Conferencia · tomo XI-B
C SOBRE LA INDIFERENCIA
16 DE MAYO DE 1659
comiendo pan seco 31, Por lo que se refiere al honor, fijaos cómo lo combatió y conformad con él vuestra vida y vuestras prácticas.
Padres, tengamos siempre este ejemplo ante nuestros ojos y no perdamos nunca de vista la mortificación de nuestro Señor, ya que estamos obligados a mortificarnos, para poder seguirle.
Formemos nuestros afectos sobre los suyos, para que sus pasos sean la regla de los nuestros en el camino de la perfección.
Los santos son santos por haber seguido sus huellas, por haber renunciado a ellos mismos y haberse mortificado en todo.
Por eso, padres, hay motivos para esperar de la divina bondad que nos dé el espíritu de mortificación, que quitará de nosotros todo lo que le disgusta y que pondrá luego en nuestra alma todas las virtudes que nos harán agradables a sus ojos, pero nosotros, hermanos míos, hemos de esforzarnos en ello con ardor y fidelidad, con amor y paciencia.
En ese caso, podemos estar seguros de que Dios nos concederá la gracia de llevar constantemente nuestra cruz, de seguir de cerca a Jesucristo y de vivir su vida en el tiempo y en la eternidad.
Amén. 128 [205, XII, 227-244] C ONFERENCIA DEL 16 DE MAYO DE 1659 SOBRE LA INDIFERENCIA (Reglas comunes, cap. 2, art. 10) Naturaleza de la indiferencia Razones para practicarla.
Aprecio que nuestro Señor tiene de esta virtud.
Medios para alcanzarla de Dios: la mortificación interna y externa.
Hermanos míos, ante la duda que ayer tenía de si podría hablaros esta tarde, os propusieron otro tema de conferencia: ________ 31 Mc 3,20.
Conferencia 128.
— Mannscrit des conférences.
L.
Abelly reproduce casi íntegramente esta conferencia (o.c., lib.
III, cap. 5, sec. 2, p. 42 s.) pero le da una redacción diferente. 524
seguramente esa charla habría sido más útil, ya que cada uno de vosotros habría dicho lo que nuestro Señor le había inspirado, mientras que yo no hago otra cosa más que probar la paciencia de la compañía.
Sin embargo, me he propuesto hablaros sobre la indiferencia, que es la regla contenida en el décimo artículo de las máximas evangélicas, capítulo 2.
Dice así esta regla: Todos se afanarán con toda la diligencia posible en la virtud de la indiferencia, que tanto apreciaron y practicaron Jesucristo y los santos, de forma que no tengan ningún apego ni a los cargos, ni a las personas, ni a los lugares, sobre todo a su país, ni a ninguna otra cosa semejante, sino que estén siempre dispuestos y preparados a dejarlo todo de buen ánimo, apenas el superior les indique su voluntad, aunque sólo sea por una señal, y aceptarán las negativas o los cambios que le parezca conveniente hacer, reconociendo delante de Dios que todo lo que haga está bien hecho.
Vamos a hablar, por tanto, de la virtud de la indiferencia, que nos impone nuestra regla.
Y tiene ciertamente razón pues, ¿cómo podría la compañía llegar a la perfección, si no adquiriese la indiferencia y el despego en todas las cosas?
¿Cómo llegaría al fin que se ha propuesto, de ir a instruir a los pobres del pueblo, a sacarles del pecado, a ponerlos en gracia con la gracia de Dios, si no tuviéramos la indiferencia, que nos atrae la misma gracia que queremos derramar sobre ellos?
Si estamos apegados al mundo y a nosotros mismos, a nuestros gustos y a nuestra estima, ¿cómo podremos trabajar por la santificación del estado eclesiástico, que consiste precisamente en el alejamiento de todas estas cosas?
Nadie puede dar lo que no tiene: Nemo dat quod non habet.
Queremos llevar a los demás al despego de los deseos de la tierra y de las satisfacciones de la naturaleza; ¿y cómo podremos hacerlo, oh Salvador, si estamos nosotros mismos apegados a ello?
¿Cómo buscar el reino de Dios y su justicia 1, si estamos atados a cualquier cosa que nos quita los medios y la libertad para buscarlos?
¿Cómo hacer la voluntad divina, que es una de nuestras reglas, si seguimos la ________ 1 Cfr.
Mt 6,33. 525
nuestra en las cosas que le disgustan, sobre todo en las comodidades, los honores y el aprecio maldito de nosotros mismos?
¿Cómo renunciar a nosotros mismos, según el consejo de nuestro Señor, si estamos apegados a nuestros gustos?
¿Cómo despegarnos de todo, si no renunciamos a esas cosillas que nos entretienen?
Padres, ¿queréis un remedio para todo esto?
Es preciso que la indiferencia ponga en libertad a la persona que está presa; ésta es la virtud que nos libera precisamente de la tiranía de los sentidos y del amor a las criaturas.
Por eso, ya veis qué necesaria es y cuánta obligación tenemos de entregarnos a Dios para procurar adquirirla, si no queremos ser esclavos de nosotros mismos y esclavos de una bestia, ya que el que se deja llevar por su parte animal no merece ser llamado hombre, sino bestia.
Leía esta mañana el pensamiento de un santo, que dice que la indiferencia es el grado más alto de la perfección, la suma de todas las virtudes y la ruina de los vicios.
Necesariamente tiene que participar la indiferencia de la naturaleza del amor perfecto, ya que es una actividad amorosa que inclina el corazón a todo lo que es mejor y destruye todo lo que impide llegar a él, lo mismo que el fuego, que no sólo tiende a su centro, sino que consume todo lo que intenta detenerlo.
Del mismo modo, hermanos míos, vuestros corazones se verán totalmente inflamados en la práctica de la voluntad de Dios, si la indiferencia los despega de la tierra.
Necesariamente se sentirán llenos de amor a Dios cuando dejen de amar otra cosa.
En este sentido puede decirse que la indiferencia es el origen de todas las virtudes y la muerte de todos los vicios.
Digamos en qué consiste.
Hay que distinguirla en dos partes: primero, la acción de indiferencia; y segundo, el estado de indiferencia.
La acción indiferente es una acción moral voluntaria que no es ni buena ni mala.
Algunos juzgan que no existe semejante acción, pues dicen que si una acción no es buena, es mala.
Sea lo que fuere, vamos a suponer aquí que existe el término medio: una acción voluntaria que no se refiere ni al bien ni al mal.
Existe la obligación de alimentarse; por eso comemos.
Esa acción no se sitúa entre las acciones virtuosas.
Mala tampoco es, con tal que no se estropee la acción por algún exceso o por 526
alguna prohibición.
Pasearse, estar sentado o en pie, pasar por un camino o por otro, son cosas de suyo indiferentes, que no son de ningún mérito, pero tampoco son dignas de reprensión, a no ser que haya alguna circunstancia mala.
Eso es la acción indiferente.
En cuanto al estado de indiferencia, es un estado en que se encuentra una virtud por la que el hombre se despega de las criaturas para unirse al Creador.
No se trata solamente de una virtud; en cierto modo, se trata de un estado que la comprende y en donde ella opera; es un estado, pero es menester que esta virtud sea activa en él y que, mediante ella, el corazón se despegue de las cosas que lo tienen cautivo.
¿Dónde está el corazón que ama?
En la cosa amada.
Por consiguiente, donde está nuestro amor, allí está cautivo nuestro corazón; no puede salir de allí, ni puede elevarse más arriba, ni puede ir a la derecha o a la izquierda; allí está detenido.
Donde está el tesoro del avaro, allí está su corazón; y donde está nuestro corazón, allí está nuestro tesoro 2, y lo que resulta deplorable es que estas cosas que nos mantienen cautivos son ordinariamente cosas indignas: una tontería, una imaginación, una palabra seca que nos han dicho, una pequeña falta de atención, una negativa, el solo pensamiento de que no nos hacen gran caso, todo esto nos hiere y nos indispone hasta el punto de que ya no podemos curarnos de ello.
El amor propio nos apega a todas esas lesiones imaginarias; imposible librarse de ello; estamos allí metidos.
¿Por qué?
Porque estamos presos de esa pasión.
Lo propio de la indiferencia es quitarnos todo resentimiento y todo deseo, despegarnos de nosotros mismos y de toda criatura; tal es su oficio, tal es la dicha que nos proporciona, con tal que sea activa, que trabaje.
¿Y cómo?
Hay que procurar conocerse; hay que decirse: “¡Ea, alma mía!, ¿cuáles son tus afectos?
¿a qué nos agarramos?
¿qué hay en nosotros que nos tenga cautivos?
¿gozamos de la libertad de los hijos de Dios o estamos atados a los bienes, a los caprichos, a los honores?”.
Examinarse para descubrir nuestras ataduras, para romperlas.
Realmente, hermanos míos, la eficacia de la oración debe tender a conocer bien nuestras inclinaciones y apegos, decidir________ 2 Cfr.
Mt 6,21. 527
nos a luchar contra ellas y enmendarnos, y luego a ejecutar bien lo que hemos resuelto.
En primer lugar estudiarse, y cuando uno se sienta apegado a algo, esforzarse en desprenderse de eso y en hacerse libre por medio de resoluciones y de actos contrarios.
Ciertamente, tenemos muchos motivos para que temamos caer en esos lazos miserables, de los que no podríamos salir.
¡Oh Salvador!
¡Qué miseria!.
Conferencia a un señor, del que ya os he hablado en otras ocasiones: un señor de Bresse, llamado señor de Rougemont, que había sido un conocido espadachín; era alto, arrogante, que se había encontrado muchas veces en esa situación rogado por otros nobles que querellaban entre sí o él mismo retaba a duelo a cualquiera que le hiciera un agravio.
El mismo me lo dijo y es imposible contar con cuántos peleó y a cuántos hirió o dio muerte.
Finalmente, Dios le movió de tal modo que entró dentro de sí mismo y, al ver la triste situación en que se encontraba, se decidió a cambiar de vida y lo hizo.
Después de aquel cambio, tras ir progresando poco a poco, llegó tan adelante en la vida del espíritu que pidió al señor obispo de Lion permiso para tener el Santísimo en su capilla, para poder honrar allí a nuestro Señor y entretener mejor su piedad, que era singular y conocida de todos; esto me dio el deseo de ir a verle un día en su casa, donde me contó sus prácticas de devoción y, entre otras, la del despego de las criaturas. “Estoy seguro, me decía, de que si no estoy atado a nada, me dirigiré a Dios, que es mi único anhelo; para ello miro si me detiene la amistad con tal señor, con tal pariente, con tal vecino, si me impide avanzar el amor a mí mismo, si me atan los bienes o la vanidad, si me retrasan mis asuntos o mis placeres; y cuando me doy cuenta de que hay algo que me aparta de mi soberano bien, rezo, corto, sajo, me libro de aquella atadura.
Estos son mis ejercicios”.
Siempre me acuerdo de una cosa que me dijo: un día, yendo de viaje, estaba pensando en Dios, como solía hacerlo, y se examinaba sobre si le había quedado, desde su conversión, o le había sobrevenido alguna cosa que lo mantuviera apegado; estuvo recorriendo sus negocios, sus bienes, sus amistades, su reputación, sus grandezas, los pequeños entretenimientos del corazón humano; piensa, cavila, y finalmente se fija en su espada. 528
Tomo XI-B · página PDF 26“¿Por qué la llevas?, pensó, ¿podrías pasar sin ella?
¡Cómo!
¡Dejar esta querida espada que tan bien me ha servido en tantas ocasiones y que, después de Dios, me ha sacado de mil peligros!
Si alguien me atacara, me vería perdido sin ella.
Pero también es verdad que podría surgir algún agravio y tú no tendrías el valor, llevando una espada, de no servirte de ella, y ofenderías a Dios enseguida.
¿Qué haré, Dios mío?, se dijo; ¿es posible que me trabe el corazón este instrumento de mi vergüenza y de mi pecado?
No encuentro ninguna otra cosa que me tenga atado más que esta espada; sería un cobarde si no me desprendiera de ella”.
Y en aquel momento vio una piedra grande, se bajó del caballo, tomó la espada, empezó a golpear contra aquella piedra, y tris tras, tris tras: la rompió finalmente, la hizo pedazos y se marchó.
Me dijo que aquel acto de desprendimiento, al romper aquella cadena de hierro que lo tenía preso, le dio una libertad tan grande que, a pesar de ser contra la inclinación de su corazón, que amaba a esa espada, ya nunca tuvo ningún afecto a las cosas perecederas; solamente buscaba a Dios.
¡Qué gran lección, hermanos míos!
¡Qué confusión para un miserable como yo, que me apego unas veces a una cosa y otras a otra!
No pongo atención en ello o, si me fijo, no hago un esfuerzo suficiente para salir de allí.
Es este un gran motivo de confusión para mí y para los que son como yo, que no se examinan para ver a qué están agarrados ni se preguntan jamás: “¿Qué es lo que domina en mí y qué es ese montón de cosas y de afectos que ocupan inútilmente mi pensamiento y mi tiempo?”.
O bien, si algunas veces lo piensan, no logran salir de allí y, en vez de deshacerse de esa servidumbre, cada vez se someten más a ella de modo que ya no son capaces de librarse.
¡Qué pena, hermanos míos, ver cómo nos arrastramos, siempre con el vientre en la tierra 3, hundidos siempre en nuestros defectos y en nuestras miserias!
Es lo que debe decirse de los que no se esfuerzan en la indiferencia: no hacen ningún progreso en la virtud, se encuentran siempre con el mismo obstáculo y no lo quieren quitar.
¿Cómo no temer que Dios nos abandone?
¿Ha habido alguna vez un esclavo semejante?
¿Por ________ 3 Sal 43,25. 529
qué no tenemos su amor a la libertad?
¡Oh Salvador!
Tú nos has abierto la puerta; enséñanos a encontrarla, danos a conocer la importancia de nuestra emancipación, haznos recurrir a ti para conseguirla; ilumínanos, Salvador mío, para que veamos a qué estamos apegados y ponnos in libertatem filiorum Dei 4.
Hermanos míos, Dios, al enviar su Hijo al mundo para redimirnos, nos ha hecho hijos suyos 5; el hombre cobarde, que se deja subyugar por las criaturas, se convierte en esclavo y, al perder esa libertad de los hijos de Dios, parece como si dijese una blasfemia eterna, como si dijese que Dios no es su padre o que es menos digno de amor que la cosa que ama y que ese placer que lo cautiva.
Pero el Hijo de Dios, ¿a qué estaba apegado?
¿No sabéis cómo estaba sometido a la voluntad de su Padre?
El profeta rey lo dice con esta comparación: como un jumento a la de su amo.
Compara su perfecta resignación con la de ese animal, que carece de deseos y de libertad para elegir; hacéis con él lo que queréis; está siempre dispuesta a salir y a caminar, a recibir una silla o unas albardas, o cargar con un carro, o estar parado; todo le es indiferente; deja que hagan con él lo que quieran, no se empeña en tener siempre el mismo establo, no siente inclinación a ir a un lado o al otro, no está apegado a nada.
¿No habéis visto por la calle a unos mulos detenidos ante una puerta?
Están cinco o seis juntos aguardando a que salga el arriero y, cuando ha salido, caminan, tuercen a la derecha o a la izquierda, van adonde él quiere y se paran cuando él lo desea: no se obstinan en nada.
Ut jumentum factus sum apud te 6, Así es como yo soy, dice nuestro Señor, para indicarnos cómo acataba todo lo que Dios quería de él.
¡Qué abandono!
¡Qué sumisión!
¿Y qué es lo que le pasó?
Et ego sum semper tecum 7: siempre estuvo con Dios.
Como siempre he hecho tu voluntad, Señor, y nunca la mía, por eso tú has estado conmigo.
¿Qué es lo que hace el que está totalmente sometido a las órdenes de la providencia?
Hace como el jumento que obedece ________ 4 Rom 8,21. 5 Gal 4,4-5. 6 Sal 72,23. 7 Sal 72,23. 530
Tomo XI-B · página PDF 28a todo lo que se quiere, cuando se quiere y de la manera que se quiere.
¿Y qué hago yo cuando me abandono de esa manera?
Atraigo a Dios a mi lado, porque no he tenido voluntad propia.
Tenuisti manum dexteram meam, et in voluntate tua deduxisti me, et cum gloria suscepisti me 8; me tuviste de la mano y me llevaste adonde quisiste.
Si he hecho algún bien, eres tú el que me has llevado; me he dejado guiar por el más pequeño signo de tu voluntad.
¿Y por qué?
Porque he sido contigo como una bestia de carga; me he entregado a los trabajos, a los desprecios, a los sufrimientos y a todo lo que te ha agradado; por eso, Señor, tú te has servido de mí en las cosas que has querido.
¿No veis, hermanos míos, los felices resultados de los que están en esta indiferencia?
Sólo obedecen a Dios, y Dios los guía.
Los veréis mañana, toda la semana, todo el año y toda su vida en paz, en entusiasmo y en tendencia continua hacia Dios, siempre derramando sobre las almas los efectos tan dulces y saludables de las obras de Dios en ellos.
Y si comparáis al indiferente con los que no lo son, veréis por un lado cómo su vida está llena de luz y produciendo abundantes frutos; no hay más que progresos en sus personas, fuerza en sus palabras, bendición en sus empresas, gracia en sus consejos y buen olor en sus obras.
Et in voluntate tua deduxisti me: tú me has guiado, Señor, por el sendero de tu voluntad.
Y veréis por otra parte cómo esas personas que están apegadas a sus satisfacciones no tienen más que pensamientos terrenos, palabras de esclavos y obras muertas.
La diferencia que hay de unos a otros proviene de que éstos se unen a las criaturas y aquellos se separan de ellas, de que la naturaleza obra en las almas bajas y la gracia en las que se elevan a Dios y sólo respiran su voluntad.
Por eso estos últimos podrán decir, en cierto modo, lo mismo que nuestro Señor: Et cum gloria suscepisti me: tú me has recibido con gloria, me has dado poder sobre el cielo y la tierra, porque me he portado con Dios y con los hombres lo mismo que el asno o la asna.
Soy tan idiota que no sé si hay que decir el o la asna.
En fin, ¡bendito sea nuestro Señor!
El que tiene este espíritu de sumisión y de indiferencia, tiene a su Padre ________ 8 Sal 72.24. 531
Tomo XI-B · página PDF 29consigo, llevándolo de la mano por el camino de su voluntad y rodeándolo del esplendor de su gloria.
Pidámosle, hermanos míos, que nos conceda la gracia de ponernos en ese estado, para estar siempre bajo la dirección de Dios, que nos lleva de su mano y nos conduce hasta su divina majestad.
Salvador mío, haz no que estemos apegados a nada, lo mismo que una bestia de carga, que le da lo mismo llevar una carga que otra, pertenecer a un amo rico o a un amo pobre, estar en este país que en otro; todo le parece bien; aguarda, camina, sufre, trabaja de día y de noche; nada le sorprende.
¡Dios mío!
Todo esto me parece muy hermoso; tengo ganas de hacer lo mismo, pero me doy cuenta de que soy muy ruin; me cuesta separarme de las cosas que estimo, no predicar, no tener ningún cargo, no estar bien colocado, no tener buena fama; siento una gran dificultad en sujetarme a toda clase de personas; sin embargo, con tu gracia, Dios mío, lo podré todo.
No te pido ser un ángel, ni como un apóstol; en cierto modo ya lo soy; lo que deseo solamente, Dios mío, es tener esa disposición servicial que les das a las bestias, ese coraje para sufrir que les das a los guerreros y la firmeza que tienen en su vida militar.
Hermanos míos, deberían confundirse nuestros rostros al ver cómo nos superan unos ruines soldados y unas pobres bestias en cosas tan agradables a Dios, que su mismo Hijo quiso llevar a cabo en su propia persona.
¡Qué confusión, hermanos míos!
No escuchéis a este miserable que os está hablando; es el más indigno de los hombres de aspirar a ese estado bienaventurado, por el abuso que he hecho de mi libertad y de las gracias de Dios, amando a las cosas más que a él.
Entreguémonos a su bondad infinita, hermanos míos, con la confianza de que nos purificará de estos afectos terrenos en los que estamos hundidos.
Hemos de esforzarnos en la indiferencia despegándonos de nuestro propio juicio, de nuestra voluntad, de nuestras inclinaciones y de todo lo que no es Dios; una virtud es activa y, si no actúa, no es virtud.
Hay que esforzarse, hermanos míos, hay que insistir una y muchas veces, día tras día, en la oración; ¿por qué no?.
Así pues, la regla nos dice que nuestro Señor estimó mucho y practicó la indiferencia, como acabamos de ver; habla también de que los santos nos la han enseñado con su ejemplo.
Tú lo 532
decías muy bien, san Pedro, tú que lo habías dejado todo 9, y nos lo enseñaste cuando reconociste a Jesucristo en la orilla del mar: Dominus est! 10.
Inmediatamente este apóstol dejó su ropa, saltó de la barca y se echó a nadar; no llevaba nada.
Dominus est!
Llega hasta él despojado de todo.
¡Salvador mío!
¡Qué desprendimiento!
Sólo busca a su maestro, sin pensar en el barco, ni en la ropa, ni en la vida.
¡Oh san Pablo!
¡Oh gran san Pablo!
Desde tu conversión has tenido esta gracia infusa de la indiferencia: Domine quid me vis facere? 11: “estoy dispuesto a hacer lo que quieras; nada me importa”.
¡Qué lenguaje éste tan admirable! “Señor, ¿qué quieres que haga?” Supone un desprendimiento no menos repentino que completo.
¡Qué abundancia de gracias cayó de pronto en este vaso de elección!
¡Qué instante tan maravilloso que cambia a un perseguidor en un apóstol!
¡Y cuánta fue la luz que en él se produjo y que, al despegarle de la ley, de su comisión, de su fortuna y de sus sentimientos, le hizo decir de golpe: Domine, quid me vis facere?
Ciertamente, la regla tiene razón al decir que nuestro Señor y los santos quisieron y practicaron la indiferencia y que todos nosotros estamos obligados a imitarles.
Sí, hermanos míos, esta virtud es necesaria a los misioneros, ya que no se pertenecen a sí mismos, sino a nuestro Señor, que es quien los ha enviado y quiere disponer de ellos.
¿Y para qué?
Para que hagan lo que el ha hecho y sufran como él. “Lo mismo que mi Padre me ha enviado, les decía a los apóstoles, os envío yo a vosotros 12; lo mismo que me han perseguido a mí, os perseguirán a vosotros” 13.
Ostendam illi, dice en otro lugar, hablando de san Pablo, quanta oporteat eum pro nomine meo pati 14: le indicaré que mi voluntad es que padezca por mi nombre.
En efecto, ¡cuánto tuvo que soportar!
Es algo prodigioso.
Cuesta trabajo creer todo lo que sufrió en su persona, en su honor y en su minis________ 9 Cfr.
Mt 19,27. 10 Cfr.
Jn 21,7. 11 Hech 9,6. 12 Cfr.
Jn 20,21. 13 Cfr.
Jn 15,20. 14 Hech 9,16. 533
terio.
Aquel corazón generoso y tan resignado de san Pablo se vio perseguido en muchos lugares.
En Damasco tuvo que salvarse por una ventana 15; en otras partes recibió azotes, fue arrojado al mar, apedreado, encarcelado varias veces, despreciado, expulsado y finalmente martirizado 16, Estaba destinado al sufrimiento: Ostendam illi quanta oporteat eum pro nomine meo pati: yo le mostraré cuánto tiene que sufrir.
Y así lo hizo.
Sí, es prodigioso lo que tuvo que sufrir, prodigioso, prodigioso.
¿Y qué diremos de Abraham, el corifeo de los verdaderos obedientes y de los perfectamente desprendidos?
Dios le manda salir de su país y dejar a sus parientes. “Sal de tu tierra, déjalo todo y vete” 17.
Lo hace sin replicar, sin retrasarse un minuto.
¡Qué sumisión, hermanos míos!
¡Qué desprendimiento!
Pero, Dios mío, no te contentas con eso; fue un primer sondeo que hiciste en su corazón para ver si era capaz de llegar más allá. “Sí, le dijo Dios a este su siervo, deseo otro testimonio de tu amor; quiero que me sacrifiques a tu hijo” 18, y este patriarca ni siquiera duda de si lo ha de hacer. “Vamos”, dijo.
Toma todo lo necesario para el sacrificio; coge a Isaac y la espada; se marchan hasta llegar al lugar destinado.
Ya está la hoguera preparada; ya está levantado el brazo del padre y el niño a sus pies, esperando el golpe.
¡Qué indiferencia la de Abraham!
¡Cuán por encima de los sentimientos naturales, cuán libre en sus acciones y en sus afectos y cuán pronto a someterlos a las órdenes de Dios más extrañas y más inesperadas!
¿Y no admiráis también la obediencia del hijo lo mismo que la de su padre?
Fijaos en su virtud; no pregunta sobre lo que le va a pasar; se deja conducir; se pone de rodillas; ofrece su vida; para él hay bastante con saber que así lo quiere su padre.
¡Oh Dios mío!
Hermanos míos, ¡cuánto hemos de temer que los hijos de nuestro entendimiento estén muy lejos de este abandono!
Estas luces, estos conocimientos y esta ciencia que tenemos, o pretendemos tener, ¿tienen esta misma sumisión?
¿Estáis dispuestos, hermanos míos, a sacrificarlos a Dios?
Examinémonos bien y supongamos que un superior nos dice: ________ 15 2 Cor 11,24. 16 2 Cor 11,32. 17 Cfr.
Gén 12,1. 18 Cfr.
Gén 22. 534
“Ya está bien; ya basta de estudiar; cambie usted de casa, haga otra cosa”; Podría pasarle esto a alguno.
¿Qué hacer?
¿Dónde estarán vuestros sentimientos, si se os pide a vuestro Isaac?
¿Cortáis la garganta a ese deseo vuestro de saber, a esa afición de estar aquí mejor que allí, a ese afán por querer una cosa y desechar otra?
Poned la mano en vuestra conciencia y veréis que no hay allí nada de indiferencia.
¡Dios mío!
Ha habido algunos en la compañía que, al no poder estudiar después de sus años de seminario todo lo que ellos esperaban, han empezado a murmurar, a quejarse y con un disgusto tan grande que daba lástima.
Pero, padre, pero, hermano, ¿no ha venido usted aquí para hacer la voluntad de Dios y no la suya, para obedecer y no para estudiar?
Bien, pues no estudie.
Ese hijo de su espíritu lo tiene atado, esa afición desordenada de su espíritu lo tiene cautivo; vaya, aprenda a ser libre e indiferente; que sea ésa su lección.
Otros tienen la pasión de ordenarse de sacerdotes antes de tiempo; otros, de predicar, de discutir, de tener una ocupación, de ir y venir; hay pocos que no tengan a su Isaac preferido; pero hay que deshacerse de él, hay que vaciar nuestro corazón de todo otro amor que no sea el de Dios y toda otra voluntad qué no sea la de la obediencia.
Bien, me parece que estáis todos dispuestos a ello, y espero que Dios os concederá esta gracia.
Sí, Dios mío, espero de tu bondad, que conoce todos mis apegos, que me hablarás a mí el primero; y yo, que me siento sin fuerzas para enmendarme, te diré en mi ancianidad como David: “Señor, ten piedad de mí” 19 Y vosotros, hermanos míos, que estáis en situación de trabajar en la adquisición de las virtudes, esforzaos en la de la indiferencia ya que, si Dios quiere que la tengáis alguna vez, alcanzaréis la muerte de vuestros vicios y la fuente de vuestras virtudes.
Y si queréis otro motivo para aficionaros a ella, antes de pasar a los medios de practicarla, es que el hombre indiferente pertenece por completo a Dios.
Dios lo es todo para él, y todo lo demás no es nada.
Si le decís blanco, es blanco; si le decís negro, es negro; si le mandáis ir, va; si le mandáis trabajar, trabaja; está siempre dispuesto a todo sin que se le ordene. ________ 19 Sal 50,3. 535
Tomo XI-B · página PDF 33¿Sabéis qué es lo que pienso cuando oigo hablar de esas necesidades tan lejanas de las misiones extranjeras?
Todos hemos oído hablar y sentimos cierto deseo de ir allá; juzgamos felices al padre Nacquart, al padre Gondrée, a todos los demás misioneros que han muerto como hombres apostólicos por la fundación de una nueva Iglesia.
Y efectivamente, son felices porque han salvado sus almas al entregarlas por la fe y por la caridad cristiana.
Todo esto es muy hermoso, muy santo: todos alaban su celo y su entusiasmo; y ahí se queda todo.
Pero si tuviésemos esa indiferencia, si no nos apegásemos a esa tontería y estuviésemos dispuestos a todo, ¿quién no se ofrecería para ir a Madagascar, a Berbería, a Polonia o a cualquier otro sitio donde Dios desea que le sirva la compañía?
Si no lo hacemos así, es porque estamos apegados a alguna cosa.
Hay algunos ancianos que han pedido que les enviemos allá y que lo han solicitado a pesar de su mucha debilidad.
¡Es que tienen el corazón libre!
Van con su afecto a todos los sitios en donde Dios desea ser conocido, y no hay nada que los detenga aquí más que la voluntad divina.
Si no estuviésemos tan aferrados a nuestros miserables caprichos, diríamos todos: “Dios mío, envíame, estoy dispuesto a ir a cualquier lugar del mundo adonde mis superiores crean oportuno que vaya a anunciar a Jesucristo; y aunque tuviese que morir allí, me dispondría a ir allá y me presentaría a ellos para eso, sabiendo que mi salvación está en la obediencia, y la obediencia en tu voluntad”.
El medio para alcanzar de Dios esta indiferencia es la mortificación continua, interior y exterior.
No os indicaré ningún otro.
Primero, el examen, para reconocer si sentimos más inclinación a una cosa que a otra y cuáles son las que más nos atraen, para que, fijaos bien, andemos con cuidado y esforcémonos en apartarnos incesantemente de ellas, cortando y sajando todo lo que ata nuestro corazón, a fin de despojarnos de todas las criaturas y mortificar nuestros sentidos y nuestras pasiones siempre y en todas partes.
Propongámonos hoy y empecemos desde mañana a combatir nuestras satisfacciones y nuestros gustos, uno tras otro, y no dudéis de que, si sois fieles a ello, hermanos míos, nuestro Señor os concederá llegar a la meta; de esta forma, en vez de ser esclavos de nosotros mismos y de las cosas que amamos 536
Tomo XI-B · página PDF 34fuera de Dios, alcanzaremos la libertad de hijos y estaremos sujetos únicamente a la voluntad del Padre celestial.
Lex justo non est posita 20.
Los hombres indiferentes están por encima de toda ley; son de una categoría distinta de los demás y, lo mismo que los cuerpos gloriosos, pasan a través de todo, van a todas partes, sin que nada les impida ni les retrase.
¡Oh Salvador, qué felices seríamos si estuviésemos tan desprendidos, como las bestias de carga, lo mismo que tú, Señor, que te quisiste comparar con un jumento 21, para hacer tuya la disponibilidad del espíritu más grande que imaginarse pueda!
Concédenos al menos la gracia de participar de esa disposición; así te lo suplicamos, libertador nuestro, con la confianza de que jamás perderemos con ello nuestra libertad y permaneceremos firmes en el ejercicio de la santa indiferencia.
Siempre tendremos esta virtud en nuestro entendimiento y en nuestra voluntad, en donde no entrará nada que pueda separarnos de ejecutar todo lo que tú ordenes.
Y al obrar así, tú nos tomarás de la mano 22 y nos harás cumplir tu voluntad, hasta conducirnos a la gloria.
Amén.
Encomiendo a vuestras oraciones al señor obispo de Meaux 23; hace dos días que está en la agonía y sufre muchos dolores en ese estado.
Será en la Iglesia como una lámpara extinguida, que iluminaba a los pueblos y al clero con su gran mansedumbre, sabiduría, dotes de gobierno y firmeza.
Quería mucho a nuestra compañía, y hemos tenido la dicha de que nos llamara a su diócesis y nos mantuviera en ella.
La providencia permitió que saliéramos de Crécy; y este buen prelado, al ver aquello, tomó nuestra causa en sus manos.
Como Dios le ha concedido a la compañía la gracia de preferir dejarlo todo antes que disgustar al que nos había fundado en aquel sitio, quisimos salir de allí para contentarle; se hizo esto solo por amor de Dios, y sin ningún otro motivo.
Durante aquel proceso, este señor obispo me indicó que deberíamos intervenir para volver de nuevo; le pedí que nos excusase de no querer plei________ 20 1 Tim 1,9. 21 Sal 72,23. 22 Sal 72,24. 23 Domingo Séguier, muerto el 16 de mayo de 1659. 537
tear contra nuestro bienhechor 24. “Nos puso allí por iniciativa propia y ahora quiere disponer de otra forma de su fundación; nos parece bien; queremos que haga lo que mejor le parezca”.
— “Entonces, haga usted ese papel; pero yo representaré otro y procuraré impedir los planes de ese individuo”.
En efecto, sostuvo los gastos de aquel proceso, los sostuvo y apoyó hasta que se consiguió lo que era justo.
Nos quedamos allí y se nos adjudicaron los fondos, que se querían destinar al hospital mayor.
La misma providencia ha permitido que la persona fundadora, al ver que por respeto hacia él preferíamos retirarnos en vez de defendernos, ha venido a presentar excusas por lo que había hecho; y no sólo esto, sino que me añadió también...
Pero más vale que nos lo callemos.
Así pues, tenemos muchos motivos para pedir a Dios por ese buen prelado.
Desde esta tarde le rezaremos para que quiera recibirlo en su gracia.
Mañana temprano mandaremos a preguntar si ha fallecido y, en ese caso, ofreceremos nuestros sacrificios por su alma.
También les ruego que pidan por las necesidades de la compañía, que no son pocas.
Dios la está probando de la manera que su bondad bien conoce; ¡quiera su bondad infinita que haga buen uso de todo esto! 129 [206,XII, 244-259] C ONFERENCIA DEL 23 DE MAYO DE 1659 SOBRE LA UNIFORMIDAD (Reglas comunes, cap. 2, art. 11).
Naturaleza de la uniformidad.
Motivos para practicar esta virtud; medios de practicarla: guardar las reglas.
Mis queridos hermanos, el undécimo artículo del capítulo de las máximas evangélicas dice así: ________ 24 Señor de Lorthon.
Conferencia 129.
— Manuscrit des conférences. 538
Para honrar la vida común que quiso llevar nuestro señor Jesucristo, a fin de conformarse con los demás y ganarlos así mejor para Dios su Padre, todos, en la medida de lo posible, guardarán la uniformidad en todas las cosas, mirándola como una virtud que mantiene el buen orden y la santa unión; por ello huirán igualmente de la singularidad, raíz de la envidia y de la división, no sólo en lo que se refiere al género de vida, el vestido, la cama y otras cosas por el estilo, sino también en lo que atañe a la manera de dirigir, de enseñar, de predicar, de gobernar, así como a las prácticas espirituales.
Pues bien, para poder conservar siempre entre nosotros esta uniformidad, sólo se necesita un medio, esto es, una observancia muy exacta de nuestras reglas o constituciones.
Ya veis, hermanos míos, como el fondo de este artículo se refiere a la uniformidad; todo lo demás gira en torno a esta idea.
Pues bien, al hablar de esta virtud o estado de uniformidad, reduciremos todo lo que indica la regla poco más o menos a nuestro pequeño método, y diremos primero en qué consiste (creo que habrá que comenzar por ahí), para exponer a continuación las razones que tenemos para entregarnos a Dios a fin de ser unánimes y no tener más que un solo corazón y una sola alma; hablaremos de un medio para ello.
He estado pensando en si debería explicar la regla palabra por palabra o si sería mejor seguir esta división que os he hecho, y me ha parecido que la materia requería que la tratáramos de esta última manera.
La misma palabra indica lo que quiere decir uniformidad; es tan evidente y tan claro que nadie duda de ello, sobre todo los que tienen estudios.
La uniformidad es un estado o una virtud, o las dos cosas a la vez.
La uniformidad, considerada en un individuo, es una virtud que le hace obrar en conformidad con su condición; y considerada en su comunidad, es un estado que, uniendo a todos los individuos, forma de los diversos miembros un solo cuerpo vivo con sus operaciones propias.
Por consiguiente, los misioneros son unánimes si no tienen más que un solo espíritu que los anime; y son uniformes si no tienen más que un alma que tiene las mismas facultades en cada uno de ellos. 539
Tomo XI-B · página PDF 37¿Qué entiende usted por facultades?
Yo entiendo el entendimiento, la voluntad y la memoria, que son las facultades o potencias del alma, y que tienen que ser semejantes en cada uno de nosotros; de forma que, propiamente hablando, tener uniformidad es tener un mismo juicio y una misma voluntad en las cosas de nuestra vocación.
Pues bien, en esta relación o semejanza que tenemos mediante esta unión, hay que distinguir entre las actitudes naturales del cuerpo y las acciones morales; pues en las actitudes del cuerpo es difícil que haya unanimidad: nunca hay dos rostros iguales, ni tampoco son iguales el caminar, el hablar y los gestos de dos personas, pues siempre se encontrará alguna pequeña diferencia entre ellas.
Es la naturaleza la que pone estas diferencias y el poder de Dios se demuestra en estas diversidades o distinciones de un hombre con los demás.
Pero, en cuanto a las acciones morales sí que tiene que haber unanimidad, ya que las virtudes que las producen radican en el alma y todos nosotros no somos más que una sola alma y, por consiguiente, hemos de tener un mismo juicio, una misma voluntad y unas mismas operaciones.
Pero, padre, ¿cómo es posible esto?
Vemos que somos distintos en las opiniones y en la manera de juzgar; uno ve las cosas de forma diferente que el otro; uno tiene doctrina, y otro no; uno tiene un espíritu penetrante y yo lo tengo vulgar.
¿Cómo es posible, en medio de esta diferencia de luces, no tener diversas opiniones?
— Es verdad que, a propósito de las ciencias es casi imposible que todos se parezcan; pero respecto al fin de nuestra vocación, que es tender a la perfección, trabajar por la instrucción de los pueblos y el progreso de los eclesiásticos, hemos de convenir en el mismo juicio, tenemos que juzgar de la misma manera y hacernos semejantes en la práctica y, según señala la regla, tener todos un mismo espíritu para apreciar nuestros ejercicios, y un mismo corazón, en la medida de lo posible, para amarlos; por consiguiente, acomodar nuestro juicio a las reglas, nuestra voluntad a las reglas y seguir los medios que conducen a ello.
Quizás los extremos nos ayuden a conocer mejor este estado del que estamos hablando.
Un extremo de la unanimidad es la división y la separación; uno tira de un lado y otro de 540
otro; cada uno hace como le parece.
El otro extremo consiste en dejarse llevar por el abandono, por el humor y las acciones desordenadas del prójimo.
Nuestra virtud está en el medio: consiste en la unión de nuestro juicio y en la conformidad de nuestra voluntad para llegar a nuestra perfección y servir a los pobres; y esto por medio de los medios comunes que las reglas nos indican.
Por tanto, esta virtud nos hace evitar igualmente que nos separemos de esa unidad y que nos unamos a los que se separan o se alejan de ella.
Nos hace que seamos unánimes en todos los ejercicios de la comunidad.
Dios sabe los bienes que conseguiremos, si la usamos debidamente.
Nos hace tener un mismo querer y un mismo no querer entre nosotros y una santa condescendencia con las opiniones de los demás, con tal que no sean contrarias a la virtud; en fin, no puede tolerar la polémica ni las disputas sino que nos adhiere al espíritu de las reglas, que tiende a unirnos a Dios y entre nosotros mismos, y nos incita a unirnos con los pueblos y ganarlos para Dios.
¿Cuáles son los motivos que tenemos para conservar y aumentar esta uniformidad?
Encontramos muchos en la sagrada escritura.
El primero es de san Pablo, en la carta a los romanos, capítulo 15, donde nos recomienda ut unánimes uno ore honorificetis Deum et Patrem domini nostri Christi 1: para que con un mismo corazón y una misma boca honréis a Dios Padre.
Según esto, es preciso que seamos siempre uniformes y unánimes para alabar y servir a Dios, que nuestros corazones no sean más que uno y que todos convengan en la misma forma de honrarle y darle gusto.
Se trata aquí del servicio de Dios; es menester que todos se ajusten a ello.
El mismo san Pablo, en la carta a los filipenses, capítulo 2: Implete gaudium meum ut idem sapiatis, eamdem caritatem habentes, unánimes idipsum sentientes 2: colmad mi gozo, decía el apóstol, no teniendo más que un mismo corazón y los mismos sentimientos para conservar la caridad.
Y les recomienda a los fieles que no tenían más que un corazón y un alma en la ________ 1 Rom 15,6. 2 Filp 2,2. 541
práctica de la religión: Credentium erat cor unum et anima una 3.
Tened la misma fe y los mismos ejercicios.
Idem sentientes 4, nos dice: haced todo lo que podáis por tener los mismos afectos, por juzgar lo mismo de las cosas, por estar de acuerdo, por no disputar jamás; cuando uno exponga su parecer, que los otros lo suscriban y apoyen, juzgándolo mejor que el suyo propio.
La virtud así lo quiere y si obráis de esta forma, hermanos míos, se verá que la tenéis.
Otro pasaje dice: Unánimes collaborantes 5; trabajad todos unánimemente.
No debemos estar unidos sólo en cuanto a los sentimientos interiores, sino además en las obras exteriores, ocupándonos todos en ellas según nuestras obligaciones; y como todos los cristianos tienen que concurrir en todo lo referente al cristianismo, también nosotros hemos de cooperar en todos los trabajos de la Misión conformándonos en el orden y en la manera.
En la naturaleza es maravilloso cómo cada especie de las cosas creadas se asemeja en sí misma y en sus productos; por ejemplo, todas las cepas de una viña hacen ver en general que hay allí una viña; cada una de las cepas en particular da testimonio de ello, siendo lo mismo que las demás en su forma, su corteza, sus sarmientos y sus hojas; todas dan fruto al mismo tiempo; y no sólo esto, sino que producen el mismo fruto y contribuyen todas juntas a hacer el vino que el dueño busca en ellas; todas son unánimes.
Esto es lo que tiene que hacer nuestra compañía en los planes de Dios.
Fijaos en las especies de los pájaros y considerad a los individuos de cada especie; veréis que lo que hace uno, lo hace el otro; por ejemplo, los pichones de un palomar: todos se parecen, todos tienen la misma manera de andar, las mismas aficiones; lo que uno hace, lo hace el otro; todos tienen las mismas propiedades.
Fijaos también en las abejas de una colmena; son una pequeña comunidad; tienen la misma figura, la misma acción y el mismo fin. ________ 3 Hech 4,32. 4 Filp 2,2. 5 Filp 1,27. 542
Pues bien, todas estas especies de animales son uniformes por su instinto; y como las acciones morales van más allá de este instinto y se forman por la razón, tienen que tender por ello más perfectamente a la uniformidad, la cual, por estar así querido y ordenado por Dios, tiene que obligarnos a hacer por la razón lo que los animales hacen por instinto.
Es preciso que lo que la naturaleza les da a los animales, la gracia lo haga en nosotros.
Sí, hermanos míos, hemos de entregarnos a Dios para tener entre nosotros una santa unión que nos dé un mismo espíritu, un mismo querer y no-querer y una misma manera de obrar.
Hemos de pedirle a Dios que nos haga a todos, lo mismo que a los primeros cristianos, un solo corazón y una sola alma.
Concédenos, Señor, la gracia de que no tengamos dos corazones ni dos almas, sino un sólo corazón y una sola alma, que informen y uniformen a toda la comunidad; quítanos nuestros corazones particulares y nuestras almas particulares, que se apartan de la unidad; quítanos nuestro obrar particular, cuando no esté en conformidad con el obrar común; que no tengamos todos más que un mismo corazón, que sea el principio de nuestra vida, y una misma alma, que nos anime en la caridad, en virtud de esa fuerza unitiva y divina que edifica la comunión de los santos.
Otra razón que tenemos para practicar la uniformidad es que el Hijo de Dios, al hacerse hombre, quiso llevar una vida común para conformarse a los hombres, y así atraerlos mejor a su Padre, y se hizo todo para todos, mucho mejor que san Pablo 6, para ganarlos a todos.
No solamente tomó nuestras formas naturales de hombre, sino en cierto modo las morales: un entendimiento como nosotros, una manera de percibir las cosas físicas semejante a la nuestra, una voluntad que lo llevaba, como a nosotros, a lo que el entendimiento le presentaba como bueno y hermoso; juzgaba de las cosas naturales como nosotros juzgamos; y así se ve en las comparaciones que ponía: el grano de trigo que tiene que pudrirse para germinar 7, la semilla que produce el ciento por uno echada en tierra buena 8 ________ 6 1 Cor 9,22. 7 Cfr.
Jn 12,24. 8 Cfr.
Lc 8,8. 543
el comerciante que deja la casa y se va 9, el leño verde y el leño seco 10, y otras muchas cosas familiares que dijo, demostrando que tenía para esas cosas los mismos pensamientos que nosotros.
Tenía también la misma forma de obrar, caminaba como nosotros, trabajaba como nosotros.
En una palabra, para mejor acercarse a nosotros, se hizo semejante a nosotros; y como la semejanza engendra el amor, quiso parecer y obrar como nosotros, para hacerse amar; quiso injertarse en nuestra naturaleza para unirnos a él; se hizo hombre para hacernos ver, por su forma de vivir, cómo hemos de vivir nosotros.
Era la imagen del Padre 11; pero, como si esto no le bastase, quiso unir a esta imagen adorable su uniformidad con los hombres, para ganarlos a todos, como dice la regla.
Basta esta razón para convencernos, pero hay tantas otras en esta materia que os indicaré además una que nos toca muy de cerca: que la uniformidad engendra la unión en la compañía, que es el cemento que nos une, la belleza que nos hace amables y podamos arrastrar a los demás.
Y ese amor recíproco es el que hace que procuremos tener las mismas maneras de entender, las mismas cosas que querer y los mismos proyectos que perseguir.
Por el contrario, si quitáis de entre nosotros esa uniformidad que produce la semejanza, quitáis de allí el amor; no seríamos ya más que un cuerpo desfigurado y una desolación total.
Donde hay espíritus que se singularizan, allí hay almas divididas.
Esos que quieren predicar coeli coelorum 12, que desean distinguirse, hacerse notar, ¿qué es lo que hacen?
Engendran la envidia en los demás, al ver esa singularidad que no sólo es una falta de uniformidad, sino que produce la desunión.
Los que se singularizan en el vestir, o en el comer, o en las demás necesidades comunes, resultan molestos a los que siguen la comunidad.
¡Miserable de mí, que tengo que ser una carga para toda la casa, al no ser uniforme con los demás!
Tengo una habitación especial y una cama especial; me he tenido que servir de una infamia para ir y venir (así llamaba a la pequeña ________ 9 Cfr.
Mt 13,44-45. 10 Cfr.
Lc 23,31. 11 Cfr.
Col 1,15. 12 En términos pomposos. 544
carroza que utilizaba, queriendo indicar que era una infamia, para él y para toda la compañía, que un hombre de su condición fuese en carroza) y he caído en otras miserias; predico la uniformidad y no la sigo.
Salvador de mi alma, suple estos defectos con una gracia poderosa que me haga servir a la compañía con algunas prácticas de virtud, sobre todo con la de la humildad.
Así pues, seamos todos uniformes en la comida, en el vestir y en el dormir; y además, uniformes en la manera de dirigir, de enseñar, de predicar y de gobernar, así como también en lo que se refiere a las prácticas espirituales; son los términos mismos de la regla.
Sin embargo, hemos de hacer alguna distinción y exceptuar alguna cosa en esta uniformidad general, ya que no todos pueden seguir el ritmo ordinario; por ejemplo, los enfermos y las personas delicadas de salud no pueden acomodarse a los usos ordinarios; necesitan una habitación caldeada, personas que les atiendan y otro alimentos adecuados a sus necesidades.
¿Será esto una singularidad?
No, porque todos son tratados de la misma forma cuando se ponen enfermos, y se guarda mejor la uniformidad teniendo con los enfermos las posibles atenciones que obrando de otra manera, ya que en la necesidad de su estado no desdicen de los demás tomando lo que se les da y dejándose cuidar, sino que se conforman con la intención de la regla y de la comunidad.
Hay también otras cosas que parecen estar en contra de la uniformidad, pero en realidad no lo están, como la diferencia en los hábitos: los eclesiásticos lo llevan largo y los hermanos corto; pero es que es eso lo que conviene a la condición de cada uno; y entre los mismos hermanos es distinto, ya que unos visten de negro y otros de gris; y esto por disposición de la compañía, a la que Dios le ha inspirado esta diversidad.
¿Por qué?
Porque los que están en casa dedicados a las cosas comunes, pueden cómodamente vestir de negro; pero los demás que se ocupan fuera de casa conviene que vistan de gris.
Al principio se vio que así convenía y luego se siguió así; sin embargo, no creo que vaya en contra de la uniformidad esta diferencia de color, sino que, por el contrario, existe uniformidad al ser ésta la norma de la compañía. 545
Tomo XI-B · página PDF 43Y no sólo los hermanos deben obrar de este modo, sino también los sacerdotes en ciertas ocasiones que son de la gloria de Dios y que obligan a cambiar de hábito y vestirse como los seglares.
¿No hemos visto a uno de nosotros, vestido de color, con la espada al cinto, para ir a Inglaterra?
Lo hubieran procesado si lo hubieran reconocido como sacerdote, como han hecho con otros.
Por tanto, hay ocasiones en que los sacerdotes, los religiosos y hasta los capuchinos se han disfrazado de mercaderes o de soldados, llevando espada y pelo largo.
¿Acaso va esto contra la uniformidad en su estado o en su orden?
Ni mucho menos, ya que se hace por obediencia y por un bien, e incluso conduce a la uniformidad.
Así pues, hermanos míos, tened todos la disposición de cambiar de hábito siempre que sea conveniente; y que los que sintieron algún disgusto por llevar el hábito gris, sientan ahora un poco de vergüenza por haberle metido prisas al hermano sastre para que los vistiera de otro modo.
Hace poco que le pasó esto a uno que le pidió un hábito negro, le metió prisas y lo obtuvo sin permiso del superior.
La verdad es que, cuando le amonestaron por su falta, demostró que estaba arrepentido.
Os exhorto, hermanos míos, con todo interés a que llevéis el negro, cuando lo permita el superior, y el gris siempre que os lo mande; que los que visten de gris se den cuenta de la falta que cometerían si lo cambiasen sin permiso.
Que nunca se impaciente nadie por estar vestido de ese modo ni pida que le cambien el vestido por motivos de color.
Le prohíbo al sastre que le dé un hábito negro a los que no lo tienen, a no ser que se lo diga el encargado.
¡Pues qué, hermanos míos!
¿vais a ser menos hermanos por estar vestidos de gris?
El hábito ¿hace al monje, o los colores, las cualidades de la persona?
¿Qué es lo que os ha hecho coadjutores de la Misión?
La gracia de Dios que os ha llamado a ella, la dicha que tenéis de servir en ella a Dios por la práctica de las virtudes cristianas, la caridad que tenéis con el prójimo: ése es el hábito del misionero.
Vivimos juntos para cumplir la ley de Dios y no para llevar este color o aquel otro.
Por tanto, vivid contentos en el estado y con el hábito que tenéis.
Ciertamente, padres y hermanos míos, hemos de pensar que nuestra paz y nuestra gloria consisten en la virtud, y nuestra 546
Tomo XI-B · página PDF 44virtud en la semejanza con Jesucristo y en la uniformidad entre nosotros; esto es lo que destierra la envidia, la discordia y todo lo que divide los corazones; esto es lo que nos hace uniformes en la predicación, en el catecismo, en las confesiones, en la enseñanza, en la dirección y en el trato con Dios y con el prójimo.
Hagámonos unánimes: seremos un paraíso.
No sé que haya en la tierra más paraíso que el que existe entre los que se acomodan unos a otros para ser todos iguales; no sé que haya nada en el mundo que pueda colmar nuestra dicha más que la uniformidad entre nosotros, que nos hace semejantes a nuestro Señor y nos une con Dios.
¡Qué consuelo si tenemos esta gracia!
Es ya una bienaventuranza incipiente.
Pero si no, viviremos en un infierno, donde no hay más que odio y división.
Si quiere la misericordia de Dios concedernos la gracia de que nos amemos mutuamente, no andaremos buscando elevarnos y superar a los demás, ya que esto destruye la amistad, introduce la envidia y engendra la aversión.
Si hasta ahora hemos pretendido sobresalir, hermanos míos, ¡que no nos suceda más!
Si puedo llegar muy arriba en mis ideas y en mis discursos, me quedaré en la mitad; si puedo realizar una acción en un grado extraordinario, donde se palpe mi ciencia y mi destreza por encima de lo normal, ¡abajo todo eso!
Nuestro Señor no obró de esa manera; a pesar de su omnipotencia, se acomodó al alcance de los débiles.
Si tengo dos planes, uno hermoso y sutil, y el otro más bajo y menos aparente, seguiré este y renunciaré al primero.
Ajustémonos a la medianía; que parezca que el sabio sabe sobriamente y que el fuerte que trabaja, trabaje humildemente; pues todo lo que se dice y se hace ante el pobre pueblo con espíritu elevado es vano e inútil: pasa por encima de sus cabezas, el viento se lo lleva por encima de las casas.
Lo que producía la túnica ensangrentada de César junto con los gritos de quienes la llevaban, es lo que producen los predicadores que tratan de materias nuevas, curiosas y extrañas, con sus tonos de voz graves o quejumbrosos; ¿qué hacen?, conmueven un poco los sentimientos de la naturaleza, pero no dan vida a los muertos, ni la luz del evangelio al pueblo ignorante.
Confieso que hay alguno entre nosotros que grita y que truena, y parece como si con su lenguaje hinchado 547
Tomo XI-B · página PDF 45quisiera suscitar la admiración de su auditorio, en vez de inclinarlo amablemente al conocimiento de Dios y de sus obligaciones; se dice que hace todo lo que puede por corregirse; si así es, puede estar seguro de que Dios le bendecirá.
Procuremos, padres, hacer nuestras exhortaciones lo menos doctamente que sea posible y con poca elocuencia, para acomodarnos a los demás que predican, pero que tienen menos ciencia o talento.
Conozco a un buen párroco de cerca de La Rochelle que, al oír que en Toulouse los padres de la doctrina cristiana predicaban sencillamente para hacerse entender, sintió grandes deseos de escucharlos, dado que hasta entonces no había oído predicar más que en tonos fastuosos y esto le disgustaba, al ver que era inútil para el pueblo.
Pidió permiso a su prelado para ir a ver aquella santa novedad, que parecía estar en conformidad con el uso de los primeros obreros de la iglesia. “La gente, decía, no entiende lo que le predican; no es capaz de comprender esos puntos doctrinales, esos pensamientos sutiles y esa retórica florida con que siembran muchos sus sermones; pero entiende perfectamente los ejemplos claros y las enseñanzas morales bien explicadas, según el alcance y las necesidades del pueblo”.
Aquel buen hombre veía muy bien los abusos y buscaba el remedio.
Yo lo conocí, y también el padre Portail, que puede acordarse de lo que os digo.
Murió como un santo.
Con permiso de su obispo, se fue a conocer a aquellos hombres evangélicos, que predicaban con tanta sencillez y familiaridad que hasta los más incultos podían comprender y acordarse de sus instrucciones.
Esto es lo que debe hacer también la Misión.
Más todavía: no sólo hemos de predicar familiarmente, sino que hemos de ser predicadores medianos, para que todos seamos uniformes; pues todos pueden acercarse a la medianía, pero a las alturas pocos pueden llegar.
El espíritu elevado puede rebajarse hasta un tono mediano, y el espíritu bajo es capaz de elevarse hasta el mismo grado; y esto alejará de nosotros la envidia, la emulación y las murmuraciones, consiguiendo la unión y la uniformidad de nuestras personas y de nuestros ejercicios.
Mantengámonos en este espíritu, si queremos tener en nosotros la imagen de la adorable Trinidad, si queremos tener una santa unión con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo.
¿Qué es lo que forma esa unidad y esa intimidad en 548
Dios sino la igualdad y la distinción de las tres personas?
¿Y qué es lo que constituye su amor, más que esa semejanza?
Si el amor no existiese entre ellos, ¿habría en ellos algo amable?, dice el bienaventurado obispo de Ginebra.
Por tanto, en la santísima Trinidad se da la uniformidad; lo que el Padre quiere, lo quiere el Hijo; lo que hace el Espíritu Santo, lo hacen el Padre y el Hijo; todos obran lo mismo; no tienen más que un mismo poder y una misma operación.
Allí está el origen de nuestra perfección y el modelo de nuestra vida.
Hagámonos uniformes; seamos todos como si no fuéramos más que uno y tengamos la santa unión en medio de la pluralidad.
Si ya la tenemos un poco, pero no bastante, pidámosle a Dios lo que nos falta y veamos en qué diferimos unos de otros para procurar parecernos todos y conseguir la igualdad; pues la semejanza y la igualdad engendran el amor, y el amor tiende a la unidad.
Por tanto, procuremos tener todos las mismas aficiones y los mismos gustos por las cosas que se hacen o no se hacen entre nosotros.
El medio para conseguir esta unión de corazones y esta uniformidad de acciones es que guardemos las reglas.
Ahí está todo, hermanos míos.
Todo se dirige a que nos hagamos uniformes en esa observancia que, bien guardada, nos hará hacer a todos la misma cosa, de la misma manera y para los mismos fines.
Allí se nos indica todo lo que hemos de hacer; y para ver cómo tiene que ser y cómo tiene que obrar cada uno, no hay más que poner los ojos en ese espejo.
Un día me decía una persona: “Fíjese en los cartujos; son como bueyes: caminan todos al mismo paso; el que ve a uno, los ve a todos”.
Es verdad, padres; todos ellos son gentes de oración, gentes de peso, personas sólidas en la virtud y firmes en sus constituciones.
Seamos semejantes a ellos, hermanos míos, en nuestras oraciones, prácticas espirituales, forma de celebrar y ayudar la santa misa, práctica del recogimiento y de la conversación, forma de hacer las misiones, de enseñar la ciencia de la salvación, de exhortar a la virtud, de dirigir a los ejercitantes, de formar a los ordenandos; en una palabra, seamos uniformes en todas nuestras obligaciones generales y personales, según nuestro reglamento. 549
Tomo XI-B · página PDF 47¿Qué decir de lo que la Iglesia opina sobre este tema?
¿No guarda la uniformidad en todas sus prácticas?
Lo que se hace en Roma, ¿no se hace también en Francia, en Alemania, en Polonia, en las Indias y en otras partes?
¿No tiene el mismo sacrificio, los mismos sacramentos, las mismas ceremonias y el mismo lenguaje en todas partes?
Y aunque al comienzo algunos criticaron que se celebrase en un lenguaje ininteligible, sin embargo, para conservarse en el mismo espíritu, después de haberlo pesado todo y medido esta dificultad con los inconvenientes que se seguirían si cada país tuviese en su propia lengua la santa misa, quiso que todos fuesen unánimes y uniformes en todas esas cosas.
Quiso que todas las naciones se acomodasen a los usos que había establecido, a pesar de las quejas que se levantaron.
¿Y por qué?
Porque, aparte del hecho de que Dios se ve honrado por esta práctica universal, con esta uniformidad se evitan notables abusos.
Si hubierais visto, no digo ya la fealdad, sino la diversidad de las ceremonias de la misa hace cuarenta años, os hubiera dado vergüenza; creo que no había en el mundo nada tan feo como las diversas formas con que se celebraba; unos empezaban la misa por el Pater noster, otros tomaban en el brazo la casulla y decían el Introito, para ponérsela luego.
Estaba una vez en Saint-Germain-en-Laye y me fijé en siete u ocho sacerdotes, que decían cada uno la misa a su manera; uno hacía unas ceremonias, y otros otras; era una variedad digna de lástima.
Bien, ¡bendito sea Dios! que ha querido poner remedio poco a poco a este gran desorden!
Es cierto que todavía no se ha quitado del todo y que todavía se advierte mucha diferencia en la celebración de los sagrados misterios.
¡Cuántos sacerdotes quedan todavía que no se instruyen o no quieren seguir esa uniformidad que señalan las rúbricas!
¡Oh Salvador!, tú apreciaste tanto la uniformidad que no sólo te hiciste hombre para guardarla con los demás hombres, conformándote por completo a su manera de obrar, sino que incluso recomendaste a los cristianos, hablando a tus discípulos, que no fuesen más que uno entre ellos, lo mismo que tú no eras más que uno con vuestro Padre; según esta recomendación, quisiste acomodarte a los deseos e inclinaciones de cada uno y a todo cuanto quisieron de ti los buenos y los malos en tu 550
Tomo XI-B · página PDF 48VINCENTIUS es una herramienta de consulta. Para trabajos académicos recomendamos verificar siempre la referencia en la edición original indicada.