Conferencia · tomo XI-B

SOBRE EL DESEO DE OBTENER BENEFICIOS

28 DE NOVIEMBRE DE 1659

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Conferencia
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XI-B
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142 [219, XII, 399- 403] CONFERENCIA DEL /28 DE NOVIEMBRE DE 1659/ 1 SOBRE EL DESEO DE OBTENER BENEFICIOS (Reglas comunes, cap. 3, art. 10) Razones para no aspirar a ningún beneficio.

Medios para guardar bien esta regla.

Como se puede pecar contra la virtud de la pobreza con el solo deseo desordenado de tener bienes temporales, todos procurarán con mucho cuidado que este mal no se apodere de su corazón, ni siquiera respecto a los beneficios, que se podrían buscar con la excusa de hacer algún bien espiritual.

Por tanto, nadie aspirará a ningún beneficio o dignidad eclesiástica bajo ningún pretexto.

La primera razón es que de la observancia o falta de observancia de esta regla depende el robustecimiento de la compañía o su ruina total.

¿Quién no ve que, si la compañía se decidiese alguna vez a aspirar a los beneficios, se quedaría al poco tiempo desierta y sería únicamente un ir y venir continuo de gente, que entrarían y saldrían?

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Se podría muy bien comparar entonces a la compañía con una hostería, en la que se pasan una o dos temporadas, esto es, dos o tres años, para partir luego a otro lugar; y lo más condenable de todo sería que la ambición encontraría aquí mejor ambiente que en el mundo y desempeñaría mejor su papel, pues, so capa de piedad o de cierto renombre que aquí se habría adquirido, se conseguiría mejor lo que se deseaba.

En una palabra, esta compañía no sería ya una compañía firme y permanente, como lo es ahora, gracias a Dios, sino un ________ Conferencia 142.

— Manuscrit des conférences.

Se trata de un régimen imperfecto de la misma, tal como lo demuestran los numerosos espacios en blanco dejados por el copista en el manuscrito. 1 Por el tema que trata, es la conferencia es la continuación de la del 21 de noviembre.

Por eso, aunque no lleva fecha, creemos que hay que aceptar la que aquí proponemos. 666

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campamento volante; no sería una compañía de Dios, sino un retiro de gentes ambiciosas que tendrían un pie en esta compañía y otro en el mundo.

¿Qué fruto podría entonces conseguirse?

¿Cómo fiarse de semejantes personas, que nos darían la espalda a la primera mortificación que tuvieran que soportar, que estarían hoy para dejarnos mañana, como demuestra la experiencia que ocurre en las compañías que no tienen las puertas cerradas a los beneficios, mientras que florecen las congregaciones donde sucede lo contrario?

San Ignacio conocía bien esta verdad...

La segunda razón es que se aspiraría a los beneficios, o para hacer más fruto entre las almas, o para vivir más a gusto y sensualmente.

Si es para vivir sensualmente, ¿quién no ve que se trata de una tentación y de algo muy malo?

Si es para hacer más fruto entre las almas y ganarlas para Dios, el engaño es tan grande como el otro; incluso sería más de temer, ya que a primera vista la cosa parece razonable.

Queréis obtener un beneficio; queréis ser párrocos para dedicaros quizás más al prójimo.

Vamos a ver.

¿Qué hacen los párrocos que no hagamos nosotros?

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Los párrocos confiesan a sus feligreses, y -nosotros también, etcétera.

Y no sólo tenemos esto de común con ellos, sino incluso más que ellos, pues no solamente somos curas de una parroquia, sino que Dios ha puesto en nuestras manos la cura de todas las almas.

¿Qué es lo que hace un obispo, que no hagamos nosotros?

Tendrá seminarios de eclesiásticos: también los tiene la compañía; ordenandos: también nosotros, etcétera.

Incluso tenemos esta ventaja, que ellos se sirven de nosotros para hacer todas estas cosas; y entonces nosotros tenemos mayor parte en el bien que allí se hace, porque somos las causas más próximas.

Por esto se puede juzgar del engaño del diablo, que a veces nos hace perder la vocación con pretextos tan especiosos...

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La tercera razón es que muchas veces esos beneficios que pensamos encontrar no se encuentran tan fácilmente en este siglo La experiencia les ha demostrado a muchos la dificultad de ello: se han visto frustrados en sus esperanzas y son ahora la irrisión de la gente; se les mira como a personas que se han dejado engañar, como a niños que han corrido detrás de mariposas, o como esos que quieren correr detrás de su sombra 667

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para atraparla: pues eso son los vanos honores, etcétera.

El diablo nos hace ver maravillas; nos imaginamos a veces que todo nos vendrá mientras dormimos, pero nos vemos cogidos; todo nos parece de oro y de plata, pero en realidad no es más que plomo...

La cuarta razón es que desear un beneficio (aun cuando pudiera hacerse esto sin hacer de antemano bancarrota en la vocación, suponiendo que fuésemos seculares en el mundo) es exponerse a un grave peligro; es cargar sobre las espaldas un fardo muy pesado: ¡tener cuidado de las almas!

¡y además buscar honores, dejándose llevar por ellos!

En la compañía tenemos la fatiga, pero no las preeminencias que van anejas a esos cargos; por eso nuestra vocación es más segura...

La quinta razón es el ejemplo de los santos y de los grandes personajes, como san Ambrosio, san Martín, san Atanasio, que huían con tanto celo de los cargos que les querían dar, como los mundanos ansían las dignidades y los honores.

Y conviene advertir cómo este oficio no era entonces tan peligroso como ahora, ya que los honores no eran tan grandes y eran muchas las cruces y los martirios que había que soportar.

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Por tanto, ¿no vamos a cumplir nosotros con lo que nos ordenan nuestras reglas, si lo hicieron esos santos, a pesar de que no estaban ni mucho menos obligados a ello y tenían las virtudes adecuadas para estos cargos?

Un ejemplo de ello es el padre Pillé, que en la hora de la muerte lamentaba haber sido párroco...

La sexta y más poderosa es que, habiendo hecho voto de vivir y de morir en la compañía y no pudiendo vivir en ella con la posesión de un beneficio, lo cual es incompatible, necesariamente hay que renunciar a él, si no se quiere sin más ni más renunciar a la vocación.

Además, esto va contra el voto de pobreza...

Medios para remediar este inconveniente El primero, olvidarse de los parientes, despojarse de ese afecto pernicioso que nos hace desear beneficios para elevar su posición, cuando los alcancemos; ésa es de ordinario la causa de tales cavilaciones... 668

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El segundo, ir a verlos las menos veces que sea posible y hablar con ellos cuanto menos mejor; pues las proposiciones de beneficios proceden ordinariamente de los parientes que, por un amor insensato, son con frecuencia la culpa de nuestra perdición...

El tercero, tener en mucha estima nuestra vocación, considerando que el mayor beneficio que podemos alcanzar es ser misionero, diciendo como David: Elegi abjectus esse in domo domini mei, etcétera 2.

El cuarto, no escribir jamás ni recibir ninguna carta, sin enseñársela al superior; acercarse lo menos posible a los prelados, a no ser cuando nos envíen los superiores; tener las menos visitas posibles de los externos, especialmente de las personas constituidas en dignidad...

Descubrir oportunamente esta tentación al director, diciéndole incluso los medios que hemos meditado de antemano para llevar a cabo nuestra empresa...

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En fin, entregarse a Dios de todo corazón en la compañía, sin mirar nunca detrás de sí ni pensar en los parientes o amigos, diciendo: Pater meus et mater mea dereliquerunt me, Dominus autem assumpsit me 3, Deus pars haereditatis meae et calicis mei 4. etcétera. 143 [220,XII, 403- 412] CONFERENCIA DEL /5 DE DICIEMBRE DE 1659/ 1 SOBRE LA POBREZA Lectura del texto de la regla sobre la castidad.

El padre Vicente vuelve sobre el tema de la conferencia anterior, para dar algunas explicaciones suplementarias del voto de pobreza. ________ 2 Sal 83,11. 3 Sal 26,10. 4 Sal 15,5.

Conferencia 143.

— Manuscrit des conférences. 1 Es evidente que esta conferencia se dio poco después del 4 de noviembre de 1659, fecha de la partida de Nicolás Etienne para Nantes donde debería embarcarse rumbo a Madagascar, o, mejor aún, después dei 669

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Mis queridos hermanos, he aquí el capítulo 4, que trata de la castidad: El Salvador del mundo ha demostrado muy bien hasta qué extremo llegaba su amor a la castidad y cómo deseaba inculcarla en el corazón de los hombres, ya que quiso pasar por encima del orden que había establecido en la naturaleza para nacer, por obra del Espíritu Santo, de una Virgen inmaculada.

Y sintió tan grande horror del vicio contrario que, aunque permitió que le imputasen falsamente los crímenes más enormes, para verse lleno de oprobios por el deseo que de ellos tenía, sin embargo no se lee que nadie, ni siquiera sus mayores enemigos, le censurase nunca ni lanzase siquiera la sospecha de este vicio; por tanto, es muy conveniente que la congregación tenga un deseo singularísimo y ardentísimo de esta virtud y que en todo tiempo y lugar haga profesión especial de practicarla con toda perfección.

Y es preciso que tengamos en ello tanto más interés cuanto que nuestras ocupaciones en la Misión nos obligan más estrechamente a tratar casi continuamente con los seglares de uno y otro sexo.

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Por eso cada uno pondrá por su parte todo el cuidado, diligencia y precaución posible para conservar enteramente esta castidad, tanto en lo que se refiere al cuerpo, como en lo que atañe al alma.

Pues bien, para que, con la ayuda de Dios, se pueda hacer todo esto, habrá que guardar muy cuidadosamente los sentidos, tanto interiores como exteriores; no se hablará nunca con las mujeres a solas, fuera de su debido tiempo o lugar; habrá que abstenerse por completo de hablarles y de escribirles con términos demasiado afectuosos, aunque sea sobre materias de devoción; no habrá que acercarse demasiado a ellas al confesarlas, ni al hablarles fuera de la confesión; y cuidar mucho de no presumir de nuestra castidad.

Y como la intemperancia es como la madre y la nodriza de la impureza, todos serán moderados en la comida y, en cuanto sea posible, usarán de los alimentos comunes y aguarán mucho el vino. ________ 21 de noviembre, ya que san Vicente habla, como de cosa reciente, de la ceremonia que aquel día realizaron los sacerdotes de San Sulpicio.

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Lo que dijimos anteriormente, en la conferencia 139, basta para explicar por qué adoptamos la fecha del 5 de diciembre. 670

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Además, todos estarán convencidos de que no basta con que los misioneros se distingan por esta virtud, sino que además hay que hacer todo lo posible para que nadie en el mundo pueda sospechar lo más mínimo de ninguno de nosotros del vicio contrario, ya que la sola sospecha, aunque infundada, perjudicaría a la congregación y a sus santas ocupaciones, más que todos los demás crímenes que se nos pudieran falsamente imputar, sobre todo porque entonces se recogería muy poco o ningún fruto de nuestras misiones.

Por consiguiente, no nos contentaremos solamente con emplear los medios ordinarios para prevenir o para reparar este mal, sino que utilizaremos incluso, si fuere necesario, los extraordinarios, como sería, por ejemplo, abstenerse a veces de realizar acciones que fuesen por otra parte lícitas, e incluso buenas y santas; entendiendo esto cuando, a juicio del superior o del director, esas cosas pudieran dar lugar a temer esa sospecha.

Y puesto que la ociosidad es la madrastra de las virtudes, principalmente de la castidad, todos huirán tanto de este vicio que en toda ocasión se les encontrará útilmente ocupados.

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Hermanos míos, antes de entrar en el tema que debemos tratar en la conferencia de hoy, creo que tengo que decirle a la compañía una cosa que me olvidé de decir el otro día a propósito de la pobreza.

Quizás no me expliqué suficientemente por culpa de mi poco talento.

Decía, pues, que el voto de pobreza que hacemos no impide que guardemos la propiedad y el dominio de nuestros bienes, con tal que no conservemos su uso, y añadía que se les dejaban estos bienes a los parientes o que se les devolverían; pero debía decir que se les puede dejar a los parientes, o a los que de entre ellos tengan mayor necesidad, o a aquellos por los que se sienta mayor afecto, o bien emplearlos en obras piadosas; pues el papa, en la explicación que ha dado de nuestro voto de pobreza, al no haber bajado a los detalles y al habernos dejado en el estado y orden del clero, entiende con ello que tenemos el mismo poder y facultad que los del clero, en cuanto a la disposición del fondo de nuestros bienes, con el permiso y consentimiento del superior.

Por tanto, cada uno tiene libertad para hacer testamento y disponer de sus bienes, incluso para obras pías. 671

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Hemos visto esto últimamente en el caso del padre Etienne, antes de su viaje a Madagascar.

Teniendo desde su infancia inclinación a estos designios, ha dispuesto de sus bienes de dos maneras: ha dejado parte a sus hermanos, esto es, a su hermano mayor y a su cuñado, proporcionalmente, según la costumbre de su país, reservándose una porción muy considerable.

Además, ha hecho una fundación, no en favor de la compañía, sino para el bien público y para una obra piadosa, aunque la compañía tenga su administración y esté obligada a entregar todos los años cierta cantidad para el mantenimiento de los que trabajen en Madagascar, mientras subsista aquella misión, y si no en otros lugares, para la conversión de los infieles; esto lo ha hecho con el consentimiento de sus parientes y después de haber propuesto este asunto a cuatro de los más famosos abogados de París, a quienes se invitó a reunirse aquí para que dijeran si, teniendo en cuenta su voto de pobreza y el breve pontificio que explica este voto que hace la compañía, podía disponer de sus bienes propios de esta manera.

Todos respondieron unánimemente que sí.

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Por consiguiente, todos gozan de libertad para dejar sus bienes a los parientes, para que se los repartan, o para disponer de ellos en testamento en favor de los parientes más necesitados o a los que más cariño se sienta, o para emplearlos en obras pías.

Otro punto es el que se refiere a ir a las habitaciones de los demás, para curiosear, ver los libros, los papeles, y tomar lo que uno quiera, con el pretexto de que todo lo que hay allí es común.

El otro día no me expliqué bien y no califiqué esta falta como se lo merece.

La regla nos prohíbe tener las habitaciones cerradas con llave y conservar en ellas alguna cosa bajo llave.

Aunque el superior, como dijimos el otro día, puede tener su habitación cerrada con llave, debido a los papeles de importancia y a las cartas que allí hay, Dios me ha concedido la gracia de no tener nunca cerrada mi habitación al principio, ni tener ningún cajón o armario cerrado con llave; hace solamente dos o tres años que tengo debajo de la mesa un cajón con llave, que casi siempre está abierto.

También es verdad que el pequeño cuarto adonde bajo para estar durante el día queda 672

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cerrado con llave cuando vamos a comer y al retirarnos por la noche; pero es que hay allí papeles de importancia.

La Misión obra de esta manera para honrar el estado que tanto estimó nuestro Señor, de que todo sea común y que nadie tenga ninguna cosa propia para sí.

Pero la regla de no cerrar nada bajo llave no es aplicable más que con la condición de que nadie entre en las habitaciones o en los lugares particulares, para curiosear, tomar y apropiarse de lo que allí hay.

Para practicar mejor esta pobreza, nuestro Señor no tuvo nunca nada propio, ni siquiera una piedra donde descansar su cabeza 2; y para que se le imitase mejor en esto, y con mayor perfección, afirmó: “Nadie puede ser discípulo mío si no renuncia a todo lo que posee” 3.

Esto hay que entenderlo de los perfectos, tal como lo explican los doctores de la Iglesia.

Nuestras habitaciones, según la regla, no tienen que estar cerradas con llave, ni nada de lo que hay en ellas.

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Esto quiere decir que lo que hay dentro de ellas no es nuestro, que no hemos de estar apegados a ello, que nos lo pueden coger o quitar, para honrar, por este estado y esta disposición, la santa virtud de la pobreza de nuestro Señor.

Pero he aquí que un individuo, sin pensar para nada en Dios, a quien ofende, ni en su conciencia, que le reprocha continuamente, ni en el prójimo que le ve y a quien escandaliza, entra durante su ausencia en la habitación de un padre que acaba de marcharse de misiones, y allí lo curiosea todo, mira los libros, los papeles, los escritos, y coge lo que le da la gana: ¿hemos de soportar a este individuo?

¿Habrá que dejarlo sin castigo?

En primer lugar, está violando una regla; segundo, escandaliza a cuantos lo ven; tercero, destruye por su parte ese estado de pobreza que tanto estima nuestro Señor; cuarto, provoca las quejas de las personas a quienes ha quitado algo, si no son muy virtuosos y si Dios no les da la fuerza de soportar esa pérdida, y les da motivos para decir que se deberían cerrar las habitaciones con llaves, en contra de lo que se ha hecho hasta ahora.

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Y con este motivo toda la compañía es la que queda mal y en peligro de ________ 2 Cfr.

Mt 8,2. 3 Lc 14,33 673

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verse totalmente desquiciada, si no se remedia este gran mal y se deja esta falta sin castigo.

He enviado a los jesuitas a consultar con un antiguo, el padre Haineuve, qué es lo que hacen ellos en casos semejantes. “¿Qué haría usted, le preguntamos, con uno de los suyos que entrase de esa forma en la habitación de otro?”.

Respondió: “Esto nunca se ha oído entre nosotros; es algo inaudito que uno entre en la habitación de otro; va contra la urbanidad, contra la regla y contra la conciencia”.

Sus habitaciones se cierran sólo con un pestillo, y dentro no hay nada bajo llave. “Pero, le insistimos, ¿qué harían ustedes, padre, con una persona que entrase en una habitación?

¿Cómo le castigarían?”.

— “Se le mandaría desnudarse en mitad del comedor y que tomase la disciplina delante de toda la compañía”.

En algunas ciudades de Italia, el soberano prohíbe llevar armas durante la noche; todos lo cumplen, excepto algunos que, por tener enemigos, obtienen el permiso oportuno para ir armados.

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Pero ¿sabéis lo que esos pueblos podrían decirle a su soberano? “Nos prohibís llevar armas durante la noche; muy bien; pero haced lo que debéis para que podamos ir seguros”.

Es justo que así sea.

Por eso, el soberano hace todo lo posible para que puedan ir por todas partes de noche plenamente seguros.

Aquí podríais vosotros decir lo mismo: “Usted nos prohíbe con la regla tener las habitaciones cerradas y que no haya nada cerrado con llave dentro de ellas.

Muy bien.

Así lo queremos para practicar la pobreza y el despego de todas las cosas por amor a nuestro Señor.

Pero haga usted lo que debe para que nadie entre en ellas sin permiso, que nadie curiosee por dentro y que nadie coja lo que le parezca”.

Es justo y razonable que así sea; y no sólo hay que prohibirlo expresamente, sino además poner castigos serios a los que falten a ello.

Así lo hacen los jesuitas y ponen la penitencia que acabo de deciros.

Yo he estado pensando sobre lo que convendría hacer y, con la gracia de Dios, me he propuesto poner remedio sin tardanza.

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Se me han ocurrido varios medios para ello, que no os diré por ahora; los pensaré un poco más delante de Dios y pediré consejo; pero, en nombre de Dios, hermanos míos, entreguémonos a su divina Majestad para practicar bien esta regla; se lo pido a la compañía y le pediré a Dios que nos con674

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ceda la gracia de tener celo y fuerza para impedir que nadie la rompa y para conocer los medios y castigos que hemos de emplear contra los que falten; no conviene que haya en esta casa hombres así, ya que es la primera de la compañía y tiene que servir de modelo a todas las demás.

Dejar que un individuo entre así en la habitación de otro, para ver y tomar lo que quiera: ¿podemos tolerarlo?

Juzgad vosotros mismos.

Ruego a Dios que nos conceda la gracia de poner orden en esto y que conceda celo y fuerza a los superiores para mantenerlo seriamente, ya que se trata de algo muy importante para el buen orden y la tranquilidad de la compañía.

La tercera cosa que no expliqué suficientemente se refiere a los objetos que podemos tener en particular, que hayamos traído aquí, comprados con nuestro dinero o recibidos de nuestros padres, como un estuche, libros, imágenes.

Sabed que la propiedad de ello no pertenece a esa persona en particular; ésta no tiene más que el uso, y todos deben estar dispuestos a dejarlo y a deshacerse de ello según la voluntad de los superiores.

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Conozco una comunidad en la que los particulares hacen todos los años una lista de los objetos que tienen en sus habitaciones, para presentársela al superior y que él decida lo que hay que dejar o quitar.

La cuarta observación, que se refiere no a la propiedad, sino al uso de ciertas cosas que se podrían tener, no ataña más que a los encargados y a los superiores.

Nunca deben permitir que un individuo tenga nada especial en su habitación, como cortinas, cuadros, etcétera, o que le pongan algo especial a la mesa, como pollo, perdices, etcétera, aun cuando esto se practique en ciertas comunidades con el conocimiento del superior y de los demás.

Pero en la compañía, ¡pobre compañía!, que no se permita nada especial, ni en la comida, ni en el vestido; exceptúo siempre a los enfermos, ¡pobres enfermos!, para atender a los cuales habría que vender hasta los cálices de la iglesia.

Dios me ha dado mucho cariño hacia ellos, y le ruego que dé este mismo espíritu a la compañía.

Por tanto, que nadie tenga nada especial. “Pero, me diréis, hemos visto lo contrario en el padre Etienne, que tenía libros suyos”.

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Respondo primeramente que el voto no había sido todavía explicado por el papa; hace poco 675

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tiempo que hemos recibido el breve.

¿Cuánto tiempo hace?

Dos o tres meses.

Puedo aseguraros que, siempre que recibía dinero, pedía permiso para comprar libros, sin dárselo nunca a nadie sin haber pedido permiso.

Por tanto, no permitir nunca nada especial, esto molestaría a los demás, daría celos, envidia y haría perder la caridad, ya que la igualdad es la que conserva la caridad y la amistad que debe reinar entre todos.

Pero, si viniera una persona distinguida para entrar en la compañía, ¿no debería permitírsele que tuviera cortinajes y cuadros en su habitación, y que se le sirviese en el comedor algo extraordinario?

— No.

¡Que Dios nos guarde de ello!

¿No se les dice, cuando se presentan: “No pretenda usted tener cortinajes, etcétera; mire a ver si puede usted contentarse con lo ordinario y seguir en todo a la comunidad”?

Si se hiciese de otro modo, no solamente se abriría una brecha en la comunidad, sino que se la derribaría por completo.

Doy gracias a Dios de que hayamos procedido así con los que se han presentado a la compañía, siendo de esta condición, y por el favor que les ha hecho de haberlos dispuesto para ello.

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Ya son cerca de las nueve.

Es demasiado tarde para empezar con otro asunto; más vale que nos quedemos aquí.

¡Oh, Salvador del mundo!

Tú inspiraste a la compañía durante sus primeros años, cuando sólo estaba compuesta de tres o cuatro, la idea de ir a Montmartre (este miserable que os habla estaba indispuesto por entonces) a encomendarse a Dios por intercesión de los santos mártires para entrar en esta práctica de la pobreza, tan bien observada entonces y después por gran parte de la compañía.

¡Oh, Salvador de mi alma!

Concédenos la gracia de no querer tener ni poseer nada que no seas tú.

¿No dice todo el clero: Dominus pars haereditatis meae et calicis mei? 4.

¿Y no somos nosotros del clero?

Por el bautismo, como cristianos, ¿no hemos renunciado a las pompas del mundo, que no son otra cosa, como dicen los santos doctores, que los bienes de aquí abajo?

Hace poco, el señor obispo coadjutor de Cahors 5 me hizo el honor de decirme el consuelo que había sentido al asistir ________ 4 Sal 15,5. 5 Nicolás Sèvin, obispo de Sarlat. 676

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