Conferencia · tomo XI-B

R EPETICION DE ORACION SOBRE LA ORACION

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Conferencia
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XI-B
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los inspire el diablo.

Por eso hemos de humillarnos siempre profundamente cuando nos vengan esos hermosos pensamientos, bien sea en la oración, bien predicando, bien en la conversación con los demás.

El Hijo de Dios podía arrebatar a todos los hombres con su divina elocuencia, pero no quiso hacerlo; al contrario, para enseñar las verdades de su evangelio se sirvió siempre de expresiones comunes y familiares; siempre quiso ser más bien humillado y menospreciado que alabado o estimado.

Veamos, pues, hermanos míos, cómo hemos de imitarlo; para ello reprimamos esos pensamientos de soberbia en la oración y en las demás ocasiones, sigamos en todo las huellas de la humildad de Jesucristo, usemos palabras sencillas, comunes y familiares, y cuando Dios lo permita, quedemos contentos de que no se tenga en cuenta lo que decimos, que nos desprecien, que se burlen de nosotros, teniendo la certeza de que, sin una verdadera y sincera humildad, nos es imposible obtener ningún provecho ni para nosotros ni para los demás. 229 [70,XI,87-88] R EPETICION DE ORACION SOBRE LA ORACION Importancia de los propósitos.

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Seguir haciéndolos a pesar de su aparente inutilidad.

Aunque uno haya sido infiel en el cumplimiento de sus propósitos, no por eso ha de dejar de hacer otros nuevos en la oración; lo mismo que, aunque parezca que no aprovecha el alimento que se toma, no por eso se deja de comer.

Pues ésa es una de las partes principales, e incluso la más importante de la oración: hacer buenos propósitos.

Por eso hemos de detenernos especialmente en ellos, más que en el razonamiento o en el discurso.

El fruto principal de la oración consiste en resolverse bien, en resolverse con decisión, en basar bien nuestros propósitos, en convencerse profundamente, en prepararse bien para ________ Conferencia 229.

— L.

ABELL Y, o.c., lib.

III, cap. 7, sec. 1, p. 63. 781

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cumplirlos y en prever los obstáculos para superarlos.

Pero no es eso todo, ya que en el fondo nuestros propósitos no son de suyo más que acciones físicas o morales; y aunque sea conveniente formarlos debidamente en nuestro corazón y afianzarnos en ellos, hemos de reconocer que todo lo que tienen de bueno, sus prácticas y sus efectos, vienen de Dios.

¿Y por qué creéis que faltamos de ordinario a estos propósitos?

Porque nos fiamos demasiado de nosotros mismos, estamos seguros de nuestros buenos deseos, nos apoyamos en nuestras propias fuerzas, y por eso no sacamos ningún fruto.

Por tanto, después de tomar algunas resoluciones en la oración, hay que rezar mucho a Dios y pedirle insistentemente su gracia, desconfiando mucho de nosotros mismos, para que quiera comunicarnos las gracias necesarias para que fructifiquen estos propósitos; y aunque luego lleguemos a faltar de nuevo, no sólo una o dos veces, sino en muchas ocasiones y por largo tiempo, e incluso aunque no los hayamos cumplido ni una sola vez, nunca hemos de cansarnos de renovarlos y de recurrir a la misericordia de Dios, implorando la ayuda de su gracia.

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Las faltas pasadas tienen que humillarnos mucho, pero no hacer que perdamos los ánimos; aunque caigamos en alguna falta, no por eso hay que disminuir la confianza que Dios quiere que tengamos en él, sino tomar siempre una nueva resolución de levantarnos y evitar nuevas caídas, con la ayuda de su gracia, que hemos de pedirle.

Aunque los médicos no noten ningún efecto en los remedios que aplican a una enfermedad, no dejan por eso de proseguir y repetir sus intentos, mientras haya alguna esperanza de vida.

Por tanto, si ellos siguen aplicando remedios a las enfermedades del cuerpo, aunque sean largas y duras, aunque no ven ninguna mejoría, con mayor razón hemos de hacer lo mismo con las enfermedades del alma en las que, cuando Dios quiere, hace maravillas la gracia. 782

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