Conferencia · tomo XI-A
SOBRE LOS MIEMBROS DE LA CONGREGACIÓN DE LA MISION Y SUS OCUPACIONES
13 DE DICIEMBRE DE 1658
119 [196,XII, 94-114] CONFERENCIA DEL 13 DE DICIEMBRE DE 1658 SOBRE LOS MIEMBROS DE LA CONGREGACIÓN DE LA MISION Y SUS OCUPACIONES El padre Vicente explica el primer capítulo de las reglas comunes.
La compañía está compuesta de eclesiásticos y de laicos.
Funciones propias de cada uno y deberes recíprocos.
Medios para llegar a este fin.
Hermanos míos, seguiremos esta tarde con el tema de nuestras reglas y terminaremos con el capítulo primero, que contiene tres artículos.
El viernes pasado hablamos del primero, y esta tarde hablaremos del segundo y del tercero.
Esto es lo que dicen: «Esta congregación está compuesta de eclesiásticos y de laicos.
La ocupación de los eclesiásticos consiste en ir por las aldeas y los pueblos pequeños, a imitación de nuestro Señor y de sus discípulos, partiendo el pan de la palabra de Dios a los pequeños, predicando y catequizando; exhortarles a que hagan confesión general de toda su vida pasada y escucharles en el tribunal de la penitencia; arreglar las diferencias y discordias; establecer la cofradía de la caridad; dirigir los seminarios erigidos en nuestras casas para los externos y enseñar en ellos; dar los ejercicios espirituales; tener y dirigir las conferencias introducidas entre nosotros para otros eclesiásticos de fuera; y otras funciones semejantes que sean de utilidad y estén conformes con nuestro instituto.
Y en cuanto a los laicos, su ocupación consiste en ayudar a los eclesiásticos en todos estos ministerios, haciendo el oficio de Marta, según se lo prescriba el superior, pero además contribuyendo a ello con sus oraciones, lágrimas, mortificaciones y buenos ejemplos. ________ Conferencia 119.
— Manuscrit des Conférences. 399
Y para que esta congregación llegue, mediante la gracia de Dios, al fin que se ha propuesto, tiene que hacer todo lo posible por revestirse del espíritu de Jesucristo, tal como aparece principalmente en las máximas evangélicas, en su pobreza, su castidad, su obediencia, su caridad con los enfermos, su modestia, su manera de vivir y de obrar que luego prescribió a sus discípulos, su conversación, sus ejercicios diarios de piedad, sus misiones y sus otras ocupaciones para con los pueblos.
Todas estas cosas están contenidas en los siguientes capítulos».
Sobre el primero de estos dos últimos artículos diremos quiénes son los que componen esta compañía y cuáles son sus ocupaciones para llegar al fin que se ha propuesto.
Esta compañía ha sido suscitada por Dios en la tierra, en estos tiempos, para trabajar por su propia perfección, por la salvación de los pueblos del campo y por el progreso del estado eclesiástico en la ciencia y la virtud.
Y sobre el segundo punto, hablaremos del medio para practicar bien todo esto, que no es otro que revestirnos del espíritu de Jesucristo 1, tal como se indica en este artículo.
¡Pobre compañía!
¡Pobre compañía que, sin ese espíritu, no es más que un cuerpo sin alma!
Así pues, nos dice la regla que la compañía tiene que estar compuesta de dos clases de personas: primero, los eclesiásticos, como son los sacerdotes, los ordenados in sacris, y los que tengan las órdenes menores o que, por estar aún en el seminario, están esperando recibirlas; y en segundo lugar, los laicos, que no tienen ninguna orden ni lo pretenden.
Y que tanto los unos como los otros, aunque de forma diferente, trabajarán por la salvación de las pobres gentes del campo y por el progreso del estado eclesiástico en la piedad y en la ciencia.
Así pues, se pregunta cómo los eclesiásticos y los laicos pueden dedicarse al fin propuesto en relación con el pobre pueblo y con el clero; esto se lleva a cabo mediante los ejercicios de las misiones y la dirección de los seminarios, de los ejercitantes, etcétera; pues parece que hay alguna dificultad en decir que los hermanos se dedican a la salvación de los pueblos ________ 1 Cfr.
Rom 13,14. 400
del campo y a la instrucción de los eclesiásticos, ya que ni catequizan, ni predican, ni tienen carácter ni capacidad para estas funciones; entonces, ¿cómo pueden contribuir a ello?
Sin embargo, es cierto, hermanos míos, que en cierto sentido sí que lo hacen.
Ayudan en estas ocupaciones, aunque no prediquen, ni enseñen, ni dirijan; y esta regla dice la verdad cuando dice que contribuyen a ello, no del modo en que lo hacen los eclesiásticos, pública e inmediatamente, sino a su modo, ayudando a los que efectivamente enseñan, exhortan y administran los sacramentos, etcétera; cooperan a todo eso de la misma forma que Marta, ya que esta santa se cuidaba de preparar la comida de nuestro Señor y de atender a su alojamiento 2.
Van a la misión para aliviar a los sacerdotes que trabajan por ganar las almas para Dios, para que éstos puedan dedicarse a este santo ejercicio sin verse distraídos por sus propias necesidades corporales; por eso, es verdad que nuestros hermanos ayudan a instruir a los pueblos, a procurar que se confiesen y se reconcilien entre sí y que se establezca inmediatamente la cofradía de la caridad, de la misma manera con que los miembros inferiores cooperan con los superiores para que el cuerpo desempeñe sus funciones.
Las operaciones del espíritu no se realizan ni mucho menos por medio del espíritu solamente; también ayudan a ello el estómago, el hígado, los pulmones, que sirven al entendimiento, a la recta razón y a las demás facultades intelectuales.
Un cadáver no puede realizar las funciones de un hombre vivo, ya que está privado de esas partes que constituyen la sangre y la respiración, principios de vida; pero en un cuerpo animado, en una persona racional, existe cierta concavidad en la cabeza, por donde los espíritus circulan, se forman las imágenes y se produce el razonamiento por medio de las partes inferiores, que envían sus vapores al cerebro, para ayudarle a ello.
De la misma manera, los hermanos, que son los miembros inferiores de ese cuerpo de la compañía 3, concurren con sus trabajos corporales a las operaciones espirituales de los sacerdotes y a la conversión del mundo; contribuyen a darles a los ________ 2 Lc 10,40-41. 3 1 Cor 12,12. 401
hombres el conocimiento de Dios, la fe, a excitarles a la penitencia, a administrarles los sacramentos y a hacerlos capaces de la vida eterna; a todo eso no podrían dedicarse los sacerdotes sin la ayuda que reciben de los hermanos.
Esto hace ver la comunión que hay en la Iglesia y en las comunidades, en. donde todos buscan el mismo fin, donde cada uno contribuye a su consecución, aunque de diversas formas, donde los unos trabajan por los otros.
Esto fue lo que hizo decir al real profeta: Particeps ego sum omnium timentium te et custodientium mandata tua 4; yo participo de todas las obras buenas que hacen los que te temen y guardan tus mandamientos.
¿De qué manera?
De la misma forma con que, en una sociedad comercial, cada uno de los asociados se aprovecha según el dinero que ha invertido.
Todos hemos traído a la compañía la resolución de vivir y de morir en ella; hemos traído todo lo que somos, el cuerpo, el alma, la voluntad, la capacidad, la destreza y todo lo demás.
¿Para qué?
Para hacer lo que hizo Jesús, para salvar al mundo.
¿Cómo?
Por medio de esta vinculación que hay entre nosotros y del ofrecimiento que hemos hecho de vivir y de morir en esta sociedad y de darle todo lo que somos y todo lo que hacemos; de aquí proviene que esta comunión entre los misioneros hace que sean también comunes todos los beneficios, ya. que todos concurren al éxito, de modo que los sacerdotes no logran ellos solos las conversiones, sino que también contribuyen los hermanos, según la regla, por sus oraciones, sus ocupaciones y sus lágrimas, sus mortificaciones y sus buenos ejemplos.
El músico que toca el órgano, no lo toca él solo, sino que le ayuda otro que dé aire al órgano; es verdad que éste último no lo toca, sino el músico; pero, al dar aire, contribuye a la armonía; y sin él, el otro no haría mas que mover los dedos, sin lograr ningún sonido.
De la misma manera, tanto si los hermanos sirven a los que trabajan en el evangelio, como si rezan por la conversión de las personas, o hacen penitencia, o lloran y edifican a los demás para la santificación de los eclesiásticos y de los pueblos,. puede decirse que son participantes y cooperadores del bien ________ 4 Sal 118,63. 402
que se hace en las misiones, los seminarios, las ordenaciones, los retiros y todo lo demás.
Bien, hermanos míos.
Vosotros no sois obreros inmediatos, como los sacerdotes, que han recibido el carácter para reconciliar a las almas con Dios y para celebrar los santos misterios; Dios no quiere recibir las hostias por vuestras manos; y si alguno se empeñase en sacrificar, como Saúl 5, ¡Dios mío!
¡qué sacrilegio!; y si otro quisiera ofrecer incienso 6, como Ozías, ¡qué crimen!
Saúl y Ozías eran reyes, estaban ungidos; pero uno de ellos fue castigado con la lepra, por haber puesto las manos en el incensario, y el otro fue reprobado por haber usurpado el oficio de sacrificador.
Los dos perdieron sus reinos, y Samuel, al reprender a Saúl por su temeridad, le anunció las desgracias que caerían sobre él, y que fueron muy grandes, ya que Dios, tras haberlo maldecido, permitió que se matara él mismo lleno de desesperación 7.
Pues bien, si el Espíritu Santo atribuye todos estos castigos a la presunción de estos reyes, que creían obrar bien, pensad, hermanos míos, cuán elevado será el oficio de los eclesiásticos por encima de las demás dignidades de la tierra, incluso de la realeza, y cómo tenéis que concebir un alto aprecio de los sacerdotes, cuyo carácter es una participación del sacerdocio eterno del Hijo de Dios, que les ha dado el poder de sacrificar su propio cuerpo y de darlo en alimento, para que los que coman de él vivan eternamente 8.
Ciertamente, debido al honor que han recibido de su divina Majestad, tenéis que honrarlos mucho, aun cuando hayáis sido llamados a contribuir con ellos a la salvación de las almas no ya haciendo lo mismo que ellos, sino según lo que indica la regla, de la forma que el superior lo ordene, fijaos bien, de la forma que el superior lo ordene.
Hay que llegar hasta ahí, pero nada más.
Tenéis que dar gracias a Dios por encontraros en esta situación de poder contribuir a los designios que tiene Jesucristo sobre la compañía.
¡Dichosos vosotros, que os en________ 5 1 Sam 13,9. 6 2 Re 26,16-21. 7 1 Sam 31,4. 8 Jn 6,54-58. 403
Tomo XI-A · página PDF 385contráis en un estado que, aunque sea menor, es más seguro!
Por eso, habéis de alabar a Dios porque podéis ayudar al prójimo de la forma que la obediencia os señale, sin peligro de vanidad, ya que no podéis ver ese bien que hacéis, que de ordinario es atribuido a los sacerdotes, aunque quizás vosotros hayáis contribuido más que ellos al fruto de sus acciones públicas por medio de las vuestras, secretas y particulares.
Otro motivo que tenéis, hermanos míos, para dar gracias a Dios, es que habéis sido llamados a una compañía, en la que cada uno tiene por finalidad su propia perfección.
Así pues, estáis aquí para trabajar por la vuestra.
¡Qué gracia!
¡Cuánto motivo para humillaros!
En esto podéis vosotros llevar la virtud tan adelante como los sacerdotes.
Y si trabajáis fielmente en la adquisición de las virtudes, se podrá decir con razón que estáis en un estado perfecto.
Y si hay un sacerdote que trabaja en ello de una forma ruin, como yo, que soy un miserable pecador, habrá que confesar que seréis mucho más perfectos que él, aunque sea sacerdote, aunque sea anciano, aunque sea superior.
¿Por qué todo esto?
Porque no es la dignidad ni la edad lo que hace que el hombre merezca, sino las obras, que lo hacen más semejante a nuestro Señor.
Por ellas es por lo que se perfecciona; es la práctica de las virtudes lo que le salva.
Eso es lo que se aprecia en el evangelio del juicio, donde se dice que nuestro Señor pondrá a su derecha a los que hayan trabajado en las virtudes, especialmente en la virtud de la caridad, y que solamente ellos entrarán en el reino de los cielos 9.
Por tanto, la práctica de las virtudes es lo que nos liga a su amor, y es su amor lo que os lleva a hacer nuevos actos de virtud.
Si amaséis mucho a Dios, obraríais de ese modo.
Pues bien, vosotros podéis amar a Dios tanto como los sacerdotes; y una pobre mujercilla, tanto como los sabios.
El buen señor Duval me decía un día: «Padre, los pobres nos disputarán algún día el paraíso y nos lo arrebatarán 10, porque existe una gran diferencia entre su manera de amar a Dios y la nuestra».
Su amor se realiza, como el de nuestro Señor, en el sufrimiento, en las ________ 9 Mt 25,31-40. 10 Mt 11,19. 404
humillaciones, en el trabajo y en la conformidad con la voluntad de Dios.
Y el nuestro, si es que tenemos alguno, ¿en qué se da a conocer?
¿Qué es lo que hacemos, que lleve el sello de ese verdadero amor?
Ya conocéis la historia del hermano Gil; es muy conocida 11.
Le decía a san Buenaventura que tenía muchos deseos de amar a Dios.
¡Oh, si yo fuese sabio!, decía, ¡si yo fuese sacerdote como usted!
¡Cómo amaría a Dios!
Y cuando aquel santo doctor le dijo que, a pesar de ser hermano, sin estudios y sin órdenes sagradas, podía amar a Dios tanto como los más sabios constituidos en dignidad, y que lo mismo podía hacer cualquier mujercilla, respondió: Entonces, ¿puede un pobre ignorante como yo amar a Dios tanto como Buenaventura?
— Sí — Entonces aquel hermano, lleno de alegría, se puso a gritar: «¡Animo, todos los que me escucháis!
¡Animo!
¡Podéis amar a nuestro gran Dios lo mismo que nuestro padre Buenaventura!» 12 - Así pues, hermanos míos, podéis igualar en esto a los sacerdotes; pero esto hay que entenderlo siempre con la condición de que trabajéis en serio en la virtud y en vuestra perfección; pues si no lo hacéis, si en vez de perfeccionaros según las reglas os hundís en vuestros defectos, seríais un escándalo a los de dentro y a los de fuera; y entonces, en vez de contribuir a la salvación de las almas, seríais en cierto modo un impedimento para ello y, lo que es peor, acabaríais perdiendo la vuestra.
Tened, pues, mucho cuidado, hermanos míos. «Pero, diréis, ¿qué es lo que hay que hacer para llegar a esa perfección?».
Acabo de decirlo: guardar bien vuestras reglas, pero sobre todo la que recomienda la santa unión y la caridad mutua entre todos nosotros, pero especialmente entre los eclesiásticos y entre vosotros los hermanos, de forma que vivamos siempre juntos en buena inteligencia y perfecta unión, como miembros que componen un mismo cuerpo, aunque sean más nobles unos que otros 13, El ejemplo que puse antes de ________ 11 Conocida de todos, visible para todos, «que se encuentra en el cruce de tres caminos». 12 Cfr.
F RANCISCO DE SALES , Tratado del amor de Dios , libro 6, cap. 3. 13 1 Cor 12,12. 405
san Pablo nos hace ver esa unión tan hermosa por medio de la que existe entre el cuerpo humano y sus miembros, en que todos están de acuerdo entre sí, cada uno según su oficio, y sin que haya ninguna envidia de los unos contra los otros.
Pues bien, así es como nosotros hemos de estar también unidos así es, hermanos míos, como habéis de vivir con los eclesiásticos para poder avanzar en la perfección que vuestra vocación pide de vosotros. «Pero ¿qué medios, se dirá, son necesarios para tener y conservar esta santa unión entre todos nosotros, especialmente entre los sacerdotes y los hermanos?»
La estima y el respeto entre los sacerdotes, entre los hermanos, y de unos para con otros.
No hemos de tener consideraciones humanas, según la carne, sino mirarnos como criaturas de Dios, que se han entregado a Dios, que han renunciado a todo lo que no es Dios; y, con esta idea, preferirnos en el honor y la bondad unos a otros, según el consejo de san Pablo: Honore invicem praevennientes 14.
Esto se ha de entender con la distinción y preparación requeridas; pues sabido es que los hermanos coadjutores han de honrar a los sacerdotes más que los sacerdotes a los hermanos.
Pues bien, hermanos míos, me preguntaréis cómo tenéis que honrar a los eclesiásticos; os diré que habéis de mirarlos como a vuestros padres 15; en efecto, los padres son los que engendran, y eso es lo que hacen los sacerdotes cuando perdonan los pecados y nos ponen en gracia de Dios.
Por tanto, hermanos míos, tened mucho cuidado en no querer igualaros a los sacerdotes; no os midáis nunca con ellos, y mucho menos vuestra condición con la suya.
Hay tanta diferencia como del cielo a la tierra.
Ellos han recibido un carácter divino e incomparable, un poder sobre el cuerpo de Jesucristo que admiran los ángeles y la facultad de perdonar los pecados a los hombres, lo cual es para ellos un gran motivo de admiración y de gratitud.
¿Hay alguna cosa más grande, hermanos míos?
¿Hay dignidad parecida?
Ellos son vuestros padres y vuestros guías en la vida espiritual.
Tenéis que respetarles y humillaros mucho ante ellos; debéis a los sacerdotes ________ 14 Rom 2,10. 15 1 Cor 5,15. 406
Tomo XI-A · página PDF 388un especial respeto y una gran obediencia, especialmente al superior y a los que tienen cargos.
Hablo de los «encargados», hermanos míos, que tienen el derecho de mandaros, e incluso de poneros alguna penitencia, aunque por orden del superior, ya que, si lo pueden hacer con los clérigos y hasta con los sacerdotes, mucho más lo podrán hacer con vosotros.
Tenéis unos padres en la compañía: tratadlos como tales, con reverencia y sumisión; en presencia de ellos, tenéis que descubriros.
No importa que tengan imperfecciones, lo mismo que las tengo yo, miserable de mí, que estoy cubierto de iniquidades; están constituidos en un estado santo y elevado, y por tanto digno, no sólo de respeto y de honor, sino de obediencia, sobre todo el superior y los encargados.
Hermanos míos, mientras os mantengáis en esa sumisión de verdaderos hijos, mientras cumpláis con vuestro deber ante los sacerdotes, Dios os bendecirá; pero si tenéis la temeridad de igualaros a ellos, que son vuestros padres, seréis semejantes a Satanás, que decía: In caelum conscendam et similis ero Altissimo 16: subiré hasta el cielo y seré semejante al Omnipotente.
Cuando un laico se quiere igualar con los eclesiásticos es como si quisiera elevarse igual que el demonio.
El hermano que desea igualarse con un sacerdote, al que Dios ha forjado según su corazón, es un demonio 17.
Hermanos míos, poned cuidado en esto; acordaos de que, si queréis juzgarlo todo, mezclaros en los asuntos y obrar a vuestro capricho, decaeréis del espíritu de Dios; y si alguno cae en esta desgracia, ya no será un hermano de la Misión sino un esqueleto que dará horror.
Eso es lo que tienen que hacer los hermanos con los sacerdotes.
Pero ¿qué es lo que deben hacer los sacerdotes con los hermanos?
Les deben amar como a hijos, aunque los traten como hermanos; deben ser además tolerantes y condescendientes con ellos, y compasivos con sus debilidades; sí, padres, debéis amar a los hermanos franca y sinceramente; tenéis que condescender con ellos y compadecer sus debilidades.
Y ésta es la manera de conservar a la compañía en esta santa unión: ________ 16 Is 13,14. 17 1 Sam 2,35. 407
que nuestros hermanos sean respetuosos y obedientes y que los eclesiásticos tengan siempre un verdadero amor y mucha paciencia con nuestros hermanos.
Pero ¿cómo podremos conservar esta unión entre los sacerdotes, los clérigos y los hermanos, la unión entre todos nosotros?
¿cómo?
Gracias a Dios, actualmente existe esta unión.
¿Qué podemos hacer para no romper nunca este amable y deseable vínculo de la caridad?
Voy a hablar ahora en forma resumida de ello y le diré a la compañía que el otro día hablamos de un buen medio para ello; la manera de que contribuyan todos a ello es que practiquen los medios que unen los corazones, como son los que acabamos de decir, a saber, la estima, el respeto y la deferencia de unos con otros y, para ello, combatir incesantemente los vicios contrarios, sobre todo el de la murmuración y hablar de ello con frecuencia en nuestras conferencias, como lo hicimos últimamente al hablar de la murmuración, vicio que es la fuente de la división y el veneno de las comunidades.
Por tanto, si queremos conservar esta unión, hay que desterrar necesariamente de la compañía este maldito vicio.
Es cierto que, por la gracia de Dios, ya le habéis dado caza, de forma que ya no se nota, o casi no se nota; pero hay que poner cuidado en que no vuelva, y para eso ser fieles en practicar los medios que hemos decidido emplear.
Fijaos, hermanos míos, si nos portamos bien en esto, estad seguros de que estamos en el camino, no sólo de mantener esta unión, sino de nuestra misma perfección.
Dios bendecirá a esta compañía, aunque compuesta de unos cualesquiera, de pobres hombres en su mayoría.
Esperemos que servirá a Dios por amor a Dios mismo, como ese tañedor de laúd del que hablaba ayer la lectura del comedor que, por ser sordo, sólo podía complacerse en su hermosa armonía al ver cómo agradaba al príncipe que lo escuchaba 18.
Esperemos, pues, que su divina misericordia, de una forma que no podemos comprender, cuando no haya entre nosotros críticas ni maledicencias, establecerá este medio para mantener a la compañía en el camino de la perfección, para que progresen en él los sacerdotes y los hermanos. ________ 18 Cfr.
FRANCISCO DE SALES, o.c., lib. 4, cap. 11. 408
¡Benditas reglas, que expulsan de la compañía este defecto tan contrario a nuestros progresos en la virtud!
Si a veces, por fragilidad humana, faltamos en esto, el remedio consiste en ponerse enseguida de rodillas y pedir perdón a Dios y a la compañía.
Gracias a Dios, hay algunos que así lo practican; esto contribuye, y no poco, a que nos enmendemos de estos dos vicios; y me parece que noto esta enmienda.
Tal es el segundo medio que conservará a la compañía en el espíritu de la regla.
Finalmente, para decirlo con brevedad, un medio soberano para mantenernos en esta unión es la humildad.
Si hacemos la anatomía de las antipatías y disensiones, veremos que todo proviene de la envidia.
Uno tiene éxito en la predicación o en sus tareas, se complace en ello y se pone a presumir, a enorgullecerse.
¿Qué pasa entonces?
Se le desprecia, se le humilla, no se puede soportar a un hombre que se eleva sobre los demás; he aquí un motivo de división.
Lo contrario, pues, será fuente de paz y de unión, a saber, humillarse, querer que se sepa que somos los peores, y, si nos parece que hemos tenido éxito, reconocer enseguida nuestra impotencia para el bien y nuestra inclinación al mal, por la experiencia de nuestros propios defectos.
Fácilmente podremos encontrar muchas faltas en nosotros mismos, para convencernos de que estamos engañados, de que sólo somos capaces de estropearlo todo, y así seremos miserables a nuestros propios ojos y querremos efectivamente ser despreciados.
Si tenemos buena opinión y buenos sentimientos, que sea para el prójimo y no para nosotros; que los sacerdotes antiguos atribuyan a los otros la estima y el éxito; que los clérigos se consideren por debajo de los demás, y que los hermanos se sujeten al más inferior, según el consejo del príncipe de los apóstoles: «Someteos a toda criatura por amor de Dios» 19.
Y entonces no habrá nada tan amable y tan bien ordenado.
Podría decir otras muchas cosas sobre este tema, pero creo que habrá bastante para haceros ver la importancia que tiene el que los sacerdotes y los hermanos estén muy unidos entre sí por una verdadera caridad, de la forma que acabamos de ________ 19 1 Pe 2,13. 409
Tomo XI-A · página PDF 391decir, si quieren cooperar útil y meritoriamente con los sacerdotes en la salvación de las almas por los medios que ordena la regla.
Me he extendido demasiado sobre este punto, porque creo que es muy importante.
Pasemos ahora al segundo punto, que no será largo, y veamos cuál es el medio que nos indica la regla para llegar al fin propuesto; leamos las palabras exactas de este artículo: «Y para que esta congregación llegue, mediante la gracia de Dios, al fin que se ha propuesto, tiene que hacer todo lo posible por revestirse del espíritu de Jesucristo, etcétera».
Hemos dicho que tanto los hermanos como los sacerdotes están igualmente obligados a trabajar en su propia perfección; pero, en lo referente a la salvación de los pobres y al progreso de los eclesiásticos, ya no es lo mismo, puesto que lo propio de los sacerdotes es predicar, catequizar, trabajar en las avenencias, en la fundación de la cofradía de la caridad, en el servicio de los seminarios, ordenaciones y las otras ocupaciones con el prójimo.
Esto es evidente.
Pero la tarea de los hermanos consiste solamente en proporcionarles la manera de que se dediquen a estas cosas, haciendo el oficio de Marta 20 y contribuyendo a ello con los demás medios que hemos detallado.
Así pues, la regla dice que, para hacer esto, lo mismo que para tender a la perfección, hay que revestirse del espíritu de Jesucristo.
¡Oh Salvador!
¡Oh padre!
¡Qué negocio tan importante éste de revestirse del espíritu de Jesucristo!
Quiere esto decir que, para perfeccionarnos y atender útilmente a los pueblos, y para servir bien a los eclesiásticos, hemos de esforzarnos en imitar la perfección de Jesucristo y procurar llegar a ella.
Esto significa también que nosotros no podemos nada por nosotros mismos.
Hemos de llenarnos y dejarnos animar de este espíritu de Jesucristo.
Para entenderlo bien, hemos de saber que su espíritu está extendido por todos los cristianos que viven según las reglas del cristianismo; sus acciones y sus obras están penetradas del espíritu de Dios, de forma que Dios ha suscitado a la compañía, y lo veis muy bien, para hacer lo mismo.
Ella siempre ha apreciado las máximas cristianas y ha deseado revestirse del espíritu del evangelio, para vivir y para obrar como ________ 20 Lc 10,40-41 410
Tomo XI-A · página PDF 392vivió nuestro Señor y para hacer que su espíritu se muestre en toda la compañía y en cada uno de los misioneros, en todas sus obras en general y en cada una en particular.
Pero ¿cuál es este espíritu que se ha derramado de esta forma?
Cuando se dice: «El espíritu de nuestro Señor está en tal persona o en tales obras» 21, ¿cómo se entiende esto?
¿Es que se ha derramado sobre ellas el mismo Espíritu Santo?
Sí, el Espíritu Santo, en cuanto su persona, se derrama sobre los justos y habita personalmente en ellos.
Cuando se dice que el Espíritu Santo actúa en una persona, quiere decirse que este Espíritu, al habitar en ella, le da las mismas inclinaciones y disposiciones que tenía Jesucristo en la tierra, y éstas le hacen obrar, no digo que con la misma perfección, pero sí según la medida de los dones de este divino Espíritu.
Pero ¿qué es el espíritu de nuestro Señor?
Es un espíritu de perfecta caridad, lleno de una estima maravillosa a la divinidad y de un deseo infinito de honrarla dignamente, un conocimiento de las grandezas de su Padre, para admirarlas y ensalzarlas incesantemente.
Jesucristo tenía de él una estima tan alta que le rendía homenaje en todas las cosas que había en su sagrada persona y en todo lo que hacía; se lo atribuía todo a él; no quería decir que fuera suya su doctrina, sino que la refería a su Padre: Doctrina mea non est mea, sed ejus qui misit me Patris 22.
¿Hay una estima tan elevada como la del Hijo, que es igual al Padre, pero que reconoce al Padre como único autor y principio de todo el bien que hay en él?
Y su amor, ¿cómo era?
¡Oh, qué amor!
¡Salvador mío, cuán grande era el amor que tenías a tu Padre!
¿Podía acaso tener un amor más grande, hermanos míos, que anonadarse por él?
Pues san Pablo, al hablar del nacimiento del Hijo de Dios en la tierra, dice que se anonadó 23 ¿Podía testimoniar un amor mayor que muriendo por su amor de la forma en que lo hizo 24 ¡Oh, amor de mi Salvador!
¡Oh, amor!
¡Tú eras incomparablemente más grande que cuanto los ángeles pudieron comprender y comprenderán jamás! ________ 21 Rom 5,5; 8,11. 22 Jn 7,16. 23 Flp 2,17. 24 Jn 15,13. 411
Sus humillaciones no eran más que amor; su trabajo era amor, sus sufrimientos amor, sus oraciones amor, y todas sus operaciones exteriores e interiores no eran más que actos repetidos de su amor.
Su amor le dio un gran desprecio del mundo, desprecio del espíritu del mundo, desprecio de los bienes, desprecio de los placeres y desprecio de los honores.
He aquí una descripción del espíritu de nuestro Señor, del. que hemos de revestirnos, que consiste, en una palabra, en tener siempre una gran estima y un gran amor de Dios.
Jesucristo estaba tan lleno de él que no hacía nada por sí mismo ni por buscar su satisfacción: Quae placita sunt ei, facio semper 25; hago siempre la voluntad de mi Padre; hago siempre las. acciones y las obras que le agradan.
Y lo mismo que el Hijo eterno despreciaba el mundo, los bienes, los placeres y los honores, por ser ésa la voluntad del Padre, también nosotros entraremos en su espíritu despreciando todo eso como él.
Así pues, hermanos míos, hemos de trabajar en la estima de Dios y procurar concebir un aprecio de él muy grande.
¡Oh hermanos míos!
Si tuviésemos una vista tan sutil que penetrásemos un poco en lo infinito de su excelencia, ¡Oh Dios mío, oh hermanos míos qué sentimientos tan altos sacaríamos!
Diríamos, como san Pablo, que ni los ojos vieron, ni los oídos oyeron, ni el espíritu comprendió nada semejante 26.
Es un abismo de dulzura, un ser soberano y eternamente glorioso, un bien infinito que abarca todos los bienes; todo es allí inabarcable.
Pues bien, el conocimiento que de él tenemos, y que está por encima de todo entendimiento, debe bastarnos para apreciarlo infinitamente.
Y este aprecio tiene que hacernos anonadar en su presencia y hacernos hablar de su suprema majestad: con un gran sentimiento de humildad, de reverencia y de sumisión; y a medida que lo vayamos apreciando, lo amaremos más; y ese aprecio y ese amor nos darán un deseo continuo de cumplir siempre su santa voluntad, un cuidadoso esmero por no hacer nada en contra suya y un gran alejamiento de las cosas de la tierra, despreciando todos sus bienes.
Dios mío, conserva en nuestros corazones una santa aversión de los bienes y placeres perecederos, que no los busque________ 25 Jn 8,29 26 1 Cor 2,9 412
Tomo XI-A · página PDF 394mos nunca y evitemos con cuidado las propias satisfacciones en donde la naturaleza se introduce imperceptiblemente, como es el querer que los demás se acomoden a nosotros, que todo nos salga bien, que todo nos sonría.
¡Oh Salvador, enséñanos a poner todo nuestro gusto en ti, a amar lo que tú has amado y complacernos en lo que a ti te complace!
¡Dios mío!, la necesidad nos obliga a poseer bienes perecederos y a conservar en la compañía lo que Dios le ha dado; pero hemos de aplicarnos a esos bienes lo mismo que Dios se aplica a producir y a conservar las cosas temporales para ornato del mundo y alimento de sus criaturas, de modo que cuida hasta de un insecto; lo cual no impide sus operaciones interiores, por las que engendra a su Hijo y produce al Espíritu Santo; hace éstas sin dejar aquellas.
Así pues, lo mismo que Dios se complace en proporcionar alimento a las plantas, a los animales y a los hombres, también los encargados de este pequeño mundo de la compañía tienen que atender a las necesidades de los particulares que la componen.
No hay más remedio que hacerlo así Dios mío; si no, todo lo que tu providencia les ha dado para su mantenimiento se perdería, tu servicio cesaría y no podríamos ir gratuitamente a evangelizar a los pobres.
Permite, pues, Dios mío, que, para seguir trabajando por tu gloria, nos dediquemos a la conservación de lo temporal, pero que esto se haga de forma que nuestro espíritu no se vea contaminado por ello, ni se lesione la justicia, ni se enreden nuestros corazones.
Oh Salvador, quita el espíritu de avaricia de la compañía, dale sólo lo que baste para las necesidades de la vida y mira por ella, Señor, lo mismo que miras por todos los pueblos de la tierra y por los animales más pequeños, con una atención general y particular, sin que esas obras exteriores te aparten un solo instante de esas operaciones eternas y admirablemente fecundas que tienes en tu interior.
Que los superiores y encargados de la compañía hagan lo mismo, dedicándose con vigilancia y esmero a sus tareas, proporcionando a todo el cuerpo y a cada miembro lo que le conviene, sin apartarse de la vida interior y de la unión cordial que deben tener contigo.
En cuanto a los honores, Dios mío, líbranos de ese humo del infierno, aleja de nosotros esa ambición condenable que 413
Tomo XI-A · página PDF 395echó a los ángeles del paraíso y que convirtió a los hombres en demonios; ese deseo insaciable de honores que le hace a uno tener una buena opinión de sí, de todo lo que hace, que origina el desprecio a los demás y lleva al soberbio a elevarse como un dragón.
Es un monstruo sutil y venenoso, que se cuela por todas partes, y que infecta con su aliento emponzoñado a las almas más recogidas.
Ese demonio está siempre rondando alrededor de las comunidades y de las personas que están más cerca de la santidad, intentando devorarlas 27; a esas es a las que busca especialmente el demonio, para llenarlas de propia estima y satisfacción y que les vaya costando cada vez más someterse, para reducirlas finalmente a que no sigan más que sus falsas luces, y hacerlas caer luego en algún precipicio.
¡Qué desgracia!
¡Que desgracia tan grande!
Bien, hermanos míos, esto es lo que tenía que deciros en general sobre el espíritu de Jesucristo; nos queda ahora hablar con mayor detalle sobre lo que dice la regla en concreto; pero, como ha pasado la hora, me contentaré con deciros que esta estima y amor de Dios, y la conformidad con su santa voluntad, y el desprecio del mundo y de nosotros mismos, que hemos de imitar en Jesucristo para revestirnos de su espíritu, no podrá mostrarse mejor en cada uno de nosotros que por medio de la práctica de las virtudes que más brillaron en nuestro Señor cuando vivió sobre la tierra, esto es, las que están comprendidas en sus máximas, en su pobreza, castidad y obediencia, en su caridad con los enfermos, etcétera; de forma que, si nos ponemos a imitar a nuestro Señor en la práctica de todo esto, según señalan las otras reglas, hemos de esperar que quedaremos revestidos de su espíritu.
Tomo XI-A · página PDF 396¡Quiera Dios concedernos la gracia de conformar toda nuestra conducta a su conducta y nuestros sentimientos con los suyos, que él mantenga nuestras lámparas encendidas en su presencia 28 y nuestros corazones atentos siempre a su amor y dedicados a revestirse cada vez más de Jesucristo de la forma que os acabo de decir!
Todos los bautizados están revestidos de su espíritu, pero no todos realizan las obras debidas.
Cada ________ 27 1 Pe 5,8. 28 Lc 12 35. 414
uno tiene que tender, por consiguiente, a asemejarse a nuestro Señor, a apartarse de las máximas del mundo, a seguir con el afecto y en la práctica los ejemplos del Hijo de Dios, que se hizo hombre como nosotros, para que nosotros no sólo fuéramos salvados, sino también salvadores como él; a saber, cooperando con él en la salvación de las almas.
Acordémonos, padres y hermanos míos, de que no conseguiremos esta felicidad y este honor, si no nos esforzamos en conservar la santa unión que os hemos recomendado tanto; para eso, hay que emplear los medios que os hemos señalado, especialmente la estima y el respeto mutuo entre nosotros, y sobre todo la santa humildad y la huida de toda crítica y maledicencia.
Pero en vano nos esforzaremos en gozar de este bien, si no nos ayuda el mismo Dios.
¿Queréis, hermanos míos, que le pidamos ahora que nos conceda esta gracia y que mañana hagamos todos la oración para animarnos en este deseo de parecernos a él en nuestros pensamientos, palabras y acciones, y practicar finalmente todo lo que acabo de recomendaros?
No dudo de que ya estáis dispuestos a hacerlo así, pero hay que robustecerse en esta resolución por medio de frecuentes oraciones y nuevos propósitos.
Si Dios ha querido proponernos todo esto, no dejará de ser fiel a su promesa, pues él mismo dijo que haríamos las obras que él hizo, y todavía mayores 29.
Y esto es lo que puedo deciros, por ahora, sobre la explicación de esta regla y de la anterior. 120 [197,XII, 114-129] CONFERENCIA DEL 14 DE FEBRERO DE 1659 SOBRE LAS MÁXIMAS DEL EVANGELIO (Reglas comunes, cap. 2, art. 1) Necesidad de seguir la doctrina de Jesucristo y de huir del mundo.
Razones y medios propios para adherirse a la doctrina de Nuestro Señor. ________ 29 Jn 14,12.
Conferencia 120.
— Manuscrit des Conférences. 415
Hermanos míos, el tema propuesto para la conferencia es sobre el empleo del tiempo.
Ayer por la tarde, hablando con el padre Gicquel 1, dudaba de si podría abusar de vuestra paciencia esta tarde, pero hoy me encuentro con menos molestias y he pensado, in nomine Domini , hablaros del segundo capítulo de nuestras reglas y retrasar el tema del empleo del tiempo para otro día.
Hasta ahora, hermanos míos, se os ha hablado del fin de la compañía, que es el de trabajar ante todo y sobre todo por la propia perfección, por la propia perfección (y repitió estas palabras con un tono grave y pausado, para inculcar este sentimiento en la compañía); y esto, imitando las virtudes que nuestro Señor nos ha enseñado con su ejemplo y sus palabras.
Por consiguiente, hemos de tener siempre este divino cuadro ante los ojos.
En segundo lugar, asistir a las pobres gentes del campo, instruirlas en las virtudes cristianas, exhortarlas a una buena vida, ayudarles a hacer una buena confesión general y todo lo demás.
En tercer lugar, servir al estado eclesiástico según nuestra pobreza, según la poca ciencia y virtud que tenemos; y aunque estos señores tengan más que nosotros, sin embargo hemos de atenderles en ello.
A continuación dice la regla que la compañía está compuesta de eclesiásticos y de laicos; que la tarea de los primeros es ir de aldea en aldea evangelizando a los pobres, dirigir los seminarios y las conferencias y dedicarse a las demás obras que la compañía tiene costumbre de realizar en favor del prójimo.
En cuanto a los hermanos, su tarea es la de Marta, que consiste en trabajar corporalmente al lado de los eclesiásticos, contribuyendo a sus funciones espirituales con sus oraciones, lágrimas, mortificaciones y buenos ejemplos.
Se ha dicho que el espíritu de Jesucristo es necesario a los unos y a los otros para realizar útilmente sus obligaciones; pues ¿qué es el espíritu del hombre, sino miseria y vanidad?
Por tanto, hay que estar animados de su espíritu para realizar las obras señaladas en nuestras reglas.
Pues bien, para conocer y para tener este espíritu, se ha dicho que los siguientes artículos indicarían en que consiste y los medios para adquirirlo. ________ 1 Subasistente de la casa. 416
Tomo XI-A · página PDF 398Leamos el capítulo segundo de este librito de nuestras reglas; esto es lo que dice: «Ante todo, procure cada uno mantenerse bien en esta verdad, que la doctrina de Jesucristo nunca puede engañar, mientras que la del mundo siempre lleva a la mentira, ya que el mismo Jesucristo nos asegura que ésta es semejante a una casa construida sobre arena y que la suya se parece a un edificio construido sobre tierra firme; por consiguiente, la congregación hará profesión de obrar siempre según la doctrina de Jesucristo, y nunca según las máximas del mundo; y para ello, cumplirá especialmente lo que sigue».
Así pues, hay que poner como fundamento de todo que la doctrina de Jesucristo hace lo que dice, mientras que la del mundo no da nunca lo que promete; que los que hacen lo que Jesucristo enseña construyen sobre la roca, y que ni la inundación de las aguas ni el ímpetu de los vientos podrán derribarlo 2; y quienes no hacen lo que él ordena se parecen a quien construye su casa sobre la arena movediza, que se cae ante el primer huracán.
Por tanto, quien dice doctrina de Jesucristo, dice roca inquebrantable, dice verdades eternas que son seguidas infaliblemente de sus efectos, de modo que el cielo se derrumbaría antes de que fallase la doctrina de Jesucristo.
Por eso la regla concluye que es menester que la compañía haga profesión de abrazar siempre y practicar la doctrina de Jesucristo, y nunca la del mundo, y que al obrar de esta forma se llenará y se revestirá de Jesucristo.
Para explicar bien esta regla y, en consecuencia, para sacar fruto de ella, mantendremos el orden que ya hemos observado en la explicación de algunos de los artículos anteriores, y que seguiremos quizás en los siguientes, si el tema nos obliga a ello, como el de hoy.
Diremos, pues, en qué consiste la doctrina de Jesucristo y lo que se entiende por la del mundo; 2.º señalaremos algunos motivos para aficionarnos a ella; 3.º indicaremos algunos medios para practicarla.
En cuanto al primer punto, la doctrina de Jesucristo se define de este modo: una ley divina positiva, dada a todos los ________ 2 Mt 7.25. 417
hombres por Jesucristo, legislador, maestro de costumbres, institutor del santo sacrificio y de los sacramentos nuevos.
Esta es la definición.
Pues bien, propiamente hablando, una ley obliga a que se la observe.
Pero hay que saber que esta doctrina de Jesucristo consiste en mandamientos y en consejos, que se llaman evangélicos.
Los mandamientos obligan al entendimiento y a la voluntad, como éste: Hoc est praeceptum meum, ut diligatis invicem 3: mi mandamiento es que os améis los unos a los otros.
Esta es una ley coactiva que manda; pero hay otras que no son coactivas, sino leyes directivas, que nos proponen los consejos evangélicos para la perfección, como por ejemplo: «Vended todo lo que poseáis y dadlo en limosna» 4.
Se trata de una ley divina y positiva que se señala y propone a todos los hombres para que cada uno la abrace según su condición y según las disposiciones y atracción que tenga para ello; pero no obliga so pena de pecado a que se la practique, aunque todos estén obligados a respetarla, de forma que pecarían si la despreciasen.
Pues bien, esta doctrina o ley de Jesucristo está contenida en el nuevo testamento, bien en lo que nos enseñan los apóstoles, por vía de inspiración, o bien por sí mismo, en los evangelios, donde él nos habla de viva voz.
Para entenderlo mejor, hay que saber que el nuevo testamento se divide primero en la explicación de la sagrada escritura y la ampliación de la misma para instrucción y buena vida del pueblo; en segundo lugar se divide en la institución del santo sacrificio, de los sacramentos y de las órdenes que Jesucristo ha establecido; y en tercer lugar, en doctrina preceptiva, que manda, y directiva o de dirección, que aconseja, y que es lo que llamamos consejos evangélicos.
De esta tercera clase de doctrina evangélica, tanto preceptiva como directiva, es de la que queremos hablar en esta charla y de la que hace mención la regla.
También las llamamos máximas evangélicas.
Sé muy bien que, propiamente hablando, las máximas, llamadas con otro nombre axiomas, son ciertos principios que carecen de pruebas, de los que se sacan consecuencias concluyentes; pero, comúnmente hablando. se las toma, no sólo como ________ 3 Jn 15,12. 4 Mt 19,21. 418
Tomo XI-A · página PDF 400primeros principios, sino también por las conclusiones que de ellos se infieren, tanto mediata como inmediatamente, e incluso por las sentencias y dichos notables que tienden, directa o indirectamente, a la práctica de alguna virtud o a la huída de algún vicio.
En todos estos sentidos tomamos la palabra máxima y así se la entiende en este capítulo de nuestras reglas, titulado: Sobre las máximas evangélicas.
¿Y cuáles son estas máximas?
Hay un gran número de ellas en el nuevo testamento, pero las principales y fundamentales son las que se detallan en el sermón que tuvo nuestro Señor en la montaña, que comienza: «Bienaventurados los pobres de espíritu» 5; este sermón comprende los capítulos 5, 6 y 7 de san Mateo.
Pongamos por ejemplo ésta, que es de las fundamentales: «Id y tened con vuestro prójimo el mismo trato con que os gustaría ser tratados» 6, Esta máxima es la base de la moral, y sobre este principio se pueden regular todas las acciones de la justicia secular; sobre ella estableció Justiniano sus leyes y los jurisconsultos han regulado el derecho civil y canónico.
Y como toda conclusión que se saca de uno o de varios principios tiene que mostrar con seguridad lo que ordenan para la práctica de la virtud, o lo que prohíben para la huida del vicio, así también de estas máximas evangélicas se sacan consecuencias ciertas que llevan, según los designios de nuestro Señor, no sólo a huir del mal y a seguir el bien, sino también a procurar la mayor gloria de Dios, su Padre, y a adquirir la perfección cristiana.
Para tener una mayor inteligencia de estas máximas y distinguir mejor las que obligan de las que no obligan, es conveniente añadir aquí que hay algunas que obligan a su observancia, como éstas: «Guardaos de toda avaricia» 7, «Haced penitencia» 8, porque son mandamientos absolutos.
Otras no obligan, según santo Tomás, más que quoad praeparationem animi, esto es, a la disposición de recibirlas en caso necesario, cuando se le propongan a uno y éste tenga poder para cumplirlas, como ________ 5 Mt 5.3 6 Mt 7,12. 7 Lc 12,15. 8 Mt 4,17. 419
ésta: «Haced bien a los que os odian» 9.
Hay otras que son puramente consejos, como por ejemplo: «Vended todo lo que poseéis y dadlo en limosna» 10 porque nuestro Señor no obliga a nadie a vender todos sus bienes para dárselos a los pobres; esto es sólo para una mayor perfección.
Finalmente, hay otras que son también puros consejos evangélicos, pero que sin embargo obligan a veces a observarlos por haberse convertido en preceptos; esto sucede cuando se ha hecho voto de guardarlos, haciendo voto de pobreza, castidad y obediencia, ya que los consejos evangélicos se refieren y se reducen a estas tres virtudes, pues no hay ninguno que no tenga que ver con la pobreza, con la castidad o con la obediencia.
Según esto, hermanos míos, nosotros que hemos hecho voto de guardar estos tres consejos evangélicos estamos obligados a observarlos; y al observarlos, podemos estar seguros de edificar sobre la roca y de levantar un edificio permanente.
Esos son los consejos y las máximas de las que habla nuestra regla y las que dice que ha de abrazar nuestra compañía.
Esta obligación nos compromete al mismo tiempo a huir de las máximas del mundo, ya que son opuestas a las de evangelio; y para poder huir de ellas, hay que saber cuáles son.
Os he prometido explicaros qué es lo que se entiende por estas máximas del mundo.
Pues bien, no sabría describirlas mejor que haciéndoos ver cómo se oponen a las de Jesucristo y en qué las contradicen.
Expliquemos cómo.
En primer lugar, las máximas de nuestro Señor dicen: «Bienaventurados los pobres» 11; y las del mundo: «Bienaventurados los ricos».
Aquellas dicen que hay que ser mansos y afables; éstas, que hay que ser duros y hacerse temer.
Nuestro Señor dice que la aflicción es buena: «Bienaventurados los que lloran»; los mundanos, por el contrario: «Bienaventurados los que se divierten y se entregan a los placeres» «Bienaventurados los que tienen hambre y sed, los que están sedientos de justicia»; el mundo se burla de esto y dice: «Bienaventurados los que trabajan por sus ventajas temporales, por hacerse grandes». ________ 9 Mt 5,44. 10 Mt 19,21. 11 Mt 5,3-6. 420
«Bendecid a los que os maldicen» 12 dice el Señor; y el mundo dice que no hay que tolerar las injurias: «al que se hace oveja, lo comen los lobos»; que hay que mantener la reputación a cualquier precio, y que más vale perder la vida que el honor.
Y esto basta para conocer cuál es la doctrina del mundo y qué es lo que pretende.
Por consiguiente, nuestra regla, al comprometernos a seguir la doctrina de Jesucristo, que es infalible, nos obliga al mismo tiempo, como hemos dicho, a ir contra la doctrina del mundo, que es un abuso.
No es que en el mundo no haya proverbios que sean buenos y que no se opongan a las máximas cristianas, como éste: «Haz bien y encontrarás bien».
Esto es verdad; los paganos y los turcos lo confiesan, y todos están de acuerdo en eso.
Un día estaba viajando con un consejero del consejo mayor; me decía que las buenas máximas del mundo son como los consejos evangélicos.
Por ejemplo: «El que mucho abarca, poco aprieta».
Es una verdad constante y comprobada; todos lo han experimentado.
En el mundo hay máximas buenas y máximas malas; las buenas son aquellas en las que todos están de acuerdo y no contradicen al evangelio; las malas son las que se oponen a las de Jesucristo y sólo las aprueban los malvados y los mundanos.
Sin embargo, existe cierta diferencia entre las buenas máximas de este mundo y las del evangelio; porque en aquellas estamos de acuerdo por la experiencia, por haber comprobado sus efectos; mientras que de las de nuestro Señor conocemos su infalibilidad por su espíritu, que nos da su conocimiento y que nos hace ver cuáles son sus divinas consecuencias, ya que, como nos las enseña la verdad eterna, son muy verdaderas y siempre alcanzan su efecto.
Los buenos hombres del campo saben que la luna cambia, que hay eclipses de sol y de los demás astros; hablan con frecuencia de ello y son capaces de ver esos sucesos, cuando tienen lugar.
Pero un astrónomo no sólo los ve como ellos, sino que los prevé de antemano, conoce los principios del arte o de la ciencia; dirá: «Tal día, a tal hora y en tal minuto habrá un eclipse».
Pues bien, si los astrónomos, por su ciencia, tienen ________ 12 Lc 6,28. 421
esta penetración infalible, no sólo en Europa, sino entre los chinos, y en medio de esta oscuridad del futuro penetran tan hondo con su vista que conocen con certeza los extraños efectos que tienen que ocurrir por el movimiento de los cielos de aquí a cien años, a mil años, a cuatro mil años, y hasta el fin del mundo, gracias a las reglas que tienen, si los hombres tienen este conocimiento — repito — , ¡cuánto más esta luz eterna, que penetra hasta en las más pequeñas circunstancias de las cosas más ocultas, ha visto la verdad de estas máximas!
¡Ay, padres!
Estemos convencidos de que estas máximas, que nos ha propuesto la infinita caridad de Jesucristo, no pueden engañarnos.
Lo malo es que no nos fiamos de ellas y atendemos más a la prudencia humana.
¿No veis que obramos mal al fiarnos más de los razonamientos humanos que de las promesas de la eterna sabiduría, de las apariencias engañosas de la tierra más que del amor paternal de nuestro salvador, que ha bajado del cielo para librarnos del error?
¡Oh Salvador, bien sabes tú el valor de esta máxima cuando nos la has dado, a pesar de que pocos pueden comprenderla: «Si te abofetean en una mejilla, pon la otra» 13!
Tu providencia permite que a veces veamos su importancia, pero nos dejamos llevar por lo contrario.
Por favor, hermanos míos, ¿qué máxima será la mejor?
¿la de que presentemos la mejilla izquierda cuando nos han abofeteado en la derecha, o la del mundo que quiere que nos sintamos ofendidos?
¿Quién conoce mejor la naturaleza de estas máximas: el mundo que pide venganza o el Hijo de Dios que nos aparta de ella?
Por ejemplo, un hidalgo recibe un bofetón; el resentimiento le hace echar mano a la espada; todo el mundo se pone a su lado para ayudarle a vengar esta afrenta; la venganza le lleva a la lucha: pero entonces resulta que se ve en peligro de perder sus bienes por confiscación, su vida en aquel duelo, su alma por aquel crimen, su mujer y sus hijos por esta desgracia.
¿No hubiera sido mejor que aquel desgraciado se hubiese atenido a la máxima de nuestro Señor, que habría mantenido su persona y su casa en la prosperidad y le habría atraído las gracias de Dios, en vez de seguir las máximas del ________ 13 Mt 5.39. 422
Tomo XI-A · página PDF 404mundo, que le han puesto en un trance tan apurado, con peligro inminente de eterna condenación?
¿No veis cómo las máximas del mundo son falsas, mientras que las de nuestro Señor resultan siempre ventajosas en la práctica, aunque parezcan difíciles?
Por tanto, hay que atenerse a esas verdades, hermanos míos; hay que portarse siguiendo las luces del cielo.
Hay una máxima que prohíbe pleitear: «Si te quitan el manto, dales también el vestido» 14.
¿Qué consejo creéis que se debe seguir: sostener un proceso cuando quieren quitaros una cosa bien adquirida, o dejarla sin llegar a disputar?
¡Ay, padres, ya hemos experimentado demasiado bien en nosotros mismos las malas consecuencias de lo primero con la pérdida de Orsigny, que servirá de escarmiento a la compañía para que evite los procesos!
¿No hubiera sido mejor dejar aquella finca, aunque nos la dieron sin haberla buscado?
Ya sabes tú, Dios mío,- que nosotros nada hicimos por tenerla; tú lo sabes, Dios mío, tú lo sabes.
¿No hubiera sido mejor dejarla de antemano a pesar de los grandes gastos que habíamos hecho en ella, en vez de pleitear, como hemos hecho, deseando conservar aquel bien tan justamente adquirido, ya que de esta forma lo hemos perdido todo?
Dios lo ha permitido así para que aprendiéramos a costa nuestra cuán engañosa es la prudencia humana, y cómo su divina palabra merece todo crédito y amor. «¡Pues qué!, dirá alguno, ¿hemos de dejarnos despojar vivos sin decir ni una sola palabra contra la injusticia?
¿No es mejor defenderse para conservar lo que tenemos?».
— Le diré que a veces uno está obligado a ir ante el juez.
Así lo hizo nuestro Señor y san Pablo sostuvo un proceso, defendiendo él mismo su causa 15, Cuando la justicia nos llama, estamos obligados a responder; pero previamente conviene que la compañía, para honrar el consejo de nuestro Señor y tener devoción a esta máxima, se disponga a preferir antes perder que litigar, y procure apagar toda clase de desavenencias, cueste lo que cueste, antes de obstinarse en sostener sus derechos, de forma que no acuda nunca a los tribunales sin haber buscado antes ________ 14 Mt 5,40. 15 Mt 27; Hech 25,12. 423
Tomo XI-A · página PDF 405un arreglo.
Démosle a Dios esta gloria, hermanos míos, y al público este ejemplo.
Nuestra regla nos obliga, pues, a mantener con firmeza las máximas de nuestro Señor; por tanto, hermanos míos, hemos de entregarnos a Dios para estimarlas y amarlas y observarlas cada una a su debido tiempo.
Pidámosle esta gracia con oraciones y sacrificios; empleemos todos los medios que Dios ha inspirado a su Iglesia, para entrar en estas verdades divinas y dirijamos toda nuestra vida, nuestro proceder y nuestro afecto en esta dirección.
He aquí algunas razones para excitarnos a ello.
La primera, que Jesucristo, la eterna sabiduría, ha dicho que los que escuchan su palabra y la ponen en práctica son semejantes a los sabios que construyen sobre tierra firme y tienen una casa que durará para siempre; por el contrario, los que lo escuchan pero no lo siguen, se parecen a los necios que edifican sobre la arena y se exponen a la ruina 16.
Si nos atenemos a las santas máximas de nuestro Señor, construiremos sobre una roca inconmovible y nos iremos elevando continuamente de virtud en virtud.
Si los superiores de la compañía ponen empeño en impedir que retroceda y en hacer que siga siempre avanzando en esta santa observancia, si Dios quiere que nos mantengamos todos firmes y sólidos en esta resolución, la compañía hará grandes progresos en su perfección y en el servicio de la Iglesia y del pueblo; pero hay que poner interés en ello y convencerse de esta necesidad, si queremos evitar nuestra caída particular y general y gozar de los grandes bienes prometidos a los que se mantienen firmes.
La segunda razón se saca del capítulo 5 de san Mateo, donde nuestro Señor les dice a los apóstoles y demás discípulos: «Ved que os lo anuncio: si alguien quita un solo punto y enseña a los demás a que hagan como él, ése será un hombre malvado y muy pequeño delante de Dios; pero el que haga y enseñe lo que yo os ordeno, ése será llamado grande en el reino de os cielos» 17.
Nuestro Señor veía a algunos de esos entre ellos: «Tenemos, dirán, los mandamientos de la ley; ¿no es bastante?».
Quiere obligarnos a ciertos preceptos difíciles y ________ 16 Mt 7,26. 17 Mt 5,18-19. 424
dice que sólo serán bienaventurados quienes los guarden.
Por eso, en el capítulo 7 del mismo san Mateo, Jesucristo les responde: «Sabed que la puerta del cielo es estrecha, que el camino ancho lleva a la perdición y que es grande el número de los que entran por la puerta ancha que lleva al infierno» 18.
Padres, no nos engañemos; lo ha dicho el Hijo de Dios, que conocía esa desgraciada inclinación de los hombres a vivir según su capricho y, al ver que serían pocos los que se violentarían por seguir el evangelio, nos lo ha advertido.
Tengamos cuidado, veamos lo que han dicho los santos y cómo ellos opinan que se salvarán pocos.
Pensemos que en el arca de Noé sólo entraron siete u ocho, y que todos los demás perecieron 19, y que de diez vírgenes sólo cinco fueron admitidas 20, y que de diez leprosos curados sólo uno volvió a Jesucristo 21, Estos ejemplos son un indicio del escaso número de los elegidos. «Por sus frutos los conoceréis», dijo nuestro Señor 22; los que, habiendo sido bautizados, renuncian al mundo, al demonio y a la carne y, por medio de una fe viva, animados del espíritu de Jesucristo, realizan las obras del evangelio, esos son los que llegan al trono de Jesucristo.
¡Oh, qué pocos son esos!
Usted nos habla de ese pequeño número, pero vemos que los que han observado la ley de Moisés han hecho milagros, tal como dirán ellos mismos al Salvador del mundo el último día; pero él les responde de antemano: «No todos los que me dicen: ¡Señor, Señor! entrarán en el reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre» 23; «Muchos me dirán aquel día: Señor, Señor, ¿no hemos echado a los demonios, profetizado y hecho muchos prodigios en tu nombre?
Y entonces yo les diré: No os conozco; marchaos, malvados, apartaos de mí; yo os abandono»
¡Qué grande será el número de esos desventurados!
¿Nos expondremos quizás nosotros a esta desgracia ya caminar con ellos por el camino ancho, después de haber sido llamados al camino estrecho, para ser del pequeño número ________ 18 Mt 7,14. 19 1 Pe 3 20. 20 Mt 25,1-12. 21 Lc 17,17. 22 Mt 7,16. 23 Mt 7,21. 425
de los que se salvan? 24 ¿Seremos como esos obreros de la iniquidad que construyen sobre arena y que perecen miserablemente?
¡Oh, Jesús, Salvador mío, somos tuyos y queremos, con tu gracia, abrazar tus máximas!
Y esta es la tercera razón que nos obliga a ello: que nuestro Señor, que nos dio estos divinos consejos, fue el primero en observarlos.
Que me señalen una máxima que no haya practicado este divino legislador.
Es verdad que no se arrancó los ojos ni se cortó la mano; pero tampoco les ordenó estas cosas más que a los que tienen ojos ambiciosos y manos que escandalizan 25, y además, no hay que tomar estas cosas al pie de la letra; lo que se dice es que no hay más que cerrar los ojos para no ver la ocasión maldita que provoca al pecado, y que hay que cortar toda amistad y conversación peligrosa.
Fuera de esto, se trata de perderlo todo, de no tener nada, de sufrir las injurias, de amar a los enemigos, de rezar por los perseguidores 26, de renunciar a sí mismo y de llevar la cruz 27: y todas esas cosas las hizo él para cumplir con la voluntad de su Padre.
Pues bien, si somos sus hijos, hemos de seguirle, abrazando como él la pobreza, las humillaciones, los sufrimientos, despegándonos de todo lo que no es Dios, y uniéndonos con el prójimo por la caridad para unirnos con Dios mismo por Jesucristo.
A todo esto es a lo que nos llevan estas máximas; y entonces construiremos sobre roca, de forma que no podrán derribarnos las tentaciones de nuestras pasiones, como derriban de ordinario a los que basan su conducta en las máximas del mundo.
Los medios para mantenernos bien en las máximas del evangelio son que todos lean con atención y devoción el nuevo testamento, especialmente los capítulos de san Mateo que las contienen, o sea, el quinto, el sexto, el séptimo y el décimo, y que, desde mañana, empiecen a leerlos con elevación del espíritu a Dios para pedirle su estima y su inteligencia, y excitarse al deseo de cumplirlas sin faltar nunca a ellas, y procurar — desde el primer día — ponerlas en práctica. ________ 24 Mt 7,14. 25 Mt 5,29-30. 26 Mt 5,44-45. 27 Mt 16,24. 426
Pero no basta con esto; conviene hacer la oración sobre este tema.
No sé todavía si pondremos como lectura de la meditación una máxima, o si cada uno en particular meditará la que crea que más necesita.
Ya veremos.
Entretanto, que cada uno siga la inclinación que Dios le dé después de haber leído estos cuatro capítulos, tomando como materia de la primera oración que haga luego las máximas que más le convengan. 2º.
Otro medio muy bueno para llevarnos a la práctica de estas máximas es considerar con frecuencia que la compañía, desde el principio, ha tenido el deseo de unirse a nuestro Señor para hacer lo que él hizo al practicar estas máximas y hacerse, como él, agradable al Padre eterno y útil a su Iglesia, y que efectivamente ha procurado progresar y perfeccionarse en ello, si no en el grado que deberíamos haber alcanzado, sí de la forma menos mala que hemos podido.
Esta consideración tiene que animar a los nuevos y a los antiguos, pensando que es ése el espíritu del que han de estar animados los misioneros de una manera especial.
Señor, perdónanos las faltas que en ello hemos cometido, renueva en nosotros el corazón con que las abrazamos un día, aumentándonos la gracia de cumplirlas tal y como están en nuestras humildes reglas, donde, al obrar de esta forma, hermanos míos, encontraremos el espíritu de nuestro Señor, el espíritu de sus máximas y todo lo que él nos señala en ellas, para hacernos dignos obreros de su evangelio.
Esta ha sido la devoción que siempre ha existido entre nosotros, pero, por culpa mía, la compañía no ha producido los frutos que debería haber producido.
Hay que esperar de la bondad de Dios, hermanos míos, de vuestras disposiciones actuales y de la gracia de la compañía, que ha hecho estas reglas como un resumen del evangelio, acomodado al uso que más necesitamos para unirnos a Jesucristo y responder a sus designios, que nos concederá la gracia de llevar cada máxima y cada regla al último grado de perfección.
Se trata de formar una compañía animada del espíritu de Dios y que se conserve en la práctica de este espíritu.
¡Bendito sea Dios, que ha puesto los fundamentos y que os ha escogido para ello!
¡Bendito sea su santo nombre por haber puesto en vosotros estas disposiciones!
Esto se demuestra en que habéis abandonado el mundo y habéis hecho los 427
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