Repeticion Oracion · tomo XI-A

REPETICIÓN DE LA ORACIÓN DEL

25 DE OCTUBRE DE 1643

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Repeticion Oracion
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XI-A
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19 [100,XI, 133-137] REPETICIÓN DE LA ORACIÓN DEL 25 DE OCTUBRE DE 1643 La compañía debe dedicarse con celo a las misiones.

Refutación de los pretextos que podrían alegarse para dispensarse de ellas.

Cómo pueden participar en las mismas los hermanos coadjutores.

El tema de la oración de este día era el de dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.

Y a propósito de la justicia, el padre Vicente se puso a hablar de las misiones que iban a empezar y se humilló mucho ante el hecho de que, siendo la costumbre de años anteriores empezar a principios de octubre, este año se había comenzado más tarde.

Dijo esto con grandes sentimientos de temor ante el juicio de Dios; a continuación dijo muchas cosas hermosas para animar a los misioneros al trabajo y empezó por la obligación que tenemos de trabajar por la salvación de las pobres gentes del campo, ya que es ésa nuestra vocación, y de corresponder a los designios eternos que Dios tiene sobre nosotros.

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Pues bien, lo más importante de nuestra vocación es trabajar por la salvación de las pobres gentes del campo, y todo lo demás no es más que accesorio; pues no hubiéramos nunca trabajado con los ordenandos ni en los seminarios de eclesiásticos, si no hubiésemos juzgado que esto era necesario para mantener al pueblo y conservar el fruto que producen las misiones cuando hay buenos eclesiásticos, imitando en esto a los grandes conquistadores, que dejan una guarnición en las plazas que ocupan, por miedo a perder lo que han conquistado con tanto esfuerzo.

¿Verdad que nos sentimos dichosos, hermanos míos, de expresar al vivo la vocación de Jesucristo?

¿Quién manifiesta mejor la forma de vivir que Jesucristo tuvo en la tierra, sino los misioneros?

No hablo solamente de nosotros, sino de los misioneros del Oratorio, de la doctrina cristiana, de los misioneros capuchinos, de los misioneros jesuitas.

Hermanos míos, esos son los grandes misioneros, y de los cua________ Conferencia 19.

— Recueil de diverses exhortations, p. 23.

Esta repetición fue publicada por L.

ABELL Y, o.c., II, cap. 1, sec. 1, art. 1. p. 3 s. 55

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les nosotros no somos más que una sombra.

Ved cómo se van hasta las Indias, al Japón, al Canadá, para llevar a cabo la obra que Jesucristo empezó en la tierra y que no abandonó desde el instante de su vocación.

Hic est Filius meus dilectus, ipsum audite! 1.

Desde aquel mandato de su Padre, no cesó un solo momento hasta su muerte.

Imaginémonos que nos dice: «Salid, misioneros, salid; ¿todavía estáis aquí, habiendo tantas almas que os esperan, y cuya salvación depende quizás de vuestras predicaciones y catecismos?».

Hay que considerar bien todo lo dicho, ya que Dios nos ha destinado en este tiempo para estas almas, y no para otras; y eso mismo es lo que vemos en la Escritura, donde leemos que Dios destinaba a sus profetas a tales personas y no quería que fuesen a otras.

Hermanos míos, ¿qué responderemos a Dios si, por culpa nuestra, muriese alguna de esas almas y se perdiese?

¿No seríamos nosotros mismos, por así decirlo, los que la habríamos condenado?

Porque ¿quién respondería de esa alma?

Esto es tan cierto como que estamos aquí y que Dios, cuando muramos, nos pedirá cuenta de ello.

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Pero también, si correspondemos a las obligaciones que tenemos, ¿qué sucederá?

Sucederá que Dios irá aumentando de día en día las gracias de la vocación, dará a la compañía hombres de espíritu templado para obrar con el espíritu de Dios, y bendecirá todo lo que se haga dentro y fuera; en fin, las almas que se salven por nuestro ministerio le darán a Dios testimonio de nuestra fidelidad y bendecirán al grupito de misioneros que están ya en el cielo: el padre de la Salle, el padre de Sergis y todos los demás, junto con nuestro buen hermano Desfriches, que ha muerto hace poco, y que son todos los que componen ese grupito de misioneros en el cielo.

In nomine Domini!

¡Oh!

¡Qué felices serán los que puedan decir, en la hora de su muerte, aquellas hermosas palabras de nuestro Señor: Evangelizare pauperibus misit me Dominus! 2.

Ved, hermanos míos, cómo lo principal para nuestro Señor era trabajar por los pobres.

Cuando se dirigía a los otros, lo hacía como de pasada.

¡Pobres de nosotros si somos remisos en cumplir con la obligación ________ 1 Mt 17,5. 2 Lc 4,18. 56

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que tenemos de socorrer a las pobres almas!

Porque nos hemos entregado a Dios para esto, y Dios descarga en nosotros.

Declinantes ab obligatione adducet Dominus cum operantibus iniquitatem 3.

Quos non pavisti, occidisti.

Este pasaje se entiende del alimento temporal, pero puede aplicarse al espiritual con la misma razón.

Mirad, hermanos míos, cuántos motivos tenemos para temblar si somos demasiado caseros, si por la edad o con el pretexto de alguna enfermedad aminoramos la marcha y decaemos de nuestro fervor.

Pero quizás diga alguno: «¿Y si se me encarga de los ordenandos o de los seminaristas?».

Esto está bien, cuando Dios quiere que nos ocupemos de ellos y la obediencia nos lo ordena; entonces, que sea en hora buena; pero incluso entonces, por lo que a nosotros respecta, deberíamos sentirnos como en una situación violenta, ya que, como os he dicho, se trata de cosas accesorias y no principales. 2.º Alguno podría quizás excusarse por la edad.

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En lo que a mí se refiere, a pesar de mi edad, delante de Dios no me siento excusado de la obligación que tengo de trabajar por la salvación de esas pobres gentes; porque, ¿qué me lo podrá impedir?

Si no puedo predicar todos los días, ¡bien!, lo haré dos veces por semana; si no puedo subir a los grandes púlpitos, intentaré subir a los pequeños; y si no se me oyese desde los pequeños, nada me impedirá hablar familiar y amigablemente con esas buenas gentes, lo mismo que lo hago ahora, haciendo que se pusieran alrededor de mí como estáis ahora vosotros.

Hermanos míos, conozco personas ancianas que, en el día del juicio, se levantarán contra nosotros; entre ellos un santo varón, un buen padre jesuita, que predicó en la corte durante cerca de diez años.

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Cuando tenía unos sesenta años, le sobrevino una enfermedad que le puso a dos dedos del sepulcro, y como Dios le diera a conocer la vanidad de sus discursos elevados y de sus charangas, que deleitan mucho, pero aprovechan poco, y tuviera por ello remordimiento de conciencia, al recuperar la salud, pidió permiso para ir a las aldeas a catequizar y a predicar familiarmente a esos buenos campesinos, y perseveró en esta tarea durante veinte años hasta su muerte.

Antes de morir, pi________ 3 Sal 124,5. 57

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dió que le hicieran un favor después de muerto, que le enterraran con la regla con que llamaba a los niños, como se acostumbra en esos sitios para hacer que contesten al catecismo, para que esa regla, según decía, diese testimonio de cómo había dejado la corte para seguir a nuestro Señor en el campo. 3.º También se podía alegar que así se acortaría la vida.

¡Hermanos míos!

¡y ¿qué?!

¿acaso es una desgracia para una esposa desterrada ir a reunirse con su esposo?

¿Es una desgracia para un viajero acercarse a su patria?

¿Es una desgracia para los que navegan llegar al puerto?

¿Pues qué?

¿Vamos a tener miedo de que llegue por fin algo que nunca desearemos bastante y que siempre llega demasiado tarde?

Finalmente nuestro padre concluyó de esta manera, dirigiéndose a los buenos hermanos: Lo que les he dicho a los padres, os lo digo también a todos vosotros, hermanos; no creáis que estáis libres de la obligación de trabajar por la salvación de los pobres, pues también vosotros podéis hacerlo a vuestro modo tan bien como los mismos predicadores y con menos peligro.

Por lo demás, estáis obligados a ello.

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La misma obligación que tenía la cabeza de nuestro Señor de llevar la corona de espinas para redimirnos, la tenían también sus pies de llevar y sufrir los clavos con los que estaban clavados a la cruz; y lo mismo que fue recompensada su cabeza, también lo fueron sus pies, y compartieron la misma gloria. 20 [101,XI,137-142] C ONFERENCIA DE 1644 SOBRE LOS CARGOS Y OFICIOS Nuestro Señor, dueño del mundo, se humilló.

Peligros a que están expuestos los que ocupan algún cargo.

Medios para desterrar de la compañía la apetencia de cargos.

El padre Vicente concluyó esta conferencia poco más o menos con estas palabras: ________ Conferencia 20.

— Recueil de diverses exhortations, p. 26. 58

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No sé cómo hablaros de este tema, que me concierne.

Luego, haciendo una pequeña pausa, se humilló interiormente delante de Dios y dijo: Os diré lo que pienso.

Lo que más me ha impresionado de lo que se ha dicho hoy y el último viernes, es lo que se ha indicado sobre nuestro Señor, que era el señor natural de todo el mundo y que se hizo sin embargo el último de todos, el oprobio y abyección de todos los hombres, ocupando siempre el último lugar en cualquier sitio que se encontrase.

Quizás creáis, hermanos míos, que un hombre es muy humilde y que se ha rebajado mucho cuando ha ocupado el último lugar.

¿Pues qué?

¿Se humilla un hombre ocupando el lugar de nuestro Señor?

Sí, hermanos míos, el lugar de nuestro Señor es el último.

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El que desea mandar, no puede tener el espíritu de nuestro Señor; este divino Salvador no ha venido al mundo a ser servido, sino a servir a los demás 1; y esto lo practicó de forma maravillosa, no sólo durante el tiempo que permaneció con sus padres y con las personas a quienes servía para ganarse la vida, sino incluso, como muchos padres han señalado, durante el tiempo que los apóstoles estuvieron con él, sirviéndoles con sus propias manos, lavándoles los pies y haciéndoles descansar de sus fatigas.

Finalmente, reprendió a sus apóstoles, que disputaban entre sí sobre cuál era el mayor, diciéndoles: «Mirad; es menester que el que quiera ser el primero, se haga el último y el servidor de todos los demás» 2.

Fijaos, hermanos míos, es ese maldito espíritu de orgullo el que posee a los que desean ser elevados y llevar la dirección de los demás.

Yo no sería capaz de expresar mejor ese deplorable estado más que diciendo que esas personas tienen al diablo en su cuerpo; porque el diablo es el padre del orgullo, del cual están ellos poseídos.

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Dios mío, cuando un espíritu perverso ha llegado a ese estado, ¡qué desgraciado es y cuán digno de compasión!...

Fijaos, hermanos míos, en esa otra dificultad que hay para mantenerse en el mismo estado de virtud que se tenía antes de ocupar el cargo, y que pide trabajar incesantemente por anularse delante de Dios y mortificarse en todas las cosas.

De lo contrario, es fácil que la preocupación y ________ 1 Cfr.

Mt 20,28. 2 Mt 20,26-27 59

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el ajetreo de los asuntos le distraigan de amar a Dios y de unirse a él por la oración y el retiro.

¡Ay!

¡Ya casi no le queda tiempo para pensar en sí mismo!

Hoy le decía a un superior que me hablaba de algunos a quienes él destinaba a ciertos cargos: «¡Ay!

— le decía yo — ; los va a estropear usted; son almas muy unidas a Dios; y decaer de su perfección, es echarlo todo a perder».

¡Pero qué se le va a hacer!

Se trata de un mal necesario.

Lo peor de todo es lo que le he oído decir a uno de los hombres más santos que he conocido, el señor cardenal de Bérulle, y lo he experimentado hace mucho tiempo que sucede casi siempre, o sea, que ese estado de superior y de director es tan malo, que deja de suyo y por su naturaleza una malicia y una mancha villana y maldita; sí, hermanos míos, una malicia que infecta el alma y todas las facultades de un hombre, de forma que, fuera del cargo, le cuesta enormemente someter su propio juicio y encuentra defectos en todas las cosas.

¡Es una pena! íCuánto le cuesta luego tener que obedecer!

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En fin, sus palabras, sus gestos, su manera de andar y su actitud conservan siempre algo que denotan su suficiencia, a no ser que se trate de un hombre lleno de Dios.

Pero creedme, hermanos, que hay muy pocos de estos; los cargos llevan de suyo a parar en aquello.

Está además la cuenta tan exacta que Dios les pide a quienes se encargan de los demás, aunque sólo sea de un hermano a quien se tiene como compañero en un oficio.

¡Ay, cuán miserable soy!

¿Qué le responderé yo a Dios, dado que durante tanto tiempo...?

¡Que Dios me lo perdone, si así lo quiere!

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Hermanos míos, habrá que darle cuenta a Dios de las palabras, acciones, posturas que hayan podido desedificar a las personas de quienes hemos estado encargados, si no les hemos amonestado sus faltas cuando era preciso y con el debido espíritu de mansedumbre, de humildad y de caridad, atendiendo a estas circunstancias: la primera vez, con mucha bondad y mansedumbre, aprovechando la ocasión; la segunda, con un poco más de severidad y de gravedad, pero acompañada siempre de mansedumbre, utilizando súplicas cariñosas y demostraciones llenas de bondad; la tercera, con celo y calor, indicándoles incluso qué será lo que tendremos que hacer con ellos.

A este propósito, sabido es lo que hizo el cardenal Belarmino, siendo arzobispo de Capua, 60

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cuando le avisaron que un obispo de su diócesis estaba peligrosamente enfermo; fue a verlo, y habiendo visto en él mucha paz y tranquilidad de espíritu, esto le extrañó y le hizo sospechar que estaría padeciendo seguramente una ilusión del espíritu maligno.

Dicentes: pax, pax, et non erat pax 3.

Se decidió a desengañar a aquel obispo, diciéndole: «Monseñor, ¿cómo es que goza usted de tan gran paz, tan extraordinaria para las personas de nuestra condición en semejante ocasión?

¿Ha pensado usted bien y ha ponderado debidamente las palabras del apóstol: Argue, obsecra, increpa in omni patientia et doctrina? 4.

¿Es posible que no se encuentre usted culpable delante de Dios en este punto de tanta trascendencia?

Si no es así, desengáñese usted señor obispo, pues indudablemente hay una ilusión en su manera de actuar».

Esto le impresionó al obispo y, lleno de lágrimas, se excitó a la contrición o, mejor dicho, se turbó de tal manera que fue necesario que el arzobispo viniera a verle expresamente para concederle la paz por otro medio.

¡Dios mío!

¿quién no temblará en ese momento terrible, sobre todo si ha cooperado en obtener cargos?

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Le preguntaba hace poco a un obispo si, cuando subía las montañas para ir a su obispado, no se le había ocurrido pensar en el peso de su carga. «¡Ay, padre, no he tenido que esperar para entonces, ya que, tres semanas después de ser consagrado, sentí unos remordimientos tan punzantes, que me arrepentí y ;me hubiera gustado mucho volver a comenzar!».

Sin duda alguna, la mayor parte de los que son elevados a las dignidades, se encuentran en esta situación antes o después; pero ¿qué haremos para desterrar por completo de la compañía ese espíritu maldito y diabólico de aspirar a los cargos? 1.º Os diré que si hay alguien entre vosotros que no se sienta impresionado sensiblemente, sí, sensiblemente, del pesar de haber pretendido los primeros cargos, y no se encontrase todavía dispuesto a aborrecer este apetito y esta maldita afición a los cargos y dignidades, está en un deplorable estado y es digno de compasión.

Deberá mortificarse con cilicios, disciplinas y ________ 3 Jer 6,4. 4 2 Tim 4,2 61

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demás mortificaciones, hasta que Dios le conceda su misericordia.

Y tiene que ir ante el santísimo sacramento para quejarse ante Dios: «¡Dios mío!

¿qué he hecho?

Realmente estoy lleno de pecados.

Pero, Dios mío, ¿por qué permites que me aleje tanto de ti por un espíritu maldito y diabólico?

¡Dios mío, ten misericordia de mí!». 2.º Me gustaría, hermanos míos, que toda la compañía le agradeciese a Dios la gracia que le he concedido de no permitir que este espíritu de mandar y ser superior se apoderase de los que ocupan cargos; por el contrario, todos los superiores de las casas de esta pequeña compañía me escriben de todas partes (excepto uno, recientemente nombrado); generalmente no dejan pasar seis meses sin escribirme, pidiéndome todos ellos con insistencia que los separe del cargo.

Finalmente, el de Roma 5, que ha sido ya depuesto, me ha escrito con tantos sentimientos de alegría y de gratitud que no es posible imaginar más.

Me hubiera gustado leer su carta a la compañía, pero siento habérmela olvidado.

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Hermanos míos, ¡cuántas bendiciones recibirá la compañía mientras quiera Dios conservarla en ese espíritu, que es el espíritu de la humildad, el espíritu de nuestro Señor!

Hay que darle gracias a Dios y pido a nuestros hermanos que se acuerden de ello en la comunión, y los sacerdotes en la santa misa; sería muy conveniente celebrarla por esa intención.

¡Cuántas oraciones y misas han dicho algunos superiores de la compañía para que quisiera Dios permitir que dejasen el cargo!

In nomine Domini!

Cuando es la obediencia la que nos pone en el cargo, enhorabuena, hemos de someternos; es lo que ordenó el señor obispo de Ginebra 6: que cuando una religiosa fuera elegida para algún oficio, aunque se creyese indigna, se sometiese a ello y acudiese a la reja para recibir la bendición y esperar de Dios las gracias necesarias para desempeñar su cargo; porque, cuando Dios nos llama a ello, hermanos míos, o es porque ve en nosotros disposiciones, o porque está decidido a dárnoslas. ________ 5 Bernardo Codoing. 6.

San Francisco de Sales. 62

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