Conferencia · tomo XI-A

R EPETICIÓN DE LA ORACIÓN DEL SOBRE LA OBRA DE LOS RETIROS

10 DE AGOSTO DE 1655

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Conferencia
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XI-A
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él; ese espíritu sin el cual es imposible vivir en comunidad.

Pidámoselo todos juntamente, os lo ruego; recemos por ello toda esta semana; quizás, por su gracia, le inspire a alguien que venga a inflamarnos el viernes en este espíritu de pobreza; busquemos esta semana el medio de conseguirlo.

¡Dulce Salvador!, te conjuramos por ti mismo: concédenos este espíritu, que hará que sólo te busquemos a ti.

Ese espíritu viene de ti, depende de ti dánoslo, pues; te lo suplicamos con toda humildad.

Padres, pidámoselo mucho; si lo tenemos, lo tendremos todo; si morirnos en ese espíritu, seremos bienaventurados.

¡Qué honor, qué dicha y qué gloria, morir como murió el Hijo de Dios!

¿Hay una dicha mayor?

¿Se puede desear un final mejor y más glorioso?

Así es como moriremos, si vivimos en el espíritu de pobreza.

Tenemos que esperarlo de la bondad infinita de Dios.

Seguiremos el viernes con este mismo tema, in nomine Domini! 54 [131,XI, 229-232] R EPETICIÓN DE LA ORACIÓN DEL 10 DE AGOSTO DE 1655 SOBRE LA OBRA DE LOS RETIROS El padre Vicente recomienda un asunto importante a los hermanos de la compañía.

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Manifiesta su satisfacción por el bien que se hace en los retiros.

Cita a una persona que fue a darle las gracias en Bretaña por haber hecho el retiro en San Lázaro.

Invita a la compañía a perseverar en su misión.

Hay un asunto importante, cuyo éxito no está asegurado, y que encomiendo a las oraciones de la compañía; se lo ofreceremos, si os parece, a nuestro Señor, para que le dé su bendición por su misericordia.

El padre Vicente encomendó también a las oraciones de la compañía a los padres Mousnier y Bourdaise, que están — dijo — ________ Conferencia 54.

— Recueil de diverses exhortations, p. 96. 142

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en la isla de Madagascar y que todos los días se ven expuestos a nuevos peligros, para que quiera Dios darles, por su misericordia, el espíritu de san Lorenzo, que les haga resistir hasta el final, como este gran santo, y enfrentarse con todas las dificultades que se presenten.

Encomendó también a otras muchas personas a las oraciones de la compañía, y entre ellas a un ejercitante, y dijo: Os suplico, padres y hermanos míos, que deis gracias a Dios por esa inclinación que les da a muchas personas de venir a hacer aquí el retiro, que es una maravilla; muchos eclesiásticos de la ciudad y del campo lo dejan todo por venir; muchas personas solicitan ser recibidas y tienen que pedirlo con insistencia desde mucho tiempo antes.

¡Gran motivo para alabar a Dios!

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Unos vienen a decirme: «Padre, ya hace mucho que le pedí esta gracia; ya he venido muchas veces sin poderlo obtener»; otros dicen: «Padre, tengo que ir, me han encargado de un beneficio al que he de ir a atender cuanto antes; concédame este favor»; otros: «He acabado mis estudios; tengo que retirarme y pensar en lo que voy a ser»; otros todavía: «Padre, lo necesito mucho; si usted lo supiera, me concedería enseguida esta gracia».

¡Qué gran favor y gracia ha hecho Dios a esta casa, al llamar a tantas almas a los santos ejercicios y servirse de esta familia como de instrumento para servir a la instrucción de esas pobres almas!

¿En qué otra cosa deberíamos ocuparnos, sino en ganar un alma para Dios, sobre todo cuando ella viene a nosotros?

No deberíamos tener otra finalidad, ni mirar más que a esto, sólo a esto.

¡Ay!

Le han costado mucho al Hijo de Dios, y es a nosotros a quienes él las envía para devolverles su gracia.

Padres, tengamos cuidado de no hacernos indignos de ello y que Dios retire su mano de nosotros.

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Es verdad que hay algunos que no sacan ningún provecho, que vienen por necesidad y que sólo buscan un poco de descanso; pero no por eso hemos de dejar de asistir a los demás; por algunos que no hagan buen uso de ello, no hay que perjudicar a tantas almas buenas que sacan mucho provecho.

¡Qué frutos, qué frutos tan maravillosos!

Ya os lo he dicho, y por ahora me contentaré con deciros un ejemplo.

El último viaje que hice a Bretaña, hace cinco años, apenas llegué, vino a darme las gracias una persona muy distinguida por el gran favor que, según decía, le habíamos hecho de admitirle 143

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a hacer aquí ejercicios. «Padre, me dijo, sin eso estaba perdido; se lo debo todo; aquello fue lo que me dio paz y me hizo emprender una forma de vivir que conservo todavía, por la gracia de Dios, con toda satisfacción.

Padre, le estoy tan agradecido que se lo digo a todos los compañeros con quienes hablo; les aseguro que sin el retiro que, gracias a usted, hice en San Lázaro estaría condenado.

¡Cuánto se lo agradezco, padre!».

Esto me dejó muy impresionado.

¡Qué desdichados seríamos si, por nuestras negligencias, obligásemos a Dios a retirarnos esta gracia!

Es cierto que no todos se aprovechan de este modo, pero ¿es que el reino de Dios no está compuesto de buenos y de malos?

Es una red que coge toda clase de peces, buenos y malos 1; de todas las gracias que Dios concede, siempre hay algunos que abusan de ellas, pero no por eso deja de concederlas; ¡cuántos hay que no han querido aprovecharse de la muerte y de la pasión de nuestro Señor!

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¡Oh dulce y misericordioso Salvador!, tú ves que la mayor parte no lo tienen en cuenta, pero no por eso te negaste a morir, a pesar de ver esa muchedumbre de infieles que se burlan, y ese gran número de entre nosotros que desprecia y pisotea tu preciosa sangre.

No hay ninguna obra de piedad que no se profane, nada tan santo que no se abuse de ello; mas a pesar de eso, a pesar de todos esos abusos, nunca hay que desistir, con el pretexto de que algunos abusen; no hemos de cansarnos ni enfriarnos en nuestros ejercicios, por el hecho de que no todos se aprovechen de ello.

¡Qué pérdida y qué desgracia, si llegáramos a cansarnos de esa gracia que Dios nos ha concedido por encima de las demás comunidades, y privar a Dios de la gloria que de ahí saca!

¡Qué desgracia!

¡Desgraciado de mi, desgraciado de aquel que, por su pereza y por miedo a perder su comodidad, por deseo de darse buena vida cuando hay que trabajar, frenase el fervor de esta santa práctica!

Pase lo que pase por culpa de algunos, no hemos de cansarnos nunca de ello; tengamos ánimos; Dios, que nos ha dado esta gracia, nos la mantendrá; y hasta nos las dará mayores.

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Esperemos más todavía; tengamos un corazón firme contra las dificultades y un coraje inflexible; sólo es ese maldito espíritu de la pereza el que se acobarda ante cualquier con ________ 1 Cfr.

Mt 13,47-48. 144

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VINCENTIUS es una herramienta de consulta. Para trabajos académicos recomendamos verificar siempre la referencia en la edición original indicada.

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