están todos de acuerdo en que seria conveniente hacerlo.

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¡Bendito sea Dios!

También a mí me lo parece.

¿Ha hablado usted ya de esto con las hermanas?

¿Saben ya ellas que está usted pensando hacer esto?.

La señorita le dijo que, antes de haberlo consultado con su caridad, ya se lo había propuesto a las hermanas en una conferencia y les había dado algún tiempo para que lo encomendasen a Dios y pensasen en ello; después, en otra conferencia, les había preguntado qué pensaban y todas las que fueron interrogadas, que eran la mayor parte, dijeron que así lo deseaban.

— Eso está muy bien.

Nos queda por ver ahora cómo tendrán que hacerlo.

En primer lugar se necesitará que haya una hermana, de las que están fijas en la casa, encargadas de exponerle los defectos que haya advertido, para que usted haga una memoria de ellos y lo lea usted misma en la conferencia la primera vez.

Luego podrá hacerlo la hermana que la represente.

Es menester que se les haga al principio amonestación a las hermanas que más se distinguen, a las que son como 784

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los pilares de la casa; conviene que ellas sean las primeras en ser amonestadas.

Entonces la señorita le dijo que creía que deberían hacerlo a ella misma.

— No es necesario; será mejor, como digo, que se lo hagan a las más distinguidas de la casa, a las más ocupadas.

La señorita le preguntó si no creía acaso que esto ocasionaría algunas pequeñas humillaciones.

— Sí, desde luego; es justo que, después de reconocer que han faltado, hagan alguna pequeña penitencia.

Ya le daremos una nota de lo que pueda ser más conveniente.

Todavía nos queda por consultar sobre el despido de una hermana de Le Mans y de otra de Normandía.

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Entonces la señorita propuso las razones que había para despedir primero a la de Le Mans; por ciertas cosas que habían ocurrido en una parroquia en donde ella había estado, pidió ella misma salirse; le dijeron por entonces que se quedara para ver si se podían arreglar las cosas; ella efectivamente se mostraba dispuesta a continuar actualmente, pero su carácter era melancólico, apenas sentía algún disgusto, dejaba de comer, de hablar con las demás y se ponía enferma; ya hacía más de dos meses que estaba así, aunque sin tener fiebre, sino solamente una gran tristeza y melancolía.

Además, parecía que estaba mal del pulmón.

Se decidió despedirla.

En cuanto a la de Normandía, era una buena muchacha, que había demostrado muchos deseos de entrar en la compañía antes de entrar en ella; era de un carácter muy apacible, pero sumamente lenta y pesada, de poca salud, estaba enferma desde los ejercicios espirituales, y también lo había estado poco antes de ingresar en la compañía.

Sobre este punto dijo el Padre Vicente: En las casas bien ordenadas se mira mucho la salud y la fuerza de las jóvenes.

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Hay muchas congregaciones religiosas en donde se les hace un examen médico total.

Pues bien, si se atiende tanto a este punto en las casas religiosas, en esta compañía en la que hay que trabajar mucho más es preciso no recibir a ninguna que pueda ser una carga para la casa.

Pero, aunque no tengan muchas fuerzas, si tienen algún talento que 785

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las haga útiles, quizás puedan llevar la escuela y hacer otros servicios.

¿Sabe leer esta joven?

Resultando que lo poco que sabía no daba motivos para esperar que pudiera hacer algún servicio durante bastante tiempo, especialmente por culpa de su lentitud, se decidió su despido.

La señorita, aprovechando la ocasión de que estaba presente el Padre Lamberto, propuso una tercera cuestión sobre otra hermana que llevaba cuatro años o más en la compañía y que había estado siempre enferma, sin que acabara de verse en qué consistía su enfermedad; además, no había demostrado nunca mucho amor a su vocación, pues siempre se juntaba a las descontentas, no parecía interesada ni cuidadosa de la observancia de las reglas, sino que se mostraba egoísta y preocupada sólo de sí misma y de su salud, de tal forma que podía juzgarse que, si hubiera encontrado en otro sitio mejor acomodo, se habría marchado ya.

Si se la dejaba más tiempo entre las hermanas, había motivos para temer que diese mal ejemplo a las demás, por no hacer absolutamente nada.

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Se alegó en contra el tiempo que llevaba ya en la casa, que tenía conocimientos y podía servir, y que su salida podría hacer pensar a algunos que se despedía a las hermanas cuando se ponían enfermas, poniendo a ésta como ejemplo.

A ello respondió nuestro Padre: — Apenas veáis a una persona que se porta negligentemente, que persevera en su conducta sin corregirse, no hay nada que esperar de ella.

Es menester que los enfermos que atienden las comunidades sean ejemplos de regularidad, de virtud, de modestia y que sea la consideración del afecto que tienen a su vocación y su fidelidad lo que haga que se les atienda.

Si no, todo se echa a perder.

Pues si esas personas no hacen nada y por otra parte tienen mal carácter, eso causa peor impresión en los espíritus débiles que la buena impresión que podrían hacerles otras muchas que fuesen como es debido, ya que el espíritu siente inclinación al mal y se coloca más bien al lado de esas personas, si uno no está bien asentado en la virtud, que no al lado de las demás que se esfuerzan y trabajan.

Por tanto, yo creo que es necesario despedir a esa hermana.

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Pero, como ya hace tiempo que está en la casa y no parece claro que quiera 786

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marcharse, será conveniente proponérselo y procurar, haciéndole ver sus enfermedades, que le entren ganas de marcharse, indicándole que cuando esté en otra parte y tenga menos trabajo, quizás se ponga mejor; de todos modos, hay que deshacerse de ella.

Y esto es lo que se decidió hacer.

Vamos a ver ahora si hay que nombrar una hermana para que dirija a las recién venidas.

Me parece que ya hemos hablado de esto en otra ocasión.

Es algo de mucha importancia para el bien de la compañía; y es lo que siempre se ha practicado.

Antiguamente lo hacíamos así en varias casas, y especialmente en el hospital: se le ponía a la recién venida junto a una antigua para que la educase y la cuidase; pero resultó que las sobrinas se apegaban tanto a sus tías (ése era el nombre que les daban) que fácilmente surgían partidismos que causaban desorden en las casas.

De modo que se creyó que sería más oportuno poner una maestra que se cuidara de las novicias; entonces se las puso a todas juntas y se formó el noviciado.

Si hay alguna cosa necesaria para que progrese la compañia, es ésta.

Señorita, ¿en quién se ha fijado usted para ello?

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La señorita le recordó que ya se había tomado la decisión de nombrar a sor Juliana Loret.

Y él prosiguió: — ¡Hermana mía!

¿qué es lo que han hecho con usted?

¡Es el primer cargo después de la superiora y el más importante!

Se trata de formar a unas jóvenes para que puedan servir a Dios en la compañía, hacer que arraiguen en la virtud, enseñarles la sumisión, la mortificación, la humildad, la práctica de sus reglas y de todas las virtudes.

Bien; ya le daremos algunas normas por escrito para que sepa gobernarse; porque será necesario que les haga hacer algunos ejercicios en particular y que, si es posible, tenga usted un lugar aparte donde ponerlas.

Se le indicó entonces que no podíamos darles un lugar separado para que durmiesen y que, por lo que se refiere a la meditación y a las preces, sería difícil que pudieran hacerlas en un lugar distinto, dado que la hermana a la que habían elegido como directora de ellas hacía las preces con la comunidad.

Le pareció bien todo esto a nuestro venerable Padre, con tal que pudieran disponer de alguna hora durante el día para reunirse 787

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VINCENTIUS es una herramienta de consulta. Para trabajos académicos recomendamos verificar siempre la referencia en la edición original indicada.

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