Conferencia · tomo XI-A

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20 DE JULIO DE 1655

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Conferencia
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XI-A
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El padre Vicente encomendó con mucha insistencia a las oraciones de la compañía la salud del padre Bourdoise, enfermo grave de apoplejía 1, y alabó mucho el celo de este buen sacerdote por el estado eclesiástico, del que se había servido Dios para poner los fundamentos de esta santa compañía de sacerdotes de San Nicolás de Chardonnet, aunque era de un origen tan pobre que sólo pudo hacer sus estudios con la ayuda de los demás alumnos, que le daban algunos trozos de pan; e incluso cuando se lo echaban a algún perro, el hambre le obligaba a adelantarse a cogerlo.

El padre Vicente refirió también que el padre Bourdoise le había dicho que era una gran obra la de trabajar por la instrucción de los pobres, pero que todavía era más importante instruir a los eclesiásticos, ya que, si éstos son ignorantes, forzosamente lo serán también los pueblos que ellos dirijan.

Y decía la verdad, decía la verdad.

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Luego el padre Vicente le pidió a Dios varias veces que nos hiciera participar del gran celo que tenía este buen sacerdote y de los grandes bienes que había hecho a la iglesia. 47 [124,XI,196-200] R EPETICIÓN DE LA ORACIÓN DEL 20 DE JULIO DE 1655 Está prohibido introducir a los extraños en el jardín sin permiso.

Los estudiantes no pueden ir de recreo al cercado, a no ser en los días de vacación.

No preguntar a los porteros cosas indiscretas.

Cerrar las puertas y no llevar a los extraños al claustro.

Como un hermano coadjutor dijese que en la oración había repetido interiormente algunos versículos de los salmos de David que inclinan a la confianza en Dios, el padre Vicente lo interrumpió: ________ 1 Murió al día siguiente.

Conferencia 47.

— Recueil de diverses exhortations, p. 72. 116

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Es una buena práctica repasar de memoria algún pasaje de la sagrada Escritura y darle vueltas para sacar de él algún sentido y hacer algo concreto.

Otro hermano se puso de rodillas para excusarse de repetir la oración.

El padre Vicente le dijo: Hermano, ya que está usted de rodillas, le voy a advertir de una falta que ayer cometió: vino una persona a preguntar por usted y enseguida usted tomó y llevó al jardín a esa persona sin permiso.

Hermano, eso no está bien; ya sabe que hay una regla expresa que lo prohíbe y que siempre se ha observado fielmente esta regla y no hacer nunca nada que esté prohibido, sin pedir permiso.

Ninguno de los antiguos ha hecho eso.

El padre Alméras me decía, poco antes de marcharse, que estaba edificado de ver el comportamiento de los antiguos; y me contó que uno de ellos, habiéndose encontrado en el claustro con uno que había venido a verle, le pidió que aguardase a que le dieran permiso para hablar con él; y esto lo había hecho ya en otras ocasiones.

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También tengo otra advertencia que hacer a todos nuestros hermanos estudiantes: en vez de tener el recreo en el jardín los días que no son de vacación, lo tienen en el cercado; digo lo que he visto; hace poco fui al cercado (es la tercera vez que lo hago este año) y me quedé sorprendido de verlos allí.

¿No nos parece bastante el jardín?

¿Es que no es bastante grande y bastante ancho?

Pocos habrá en París tan grandes como el nuestro; id a cualquier casa, a los comerciantes, a los banqueros, a las personas de palacio, y casi nunca los veréis en el jardín; tienen que trabajar todos de día y de noche, después de haber pasado toda la mañana en palacio; apenas comer, tienen que estudiar documentos para poder referir sobre ellos por la tarde.

Pero a nosotros nos parece poco el jardín y queremos ocupar también el cercado.

Y todavía habrá algunos que no se contenten con el cercado.

¡Hemos de llevar una vida... no sé como deciros...

Iautior, o para decirlo en francés, más cómoda..., me parece poco esta palabra, más voluptuosa, más delicada, espléndida, a gusto, más ancha que las personas del mundo!

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¿Creéis que los señores ordenandos, que nos ven desde la ventana, a todas horas, paseándonos por el cercado, por los jardines, mezclados con esos pobres afligidos que por allí se pasean y con los que allí traba117

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jan, no dirán en su interior: ¡Vaya cómo viven esas personas sin tener nada que hacer!»?

Tengo miedo de que esto les escandalice.

Efectivamente, es propio de hombres que no tienen nada que hacer y que no se ocupan de Dios y son disipados, ir allá fuera de hora, sin permiso — que nunca se niega cuando es necesario — ; y si hubiese alguna situación especial que pidiese más aire que el del jardín, nunca se les negará, y creo que nunca se ha negado a nadie; pero ese apego que se siente a esa amplia finca de San Lázaro es causa de muchos males, porque hay otras casas sin jardín.

En Crécy, la Providencia nos había dado uno, pero nos lo han quitado; en Sedán tampoco hay jardín, aunque es verdad que están a punto de comprar una casa con jardín en las afueras, para ir allá a pasearse alguna vez.

Y cuando uno se aburre en esas casas, ¡cuesta tanto decidirse a quedarse en ellas!

Entonces dicen que los aires son malos, empiezan a quejarse, se sienten mal, escriben.

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Por eso recomiendo de nuevo la observancia de esta regla y la prohibición de ir al jardín o al cercado, fuera del tiempo de recreo marcado por el reglamento, y menos todavía de llevar allá a nadie sin permiso expreso.

También hay algunos sacerdotes, sí, sacerdotes, aunque no muchos, gracias a Dios, pero algunos a los que se ve con frecuencia acudir a la puerta para mirar quién va y quién viene, quién pasa por la calle, y se ponen a charlar con el portero: «¿Hay alguna carta para mí?

Debería haber alguna.

¿No han venido a buscarme?».

¡Y saben muy bien que los porteros no tienen que decir nunca nada!

Esto es ser una persona disipada, que no se ocupa de Dios.

¡Que no vuelva a repetirse esto!

Les pido a los porteros que se lo indiquen a quienes lo hagan en el futuro y que vengan a decirme: «Padre, fulano y mengano vienen con frecuencia a la puerta».

Todavía me queda otra advertencia, y de esto soy yo tan culpable como los demás.

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Primeramente, que cuando se pasa por una puerta, no se la cierra nunca; siempre encuentro todas las puertas abiertas y yo mismo, pobre de mí, tampoco las cierro; no me contento con dejar que los otros falten a esta regla, sino que yo soy el primero en faltar a ella.

Había una vez en Hamburgo un gran monasterio, de los más célebres de Alemania, que ha decaído tanto — según me escri118

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bían últimamente — que actualmente sirve de lugar público.

En donde estaba la iglesia se observan aún restos de muros, pero se ha convertido en mercado donde se vende carne y otras cosas.

Mirad cómo trata Dios a los que descuidan las reglas.

Vemos muchas veces estos efectos de la justicia de Dios, que castiga a los que abusan de sus gracias y de las ocupaciones que les había encomendado, castiga a este monasterio, castiga a esta orden, castiga a esta compañía.

Tengo miedo de que, por nuestra negligencia, y sobre todo por la mía, nuestra casa se convierta también en una plaza pública.

Apenas entra uno en el patio: «¿Adónde va usted?».

— «Al claustro».

— Y hete aquí dos puertas abiertas.

En el patio de abajo, lo mismo; y en el claustro, y los dormitorios, y los cuartos, y la cocina; menos mal que ésta está ahora cerrada.

Los jesuitas de la calle de San Antonio no dejan entrar a la gente; las hacen esperar a la puerta o las pasan a la galería; su casa está bien dispuesta para ello.

¿Por qué hacer pasar a todo el mundo a nuestro claustro?

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Les pido a los porteros que, cuando venga alguien a buscar a alguno de nosotros, lo hagan esperar a la puerta o lo metan en una sala, pero no en el claustro.

Si no son personas a las que se les deba mucho respeto, se les puede decir: «Señor, tenga un poco de paciencia; voy a buscarlo»; pero hacerles esperar lo menos posible.

Les ruego a los porteros que sean diligentes en buscar a quien esperan, y a éstos que acudan cuanto antes.

Recomiendo una vez más la práctica de esta regla y mando que sean cuidadosos en cerrar todas las puertas.

Cuando el superior dice: «Ordeno esto», como tiene la autoridad de Dios, no se puede faltar a sus órdenes sin faltar a lo que Dios pide de nosotros; pues Dios es orden; Dios y el orden es la misma cosa. 48 [125,XI, 200-205] R EPETICIÓN DE LA ORACIÓN DEL 24 DE JULIO DE 1655 Miseria general provocada por las guerras.

Trabajar con abnegación, celo y entrega.

Ejemplo que dan ________ Conferencia 48.

— Recueil de diverses exhortations, p. 78. 119

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los misioneros de Berbería y de Madagascar.

Indulgencia plenaria concedida por el papa a todos los misioneros en la hora de la muerte.

Renuevo la recomendación que hice, y que nunca se hará bastante, de rezar por la paz, para que quiera Dios reunir los corazones de los príncipes cristianos.

Hay guerra por todos los reinos católicos: guerra en Francia, en España, en Italia, en Alemania, en Suecia, en Polonia, atacada por tres partes, en Irlanda, incluso en las pobres montañas y en lugares casi inhabitables.

Escocia no está mucho mejor; de Inglaterra, ya sabéis su triste situación.

Guerra por todas partes, miseria por todas partes.

En Francia hay muchos que sufren.

¡Oh, Salvador!

¡Oh, Salvador!

Si por cuatro meses que hemos tenido la guerra encima, hemos tenido tanta miseria en el corazón de Francia, donde los víveres abundaban por doquier, ¡qué harán esas pobres gentes de la frontera, que llevan sufriendo esas miserias desde hace veinte años!

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Sí, hace veinte años que están continuamente en guerra; si siembran, no están seguros de poder cosechar; vienen los ejércitos y lo saquean y lo roban todo; lo que no han robado los soldados, los alguaciles lo cogen y se lo llevan.

Después de todo esto, ¿qué hacer?

¿qué pasará?

No queda más que morir.

Si existe una religión verdadera...

¿qué es lo que digo, miserable?..., ¡si existe una religión verdadera!

¡Dios me lo perdone!

Hablo materialmente.

Es entre ellos, entre esa pobre gente, donde se conserva la verdadera religión, la fe viva; creen sencillamente, sin hurgar; sumisión a las órdenes, paciencia en las miserias que hay que sufrir mientras Dios quiera, unos por las guerras, otros por trabajar todo el día bajo el ardor del sol; pobres viñadores que nos dan su trabajo, que esperan que recemos por ellos, mientras que ellos se fatigan para alimentarnos...

Buscamos la sombra; no nos gusta salir al sol; ¡nos gusta tanto la comodidad!

En la misión, por lo menos, estamos en la iglesia, a cubierto de las injurias del tiempo, del ardor del sol, de la lluvia, a lo que están expuestas esas pobres gentes.

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¡Y gritamos pidiendo ayuda cuando nos dan un poquito más de ocupación que de ordinario!

¡Mi cuarto, mis libros, mi misa!

¡Ya está bien!

¿Es eso ser misionero, tener todas las comodidades?

Dios es nuestro proveedor y atiende a todas nuestras necesidades y 120

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algo más, nos da lo suficiente y algo más.

No sé si nos preocupamos mucho de agradecérselo.

Vivimos del patrimonio de Jesucristo, del sudor de los pobres.

Al ir al refectorio deberíamos pensar: «¿Me he ganado el alimento que voy a tomar?».

Con frecuencia pienso en esto, lleno de confusión: «Miserable, ¿te has ganado el pan que vas a comer, ese pan que te viene del trabajo de los pobres?».

Al menos, si no lo ganamos como ellos, recemos por sus necesidades.

Bos cognovit possessorem suum 1: las bestias reconocen a quienes las alimentan.

Los pobres nos alimentan, recemos a Dios por ellos; que no pase un solo día sin ofrecérselos al Señor, para que quiera concederles la gracia de aprovechar debidamente sus sufrimientos.

Decía...

¡qué iba a decir, miserable!...

Decía últimamente que Dios espera que los sacerdotes detengan su cólera; espera que ellos se coloquen entre él y esas pobres gentes, como Moisés, para obligarle a que las libre de los males causados por su ignorancia y sus pecados, y que quizás no sufrirían si se les instruyese y se trabajase en su conversión.

Es a los sacerdotes a quienes corresponde hacerlo.

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Esos pobres nos dan sus bienes para esto; mientras ellos trabajan, mientras combaten contra estas miserias, nosotros somos el Moisés que levanta continuamente las manos al cielo por ellos 2.

Somos los culpables de que ellos sufran por su ignorancia y sus pecados; nuestra es, pues, la culpa de que ellos sufran, si no sacrificamos toda nuestra vida por instruirlos.

El padre Duval, un gran doctor de la iglesia, decía que un eclesiástico tiene que tener más faena de la que pueda realizar; pues, cuando la vagancia y la ociosidad se apoderan de un eclesiástico, todos los vicios se echan encima de él: tentaciones de impureza y otras muchas.

Me atrevería a decir...

He de pensar en ello; quizás lo diga en otra ocasión.

¡Oh, Salvador!

¡Mi buen Salvador!

¡Quiera tu divina bondad librar a la Misión de este espíritu de ociosidad, de búsqueda de la comodidad, y darle un celo ardiente de tu gloria, que la haga abrazarlo todo con alegría, sin rechazar nunca la ocasión de servirte!

Estamos hechos para ________ 1 Is 1,3. 2 Cfr.

Ex 17, 8-13 121

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esto; a un misionero, un verdadero misionero, un hombre de Dios, un hombre que tiene el espíritu de Dios, todo le tiene que parecer bien e indiferente; lo abraza todo, lo puede todo; con mayor razón ha de hacerlo una compañía: una congregación lo puede todo cuando está animada y llevada por el espíritu de Dios.

Nuestro misionero de Berbería y los que están en Madagascar, ¿qué no han emprendido?

¿qué no han ejecutado?

¿qué es lo que no han hecho?

¿qué es lo que no han sufrido?

Un hombre solo se atreve con una galera donde hay a veces doscientos forzados: instrucciones, confesiones generales a los sanos, a los enfermos, día y noche, durante quince días; y al final los reúne, va personalmente a comprar para ellos carne de vaca; es un banquete para ellos; ¡un hombre solo hace todo esto!

Otras veces se va a las fincas donde hay esclavos y busca a los dueños para rogarles que le permitan trabajar en la instrucción de sus pobres esclavos; emplea con ellos su tiempo y les da a conocer a Dios, los prepara para recibir los sacramentos, y al final los reúne y les da un pequeño banquete 3.

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Habló también de los hermanos Guillermo y Duchesne 4 que, después de haber sido esclavos, fueron redimidos con ayuda del cónsul 5, por el celo que les animaba en sus ocupaciones al lado de los pobres esclavos 6.

En Madagascar, dijo también el padre Vicente, los misioneros predican, confiesan, catequizan continuamente desde las cuatro de la mañana hasta las diez, y luego desde las dos de la tarde hasta la noche; el resto del tiempo lo dedican al oficio y a visitar a los enfermos.

¡Esos sí que son obreros!

¡Esos sí que son buenos misioneros!

¡Quiera la bondad de Dios darnos el espíritu, que los anima y un corazón grande, ancho, inmenso!

Magnificat anima mea Dominum! 7: es preciso que nuestra alma en________ 3 San Vicente piensa aquí en Juan Le Vacher. 4 Guillermo Servin y Renato Duchesne, hermanos coadjutores. 5 El hermano Barreau. 6 Según el autor de la vida manuscrita del padre Juan Le Vacher que reproduce una parte de este discurso, San Vicente habría dicho aquí: «Con cuánta catolicidad y religiosidad alivia y mantiene a estos pobres esclavos lo podemos ver por los frutos que aquí tenemos». 7 Lc 1,46. 122

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grandezca y ensalce a Dios, y para ello que Dios ensanche nuestra alma, que nos dé amplitud de entendimiento para conocer bien la grandeza, la inmensidad del poder y de la bondad de Dios; para conocer hasta dónde llega la obligación que tenemos de servirle, de glorificarle de todas las formas posibles; anchura de voluntad, para abrazar todas las ocasiones de procurar la gloria de Dios.

Si nada podemos por nosotros mismos, lo podemos todo con Dios.

Sí, la Misión lo puede todo, porque tenemos en nosotros el germen de la omnipotencia de Jesucristo; por eso nadie es excusable por su impotencia; siempre tendremos más fuerza de la necesaria, sobre todo cuando llegue la ocasión; pues cuando llega la ocasión, el hombre se siente totalmente renovado.

Es lo que decía el padre N. cuando llegó: sus fuerzas se duplicaron tan pronto como las necesitó.

Me olvidaba de comunicar a la compañía la noticia que he recibido y que hemos de agradecer a Dios.

Nuestro santo padre el papa ha concedido a todos los misioneros indulgencia plenariain articulo mortis.

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Cuando fue el padre Blatiron a ofrecerle los respetos de toda la compañía, le pidió esa gracia y la de que tomara a la compañía bajo su protección; le concedió ambas cosas.

¿Quién podrá comprender la importancia de esta gracia?

¡Indulgencia plenaria en la hora de la muerte, la aplicación de todos los méritos de nuestro Señor Jesucristo!

De forma que en la hora de nuestra muerte nos veremos revestidos de esa capa de inocencia que nos pondrá en situación de agradar a los ojos de Dios en el momento en que tengamos que darle cuenta de nuestra vida.

El Señor del evangelio arrojó de su presencia al que se presentó ante él sin tener el vestido nupcial 8, que el señor nos dará en la hora de nuestra muerte por medio de esa indulgencia, si somos fieles a nuestra vocación y queremos vivir y morir en el puesto en que nos han colocado; se lo agradeceremos a Dios, los sacerdotes en la santa misa y los hermanos en la comunión; y así lo haremos hoy, si os parece.

Encomiendo a vuestras oraciones a un ejercitante, que tiene especial necesidad.

¡Cuánto bien hará, si se convierte por completo, y cuánto mal si no lo hace!

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Me contento con deciros esto para que veáis cuánta necesidad tiene de verse asistido. ________ 8 Cfr Mt 22,12. 123

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