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25 DE JUNIO DE 1656

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Cuando aquel gran santo preveía que habrían de olvidarse unas reglas tan hermosas, tantos actos de humildad y de las demás virtudes, se llenaba de aflicción.

Y deseando encontrar el medio de afianzar a su orden y a sus religiosos en la manera de vivir que Dios pedía de ellos, puso al final de sus constituciones que conjuraba al cielo y a la tierra para que conspirasen para su ruina, si alguna vez se faltaba a ellas.

Y rogó a los señores, a la nobleza e incluso a los aldeanos, que corrieran contra ellos y les echasen apenas dejaran de cumplir con su obligación.

¡Qué pensamientos tan santos, con los que aquel piadoso abad nos hizo ver sus grandes deseos de que se cumpliera la voluntad de Dios en sus religiosos! 252 [174,XIII,719-723] CONSEJO DEL 25 DE JUNIO DE 1656 El domingo, día 25 de junio, por orden del Padre Vicente, se reunieron en San Lázaro la señorita Le Gras y las tres hermanas oficialas, a propósito del pensamiento de las gracias que la divina bondad concedía a la compañía y del deseo que tenía de que no se hiciera indigna de que Dios siguiera derramando sus bendiciones sobre ella.

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Y la caridad de nuestro venerado Padre, para dar mayor solemnidad a la reunión, invitó a ella al Padre Alméras y al Padre Portail, y dijo: Hermanas mías, al ver la obligación que tiene la compañía de la Caridad de ser fiel a Dios para hacerse digna de servirle en cualquier sitio adonde se os envíe, se me ha ocurrido reuniros para encontrar los medios propios para ello, ya que me siento obligado a impedir, tanto como me sea posible, que esta hermosa compañía decaiga haciéndose ingrata e infiel a Nuestro Señor.

Y como, según dice san Juan, todas las cosas que contribuyen a la pérdida de los hombres, se reducen a tres capítulos principales, a saber, la concupiscencia de la carne, la ambición de los ojos y la soberbia de la vida, vamos a ver de qué medios podremos disponer para evitar que en adelante la compañía caiga en estos males. ________ Documento 252.

Archivo de las Hijas de la Caridad.

Original de sor Maturina Guérin. 839

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Ya sabéis lo que quiere decir la soberbia de la vida.

Se la puede ver con frecuencia en el mundo al fijarse en los trajes, en el lujo y en todo lo demás.

En cuanto a lo primero, por la misericordia de Dios, no cometéis ninguna falta, ya que lo habéis dejado todo para entregaros al servicio de Dios.

La concupiscencia de la carne comprende todas las satisfacciones y placeres ilícitos que se buscan.

Hay que esperar que no seáis vosotras de esas personas; así lo habéis demostrado claramente en la elección que habéis hecho de una compañía en la que no solamente no se buscan los placeres contrarios a los mandamientos de Dios, sino que incluso se priva uno voluntariamente de lo que estaría permitido.

En cuanto a la bebida y la comida, lleváis una vida muy frugal y en la que no es posible la sensualidad.

Por lo que se refiere al matrimonio, es un crimen hablar de él solamente entre vosotras y nunca debéis hablar de él.

Siendo esto así, podéis guardaros de caer en este vicio.

La avaricia de los ojos consiste simplemente en el deseo de tener riquezas, de estar bien acomodado, bien alojado, etc.

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Este vicio, lo mismo que los otros dos, no debería por qué afectarnos, ya que sois jóvenes pobres en su mayor parte o, si no habéis vivido francamente en la mendicidad, tampoco lo habéis hecho en la abundancia, y habéis dejado lo poco que teníais para seguir a Nuestro Señor en una compañía compuesta de pobres mujeres.

Pero, no sea que esta ambición se introduzca dentro de algún tiempo en esta compañía, es muy necesario, hermanas mías, que os sirváis de todas las precauciones posibles para impedirlo.

Lo haréis así si no deseáis nada más que lo necesario, según vuestras primeras costumbres, tanto en la comida como en los hábitos; y sobre todo, procurad que la pobreza se note siempre en la casa, guardándoos mucho de hacer edificios espléndidos y superfluos; porque eso sería un camino para que se perdiera el espíritu de vuestra compañía, que no debe ser más que espíritu de pobreza, de sencillez y de humildad en todas las cosas.

Me parece que hay dos cosas importantes para conservar este espíritu y para mantener el buen orden dentro de la compañía.

La primera se refiere a los bienes temporales, por 840

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medio de los cuales podría entrar la ambición en la compañía; y la otra es la pureza, que como sabéis muy bien, hermanas mías, es de gran importancia y, por la gracia de Dios, no creo que haya necesidad de recomendárosla.

Sin embargo, aun cuando reina ya entre vosotras, es muy Importante afianzar a la compañía en esta virtud para el futuro por los medios que quiera Dios darnos a conocer y que le hemos de pedir mucho.

No solamente es necesaria esta pureza para el mantenimiento de la compañía, sino que en todas las comunidades es necesario servirse de todas las precauciones posibles para evitar todo lo que le es contrario.

Y para haceros ver que no os digo esto sin motivo, tengo un ejemplo muy interesante que deciros, aunque bajo secreto, de una persona de cierta compañía, a la que no nombraré, y que se ha dejado caer por su relajación en un peligro muy grande de perder este precioso tesoro.

Por eso no existe ninguna práctica que pueda parecer demasiado difícil, cuando puede servir para la conservación de esta virtud.

Desde hace poco llevo pensando seriamente este asunto y tengo la cabeza llena de él.

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Por eso creo que es absolutamente necesario encontrar algún medio que sirva para mantener siempre a la compañía en la pureza.

Y usted, señorita Le Gras, también está obligada a pensar en él.

¿Qué podría hacerse para ello?

En la regla hay varios articulas que se refieren a lo que decimos.

La modestia, que tanto se recomienda, el consejo que se da de no dejar a nadie entrar en las habitaciones, especialmente a los hombres, en cualquier lugar que sea: todo esto son medios muy interesantes.

Pero la debilidad de los espíritus y la fuerza de las tentaciones necesitan advertencias más frecuentes.

Me parece que he oído hablar de una invención de una puerta, que se utiliza ya en algunas parroquias.

El Padre Portail respondió: — Sí, Padre; hay varias parroquias en que se observa esto.

Se trata de una puerta doble, partida por la mitad; las hermanas abren solamente la parte de arriba, cuando se trata de personas que no deben entrar.

— Vamos a ver si hay algún otro medio para eso; y si ese es bueno, continuarlo. 841

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