Conferencia · tomo XI-B

EXTRACTO DE UNA CONFERENCIA SOBRE LA ORACION

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Conferencia
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XI-B
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La oración es una predicación que nos hacemos a nosotros mismos para convencernos de la necesidad que tenemos de recurrir a Dios y de cooperar con su gracia a fin de extirpar los vicios de nuestra alma y plantar en ella las virtudes.

En la oración hay que esforzarse sobre todo en combatir la pasión o la mala inclinación que nos entretiene y tender siempre a mortificarla; si lo conseguimos, todo lo demás vendrá fácilmente.

El padre Vicente recomendaba también que fuésemos duros en esta pelea; que actuásemos con tranquilidad, sin rompernos demasiado la cabeza a fuerza de tensiones y de sutilezas; que elevásemos nuestro espíritu a Dios y lo escuchásemos, ya que una de sus palabras vale más que mil razones y que todas las especulaciones de nuestro entendimiento.

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Añadía que sólo puede aprovecharnos lo que Dios inspira y lo que viene de él; que hemos de recibir de Dios para dar al prójimo, a ejemplo de Jesucristo que, hablando de sí mismo, decía que no enseñaba a los demás más que lo que había oído y aprendido de su Padre 1. 228 [69,XI,85-87] EXTRACTO DE UNA CONFERENCIA SOBRE LA ORACION Pedir la luz divina que ilumine el interior de nuestra alma.

No buscar consideraciones bonitas para alimentar la vanidad.

Fijaos en la diferencia que hay entre la luz del fuego y la del sol: durante la noche nos ilumina nuestro fuego, y con su esplendor vemos las cosas, pero muy imperfectamente, sin descubrir más que su superficie, porque este resplandor no da más de sí.

Pero el sol lo llena y vivifica todo con su luz; no sólo descubre el exterior de las cosas, sino que con su virtud secreta pe________ 1 Jn 12,49-50.

Conferencia 228.

— L.

ABELL Y, o.c., lib.

III, cap. 7, sec. 1, p. 62. 779

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netra dentro de ellas, las hace obrar y que sean fructuosas y fértiles, según la cualidad de su naturaleza.

Pues bien, los pensamientos y las consideraciones que vienen de nuestro entendimiento no son más que unos fuegos muy pequeños, que sólo muestran un poco por fuera el exterior de los objetos, sin producir nada; pero las luces de la gracia, que el Sol de justicia 1 derrama en nuestra alma, descubren y penetran hasta el fondo más íntimo de nuestro corazón, excitándolo y haciéndole producir frutos maravillosos.

Por tanto, hemos de pedir a Dios que sea él mismo quien nos ilumine y nos inspire lo que le agrada.

Todas esas consideraciones altas y rebuscadas no son oración; son más bien con frecuencia brotes de la soberbia.

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Ocurre con los que se detienen y complacen en ellas lo mismo que con el predicador que se pavonease con sus hermosos discursos y pusiera toda su complacencia en ver a los oyentes satisfechos de lo que les dice; es evidente que no sería el Espíritu Santo, sino el espíritu de soberbia, el que iluminaría su entendimiento y le haría producir todas esas hermosas ideas; o, mejor dicho, sería el demonio quien le inspiraría y le haría hablar de ese modo.

Lo mismo pasa en la oración, cuando se buscan hermosas consideraciones y se entretiene uno en pensamientos extraordinarios, sobre todo para manifestarlos luego a los demás en la repetición de la oración, para que los demás le aprecien.

Eso sería una especie de blasfemia, sería en cierto modo una idolatría del propio espíritu, ya que, tratando con Dios en la oración, se estaría meditando en lo que puede halagar a la soberbia, y se utiliza ese tiempo sagrado para buscar la satisfacción y complacerse en esa vana estima de los propios pensamientos, sacrificando a ese ídolo de la vanidad.

¡Ay, hermanos míos!

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Guardémonos mucho de esas locuras; reconozcamos que estamos todos llenos de miserias; no busquemos más que lo que nos pueda humillar y llevarnos a la práctica sólida de las virtudes; anonadémonos siempre en la oración y en las repeticiones de la oración expongamos humildemente nuestros pensamientos; si a veces se presentan algunos que nos parecen hermosos, desconfiemos mucho de nosotros mismos y tengamos miedo de que los produzca el espíritu de soberbia o que ________ 1 Cfr.

Mal 4,2. 780

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