Conferencia · tomo X

PLATICA A LAS DAMAS

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280 [198,XIII,802-20] PLATICA A LAS DAMAS Informe sobre la situación de las obras (11 julio 1657) 1 Señoras.

La convocatoria de esta reunión obedece a tres objetivos.

El primero es para proceder a una nueva elección de oficialas, si se cree conveniente; el segundo para poner en conocimiento de la compañía la situación de las obras que Dios le ha concedido la gracia de emprender; y el tercero, para considerar las razones que tienen ustedes para entregarse a su divina bondad, a fin de que Dios quiera concederles la gracia de sostener y de continuar estas obras comenzadas.

En cuanto a la elección, ya se habló de ella el viernes pasado en la reunión ordinaria, que está compuesta de las oficialas y de algunas otras damas; las oficialas insistieron en que era preciso nombrar otras nuevas, mientras que las demás eran del parecer de que se les rogase que continuaran en el cargo hasta Pascua.

Y puesto que ustedes tienen voto deliberativo en este asunto, recogeremos sus opiniones al final de esta plática, para saber si las oficialas tienen que continuar o si desean ustedes proceder a una nueva elección.

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En cuanto a la situación de los asuntos, empezaremos, si les parece bien, por el hospital, que fue el que dio origen al nacimiento de la compañía; es el fundamento sobre el que quiso Dios establecer las demás obras que se han emprendido y es la fuente de los demás bienes que se han hecho.

El Padre Vicente leyó entonces delante de la asamblea la situación de los ingresos y de los gastos.

Desde la última reunión general, esto es, desde hacía cerca de un año, se había gastado 5.000 libras para la colación de los pobres enfermos del hospital y se habían recibido para este fin 3.500 libras.

Así pues, el déficit subía a 1.500 libras. ________ Documento 280.

Abelly, o.c. l.

II, cap.

X, 358 s. 1.

Fecha indicada al margen por Abelly. 947

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Hecha esta exposición, continuó: Esto ha podido provenir de que han muerto varias damas que pertenecían a la compañía y que no se han repuesto por otras nuevas.

Por eso, señoras, están ustedes reunidas aquí en parte para ver los medios de que siga adelante esta buena obra, que comenzó y continuó durante tantos años por unos caminos imperceptibles para todos, menos para Dios, que derramó sobre ella tantos beneficios que nunca lograremos agradecer bastante.

Señoras, ¡cuántas gracias tienen ustedes que dar a Dios por la atención que él les ha hecho poner en las necesidades corporales de esos pobres enfermos!

Porque la asistencia a sus cuerpos ha producido este efecto de su gracia: que le ha hecho pensar en su salvación, en un tiempo tan oportuno que la mayor parte de ellos jamás habían tenido otro para prepararse a bien morir, mientras que los que se recuperen de la enfermedad no pensarían ciertamente en cambiar de vida sin esas buenas disposiciones en que se les procura poner.

El Padre Vicente leyó a continuación la nota de gastos hechos por la compañía para los pobres de Champaña y de Picardía.

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Y añadió: Desde el 15 de julio de 1650 hasta el día de la última asamblea general se han enviado o distribuido a los pobres 348.000 libras; y desde la última asamblea general hasta el día de hoy, 19.500 libras, que es poco más o menos lo que se gastó durante los años precedentes.

Estas sumas se han empleado para alimentar a los pobres enfermos; para retirar y mantener a unos 800 niños huérfanos de las aldeas destruidas, tanto niños como niñas, poniéndolos en algún oficio o a servir, después de haberlos instruido y vestido; para mantener a muchos sacerdotes en sus parroquias arruinadas, que se habrían visto obligados a abandonar a sus feligreses al no poder vivir con ellos sin esa ayuda; y finalmente, para arreglar un poco algunas iglesias, que se encontraban en un estado tan lamentable que es imposible decirlo sin estremecerse de lástima.

Los lugares en donde se ha distribuido el dinero son las ciudades y los alrededores de Reims, Rethel, Laon, San Quintin, Ham, Marle, Sedán y Arrás.

Sin contar los trajes, sábanas, 948

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mantas, camisas, albas, casullas, misales, copones, etc., que sumarían una cantidad considerable, si se contabilizasen.

Ciertamente, señoras, no puede pensarse sin admiración en el gran número de vestidos para hombres, para mujeres y para niños, así como para sacerdotes; como tampoco en los ornamentos diversos para las iglesias despojadas y reducidas a tal pobreza, que puede decirse que sin esa caridad habría sido necesario suprimir la celebración de los sagrados misterios y los lugares sagrados habrían tenido que dedicarse solamente a usos profanos.

Si hubierais estado entre las señoras que se encargaban de aquellos paquetes de ropa, habríais visto sus casas convertidas en grandes almacenes y depósitos, como los de los grandes mercaderes.

¡Bendito sea Dios, señoras, por haberles concedido la gracia de servir a Nuestro Señor en sus pobres miembros, cuya mayor parte no ]levaban más que andrajos, estando muchos niños tan vestidos como la palma de la mano!

La desnudez de las jóvenes y de las mujeres era tan grande que no se atrevería a mirarlas un hombre que tuviera un poco de pudor.

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Además, todos estaban a punto de morir de frío en medio de los rigores del invierno.

¡Cuántas gracias tenéis que darle a Dios por haber recibido de él la inspiración y los medios para atender a estas grandes necesidades!

¡Y a cuántos enfermos les habéis salvado la vida!

Porque estaban como abandonados de todo el mundo, tumbados en tierra, expuestos a las inclemencias del tiempo y reducidos a la más extrema necesidad por los soldados y por la escasez de trigo.

La verdad es que hace algunos años su miseria era mayor de lo que es ahora, y entonces había que enviar hasta ] 6.000 libras por mes.

Todos se animaban a dar, al ver el peligro de morir en que estaban los pobres, si no se les socorría pronto, y se animaban los unos a los otros para asistirlos con su caridad.

Pero hace uno o dos años, desde que los tiempos van siendo mejores, las limosnas han disminuido mucho.

No obstante, todavía quedan unas 80 iglesias en ruinas y la pobre gente se ve obligada a ir a misa hasta muy lejos.

Mirad la situación en que estamos.

Ya se ha empezado a trabajar en este asunto, gracias a la Providencia que Dios tiene sobre la compañía. 949

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Pues bien, señoras, ¿no les conmueve el corazón el relato de todas estas cosas?

¿No os sentís impresionadas y llenas de gratitud para con la bondad de Dios sobre vosotras y sobre esos pobres afligidos?

Su providencia se ha dirigido a unas cuantas señoras.de París para asistir a dos provincias desoladas; ¿no les parece esto algo singular y nuevo?

La historia no nos dice que haya sucedido nunca esto ni con las señoras de España, ni con las de Italia, ni con las de ningún otro país.

Estaba reservado esto para vosotras, las que estáis aquí, y para algunas otras que están ya en la presencia de Dios, en donde han encontrado una amplia recompensa por su caridad.

Desde el año pasado han fallecido ocho de vuestra compañía.

Y , a propósito de esas damas difuntas, ¡Dios mío!, ¿quién les habría dicho, la última vez que se reunieron, que Dios iba a llamarlas antes de la próxima asamblea?

¡Qué reflexiones no habrían hecho sobre la brevedad de esta vida y sobre la importancia de pasarla bien!

¡Cuánto habrían estimado la práctica de las buenas obras!

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¡Y qué resoluciones no habrían tomado de entregarse más que nunca al amor de Dios y al servicio del prójimo, con mayor fervor y con efectos más abundantes!

Entreguémonos a Dios para entrar también nosotros en estos sentimientos.

Ellas están ahora gozando en el cielo, como hay motivos para esperar; ellas saben por experiencia lo bueno que es servir a Dios y asistir a los pobres; y en el día del juicio escucharán estas agradables palabras del Hijo de Dios: «Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino que os está preparado; porque cuando tuve hambre, me disteis de comer; cuando estuve desnudo, me vestisteis; cuando estuve enfermo, fuisteis a socorrerme; etc.» 2 ¡Qué hermosa práctica, señoras, ofreceros a Dios, y yo con vosotras, para hacernos dignos, mientras todavía tenemos esta ocasión, de estar algún día en aquel bienaventurado grupo, y proponernos hacer todo el bien que nos gustaría hacer, si estuviéramos convencidos de que quizás sea ésta la última reunión en la que nos encontremos!

¡Ocho en un solo año!

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Si a ellas añadís todas las que fueron muriendo los años anteriores, veréis que ha disminuido en mucho el número de las de la compañía.

Al principio había ________ 2.

Mt 25, 34-36. 950

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doscientas o trescientas; actualmente se ha quedado reducida a ciento cincuenta.

Encomiendo a vuestras oraciones a estas queridas difuntas.

Pasemos a los niños expósitos, de los que se ha encargado vuestra compañía.

Por las cuentas de la señora de Bragelonne, que es su tesorera, vemos que los ingresos del año pasado ascienden a 16.248 libras, mientras que los gastos suman 17.221 libras.

Después de haber recorrido la lista de los niños, tanto de los destetados como de los que estaban con nodriza, y de los mayores, colocados como aprendices o como criados, y de los que estaban en el hospital, el Padre Vicente comprobó que eran en total 395.

Y añadió: Hemos observado que el número de los que abandonan cada año es casi siempre igual, es decir, casi tantos como días tiene el año.

Podéis ver qué orden hay en medio de tanto desorden, y cuánto bien es el que hacéis, al cuidaros de estas pobres criaturas abandonadas de sus propias madres y al encargaros de alimentarlas, educarlas y ponerlas en condiciones de ganarse la vida para poder salvarse.

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Antes de que os encargaseis de ellos, os estuvieron urgiendo durante dos años los señores canónigos de Notre Dame.

Como se trataba de una empresa importante, quisisteis pensar en ella, y finalmente pusisteis manos a la obra, creyendo que Dios la vería con agrado, tal como lo ha hecho ver desde entonces.

Hasta entonces nunca había oído nadie decir, desde hace más de cincuenta años, que ningún niño expósito hubiera logrado sobrevivir; todos morían de una manera o de otra.

Les tocaba a ustedes, señoras, a quienes Dios había reservado esta gracia, conseguir que vivieran muchos de ellos y que pudieran vivir bien.

Cuando aprenden a hablar, aprenden al mismo tiempo a alabar a Dios, y poco a poco se les va dando ocupación según las habilidades y la capacidad de cada uno; se vela sobre ellos para educar bien sus modales y corregir oportunamente sus malas inclinaciones.

Se sienten felices de haber caído en vuestras manos, mientras que serían desgraciados en las de sus padres que, de ordinario, son gente pobre o viciosa.

No hay más que ver su distribución del día para conocer bien los frutos 951

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de esta obra, que es de tal importancia que tienen ustedes todos los motivos del mundo para dar gracias a Dios por habérsela confiado.

Nos quedan por decir algunos motivos que obligan a la compañía a renovar su devoción por estas diversas obras de caridad, que la misericordia de Dios ha conducido hasta el punto que acabamos de ver y cuyos frutos no se verán perfectamente hasta el cielo; obras que os obligan, repito, a todas las que os encontráis aquí, alistadas en esta santa milicia, a que continuéis y aumentéis vuestro primer fervor, y a las que todavía no pertenecen a la compañía a contribuir todo lo que puedan para sostener e incrementar estas obras, que guardan tanta relación con las que Nuestro Señor hizo y recomendó en favor de los pobres.

El primer motivo es que vuestra compañía es una obra de Dios, y no una obra de los hombres.

Como ya os he dicho otras veces, de los hombres no cabría esperar nada parecido; por consiguiente, es Dios el que se ha mezclado en esto: toda buena acción viene de Dios, él es autor de todas las obras santas.

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Hay que referirlas todas al Dios de las virtudes y al Padre de las misericordias; pues ¿a quién hay que referir la luz de los planetas, más que al sol, que es su origen?

¿Y a quién hay que referir el designio de la compañía, más que al Padre de las misericordias y al Dios de todo consuelo, que os ha escogido como vehículos de su consuelo y de su misericordia?

Nunca ha llamado Dios a una persona para una tarea, sin que haya visto en ella las cualidades propias para cumplirla o sin que tenga proyecto de dárselas.

Por tanto es él el que por su gracia os ha llamado y os ha unido a todas; ha sido necesario que su movimiento se haya traído a estas tres clases de bienes; no ha sido vuestra propia voluntad la que os los ha hecho abrazar, sino la bondad que él ha puesto en vosotras.

Esto bien vale la pena que suscitemos el espíritu de caridad entre nosotros de todas esas maneras.

¡Cómo!

¡Es Dios el que me ha hecho el honor de llamarme!

Es menester, por tanto, que escuche su voz.

¡Es Dios el que me ha destinado a estos ejercicios caritativos!

Es preciso, por tanto, que me dedique a ellos.

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El no ha querido, señoras, que vuestros ojos hayan visto al Salvador, como lo vio el santo Simeón; pero quiere que escuchéis su voz 952

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para ir adonde él os llame, si no ciegamente, como san Pablo, sí, con alegría y con cariño; porque si no la escucháis y no respondéis a ella, os haríais indignas de la gracia de vuestra vocación.

Yo he visto nacer la obra, he visto cómo la bendecía Dios, la he visto comenzar con una simple colación que se llevaba a los enfermos; y ahora la proseguís vosotras, y con unas consecuencias tan ventajosas para su gloria y para el bien de los pobres.

Entonces es menester que le tenga cariño.

¡Qué dureza de corazón si hubiera alguna que no tuviera interés en contribuir al sostenimiento de unos bienes tan grandes como estos!

El segundo motivo es que todas tenéis que tener mucho miedo de que estas obras lleguen a disolverse y a perderse en vuestras manos.

Señoras, sería sin duda una gran desgracia; una desgracia tan grande como la gracia que Dios os ha concedido de utilizaros en una obra tan admirable.

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Hace ya alrededor de ochocientos años que las mujeres no tienen ninguna ocupación pública en la iglesia; antes existían las que tenían el nombre de diaconisas, que se prcocupaban de ordenar a las mujeres en las iglesias y de instruirlas en las ceremonias que entonces se usaban.

Pero en tiempos de Carlomagno, por una disposición secreta de la Providencia, cesó este uso y vuestro sexo quedó privado de toda ocupación, sin que en adelante se le haya confiado alguna; y he aquí que esta misma Providencia se dirige actualmente a algunas de vosotras para suplir lo que se necesitaba para los pobres enfermos del hospital.

Algunas respondieron a sus designios y, poco después, otras se asociaron a las primeras; Dios las hizo como madres de los niños abandonados, las directoras de su hospital y las dispensadoras de las limosnas de París por las provincias, especialmente para las que acaban de ser desoladas.

Estas buenas almas han respondido a todo esto con ardor y con firmeza, por la gracia de Dios.

¡Ay, señoras!

Si todos estos bienes llegaran a disolverse entre vuestras manos, sería un motivo de gran desconsuelo.

¡Qué desolación!

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¡qué vergüenza!

¿Y quién podría pensar en semejante catástrofe?

¿De dónde podría provenir?

¿Quien podría ser la causa?

Que cada una de vosotras se pregunte en su interior: «¿Soy yo la que contribuyo a hacer que decaiga esta 953

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santa obra?

¿Qué hay en mí que me haga indigna de sostenerla?

¿Soy yo la causa de que Dios cierre su mano a sus gracias?»

Seguramente, señoras, si nos examinamos bien, tendríamos mucho miedo de no haber hecho todo lo que hemos podido por el progreso de esta obra; y si consideraseis su importancia, la querríais tanto como a la niña de vuestros ojos y como el instrumento de vuestra salvación.

Y si os interesaseis, según Dios, por su progreso y su perfección, traeríais acá a las señoras con- que tenéis relación.

De lo contrario, se os podrá aplicar el reproche del evangelio a aquel que empezó a construir un edificio y lo dejó sin acabar: «Habéis puesto los fundamentos de una obra, y habéis dejado así las cosas».

Y esto es un asunto de importancia, sobre todo si tenéis en cuenta que vuestro edificio es un adorno para la iglesia y un asilo para los miserables.

Por consiguiente, si por vuestra culpa llegase a fallar, le quitaréis al público un motivo de gran edificación y a los pobres un gran consuelo.

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El hermano que está encargado de distribuir vuestras limosnas me decía: «Padre, es el trigo que se ha enviado a la frontera lo que ha dado la vida a un gran número de familias; no tenían ni un solo grano para sembrar; nadie se lo quería prestar; las tierras permanecían yermas y aquellas aldeas se quedaban desiertas por la muerte y por el abandono de sus habitantes».

Se han utilizado hasta 22.000 libras en un año en simientes, para sembrarlas en verano y alimentarlas en invierno.

Fíjense, señoras, en los bienes que han hecho y la desgracia que sería si llegasen a faltar.

El tercer motivo que tenéis para proseguir estas obras tan santas es el honor que Nuestro Señor saca de ellas.

¿Cómo así?

Porque es para él un honor entrar en sus sentimientos, seguirlos, hacer lo que él hizo y realizar lo que él ha ordenado.

Pues bien, sus sentimientos más íntimos han sido preocuparse de los pobres para curarlos, consolarlos, socorrerlos y recomendarlos; en ellos es en quienes ponía todo su afecto.

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Y él mismo quiso nacer pobre, recibir en su compañía a los pobres, servir a los pobres, ponerse en lugar de los pobres, hasta decir que el bien y el mal que les hacemos a los pobres los considerará como hechos a su divina persona.

¿Podía acaso demostrarles un amor más tierno a los pobres?

¿Y qué amor podemos 954

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nosotros tenerle a él si no amamos lo que él amó?

No hay ninguna diferencia, señoras, entre amarle a él y amar a los pobres de ese modo; servirles bien a los pobres es servirle a él; es honrarle como es debido e imitarle en nuestra conducta.

Si esto es así, ¡cuántos motivos tenemos para animarnos a proseguir estas buenas obras, diciendo ya desde ahora desde lo más profundo de nuestros corazones: «Sí, me entrego a Dios para cuidar de los pobres y para practicar con ellos las obras de caridad; les atenderé, les querré, les cuidaré; y, a ejemplo de Nuestro Señor, amaré a quienes les consuela y respetaré a todos los que les visiten y atiendan»!

Pues bien, si nuestro bondadosísimo Salvador se considera honrado con esta imitación, ¡cómo hemos de sentirnos también nosotros honrados en poder hacernos semejantes a él!

¿No os parece, señoras, que es éste un motivo muy poderoso para renovar en ustedes el primer fervor?

En cuanto a mi, creo que debemos ofrecernos hoy a su divina Majestad, para que nos anime de su misma caridad, de forma que en adelante se pueda decir de todas ustedes que es la caridad de Cristo la que les impulsa.

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He aquí bastantes motivos para las almas que aman a Dios.

Me parece que también vosotras me decís: «Padre, estamos todas convencidas de que es importante continuar los bienes comenzados, que solamente el fin es lo que corona a las obras y que no solamente hay que servir a Dios y atender a los pobres, sino además hay que procurar hacerlo bien; no queda más que buscar los medios para ello, puesto que gracias a Dios estamos decididas y dispuestas a hacer todo lo posible para que sigan adelante las obras y prosigan nuestras reuniones».

Así pues, el primer medio que les presento, señoras, es tener un interés continuo y acendrado por trabajar en vuestro progreso espiritual y vivir con toda la perfección que os sea posible, teniendo siempre la lámpara encendida dentro de vosotras, esto es, un deseo cordial, ardiente y perseverante de agradar y de obedecer a Dios; en una palabra, de vivir como verdaderas siervas de Dios.

Las que están en estas disposiciones atraen seguramente las gracias de Dios y de Nuestro Señor sobre ellas mismas, en sus corazones y en sus acciones.

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Y puesto que las máximas del mundo no están de acuerdo con esto y no hay nada que nos prive tanto del espíritu de Dios 955

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como el vivir mundanamente en el siglo, y como cuanto mayor es el lujo y el fasto más indigno se hace uno de poseer a Jesucristo, las damas de la Caridad tienen que apartarse de este espíritu del mundo como de un aire infectado; es preciso que se declaren partidarias de Dios y de la caridad.

Y tiene que ser por entero, pues el que quisiera adherirse en una pequeña parte al partido contrario, lo estropearía todo, puesto que Dios no puede tolerar un corazón compartido; lo quiere todo; sí, lo quiere todo.

Tengo el consuelo de hablarles a unas almas que son totalmente suyas, apartadas de todo lo que podría hacerlas desagradables a sus ojos.

Antiguamente, entre aquellas que se presentaban para entrar en la compañía, se elegía a las que no frecuentaban el juego, ni las comedias, ni otros pasatiempos peligrosos, y que no buscaban la vanagloria en las prácticas devotas.

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Por consiguiente, hemos de creer que Dios no derrama sus gracias más que en aquellas que se separan del gran mundo, que se acercan a Dios y que se recogen para unirse con él con suspiros, con oraciones y con santos ejercicios y ocupaciones, de forma que todo el mundo sepa que han hecho profesión de servir a Dios.

¡Oh, Señor!

¿Habrá mucha gente que se salva?

Hay dos puertas para ir a la otra vida, una estrecha y otra ancha; hay pocos que pasan por la primera y muchos por la segunda.

Los santos entienden por la puerta ancha la libertad de los mundanos que, tomando carrera, siguen sus apetitos desordenados; para esos no queda más remedio que la cólera y la maldición de Dios, según lo que dice san Pablo: «Si vivís según la carne, moriréis» 3.

¡Salvador mío!

¡Qué amenaza!

Tenemos motivos para creer que no estamos en ese gran número de los que caminan a la perdición; sí, así es si realmente marchamos por el camino estrecho.

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Las damas que se entreguen a Dios para vivir como verdaderas cristianas, en la observancia de los mandamientos de Dios y cumpliendo con las reglas de la justicia: las casadas, obedeciendo a sus maridos; las viudas, viviendo como viudas; las madres, cuidando de sus hijos; las amas, de sus criados y criadas; y que finalmente añadan a estos deberes lo que el ________ 3.

Rom 8, 13. 956

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bienaventurado obispo de Ginebra les aconseja, a saber, que entren en las compañías y cofradías que hacen profesión especial de virtud y que, además de recomendar algún ejercicio exterior de piedad o de misericordia, lleven también a la mortificación de las pasiones y al amor de Dios, esas damas caminarán por el buen camino que conduce a la vida.

Entrad, pues, en esta compañía o cofradía las que todavía no os hayáis alistado en ella, puesto que lo más importante es no tener corazón más que para Dios, ni más voluntad que la de amarle, ni más tiempo que para servirle.

Si una se complace en su marido, es por Dios; si se preocupa de sus hijos, es por Dios; si se dedica a sus negocios, es por Dios.

Así es como se pasa por la puerta estrecha de la salvación y se llega al cielo.

Nuestro Señor tenía que tratar con tres clases de gentes: con los apóstoles, con los discípulos y con el pueblo.

Este le seguía por algún tiempo, pero, después de haber saboreado sus palabras de vida, se retiraba.

Esto le obligó a Nuestro Señor a decir a sus discípulos: «¿Y vosotros?

¿No queréis también dejarme?».

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Hay algunas personas que, al ver cómo muchas de ustedes siguen constantemente a Nuestro Señor por este camino estrecho del ejercicio del amor de Dios y del prójimo, querrían también hacer lo mismo; es algo que parece hermoso; pero, como lo encuentran difícil, no se quedan.

Entre los que se mantuvieron firmes en seguir a Nuestro Señor, había tanto mujeres como hombres, que le siguieron hasta la cruz; ellas no eran apóstoles, pero componían un estado medio, cuyo oficio consistió luego en administrar a los apóstoles los medios de vida y en contribuir a su santo ministerio.

Es de desear que las damas de la Caridad miren a esas devotas mujeres como a sus modelos.

No hay ninguna condición en el mundo que se acerque tanto a ese estado como la vuestra.

Ellas iban de un lado para otro para atender a las necesidades, no solamente de los obreros del evangelio, sino de los fieles necesitados.

Ese es vuestro oficio, señoras; ésa es vuestra herencia.

Bendecid a Dios porque os ha llamado a este bienaventurado estado y vivid como aquellas santas mujeres.

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Sentid cariño y devoción por la bienaventurada Juana de Cusa y por las demás de las que nos habla san Lucas; al hacer así, pasaréis por la 957

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puerta estrecha que lleva a la vida; y, como dice santo Tomás, os salvaréis todas, porque — según dice — nadie puede perderse en el ejercicio de la caridad.

Encerrémonos, pues, dentro del recinto de esta virtud; pongámonos a los pies de Nuestro Señor y pidámosle que derrame luz, movimiento y calor en vuestro espíritu cada vez más, para continuar hasta el fin con la obra comenzada; pues no hacer mañana un poco más que hoy, es lo mismo que retroceder.

En la vida espiritual es necesario avanzar siempre, y se avanza cuando no se abandonan las buenas prácticas.

¡Quiera Dios conservaros en las vuestras y haceros vivir como a las verdaderas madres, que nunca abandonan a sus hijos!

Pues bien, vosotras sois las madres de los pobres, obligadas a portaros como Nuestro Señor, que es su padre y que se hizo semejante a ellos viniendo a la tierra a instruirlos, a consolarlos y a recomendárnoslos.

Haced vosotras lo mismo, frecuentad los santos lugares, como son los hospitales, y tratad con las personas virtuosas, como son las de vuestra compañía.

Esa será una señal de vuestra predestinación.

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Ese será un medio para avanzar en la virtud, un buen medio para atraer a otros a ella y el medio de los medios para conservar y hacer florecer a la compañía para gloria de Dios y edificación del pueblo.

Otro medio para la conservación de vuestra compañía consiste en que moderéis sus ejercicios, porque — según dice el proverbio — el que mucho abarca, poco aprieta.

A otras compañías o cofradías, a varias comunidades e incluso a congregaciones religiosas enteras les ha sucedido que, por haberse cargado por encima de sus fuerzas, han sucumbido bajo la carga.

La virtud se encuentra entre dos vicios opuestos, que son el defecto y el exceso.

Por ejemplo, el que con el pretexto de caridad quisiera encargarse de todas las necesidades del prójimo, sin dejar pasar ninguno de los bienes que podría hacerle, esa persona caería en un vicio; lo mismo que también aquella que no quisiera ejercer ninguna virtud, ni realizar nunca un acto de caridad, que caería en el vicio contrario.

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Los teólogos opinan que es un mal tan peligroso excederse en la práctica de las virtudes como faltar en ella; y el diablo, de ordinario, tienta a las personas muy caritativas para que se excedan en sus buenas obras, sabiendo que más tarde o más temprano acaba958

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rán por sucumbir.

¿No habéis visto nunca a esos hombres que,por llevar demasiado peso o por tener mucha prisa en llegar, caen bajo su carga?

Podría suceder que también la compañía sucumbiera bajo la suya, si se cargara con demasiadas cosas.

Se reconoce ya esto en la tarea de las catorce damas de la compañía, que van por parejas dos veces cada día al hospital para visitar y consolar a los pobres enfermos; es mucho el bien que hacen.

Mientras que las otras se encargan de llevar todos los días algún refrigerio a los pobres enfermos, ellas se dividen para ir a consolar e instruir a las pobres mujeres y jóvenes enfermas en las camas donde están echadas; les cuesta ya mucho trabajo sostener esta tarea y soportar todas las dificultades con que se encuentran; y este esfuerzo tan penoso hace que se encuentren pocas personas que quieran dedicarse a él.

La ayuda que se manda a las fronteras y a las provincias desoladas es muy grande.

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Se trata de una cosa casi sin ejemplo con que compararla, al ver cómo se reúnen unas señoras para ayudar a unas provincias reducidas a la extrema necesidad, enviando para allá grandes sumas de dinero, alimentos y ropa para atender a una infinidad de pobres de toda condición, de toda edad y sexo.

Nunca se ha oído decir que se hayan asociado unas personas como esas que de oficio, como ustedes, hayan hecho algo semejante.

Por consiguiente, sería de temer que, al sobrecargarse con nuevas obras, se dejasen caer otras más útiles y que finalmente todas acabasen por desaparecer.

Es lo que me decía una persona hace poco tiempo.

Dios es todopoderoso, pero nosotros somos débiles.

Ponemos la virtud en donde no puede ponerse; la virtud no puede estar en lo demasiado.

El Hijo de Dios hizo solamente un poco; los apóstoles hicieron algo más.

San Pedro convirtió a cinco mil personas en una predicación, y Nuestro Señor predicó en muchas ocasiones sin convertir quizás a ninguna; él mismo dijo que los que creyeran en él harían más de lo que él hizo.

Quiso ser humilde emprendiendo pocas cosas.

Un estómago cargado no digiere bien.

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Un porteador acostumbra sopesar la carga antes de echársela a los hombros y, si excede sus fuerzas, no se la carga.

Hemos de pedirle a Dios que sea él mismo el que nos cargue con el peso; de ese modo, si las fuerzas nos fallan, él nos ayudará a llevarla; 959

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que le conceda a la compañía la gracia de ser prudente, a fin de que no abrace nada que no venga de él.

¡Cuánto tiempo ha pasado sin que nadie se encargase de los niños abandonados!

¡Cuántas instancias se han hecho para que alguien los tomara bajo su protección!

¡Cuántas oraciones, peregrinaciones y comuniones se han hecho antes de decidirse a ello!

Lo saben muy bien ustedes, y saben también que conviene hacerlo siempre así antes de hacer lo mismo con las nuevas propuestas que se nos hacen, para no comprometerse con ninguna de ellas por un celo indiscreto.

Cuando veáis que lleváis bien los asuntos que Dios os ha encomendado, ¡ánimo!, bendecid a su bondad infinita y entregaos a ella para llevarlos adelante; no presumáis de vuestras fuerzas para poder hacer más.

Tenéis la colación de los pobres del hospital y su instrucción, la manutención y educación de los niños expósitos, la preocupación por las necesidades espirituales y corporales de los criminales condenados a galeras, la asistencia a las fronteras y a las provincias desoladas, la contribución a las misiones de oriente, del norte y del sur.

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Estas son, señoras, las obras que atiende vuestra compañía.

¡Cómo!

¡Ocuparse de todo esto unas mujeres!

Sí, esto es lo que desde hace veinte años os ha dado Dios la gracia de emprender y sostener.

Entonces, no hagamos nada más sin pensarlo antes bien; hagamos bien lo que hacemos, cada vez mejor, pues eso es lo que Dios pide de nosotros.

El tercer medio para mantener la compañía es contribuir a llenarla con otras personas piadosas y virtuosas.

Pues, si no se anima a otras personas a entrar en ella, se irá reduciendo cada vez más y, al faltar gente, será demasiado débil para poder llevar adelante unas cargas tan pesadas.

Por eso mismo se propuso ya en otra ocasión que las damas procurasen, antes de morir, preparar antes a una hija, a una hermana o a una amiga, para que entrase en la compañía; quizás es que no os acordáis.

¡Y qué buen medio sería que cada una de vosotras se convenciese bien de los grandes bienes que se siguen, en este mundo y en el otro, para las almas que ejercen las obras de misericordia espiritual y corporal de tantas maneras como vosotras lo hacéis!

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Esto os moverá sin duda alguna a que vayáis preparando a otras para que se unan a vosotras en este 960

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santo ejercicio de la caridad, por la consideración de esos bienes.

Este convencimiento os animará primero entre vosotras, lo mismo que los carbones encendidos que se ponen juntos, y luego calentaréis a las demás con vuestras palabras y ejemplos.

Permítanme, señoras, que les pregunte cuáles son sus sentimientos sobre estas ideas.

Dirigiéndose a la señora de Nemours, el Padre Vicente le preguntó: — Señora, ¿se le ha ocurrido a usted algún medio?

Y esta misma pregunta se la hizo luego a otras damas de la reunión.

Algunas observaron: 1º Que sería conveniente hablar con las personas a punto de presentarse delante de Dios para que hiciesen mandas piadosas en favor de los pobres que atiende la compañía.

— Es un medio interesante, observó el Padre Vicente, sugerir esta idea a las personas acomodadas, cuando se les visite en sus enfermedades. 2º Que sería de mucho provecho a la compañía ser más asiduas en los ejercicios.

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— Es un buen consejo, replicó, ser cumplidoras y exactas para atraer a las demás, así como también es un gran medio hacer que sientan el atractivo por una vida santa. 3º Que cada una de las damas debería concurrir, en la medida de sus posibilidades, a los gastos y el trabajo de la compañía.

El Padre Vicente añadió: — Bien, señoras, ¡bendito sea Dios!

Nos queda por consultar si les parece bien que las oficialas continúen en el cargo; si no les parece bien, pasaremos a la votación.

Se aceptó por unanimidad que continuasen las oficialas.

Y el Padre Vicente concluyó: — Está bien, señoras; demos gracias a Dios por esta reunión.

Pidámosle que acepte con agrado este nuevo ofrecimiento que vamos a hacerle de rodillas, entregándonos a su divina Majestad con todo nuestro corazón, para recibir de su bondad infinita el espíritu de caridad, y que nos conceda la gracia de responder con ese espíritu a los designios que tiene sobre cada uno de nosotros en particular y sobre la compañía 961

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