Conferencia · tomo XI-A
SOBRE LA HUMILDAD
18 DE ABRIL DE 1659
126 [203, XII, 195-211] CONFERENCIA DEL 18 DE ABRIL DE 1659 SOBRE LA HUMILDAD (Reglas comunes, cap. 2, art. 7) Naturaleza de la virtud de la humildad.
Belleza de esta virtud.
Medios para ponerla en práctica.
Condiciones necesarias para poseerla realmente.
Hermanos míos, hemos llegado al artículo séptimo del capítulo segundo de nuestras reglas.
En la última conferencia sobre este tema, dijimos que nuestro Señor nos ha invitado a que aprendiéramos de él una lección que nos ha enseñado: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» 1. «Que soy manso»: de eso ya hablamos entonces; «que soy humilde de corazón»: no hablamos entonces, aunque había pensado hacerlo.
Pasó el tiempo y mi miseria es tan grande que no logro avanzar.
Nos quedamos, pues, en la segunda lección, de la que vamos a hablar ahora.
Esto es lo que dice nuestra regla: Pues bien, esta humildad, que tantas veces nos recomienda Jesucristo con su palabra y su ejemplo y en cuya adquisición debe trabajar la compañía con todas sus fuerzas, ha de tener tres condiciones: la primera, juzgarnos con toda sinceridad dignos de desprecio; la segunda, sentirnos contentos de que los demás conozcan nuestros defectos y nos desprecien por ellos; la tercera, ocultar el poco bien que Dios haga por medio de nosotros o en nosotros, pensando en nuestra propia bajeza, y si esto no es posible, atribuirlo totalmente a la misericordia de Dios y a los méritos de los demás.
Aquí es donde está el fundamento de la perfección evangélica y el nudo de toda la ________ Conferencia 126.
— Manuscrit des conférences.
Puede verse otra redacción de esta conferencia en L.
Abelly, que ha publicado un extenso extracto de la misma (o. c, lib.
III, cap. 13, sec. 2, p. 216 s.). 1 Mt 11,29. 482
vida espiritual.
Quien tenga esta virtud obtendrá fácilmente todas las demás; y el que no la tenga, se verá también privado de las que parece que tiene y vivirá en continuas preocupaciones.
El sentido de este artículo de nuestras reglas está tan claro que no hay nadie que no lo entienda, y casi no tiene necesidad de ninguna explicación.
Se trata pues, hermanos míos, de la santa humildad, tan estimada y tan recomendada por nuestro Señor, y que hemos de abrazar precisamente por recomendación y por consejo suyo.
Si mandase hablar a alguno de la compañía, cualquiera que fuese, nos diría un montón de motivos y de razones para ello; también yo os podría decir algunos; pero para honrar lo que nuestro Señor dijo de esta virtud y sus sentimientos sobre ella, solamente diremos que él mismo nos la recomendó: «Aprended de mí, que soy humilde» 2.
Si fuera un apóstol, si fuera san Pedro o san Pablo el que nos diera esta lección, si fueran los profetas o algún santo, se podría decir que eran alumnos como nosotros; si fueran filósofos...
¡Ay!
Ellos no han conocido esta virtud y Aristóteles nada dice de ella, a pesar de que habló tan bien de las demás virtudes morales.
Solamente nuestro Señor es el que ha dicho y ha podido decir: Discite a me quia mitis sum et humilis corde.
¡Oh, que palabras!
Aprended de mí, no de otro, no de un hombre, sino de un Dios; aprended de mí...
¿Qué quieres, Señor, que aprendamos?
Que soy humilde.
¡Oh Salvador, qué palabra!
¡Qué eres humilde!
Sí, yo lo soy, no sólo en lo exterior, por ostentación o por jactancia, sino humilde de corazón: no por una humillación ligera o pasajera, sino con un corazón verdaderamente humillado ante mi Padre eterno, con un corazón humillado siempre ante los hombres y por los hombres pecadores, buscando siempre las cosas viles y rastreras, y abrazándolas siempre cordial, activa y pasivamente.
Aprended de mí cuán humilde soy, y aprended a serlo también vosotros.
Hermanos míos, esto es tan contrario al espíritu del mundo y a lo que en él se practica, está tan lejos de la disposición ________ 2 Mt 11,29 483
de los hombres y de la naturaleza de cada uno que, si Dios no lo hubiese dicho y lo hubiese hecho, nadie querría ni siquiera oír hablar de ello, pues todos aprecian tanto lo que hay en ellos y lo que hacen, que no hay ni uno solo que naturalmente no quiera tener una buena reputación y no haga todo lo posible por ser estimado, alabado y preferido; debido a nuestra naturaleza estropeada por el primer hombre, todo el mundo cae en esta inclinación maligna y en esta trampa miserable.
Sin embargo, padres, os voy a decir una cosa extraña: habiendo preguntado muchas veces tanto en el confesionario como en las visitas: «¿Cuál es la virtud que más desea usted?
¿Por cuál siente más atractivo?», he observado que casi todos me han respondido que es la humildad. «Es una virtud, me han dicho, a la que tengo especial afecto; a pesar de ello, no dejo de sentirme lleno de orgullo, soy un importuno con todos los demás poniéndolos por debajo de mí, y resulto insoportable para mí mismo, que no querría elevarme tanto como lo suelo hacer».
¿De qué proviene todo esto?
De que, aunque sintamos una inclinación natural a la soberbia, también la sentimos hacia la humildad, debido a su belleza; o al menos, ya que en una misma persona no puede haber al mismo tiempo dos inclinaciones contrarias, nos gustaría tener esta inclinación hacia la humildad.
¿Y por qué?
Porque la gracia que hemos recibido en el bautismo nos da esta apetencia.
Sí, el espíritu de nuestro Señor pone en nosotros la misma inclinación hacia la virtud que la que pone la naturaleza hacia el vicio.
Si os preguntase, hermanos míos, cuál es la virtud que más queréis, y si me lo preguntase a mí mismo, todos diríamos que es la humildad; pero si se nos preguntase: «¿Y cómo se encuentra usted respecto a ella?
¿Practica esta virtud?»
— No, me siento muy lejos de ella; me inclino a las acciones exteriores que me dan a conocer, deseo que me honren, quiero que me escuchen, peso mis palabras, modulo mis períodos, en una palabra, me gusta presumir»
— «Pero, ¿no sabe usted que eso es predicarse a sí mismo, y no a Jesucristo?
¿que eso es hacerse inútil al pueblo con esas elevadas predicaciones que se lleva el viento?»
— «Es verdad; pero es necesario que los demás me estimen».
¡Qué ceguera!
¡Qué desgracia!
Padres, si quisiera la 484
bondad de nuestro Señor sacarnos de esta práctica detestable y ponernos en la práctica de la santa humildad, si quisiera darnos esta gracia santificante de querer nuestro desprecio, ¡qué gran gracia sería esto, Dios mío!
¡cuánto deberíamos apreciarla!
Es preciso confesar que todos sentimos un extraño atractivo hacia el vicio contrario y que hay en el hombre una fuerza secreta y muy poderosa del espíritu maligno que nos obliga, a pesar del conocimiento que tenemos de la belleza y de la santidad de la humildad, a que nos dejemos llevar por la violencia del orgullo.
Pero, ¡Oh Salvador!, hermanos míos, ¿no va siendo ya tiempo de resistirla?
El Hijo de Dios nos ha dicho que seamos humildes, y nos ha asegurado además: «El que se humille, será ensalzado» 3.
Se trata de una doctrina de salvación venida del cielo; ¿y no es acaso un prodigio y un motivo de extrañeza que creamos en la verdad de estas palabras, pero nos neguemos a buscar sus efectos?
Sabemos que nuestro Señor dijo en cierta ocasión: «El que se humilla, será ensalzado; el que se ensalza, será humillado» 4.
Pero hay algunos que quieren pasar por sabios, por espíritus decididos y juiciosos, por hombres prudentes, por buenos superiores y encargados responsables; y no se dan cuenta de que entonces precisamente es cuando se verán rebajados y humillados.
¡Oh Salvador, qué locura!
Bien, padres, ¿no vamos a reconocer que es verdaderamente desgraciado aquel que, a pesar de conocer las ventajas de la humildad, no hace todo lo posible por ocultarse en las entrañas de la tierra, que no huye del honor, de la estima y del aprecio de los hombres y no se considera el menor de todos?
¡Salvador mío!
¡Qué bien nos han enseñado también de obra aquella lección que antes nos explicaste con palabras: «Aprended de mí, que soy manso y humilde»!
Padres, ¿qué otra cosa es su vida sino una serie de ejercicios de humildad?
Es una humillación continua, activa y pasiva; él la amó tanto, que no se apartó nunca de ella en la tierra; y no sólo la amó mientras vivía, sino incluso después de su preciosa muerte, ya que nos dejó un monumento inmor________ 3 Mt 23,12. 4 Mt 18,14. 485
tal de las humillaciones de su persona divina, un crucifijo, para que lo recordáramos como criminal y ajusticiado, y quiso que la Iglesia nos lo presentara ante los ojos en ese estado de ignominia, muerto así por nosotros.
Dios ha querido que nuestro bienhechor se nos representase como un malvado y que el autor de la vida sufriese la muerte más afrentosa y más infamante que podemos imaginarnos.
¡Salvador mío!
¡Hasta dónde llevaste tu amor a esa virtud!
¿Por qué te entregaste a ese envilecimiento supremo?
Porque conocías la excelencia de las humillaciones y la malicia del pecado contrario, que no sólo agrava los demás pecados, sino que hace viciosas las obras que de suyo no son malas, e incluso las que son buenas, y hasta las más santas.
Así pues, toda su vida fue una continua humillación.
El cuerpo admirable formado por el Espíritu Santo permaneció largo tiempo encerrado en el seno de una virgen.
Quiso que se dijera que le habían negado la posada y que había tenido que nacer en un establo 5; que, después de haber recibido el homenaje, parte del cielo y parte de la tierra, de los ángeles y de los hombres, cayó enseguida en el desprecio, se vio obligado a huir a Egipto pobremente, como un niño, ¿qué digo?, como un Dios débil e impotente.
Sería esta la ocasión de imaginarnos, si el tiempo nos lo permitiera, cómo toda la vida de nuestro Señor fue un continuo acto de estima y de afecto al menosprecio; su espíritu estaba lleno de esa estima; si hubiéramos hecho su anatomía, como se ha hecho a veces con los santos, abriéndolos para ver lo que tenían en el corazón, donde muchas veces se veían las señales de lo que más habían amado durante su vida, habríamos encontrado sin duda en el corazón adorable de Jesús que estaba allí especialmente grabada la santa humildad y quizás, no creo que exagere al decirlo, con preferencia sobre todas las demás virtudes.
¡Dios mío!, hermanos míos, ahora que ha llegado el momento en que su divina bondad nos permite hablar de todo esto, pidámosle con toda humildad que nos conceda la gracia de participar en esa humildad suya y de practicarla como él lo ________ 5 Lc 2,7. 486
Tomo XI-A · página PDF 468hizo, durante toda la vida.
¡Dichosos de nosotros, si se pudiera decir de cada uno lo que san Pablo decía de nuestro Señor humillado: Humilliavit semetipsum, formam servi accipiens 6.
¡Padre eterno, que quisiste que tu Hijo se revistiera de nuestra carne para ser semejante a nosotros, in similitudinem hominum factus et habitu inventus ut homo 7, revístenos de su virtud de la humildad, para que seamos semejantes a él!
¡Oh Salvador!
¡Qué deseo, qué ardor, qué sed tenías tú por esta virtud, ya que trabajaste incesantemente en ella, y te esforzaste en rebajarte ante todos, y quisiste que todas las criaturas contribuyesen a tu humillación!
¿Quién podrá imitarte?
¿Quién podrá aunque sólo sea hablar de esta virtud?
Señor, concédenos la gracia de hablarnos tú mismo de ella, las palabras de los hombres hieren los oídos, pero no penetran en el interior; pero una de las tuyas, pronunciadas en el oído de nuestros corazones, nos hará renunciar a la vana reputación por la que la mayoría de la gente se queda sin el mérito de sus acciones.
Hay muchas personas que son buenas en apariencia, pero están llenas de ese humo de la propia estimación, y por eso carecen de peso y de consistencia y se disipan como una nube.
Tú sabes, Dios mío, que en nuestra naturaleza se da una gran repugnancia a esta renuncia al honor; que, si tú no nos hablas, nunca empezaremos a tomarlo en serio.
Háblanos, pues, Señor; háblanos tú mismo; seremos como otros tantos siervos que te escuchan.
Los hijos de Israel querían que les hablase Moisés y no tú 8; temían que el esplendor de tu majestad les hiciese morir; nosotros, por el contrario, te suplicamos que nos hables tú, para que vivamos, y vivamos la vida de Jesucristo.
Decid, pues, hermanos míos, decidle a Dios: «Háblanos, Señor, háblanos tú, y no ese pobre hombre que nos está hablando, porque lo que él nos dice es tan vulgar y tan poco eficaz que no nos impresiona.
Hijo único del Padre, dinos de una vez: Aprended de mí la humildad; y haz que esta palabra realice en nosotros lo que significa». ________ 6 Flp 2,7. 7 Ibíd, 2,7. 8 Ex 20,19 487
¿Y en qué consiste la humildad?
En querer el desprecio, en desear la humillación, en alegrarse cuando nos vemos humillados, por amor a Jesucristo.
Es algo muy difícil; pero ¿qué es lo que no puede la gracia, y el hombre con ella?
El amor al menosprecio y lo que acabo de deciros es lo mismo.
Por consiguiente, hemos de sentirnos felices de que nos tengan por espíritus ruines, por personas antipáticas, por hombres sin virtud, sujetos a toda clase de pobrezas y de que, efectivamente, nos injurien y rechacen, nos traten como ignorantes, reprochen nuestros defectos y digan de nosotros que somos viciosos e insoportables.
Pero, padre, ¿qué es lo que usted dice?
¡Eso está muy lejos. de nuestras prácticas pasadas y de nuestra disposición actual!
Durus est hic sermo 9.
— Ciertamente, esto es muy duro; pero, cuando se dice que se trata de hacer todo esto por amor de Dios y que Dios ha ligado grandes ventajas a la práctica de la humildad, como por ejemplo, que los últimos serán los primeros y los que se hagan pequeños serán los más grandes 10, y que los que se humillan serán exaltados 11, todo esto tiene que animarnos en la adquisición de esta virtud.
Por tanto, yo quiero abrazarme con ella, con la gracia de Dios, puesto que él así lo quiere.
Haremos algo muy agradable a sus ojos si nos decidimos todos a practicarla, no ya por algún tiempo, sino para siempre, renovando frecuentemente nuestra intención, que es. la de honrar a Dios, glorificarle, darle gusto y amarlo.
No hay nada tan importante como la voluntad de Dios, nada más emocionante que el pensamiento de su bondad y de sus deseos, nada. que nos dé tantas fuerzas como decir: «Quiero humillarme por un Dios que me ama; quiero esta humillación por él».
Así hay que hacerlo, hermanos míos; todos tenemos que llegar a ello, y hacer que llegue también a la compañía.
Ya es algo que uno particularmente se aficione a este desprecio de sí mismo, pero no basta: hay que aficionarse también por la compañía.
No basta con que aceptemos las humillaciones cada uno en particular; hemos de aceptarlas en general, ________ 9 Jn 6,60. 10 Mt 19,60. 11 Ibíd, 18,4. 488
contentos de que se diga que la Misión es inútil en la Iglesia,. que está compuesta de unos pobres hombres, que hace mal todo lo que hace, que no saca ningún fruto de sus trabajos en el campo, que van mal los seminarios, que las ordenaciones son un desorden.
Fijaos, hermanos míos: si tenemos el espíritu de Dios, hemos de aceptar que la compañía sea considerada tal como acabamos de decir y puesta por debajo de todas las demás congregaciones, y no desear que digan maravillas de ella, ni que se sepa que ha hecho esto o aquello, que es apreciada por los grandes y bien vista por los obispos.
¡Que Dios nos guarde de esta locura!
Solamente el espíritu del mundo y la malicia del orgullo pueden sugerirnos estos pensamientos.
Por el contrario, hemos de desear y de alegrarnos de que se vea actualmente menospreciada; y digan lo que digan la naturaleza y la prudencia de este siglo, apegarnos a este menosprecio, mientras quiera Dios que dure y por muy grande que sea.
Y todo lo que se refiera a la primacía, la virtud, la utilidad, la buena fama, hemos de cedérselas a todo el mundo y hablar siempre bien de todas las comunidades, y nunca con desprecio de ellas, atribuyéndoles todos los éxitos y los bienes que se consigan.
Encontraré gente que habla mal de ellas, pero no les creáis: sólo quieren destruir a unos y halagar a otros.
Tened en mucho aprecio todos los estados y todas las órdenes de la Iglesia, pero estimadlas en Dios para mérito suyo, y amadlas con todo el corazón, y no creáis que les hacéis mucho. favor al preferirlas a esta nada que somos nosotros.
Nuestro Señor ha concedido a varios de la compañía la gracia de ir a vuelo de águila en esta virtud, de animar sus acciones con el deseo de su propio anonadamiento y buscar su propio ocultamiento y confusión.
Dios mío, concédenos a todos la gracia de obrar de esta manera, para que la humildad sea la virtud de la Misión.
¡Qué virtud tan santa y tan hermosa!
¡Oh, pequeña compañía, qué amable serás si Dios te concede esta gracia!
Fijaos bien en esto: si alguna vez habéis oído hablar a alguien de los bienes que ha hecho la compañía, habréis visto cómo se debe esto a que han visto en ella una pequeña imagen de la humildad en sus acciones bajas y humildes, como la de instruir a los aldeanos y servir a los pobres.
Si os fijáis en los 489
ordenandos que se marchan llenos de edificación de nuestras casas, es porque han visto en ellas la manera de obrar humilde y sencilla, que es una novedad para ellos y un encanto y atractivo para todo el mundo.
En la última ordenación hubo uno que me entregó por escrito las impresiones que se llevaba de aquí, y hablaba de ese tinte de humildad que aquí pudo observar.
La Iglesia, que conoce la importancia de esta virtud, cuando investiga la vida de un santo para canonizarlo, entre las diversas preguntas que hace, me parece que acostumbra hacer ésta entre las primeras: «¿Era humilde?»
Si uno de los primeros artículos de un investigador es la humildad, hermanos míos, ¿por qué no la ponemos también nosotros entre las primeras, e incluso la primera de todas, en nuestro corazón y en nuestros exámenes, sabiendo que es el fundamento de todas las demás virtudes?
Si Dios quisiera poneros a todos en esa humilde disposición que desea de vosotros, ¡cuántas gracias os concederá, para vuestra propia santificación y para la salvación del prójimo!
Pidámosle, pues, no solamente cada uno para sí mismo, sino para todos juntamente, el conocimiento de nuestra propia miseria, el odio contra toda estima, alabanza o reputación, junto con el amor a nuestro menosprecio.
Nuestro Señor no sólo fue humilde en sí mismo, sino también en su pequeña compañía, que quiso estuviera compuesta de unos pocos hombres, pobres y sin educación, sin ciencia ni urbanidad, que ni siquiera estaban de acuerdo entre sí, que acabaron abandonándolo y que, después de su muerte, se vieron tratados como él, expulsados, menospreciados, acusados, condenados y ajusticiados.
Ayudémonos mutuamente, hermanos míos, para participar todos de sus humillaciones; ellos recibieron las primeras instrucciones y el ejemplo de nuestro Maestro; no tengamos vergüenza de seguirles.
El mismo nos habla también a nosotros.
En este momento, os dice como a ellos: «Aprended de mí, que soy humilde de corazón; haced lo que me habéis visto hacer a mí, ya que desde mis primeros pasos hasta el fin os he enseñado la práctica de la humildad; siempre ha sido esta lección la que os he enseñado». 490
Estaba el otro día con algunos señores de fuera, y me decía uno de ellos: «No sé lo que es la humildad, a no ser de la forma con que la describen los filósofos: una modestia educada, un recato honesto, una deferencia respetuosa, etcétera». «Pero, señor, le dijeron, ¿quién conocía la naturaleza de las virtudes mejor que nuestro Señor?
¿Quién conoce mejor que él la importancia de la humildad, la fuerza de atracción que posee sobre las demás virtudes y que, sin ella, un cristiano queda desposeído de los adornos de la gracia que deben acompañarle?».
La cosa todavía fue adelante...
Pero más vale que me calle.
Los apóstoles hicieron un símbolo: Credo in Deum Patrem, etcétera, no sólo para estar de acuerdo en su creencia, sino también para distinguir a los cristianos de los judíos y de los infieles, de forma que, cuando se les preguntaba: «¿Tú qué eres?», ellos respondían:Credo in Deum; credo in Jesum Christum.
Hermanos míos, si nos fuera posible tomar hoy a la humildad como el sello de un misionero, de forma que se le distinguiera más por esta virtud que por su nombre entre los demás cristianos y sacerdotes, ¡qué gracia tan importante nos haría nuestro Señor para nuestro estado!
Pidámosle que, cuando nos pregunten sobre nuestra condición, nos permita decir: «Es la humildad».
Que sea ésta nuestra virtud.
Si se nos dice: «¿Quién va?»
— «La humildad».
Que sea esta nuestra contraseña.
Nuestra regla dice que esta humildad debe tener tres condiciones, la primera de las cuales es despreciarse a sí mismo.
Realmente, si nos fijamos bien, veremos que esto es perfectamente razonable.
Sí, después de que nos hayamos examinado sobre la corrupción de nuestra naturaleza, la ligereza de nuestro espíritu, las tinieblas de nuestro entendimiento, el desorden de nuestra voluntad y la impureza de nuestros afectos, y después de que hayamos pesado con el peso del santuario nuestras obras y nuestros frutos, veremos que todo eso es digno de desprecio.
¡Cómo!
¿Las predicaciones que hemos hecho, las confesiones que hemos oído, las fatigas y esfuerzos que hemos puesto por el prójimo y por todos nuestros asuntos?
¡Sí!
Si repasamos las cosas mejores que hayamos hecho, descubriremos que nos hemos portado mal en cuanto a la manera de hacerlas, que nos hemos 491
equivocado respecto al fin, que de todas formas se ha hecho más mal que bien.
Y necesariamente tiene que ser así, hermanos míos, pues ¿qué puede esperarse de la debilidad del hombre?
La nada, ¿qué es lo que puede producir?
¿Qué puede hacer el pecado?
¿Y qué es lo que somos nosotros?
Si cada uno se examina debidamente, verá que no merece más que desprecio, no sólo en algunas cosas, sino generalmente en todas.
Tengamos por cierto, hermanos míos, que somos despreciables en todo y siempre, debido a la oposición que llevamos dentro de nosotros mismos contra el ser y la santidad de Dios, y lo muy alejados que estamos de la vida y de las obras de Jesucristo.
Y de lo que nos persuade esta virtud es de la inclinación natural y continua que tenemos al mal, de nuestra impotencia para el bien y de la experiencia que tenemos de que, incluso cuando creemos que hemos acertado en alguna acción o que hemos tenido razón en nuestros juicios y opiniones, sucede lo contrario; y Dios permite que seamos despreciados por ello.
Estudiémonos bien y veremos que en todo lo que pensamos, decimos y hacemos, en la substancia o en las circunstancias, estamos llenos y rodeados de motivos de oprobio y menosprecio.
Estudiémonos bien, pero bien: no sólo nos sentiremos peores que los demás hombres, sino peores que los diablos.
Hay en la compañía algunos que se creen peores que los demonios del infierno, ya que, si esos miserables espíritus tuvieran a su disposición los medios que tenemos nosotros para ser mejores, los utilizarían mil y mil veces mejor que nosotros.
En efecto, ¿no dijeron ellos a ciertas personas: «¡Desgraciado de ti!
¡Estás ahora en situación de poder honrar a Dios y lo ofendes!
Si nosotros no tuviéramos contra él este odio y esta perversidad en el mal de la que no podemos apartarnos, si nos fuese posible hacer penitencia, si su Hijo nos hubiera concedido la gracia de morir por nosotros, si nos hubiese dado los buenos pensamientos, las ayudas y el tiempo que vosotros tenéis para enmendaros y servirle, y sobre todo el ejemplo de sus humillaciones prodigiosas, ¡oh!, entonces nos portaríamos de manera muy distinta que vosotros.
¡Cómo!
¡Creéis en Dios y vivís tan mal!
¡Recibís con tanta frecuencia los sacramentos y os llueven encima cada día tantas gracias, y no sois mejores!»
¡Oh, 492
cielos!
¡Oh, tierra!
¡Pasmaos ante tamaña insensibilidad e ingratitud ante los beneficios de Dios!
¡Qué confusión, hermanos míos!
¡Somos peores que los demonios!
La segunda condición que debe tener nuestra humildad es que veamos de buena gana que los demás conozcan nuestros defectos y nos desprecien por ellos.
La verdad es que esto no resulta muy agradable al hombre viejo, y que todos podríais decirme: «Durus est hic sermo 12; es algo muy difícil».
Pero hay que llegar hasta ese extremo; hay que aceptar que los demás desprecien nuestro estado, nuestras personas, nuestra manera de obrar, nuestra forma de hablar.
Nuestro Señor podía evitar las burlas, las injurias y los reproches que recibió de los judíos, y no los evitó.
No quiera Dios, hermanos míos, que cuando haya que sufrir alguna confusión, la rechacemos y busquemos excusas, pues eso es lo que la santa humildad no puede permitir.
Sonó entonces el reloj y el padre Vicente se detuvo a preguntar si eran las nueve; como le dijeran que sí, demostró su sorpresa y dijo que todavía le quedaban muchas cosas por decir.
Y añadió: ¡Qué vamos a hacer!
Tenemos que dejarlo; Dios os dirá lo restante en la oración de mañana, en la que escucharéis su lenguaje mucho mejor que el mío.
Fijaos en la recomendación que él os hace de que practiquéis esta virtud y pedidle que os dé la inteligencia de ella.
Y si él quisiera inflamaros, aunque sólo fuera en el deseo de las humillaciones, sería ya bastante, aunque no conozcamos la humildad como nuestro Señor que, al practicarla, veía su altura, su profundidad, su anchura y toda su amplitud 13, y sabía la relación que guarda esta virtud con las perfecciones de Dios, su Padre, con la bajeza de la criatura y del hombre pecador.
Nosotros nunca lograremos ver todo esto más que con mucha oscuridad; sin embargo, en nuestras tinieblas, tengamos confianza de que, si empezamos a sentir afecto a las humillaciones Dios pondrá y aumentará en nosotros esta virtud por medio de los actos que nos hará hacer.
Una humillación atrae a otra ________ 12 Jn 6,60 13 Cfr.
Ef 3,18. 493
y el primer grado de humildad sirve para bajar al segundo, y el segundo al tercero, al cuarto y al quinto.
¡Oh Salvador, oh Salvador, que dijiste que la oración del publicano había sido escuchada!
Hermanos míos, si él dio ese testimonio de aquel hombre, que era un malvado, ¿qué no hemos de esperar nosotros, si somos humildes?
¿Y que pasó con el fariseo?
Era un hombre separado del pueblo por su condición, que era como una congregación religiosa entre los judíos, que daba gracias a Dios, ayunaba y cumplía con la justicia 14.
Pero Dios lo reprueba; ¿por qué?
Porque él se fija en sus obras, se complace en ellas, cree que es él mismo el que las realiza.
He aquí, pues, a un justo y a un pecador; para el justo las virtudes no han sido más que vicios y la causa de su condenación, por carecer de humildad; por el contrario, para el pecador una sola humillación ha sido un medio de salvación.
Se queda junto a la puerta y golpea su pecho; no se atreve a levantar los ojos al cielo y, a pesar de ser malo, se va justificado.
La humildad hace nacer en el alma todas las demás virtudes; si uno es pecador, al humillarse, se hace agradable a Dios.
Aunque fuéramos unos criminales, si recurrimos a la humildad, la humildad nos cambiará en justos; y aunque fuéramos como ángeles, si estamos privados de esta humildad, aunque tengamos las demás virtudes, la verdad es que nos quedaremos sin ellas al faltarnos la humildad, y seremos semejantes a los condenados, que no tienen ninguna virtud.
Un hombre, por muy caritativo que sea, si no es humilde, no tiene caridad; y sin la caridad, aunque tuviera por otra parte tanta fe que trasladase las montañas y diese sus bienes a los pobres y entregase su cuerpo al fuego, todo esto no le serviría de nada 15.
Hermanos míos, retirémonos con este pensamiento: «Si poseo todas las virtudes, menos la de la humildad, no tengo más que pecado, no soy más que un fariseo soberbio y un misionero abominable». ________ 14 Cfr.
Lc 18,11-14. 15 1 Cor 13,23. 494
Salvador mío, persuádenos de esta verdad, danos a conocerla excelencia de esta virtud, haz que la amemos y, al amarla, rechacemos todos los pensamientos de vanidad.
Empecemos desde ahora, hermanos míos, a ver qué hermosa y qué agradable es esta virtud en los que procuran humillarse siempre; cómo permanecen en paz y cómo los quieren todos los demás; cómo, por el contrario, consideramos desgraciados a los que corren tras los honores y se esfuerzan en ser estimados; ¿no es verdad que se atormentan en vano, que la mayor parte del mundo los desprecia, que se burlan y se ríen de ellos?
¿Y vamos a ver todo esto y, a pesar de ello, correr con tan poco juicio tras estos caprichos de la naturaleza ciega y corrompida?
La humildad tiene la propiedad de impedirnos pretender alguna estima que no sea de ti mismo, Dios mío, que eres el que das valor a todas las cosas.
Los hombres no saben lo que vale la humildad.
¿No es locura y más que locura preferir la estima del mundo a la tuya, la sombra al cuerpo, la mentira a la verdad?
Salvador de mi alma, llénanos de ese afecto que te ha hecho humillarte tanto, de ese afecto que te hacía preferir el oprobio a la alabanza, de ese afecto que te hacía buscar la gloria del Padre en medio de tu propia confusión.
Que empecemos desde ahora a rechazar todo lo que no sea tu honor y nuestro menosprecio, todo lo que pretende la vanidad, la ostentación y la propia estima; que procuremos realizar desde ahora actos de verdadera humildad; que renunciemos de una vez para siempre al aplauso de los hombres engañados y engañosos, a la vana imaginación del éxito de nuestras obras; y finalmente, Señor mío, que aprendamos a ser verdaderamente humildes de corazón, por tu gracia y por tu ejemplo. 495
CONCORDANCIAS Este índice da la concordancia entre los números de los textos de san Vicente de Paúl en la edición de Pedro Coste (París 1920-1925), la edición de A.
Dodin (París 1960) y el presente volumen.
Castell.
Dodin Coste Castell.
Dodin Coste N.º N.º N.º Tomo 1 N.º N.º N.º Tomo 1 1 83 XI 31 31 2 2 84 32 32 109 3 3 85 33 33 110 4 4 86 34 34 111 5 5 87 35 35 112 6 6 88 36 36 113 7 7 89 37 37 114 8 8 90 38 38 115 9 9 91 39 39 116 10 10 92 40 40 117 11 11 93 41 41 118 12 12 94 42 42 119 13 13 95 43 43 120 14 14 96 44 44 121 15 15 97 45 45 122 16 16 46 46 123 17 17 98 47 47 124 18 18 99 48 48 125 19 19 100 49 49 126 20 20 101 50 50 127 21 21 102 51 51 128 22 22 103 52 52 129 23 23 104 53 53 130 24 24 54 54 131 25 25 105 55 55 132 26 26 56 56 133 27 27 106 57 57 134 28 28 107 58 58 135 29 29 224 XII 59 59 136 30 30 108 XI 60 60 137 497
Castell.
Dodin Coste Castell.
Dodin Coste N.º N.º N.º Tomo N.º N.º N.º Tomo 61 61 138 94 94 171 62 62 139 95 95 172 63 63 140 96 96 173 64 64 141 97 97 174 65 65 142 98 98 175 66 66 143 99 99 176 67 67 163 100 100 177 68 68 144 101 101 178 69 69 145 102 102 179 70 70 146 103 103 180 XII 71 71 147 104 104 181 72 72 148 105 105 182 73 73 149 106 106 183 74 74 150 107 107 184 75 75 151 108 108 185 76 76 152 109 109 186 77 77 153 110 110 187 78 78 154 111 111 188 79 79 155 112 112 189 80 80 156 113 113 190 81 81 157 114 114 191 XII 82 82 158 115 115 192 83 83 159 116 116 193 84 84 160 117 117 194 85 85 161 118 118 195 86 86 162 119 119 196 87 87 164 120 120 197 88 88 165 121 121 198 89 89 166 122 122 199 90 90 167 123 123 200 91 91 168 124 124 201 92 92 169 125 125 202 93 93 170 126 126 203 498
INDICE DE MATERIAS Nota a la edición castellana … … … … … … … … … … … … … … … 7 Carta del Superior general, William M.
Slattery … … … … … … … … 9 Prólogo … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … 11 Introducción … … … … … … … … … … … … … … … … … … … 14 CONFERENCIAS 1.
Consejos en el retiro anual de 1632 … … … … … … … … … 27 2.
Consejos durante el retiro anual de 1635 … … … … … … … … 29 3.
Capítulo del 29 de octubre de 1638 … … … … … … … … … 31 4.
Conferencia del 29 de octubre de 1638 sobre la perseverancia en la vocación … … … … … … … … … … … … … … … … … 33 5.
Capítulo del 17 de diciembre de 1638 … … … … … … … … … 35 6.
Capítulo del 19 de enero de 1642 … … … … … … … … … … 37 7.
Conferencia del 19 de febrero de 1642 … … … … … … … … 38 8.
Repetición de la oración del 18 de marzo de 1642 … … … … … 39 9.
Conferencia del 21 de marzo de 1642 sobre la sobriedad y el silencio en la mesa … … … … … … … … … … … … … … … 40 10.
Conferencia del 22 de marzo de 1642 sobre las virtudes teologales … … … … … … … … … … … … … … … … … … … 40 11.
Repetición de la oración del 26 de junio de 1642 … … … … … 41 12.
Capítulo del 27 de junio de 1642 … … … … … … … … … … 43 13.
Conferencia del 27 de junio de 1642 sobre la unión entre las casas de la compañía … … … … … … … … … … … … … … … … 44 14.
Repetición de la oración del 20 de julio de 1642 … … … … … 47 15.
Conferencia del 5 de septiembre de 1642 … … … … … … … 48 16.
Conversación entre Richelieu y san Vicente (1638-1642) … … … 49 17.
Repetición de la oración de octubre de 1643 … … … … … … 49 18.
Repetición de la oración del 21 de octubre de 1643 … … … … 51 19.
Repetición de la oración del 25 de octubre de 1643 … … … … 55 20.
Conferencia de 1644, sobre los cargos y oficios … … … … … … 58 21.
Exhortación a un Hermano moribundo, 1645 … … … … … … 63 22.
Repetición de la oración de 1645 sobre las tentaciones … … … 67 23.
Repetición de la oración, sobre la lectura en voz alta … … … … 69 499
24.
Alocución sobre la caridad y la unión (finales de 1646) … … … 71 25.
Extracto de una conferencia sobre la obra de los ordenandos … 71 26.
Conferencia sobre la comunión frecuente (1648?) … … … … … 72 27.
Conferencia del 1 de octubre de 1649 sobre las virtudes del Hermano Simón Busson … … … … … … … … … … … … … … 74 28.
Alocución del 9 de abril de 1651: Deuda de gratitud al prior Adrián Le Bon … … … … … … … … … … … … … … … … 75 29.
Resumen de una conferencia sobre cómo ocuparse de los ejercitantes … … … … … … … … … … … … … … … … … … … 76 30.
Extracto de la conferencia [junio de 1653] sobre la condenacion de Jansenio … … … … … … … … … … … … … … … … … 83 31.
Condenación de Jansenio, junio de 1653 … … … … … … … … 83 32.
Extracto de una conferencia: Elogio de Juan Le Vacher … … … 84 33.
Conferencias de los días 16 y 23 de octubre de 1654 sobre la pobreza … … … … … … … … … … … … … … … … … … … 85 34.
Conferencia del 13 de noviembre de 1654 sobre la castidad … … 91 35.
Repetición de la oración del 25 de enero de 1655 sobre los orígenes de la Congregación de la Misión … … … … … … … … … 94 36.
Repetición de la oración del domingo 4 de abril de 1655 sobre la hospitalidad que se le dio al cardenal de Retz en la casa de Roma … … … … … … … … … … … … … … … … … … … 97 37.
Extracto de una conferencia de abril de 1655: noticias de Francisco Le Blanc, misionero en Escocia … … … … … … … … … … 98 38.
Repetición de la oración del 11 de abril de 1655 sobre la prueba de la tentación … … … … … … … … … … … … … … … … 101 39.
Final de una conferencia sobre la templanza, abril de 1655: elección de Alejandro VII … … … … … … … … … … … … 102 40.
Conclusión de la conferencia del 30 de abril de 1655 sobre el ofrecimiento de nuestras acciones a Dios … … … … … … … … … 103 41.
Repetición de la oración del 23 de mayo de 1655 sobre la fiesta de la Santísima Trinidad … … … … … … … … … … … … … … 104 42.
Repetición de, la oración del 27 de mayo de 1655 … … … … … l06 43.
Conferencia del 11 de junio de 1655 sobre la soberbia. … … … 109 44.
Repetición de la oración del 13 de junio de 1655 … … … … … 111 45.
Repetición de la oración del 14 de julio de 1655 … … … … … 112 46.
Repetición de la oración del 18 de julio de 1655: elogio de Adrián Bourdoise … … … … … … … … … … … … … … … 115 47.
Repetición de la oración del 20 de julio de 1655 … … … … … 116 48.
Repetición de la oración del 24 de julio de 1655 … … … … … 119 49.
Repetición de la oración del 28 de julio de 1655 sobre la genuflexión … … … … … … … … … … … … … … … … … … 124 50.
Conferencia del 30 de julio de 1655 sobre la castidad … … … … 126 51.
Repetición de la oración del 1 de agosto de 1655 … … … … … 128 500
52.
Repetición de la oracíón del 4 de agosto de 1655 sobre los excesos que hay, que evitar en el amor de Dios … … … … … … … 132 53.
Conferencia del 6 de agosto de 1655 sobre la pobreza … … … 138 54.
Repetición de la oración del 10 de agosto de 1655 sobre la obra de los retiros … … … … … … … … … … … … … … … … … 142 55.
Conferencia del 13 de agosto de 1655 sobre la pobreza … … … 145 56.
Repetición de la oración del 16 de agosto de 1655 … … … … … 161 57.
Conferencia del 20 de agosto de 1655 sobre el método que hay que seguir en las predicaciones … … … … … … … … … … … 164 58.
Repetición de la oración del 22 de agosto de 1655 … … … … … 187 59.
Conferencia del 22 de agosto de 1655 sobre el método que hay que seguir en la predicación … … … … … … … … … … … … 191 60.
Repetición de la oración del 24 de agosto de 1655 … … … … … 195 61.
Repetición de la oración del 25 de agosto de 1655 … … … … … 198 62.
Extracto de una conferencia (1655) sobre Francisco Le Blanc, misionero en Escocia … … … … … … … … … … … … … … … 201 63.
Repetición de la oración del 12 de septiembre de 1655:noticias de las misiones de Polonia y de Berbería … … … … … … … … … 201 64.
Extracto de una conferencia [septiembre de 1655] sobre los sacerdotes … … … … … … … … … … … … … … … … … … 204 65.
Conferencia del 15 de octubre de 1655 sobre la conformidad con la voluntad de Dios … … … … … … … … … … … … … … 208 66.
Repetición de la oración del 17 de octubre de 1655 … … … … 210 67.
Extracto de una conferencia: relato del martirio de Pedro Borguny en Argel, 1654-1655 … … … … … … … … … … … … … 213 68.
Extracto de una conferencia: elogio del celo de Juan Le Vacher … … … … … … … … … … … … … … … … … … … 216 69.
Repetición de la oración del 20 de febrero de 1656 … … … … 217 70.
Repetición de la oración del 27 de febrero de 1656 sobre la humildad … … … … … … … … … … … … … … … … … … … 219 71.
Repetición de la oración del 12 de marzo de 1656 … … … … … 220 72.
Repetición de la oración del 16 de marzo de 1656 … … … … … 222 73.
Repetición de la oración del 19 de marzo de 1656 sobre el jubileo … … … … … … … … … … … … … … … … … … … 226 74.
Extracto de la conferencia [del 7 de mayo de 1656] sobre la persecución suscitada contra Juan Le Vacher por el rey de Túnez … 227 75.
Conferencia del 9 de junio de 1656 sobre los avisos … … … … 229 76.
Conferencia del 6 de agosto [de 1656] sobre el espíritu de compasión y de misericordia … … … … … … … … … … … … … … 233 77.
Consejos a Antonio Durand, nombrado superior del seminario de Agde [1656] … … … … … … … … … … … … … … … … 235 78.
Conferencia en el mes de septiembre de 1656 … … … … … … 242 79.
Repetición de la oración del 18 de octubre de 1656 … … … … 246 80.
Conferencia del 27 de octubre de 1656 sobre las salidas a la ciudad … … … … … … … … … … … … … … … … … … … 250 501
81.
Repetición de la oración del 2 y 3 de noviembre de 1656 … … … 251 82.
Repetición de la oración del 11 de noviembre de 1656 … … … 254 83.
Repetición de la oración del 12 de noviembre de 1656 … … … 258 84.
Repetición de la oración del 15 de noviembre de 1656 … … … 259 85.
Conferencia del 17 de noviembre de 1656 sobre la obligación de catequizar a los pobres … … … … … … … … … … … … … 266 86.
Repetición de la oración del 29 de noviembre de 1656 sobre la parábola del grano de mostaza … … … … … … … … … … … 269 87.
Extracto de una charla de enero de 1657 sobre el amor a los pobres … … … … … … … … … … … … … … … … … … … 273 88.
Extracto de una conferencia [abril o mayo de 1657] sobre la humildad … … … … … … … … … … … … … … … … … … … 273 89.
Conferencia del 27 de abril de 1657 sobre las virtudes del Hermano Jourdain … … … … … … … … … … … … … … … … 275 90.
Repetición de la oración del. 17 de junio de 1657 … … … … … 280 91.
Repetición de la oración del 10 de agosto de 1657 sobre la oración … … … … … … … … … … … … … … … … … … 282 92.
Repetición de la oración del 24 de agosto de 1657 … … … … … 286 93.
Extracto de una conferencia … … … … … … … … … … … … 288 94.
Repetición de la oración del 25 de agosto de 1657 … … … … … 291 95.
Repetición de la oración del 30 de agosto de 1657 … … … … … 294 96.
Conferencia del 7 de septiembre de 1657 sobre las virtudes de Maturino de Belleville … … … … … … … … … … … … … … 300 97.
Repetición de la oración del 23 de septiembre de 1657 sobre la muerte de varios sacerdotes de la Misión en Génova … … … … 303 98.
Repetición de la oración del 1 de noviembre de 1657 … … … … 306 99.
Repetición de la oración del 11 de noviembre de 1657 … … … 309 100.
Repetición de la oración del 25 de noviembre de 1657 … … … 312 101.
Repetición de la oración … … … … … … … … … … … … … 317 102.
Conferencia [1658] sobre la abnegación de Juan Le Vacher con los esclavos … … … … … … … … … … … … … … … … … 319 103.
Conferencia del 17 de mayo de 1658 sobre la observancia de las reglas … … … … … … … … … … … … … … … … … … … 321 104.
Repetición de la oración [1658] sobre la obra de los ordenandos … … … … … … … … … … … … … … … … … 332 105.
Conferencia del 8 de junio de 1658 sobre el desprendimiento de los bienes terrenos … … … … … … … … … … … … … … … 336 106.
Repetición de la oración del 9 de junio de 1658 sobre el don de lenguas … … … … … … … … … … … … … … … … … … 342 107.
Conferencia del 28 de junio de 1658 sobre el buen uso de las enfermedades … … … … … … … … … … … … … … … … … 344 108.
Conferencia del 5 de julio de 1658 sobre la necesidad de soportar a los demás … … … … … … … … … … … … … … … … … 348 109.
Repetición de la oración del 4 de agosto de 1658 … … … … … 352 502
110.
Conferencia del 23 de agosto de 1658 acerca de la sobriedad … 354 111.
Conferencia [30 de agosto de 1658] sobre la indiferencia ante las tareas … … … … … … … … … … … … … … … … … … … 359 112.
Conferencia [septiembre de 1658] sobre la pérdida de la finca de Orsigny … … … … … … … … … … … … … … … … … … 363 113.
Conferencia del 20 de septiembre de 1658 sobre el silencio … … 367 114.
Charla del 23 de octubre de 1658 sobre consejos a los jóvenes estudiantes que iban a empezar la filosofía … … … … … … … … 372 115.
Repetición de la oración de noviembre de 1658 … … … … … 373 116.
Repetición de la oración del 11 de noviembre de 1658 … … … 376 117.
Repetición de la oración del 17 de noviembre de 1658 … … … 378 118.
Conferencia del 6 de diciembre de 1658 sobre la finalidad de la Congregación de la Misión … … … … … … … … … … … … 381 119.
Conferencia del 13 de diciembre de 1658 sobre los miembros de la Congregación de la Misión y sus ocupaciones … … … … … … 399 120.
Conferencia del 14 de febrero de 1659 sobre las máximas del evangelio … … … … … … … … … … … … … … … … … … 415 121.
Conferencia del 21 de febrero de 1659 sobre la búsqueda del reino de Dios … … … … … … … … … … … … … … … … … 428 122.
Conferencia del 7 de marzo de 1659 sobre la conformidad con la voluntad de Dios … … … … … … … … … … … … … … … 445 123.
Charla con Luis Langlois, sacerdote de la Misión, en marzo de 1659 … … … … … … … … … … … … … … … … … … … 457 124.
Conferencia del 21 de marzo de 1659 sobre la sencillez y la prudencia … … … … … … … … … … … … … … … … … … … 459 125.
Conferencia del 28 de marzo de 1659 sobre la mansedumbre … 471 126.
Conferencia del 18 de abril de 1659 sobre la humildad … … … 482 Concordancias … … … … … … … … … … … … … … … … … … … 497 503
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