B. Pedro Renato Rogue (1758-1796)

B. Pedro Renato Rogue (1758-1796)

Entre los mártires vicentinos de la Revolución francesa, la figura del beato Pedro Renato Rogue, C.M. —Pierre-René Rogue— posee un carácter singular. A diferencia de Luis José François, Juan Enrique Gruyer, Nicolás Colin y Juan Carlos Caron, asesinados en París durante las matanzas de septiembre de 1792, Rogue sufrió el martirio varios años después y nunca abandonó su ciudad natal de Vannes. Allí nació, estudió, fue ordenado sacerdote, ingresó en la Congregación de la Misión, enseñó teología, ejerció el ministerio pastoral, vivió clandestinamente durante la persecución, fue encarcelado, juzgado y finalmente guillotinado. Toda su vida sacerdotal quedó concentrada en una misma ciudad y en un mismo pueblo al que se negó a abandonar cuando ejercer el ministerio podía costarle la vida. 

La tradición vicentina lo ha llamado con razón «mártir de la Eucaristía y de la caridad». No se trata simplemente de un título devocional. Fue arrestado la noche del 24 de diciembre de 1795 mientras llevaba el Viático a un enfermo, y durante sus últimos meses dejó gestos particularmente conmovedores de caridad hacia sus compañeros de prisión e incluso hacia quienes habían contribuido a su captura. Su martirio aparece así como la culminación de una espiritualidad en la que la Eucaristía recibida y celebrada se convirtió concretamente en servicio, fidelidad y entrega de la propia vida. 

Un hijo de Vannes marcado desde niño por la fe

Pedro Renato Rogue nació el 11 de junio de 1758 en Vannes, antigua ciudad episcopal de Bretaña, en el oeste de Francia. Sus padres, Claude Rogue y Françoise Loiseau, se habían dedicado al comercio de sombreros y pieles y se habían establecido en Vannes poco antes del nacimiento de su único hijo. La documentación histórica lo sitúa en una casa de la rue de la Monnaie, dentro del antiguo recinto de la ciudad. Pedro Renato quedó privado de su padre durante la primera infancia y fue educado fundamentalmente por su madre, mujer cuya presencia será decisiva durante toda su vida y que terminará acompañándolo incluso en las horas dramáticas que precedieron a su ejecución. 

Las fuentes antiguas destacan la relación excepcionalmente cercana entre madre e hijo. Françoise Loiseau asumió sola su educación y favoreció una formación cristiana sólida. Pedro Renato estudió en el Collège Saint-Yves de Vannes, institución de reconocido prestigio en Bretaña. Allí recibió la preparación humanística y religiosa habitual de la época y estuvo vinculado a una congregación mariana, experiencia que fortaleció una devoción a la Virgen que conservaría posteriormente como sacerdote. Cuando terminó sus estudios secundarios, la vocación sacerdotal se había hecho suficientemente clara como para solicitar el ingreso al seminario. 

En 1776, con dieciocho años, ingresó en el Gran Seminario de Vannes. El dato resulta particularmente importante para comprender su futura vocación vicentina, porque aquella institución había sido confiada a la Congregación de la Misión desde comienzos del siglo XVIII. Por tanto, mucho antes de ser miembro de la comunidad fundada por san Vicente de Paúl, Rogue había sido formado espiritual, intelectual y pastoralmente por sacerdotes vicentinos. Durante aproximadamente seis años estudió filosofía y teología mientras avanzaba progresivamente hacia las órdenes sagradas. 

Su salud, sin embargo, nunca fue especialmente robusta. Los documentos del proceso que se le realizaría muchos años después registran que padecía desde joven una notable fragilidad física, particularmente problemas de visión y una constitución delicada del pecho. Esta circunstancia vuelve todavía más significativa la intensidad de su posterior ministerio clandestino: el sacerdote que durante años recorrería Vannes de noche para visitar enfermos, celebrar sacramentos y entrar discretamente en las casas no era un hombre físicamente fuerte, sino alguien acostumbrado a convivir con sus propias limitaciones. 

Sacerdote para el pueblo de Vannes

El 21 de septiembre de 1782, Pedro Renato fue ordenado sacerdote por Mons. Sébastien-Michel Amelot, obispo de Vannes, en la iglesia de Notre-Dame du Mené, vinculada al seminario. Al día siguiente, 22 de septiembre, celebró allí su primera misa. Este dato permite corregir una fecha difundida en algunas antiguas semblanzas españolas, que colocaban erróneamente su ordenación el 12 de septiembre. La documentación histórica y las fuentes actuales de la catedral de Vannes coinciden en señalar el 21 de septiembre de 1782

Después de la ordenación, el obispo lo nombró capellán de la Retraite des Femmes, una casa dedicada a ofrecer ejercicios espirituales y acompañamiento a mujeres. Allí permaneció aproximadamente cuatro años. No se trataba de un ministerio secundario. Los retiros espirituales pretendían facilitar espacios prolongados de oración, conversión, discernimiento y formación cristiana, y Rogue se dedicó a este apostolado con una combinación de predicación, dirección espiritual, confesiones y estudio. Las fuentes vicentinas recuerdan especialmente su disponibilidad para el confesonario y la confianza que muchas personas depositaban en su acompañamiento. 

Durante estos primeros años de sacerdocio fue madurando una nueva llamada. Conocía bien a los sacerdotes de la Congregación de la Misión: habían dirigido el seminario donde se había formado y había podido observar directamente su modo de vida, su preocupación por la formación del clero y su espiritualidad misionera. Aunque ya era sacerdote diocesano y desarrollaba un ministerio fructífero, comenzó a preguntarse si Dios lo llamaba a vivir el sacerdocio como hijo de san Vicente de Paúl. La decisión no era sencilla, sobre todo porque era hijo único y significaba separarse de una madre viuda con quien mantenía un vínculo muy profundo. Después de un prolongado discernimiento, tomó finalmente la decisión. 

Hijo de san Vicente de Paúl

En octubre de 1786, Pedro Renato dejó Vannes y viajó hasta París. El 25 de octubre ingresó oficialmente en la Congregación de la Misión y comenzó el seminario interno en la histórica casa de San Lázaro, donde san Vicente de Paúl había vivido durante buena parte de su ministerio y desde donde se había desarrollado la expansión de la Congregación. Rogue tenía veintiocho años y llevaba cuatro de sacerdocio. No llegaba a la comunidad buscando una primera identidad sacerdotal, sino queriendo profundizar y orientar definitivamente la vocación que ya venía viviendo. 

Su estancia parisina fue relativamente breve. Sus superiores consideraron que, por la formación espiritual y teológica que ya poseía, podía continuar el segundo período del seminario interno mientras asumía una misión concreta. Así, en 1787 fue enviado nuevamente a Vannes como profesor de teología del seminario mayor. Su regreso no significó abandonar el proceso vicentino; al contrario, completó allí su formación como miembro de la Congregación mientras enseñaba a futuros sacerdotes. El 26 de octubre de 1788 emitió sus votos en la Congregación de la Misión, comprometiéndose definitivamente con la comunidad fundada por san Vicente. 

En Vannes reunió entonces varias dimensiones del ministerio vicentino. Fue formador del clero, profesor de teología y colaborador pastoral en Notre-Dame du Mené. Los registros parroquiales conservan incluso su propia firma como «Pierre-René Rogue, sacerdote de la Congregación de la Misión». En 1789 aparece ejerciendo funciones pastorales más estables en aquella parroquia. De esta manera, cuando estalló la Revolución francesa, no era únicamente un profesor que analizaba los acontecimientos desde una cátedra, sino también un pastor relacionado directamente con los fieles de la ciudad. 

Cuando la Revolución llegó hasta el altar

La Revolución francesa iniciada en 1789 transformó profundamente el orden político y social del país. Una de sus decisiones de mayor repercusión para la Iglesia fue la aprobación, el 12 de julio de 1790, de la Constitución civil del clero. La nueva legislación reorganizaba las diócesis y parroquias, modificaba los mecanismos de elección de obispos y párrocos y sometía importantes aspectos de la estructura eclesial a la nueva organización política. Posteriormente se exigió a determinados miembros del clero prestar un juramento de adhesión a este sistema. La medida produjo una fractura profunda dentro del catolicismo francés entre quienes aceptaron el juramento y quienes lo consideraron incompatible con la comunión y disciplina de la Iglesia. 

En Vannes, Pedro Renato Rogue desempeñó un papel importante precisamente por su condición de profesor de teología. Las fuentes documentales lo registran expresamente entre quienes rehusaron prestar el juramento constitucional, junto con sus compañeros del seminario. La tradición de la Iglesia de Vannes considera que su firme posición teológica influyó notablemente en la resistencia de buena parte del clero diocesano. No se trataba para Rogue de rechazar cualquier autoridad civil, sino de negarse a aceptar mediante juramento aquellas disposiciones que juzgaba incompatibles con sus deberes sacerdotales y con la comunión eclesial. 

Las consecuencias aparecieron rápidamente. El seminario fue sometido a una presión creciente, su superior terminó obligado a abandonar Vannes y Rogue asumió temporalmente mayores responsabilidades. Al mismo tiempo, la antigua organización eclesiástica de la ciudad fue desmantelándose. Notre-Dame du Mené desapareció como parroquia y las instituciones relacionadas con el seminario terminaron confiscadas o reorganizadas. La vida sacerdotal pública de Rogue se hizo cada vez más difícil. 

Podía haber abandonado la ciudad. Otros sacerdotes, incluidos superiores y responsables eclesiásticos, buscaron seguridad fuera de Francia cuando permanecer implicaba un peligro creciente. Rogue tomó otra decisión: permanecer en Vannes. No porque ignorara el riesgo, sino porque sabía que miles de católicos seguían necesitando sacerdotes para celebrar la Eucaristía, confesar, bautizar, asistir a los enfermos y acompañar a los moribundos. Su fidelidad comenzó entonces a adquirir una forma profundamente vicentina: no abandonar al pueblo precisamente cuando el pueblo más necesitaba al pastor. 

El sacerdote clandestino

A partir de 1792 su ministerio tuvo que desarrollarse cada vez más en la clandestinidad. La casa de su madre fue vigilada y Rogue comenzó a desplazarse entre distintos domicilios para evitar ser capturado y, sobre todo, para no comprometer a las familias que lo acogían. Celebraba la misa en casas particulares, confesaba discretamente, visitaba enfermos y continuaba llevando los sacramentos allí donde era solicitado. Según las fuentes vicentinas, llegó incluso a entrar en lugares de detención para acompañar espiritualmente a personas encarceladas. 

Su conocimiento de Vannes fue decisivo. Había nacido allí, había estudiado junto a muchos de quienes ahora ocupaban responsabilidades administrativas y era conocido ampliamente por la población. Esto produjo una situación paradójica: numerosos habitantes sabían quién era y dónde podía encontrarse, pero durante mucho tiempo nadie quiso denunciarlo. Incluso entre personas favorables al régimen revolucionario existía respeto hacia aquel pequeño sacerdote que no aparecía como conspirador político, sino como un hombre dedicado silenciosamente al cuidado espiritual de enfermos y familias. 

Hubo períodos en los que la presión contra los sacerdotes disminuyó y Rogue pudo ejercer el ministerio con algo más de libertad, pero las sucesivas modificaciones legislativas hicieron que aquella relativa tranquilidad nunca fuera estable. Hacia finales de 1795 volvió a intensificarse la persecución de los sacerdotes considerados refractarios. A pesar del peligro, Rogue continuó visitando especialmente a los enfermos pobres de Vannes. Esa decisión conduciría directamente a su arresto. 

Navidad de 1795: detenido llevando el Viático

La noche del 24 de diciembre de 1795, víspera de Navidad, entre las nueve y las diez, Pedro Renato recibió la petición de acudir a un moribundo. Salió llevando consigo la Eucaristía para administrarle el Viático, el sacramento reservado especialmente a quienes se encuentran próximos a la muerte. Cerca de la casa del enfermo se dio cuenta de que dos hombres lo seguían. En lugar de entrar y exponer a aquella familia a las graves penas previstas para quienes ocultaban sacerdotes perseguidos, hizo que la persona que lo acompañaba continuara y él cambió su recorrido para apartar a sus perseguidores de la vivienda. Poco después fue detenido. 

Las fuentes antiguas añaden un detalle doloroso: uno de quienes participaron en su arresto había recibido ayuda de la familia Rogue y continuaba beneficiándose de la caridad de su madre. El episodio explica por qué las posteriores biografías vicentinas han visto en aquella captura una evocación de la traición de Judas, aunque el aspecto verdaderamente importante de la escena aparece después. Los hombres condujeron a Rogue ante funcionarios del distrito, algunos de los cuales habían sido compañeros suyos de juventud y conservaron una gran estima por él. Los propios funcionarios se resistieron inicialmente a recibirlo y, mientras sus captores fueron a buscar a los agentes competentes, le ofrecieron la posibilidad de escapar

Rogue se negó.

No rechazó la fuga porque quisiera morir, sino porque comprendió que su desaparición podía ocasionar graves consecuencias a quienes habían quedado responsables de su custodia. Según el relato histórico, explicó que no podía huir sin comprometerlos. Este pequeño episodio revela con extraordinaria claridad la lógica espiritual que había guiado su ministerio clandestino: incluso en el momento en que estaba a punto de perder la libertad, continuaba preocupado por evitar que otros sufrieran por su causa. 

Todavía llevaba sobre sí el Santísimo Sacramento. Antes de ser conducido a prisión pidió autorización para consumir las especies eucarísticas y evitar cualquier posibilidad de profanación. Se retiró, oró y recibió él mismo la Eucaristía que había salido a llevar al enfermo. Después llegaron los gendarmes, le colocaron grilletes y lo condujeron a la prisión de Vannes. La imagen es una de las razones más profundas por las que la tradición lo conoce como mártir de la Eucaristía: la Eucaristía estaba literalmente con él en el momento de su arresto. 

Más de dos meses en prisión

Desde el 24 de diciembre de 1795 hasta comienzos de marzo de 1796, Rogue permaneció encarcelado en la antigua prisión de Vannes. La detención que podía haberlo convertido en un hombre amargado se transformó en una prolongación de su ministerio. Las fuentes conservan el recuerdo de su serenidad, de la asistencia que brindó a los demás detenidos y de su preocupación particular por sacerdotes que afrontaban con mayor angustia la posibilidad de morir. 

En prisión compuso además un cántico que permite aproximarnos excepcionalmente a su estado espiritual. No se trata de una reconstrucción devocional posterior: el texto fue conservado por la tradición documental vinculada a su causa. Rogue habla en él de la alegría de acercarse a Dios y, de manera especialmente significativa, pide misericordia para quienes lo persiguen y ruega por Francia. La lógica del himno no es la del odio contra los adversarios, sino la del perdón cristiano. Incluso en aquel momento podía escribir que a la hostilidad debía responderse con «dulzura y amor». 

Esta característica es esencial para interpretar correctamente su martirio. Rogue no debe presentarse como símbolo de una lucha política entre dos bandos. La Iglesia lo reconoce como mártir porque su muerte estuvo directamente relacionada con su fidelidad sacerdotal y con el ejercicio del ministerio que las leyes le prohibían. Su respuesta a la persecución no fue la violencia. Continuó celebrando, visitando enfermos, acompañando a otros y ofreciendo los sacramentos. Incluso sus escritos de prisión muestran que no deseaba el mal a sus perseguidores. 

Un proceso que dejó documentada su propia confesión

Antes del juicio, dos médicos fueron enviados a examinarlo porque algunas disposiciones permitían excepciones para sacerdotes cuya salud hiciera imposible la deportación. Rogue reconoció sus problemas físicos y su débil visión, pero la evaluación no impidió que el proceso continuara. El 2 de marzo de 1796 fue conducido ante el tribunal criminal del Morbihan. La sesión comenzó a las ocho de la mañana. El detalle posee una ironía especialmente dolorosa: el tribunal funcionaba precisamente en la antigua capilla de la Retraite des Femmes, el mismo lugar donde él había ejercido durante años su primer ministerio sacerdotal. 

El interrogatorio original se conserva y permite escuchar directamente su respuesta, sin necesidad de leyendas posteriores. Cuando le preguntaron su identidad declaró tener treinta y siete años, ser «sacerdote de la Congregación de la Misión», nacido y residente en Vannes. A continuación le preguntaron expresamente si había prestado el juramento exigido por la Constitución civil del clero. Respondió que no. Cuando le preguntaron por el posterior juramento de libertad e igualdad, volvió a responder que no. Finalmente confirmó que nunca había salido del territorio francés y que había permanecido siempre en Vannes. 

Esas respuestas contenían prácticamente todo lo que el tribunal necesitaba para condenarlo. Su «delito» consistía precisamente en aquello que había hecho durante los años anteriores: ser sacerdote, permanecer en Francia y continuar ejerciendo el ministerio sin prestar los juramentos exigidos. La sentencia de muerte fue pronunciada y debía ejecutarse rápidamente. Su madre estuvo presente en el proceso y se permitió a ambos despedirse. La escena debió resultar especialmente dolorosa: Françoise Loiseau había criado sola a su único hijo y ahora lo veía condenado en el mismo lugar donde había comenzado su sacerdocio. 

La última noche: perdonar incluso a quien lo entregó

Después del juicio regresó a la prisión y escribió una última carta a su madre. Uno de los detalles más extraordinarios transmitidos por la documentación antigua es la petición que le hizo: que no retirara su ayuda a la persona que había colaborado en su captura ni a sus hijos. La mujer que estaba a punto de perder a su único hijo debía continuar ayudando a la familia de quien había contribuido a que ese hijo terminara condenado a muerte. Más allá de cualquier idealización hagiográfica, el episodio constituye una de las expresiones más concretas del motivo por el cual la tradición vicentina lo llama también mártir de la caridad. 

Escribió asimismo a sus cohermanos y amigos. La carta muestra a un hombre consciente de que probablemente no volvería a verlos, preocupado especialmente por su madre y profundamente unido a su comunidad. Durante su encarcelamiento diferentes personas habían intentado organizar una fuga, pero Rogue se había negado repetidamente porque temía que la evasión provocara represalias contra otros detenidos o contra quienes tenían responsabilidad sobre su custodia. Incluso después de la sentencia, cuando la muerte era prácticamente segura, mantuvo la misma decisión. 

Aquella última noche la dedicó a la oración y al acompañamiento de sus compañeros. Entre ellos estaba el sacerdote Alain Robin, condenado también a muerte y profundamente angustiado ante la ejecución. Rogue lo consoló, oró con él y trató de fortalecer su esperanza. Es una escena que resume toda su vida: cuando apenas le quedaban unas horas, seguía ejerciendo de sacerdote para otro hombre que necesitaba consuelo. 

3 de marzo de 1796: el camino hacia la guillotina

El jueves 3 de marzo de 1796, aproximadamente a las tres de la tarde, Pedro Renato Rogue fue sacado de la prisión con las manos atadas a la espalda y conducido hacia la guillotina instalada en la actual plaza del Ayuntamiento de Vannes. Tenía treinta y siete años. Las fuentes contemporáneas y próximas a los hechos coinciden en señalar la enorme conmoción que produjo su ejecución entre los habitantes de la ciudad. Rogue había vivido siempre entre ellos y hasta personas alejadas de la Iglesia conocían su trayectoria y apreciaban su carácter. 

La tradición sostiene que durante el recorrido cantó el himno compuesto en la cárcel. El Martirologio Romano conserva precisamente esta característica al recordar que, mientras era conducido hacia el suplicio, «cantaba las bondades del Señor». No caminaba hacia la muerte maldiciendo a quienes lo habían condenado, sino proclamando la bondad de Dios. 

Al llegar al lugar de la ejecución pronunció, según la antigua biografía documental, las palabras de Jesús en la cruz: «En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu». Poco después cayó la cuchilla de la guillotina. La reacción de los presentes fue inmediata. Numerosas personas se acercaron al lugar para empapar telas en su sangre y conservarlas como reliquias. Incluso los soldados que regresaban de la ejecución manifestaron públicamente su admiración por la serenidad con que aquel sacerdote había afrontado la muerte. 

Su cuerpo fue enterrado aquella misma tarde en el cementerio de Vannes. Apenas unas pocas personas se atrevieron a asistir a la sepultura debido al clima de miedo existente. Una de ellas colocó sobre el féretro una pequeña pieza de pizarra con su apellido, Rogue, para que sus restos pudieran identificarse en el futuro. Aquel sencillo gesto acabaría teniendo una importancia extraordinaria cuando, más de un siglo después, se emprendió el reconocimiento de sus reliquias. 

La memoria que Vannes nunca perdió

La veneración hacia Pedro Renato Rogue comenzó prácticamente desde el momento de su muerte. Su madre hizo colocar una cruz sobre la tumba cuando las circunstancias políticas lo permitieron y, con el paso de los años, el sepulcro se convirtió en lugar de oración. Françoise murió en 1812 y, según la tradición documentada, pidió ser sepultada cerca de su hijo. Durante el siglo XIX continuaron las visitas, los exvotos y la fama de santidad del sacerdote que Vannes nunca había olvidado. 

Cuando avanzó su causa de beatificación se realizó una investigación minuciosa de su vida, escritos y martirio. El proceso permitió recuperar documentación civil y judicial de gran valor, incluida el acta de interrogatorio que proporciona incluso detalles sobre su identidad y condición física. En 1934 se llevó a cabo el reconocimiento de sus restos; los especialistas pudieron relacionarlos con los datos físicos conservados en los documentos del juicio. 

El papa Pío XI lo proclamó beato el 10 de mayo de 1934 en la Basílica de San Pedro, reconociendo oficialmente su martirio. Las propias letras apostólicas de Pío XI lo identifican como Pedro Renato Rogue, sacerdote de la Congregación de la Misión, y sitúan su sacrificio dentro de la fidelidad a la fe llevada hasta la entrega de la propia vida. Actualmente sus reliquias son veneradas en la catedral de San Pedro de Vannes, donde su memoria permanece especialmente viva. 

Un mártir que pertenece profundamente a la espiritualidad vicentina

Pedro Renato Rogue ofrece un perfil diferente al de los mártires de Saint-Firmin. François murió como superior responsable de una casa llena de sacerdotes perseguidos; Gruyer, Caron y Colin compartieron el destino de quienes habían perdido sus ministerios y terminaron encarcelados en París. Rogue, en cambio, tuvo varios años para abandonar Francia y ponerse a salvo. Su decisión fue permanecer.

Permaneció porque conocía las necesidades de su pueblo.

Permaneció porque había enfermos que necesitaban los sacramentos.

Permaneció porque había cristianos que no podían celebrar públicamente su fe.

Y ese permanecer terminó conduciéndolo desde los altares clandestinos hasta la cárcel y desde la cárcel hasta la guillotina.

Pero su vida no puede reducirse al heroísmo de los últimos meses. Mucho antes de ser perseguido había aprendido a entregarse en las pequeñas fidelidades del sacerdote: el estudio, la oración, la enseñanza de la teología, el confesonario, el acompañamiento espiritual y la celebración cotidiana. El martirio no creó un hombre nuevo el 3 de marzo de 1796; simplemente reveló hasta dónde podía llegar aquella fidelidad que había cultivado durante años.

Hay además algo profundamente vicentino en el modo como afrontó la persecución. San Vicente de Paúl había enseñado que el amor debía ser al mismo tiempo afectivo y efectivo, capaz de traducirse en acciones concretas. Rogue llevó esa intuición hasta un extremo sorprendente. Evitó entrar en la casa del enfermo cuando comprendió que podía poner en peligro a la familia que lo esperaba; rechazó escapar para no comprometer a quienes lo custodiaban; acompañó a otros presos cuando él mismo estaba condenado; y pidió a su madre que continuara ayudando a la familia de quien había contribuido a su arresto. Su caridad no desapareció frente al enemigo.

Por eso el título de «mártir de la Eucaristía y de la caridad» resume mejor su existencia que cualquier descripción política. La Eucaristía que llevaba entre sus manos la noche de Navidad era la misma Eucaristía que había celebrado desde 1782 y la misma lógica de entrega que terminó reproduciendo en su propia vida. Había repetido tantas veces sobre el altar las palabras de Cristo acerca del cuerpo entregado que, llegado el momento definitivo, su propio cuerpo terminó convirtiéndose en una ofrenda.

La memoria litúrgica universal de Pedro Renato Rogue está vinculada al 3 de marzo, aniversario de su martirio. Dentro de la tradición propia de la Congregación de la Misión su nombre se ha asociado también a la celebración de los mártires vicentinos franceses del 2 de septiembre, junto con Luis José François, Juan Enrique Gruyer, Nicolás Colin y Juan Carlos Caron. Conviene conservar esta diferencia para no dar a entender que Rogue murió en Saint-Firmin: él nunca estuvo entre los mártires parisinos de septiembre de 1792; su martirio ocurrió en Vannes tres años y medio después

La historia de Pedro Renato Rogue termina así donde había comenzado. Nació en Vannes, estudió en Vannes, fue ordenado en Vannes, formó sacerdotes en Vannes, atendió a los pobres y enfermos de Vannes, se escondió entre las familias de Vannes, fue encarcelado en Vannes y derramó su sangre en una plaza de Vannes. Pudo marcharse, pero prefirió convertir toda su ciudad en territorio de misión.

Su martirio nos deja, por tanto, una pregunta que sigue siendo profundamente actual: ¿qué significa ser pastor cuando permanecer tiene un precio? Pedro Renato respondió no con un tratado, sino con su existencia. Para él, el pueblo confiado a su ministerio no era una realidad de la que pudiera alejarse simplemente cuando aparecía el peligro. Permaneció entre los suyos y continuó llevando a Cristo hasta que precisamente llevar a Cristo a un enfermo lo condujo al arresto.

El beato Pedro Renato Rogue no murió porque despreciara la vida. Murió porque había encontrado algo por lo que consideraba que valía la pena entregarla. Y cuando llegó la última hora, aquel sacerdote pequeño y físicamente frágil que durante años había sostenido la Eucaristía entre sus manos terminó convirtiéndose él mismo en signo de aquello que celebraba: una vida tomada, entregada y ofrecida por amor.

Biografia corta:

Pedro Renato Rogue es llamado “Mártir de la Eucaristía y de la Caridad”. Con este sobrenombre se compendia su joven vida, al servicio de Dios y de los hermanos. Nace en Vannes, una antigua ciudad de la Bretaña francesa, el 11 de junio de 1758. Siendo sus padres Claudio Rogue y Francisca Loiseau, pertenecientes a la clase media de la ciudad. Como buenos cristianos bautizaron a su hijo al día siguiente de su nacimiento. La prueba abatió sobre la familia Rogue con la muerte del padre, cuando Pedro Renato no tenía más que tres años. Su madre, como la mujer fuerte de la Biblia, supo hacer frente a su desgracia y educar adecuadamente a su hijo en el Colegio de San Ivo, dirigido por los Padre jesuitas. Formó parte de la Congregación Mariana del Colegio y en ella profundizó en la devoción a la Virgen, que perduraría toda su vida.

En aquel ambiente no fue extraño el brote vocacional al sacerdocio, animado por su generosa madre. Estaba el Seminario diocesano de Vannes, dirigido por los P. lazaristas, que lo recibieron en 1776, cuando contaba con 18 años. Quizá por no dejar sola a su madre, pasó un tiempo como externo. Fue un discípulo aventajado en virtud y ciencia, necesarias para la vida sacerdotal.

Terminados sus estudios, fue ordenado sacerdote el 21 de septiembre de 1782, celebrando al día siguiente su primera misa en la iglesia del Seminario diocesano. Enseguida so obispo lo nombró capellán de la Casa de Ejercicios espirituales para mujeres, donde continuó su dedicación a la oración y al estudio, que hizo florecer en su alma el deseo de un compromiso mayor en el servicio a Dios y a los hermanos volviendo sus ojos a los Hijos de San Vicente de Paúl, que habían sido sus formadores en la virtud y en la ciencia. Pero no le resultaba fácil tal determinación: debería separarse de su madre, siendo como era hijo único; su débil salud, exigía cuidados continuos; su mismo apostolado en la Diócesis que le llenaba plenamente. Pero la llamada de Dios le hizo superar todo.

Ingresó en el Seminario Interno de la Congregación de la Misión, en la Casa Madre de San Lázaro de París, el 25 de octubre de 1786. Dos años duraba el noviciado. Quienes le conocieron en aquella época, afirmaban que poseía la figura de un predestinado; su bondad se reflejaba en todo su ser; su carácter dulce y afable atraía a cuantos le trataban.

Al terminar el primer año de noviciado, juzgaron los superiores (por su formación tanto espiritual como teológica), podría ser ya destinado, para seguir su segundo años de noviciado en su destino. Ya era misionero de San Vicente de Paúl. Sus superiores, pensando quizá en su anciana madre y también en el apostolado anterior en Vannes, quizá pedido por el obispo, que tan bien conocía a Pedro Renato, le destinaron al Seminario diocesano de Vannes, su ciudad natal, como profesor de teología.

Al completar su noviciado pronunció sus votos en la Congregación de la Misión, el 26 de octubre de 1788. El entonces Superior General P. Jacquier, dejó un hermoso retrato del misionero, como sacerdote de la Congregación de la Misión: “Exacto en la hora de levantarse, en la oración comunitaria y demás ejercicios de piedad de la Regla. Exacto en sus obligaciones. Todo su tiempo lo dedica al ejercicio de sus funciones sacerdotales o a prepararlos con la oración o el estudio. Amigo del silencio, separado del mundo y si en él está, es para ayudar a todos. Fiel imitador de San Vicente en la sencillez, humildad, mansedumbre, mortificación y celo por la salvación de las almas. Por todas partes deja el buen olor de Cristo”. Esta era la vida de Pedro Renato Rogue. Por otra parte Dios le había dotado de dones preciosos que conquistaba las almas, de una fisonomía serena, hermosa voz que le ayudaba en la predicación; incansable en el confesionario al que dedicaba la mayoría del tiempo que le dejaban sus clases de teología.

El horizonte de Francia no se veía muy alegre .El pueblo pedía un mejor régimen social. La iglesia pedía se corrigiesen los abusos. Pero la Revolución estaba servida: era el mes de mayo de 1789. El 13 de julio, la Casa Madre de los Hijos de san Vicente, san Lázaro, era asaltada y profanada por los revolucionarios. Al día siguiente fue tomada la Bastilla. El 12 de julio de 1790, se votó la famosa Constitución Civil del Clero, que no reconocía al Papa como cabeza de la Iglesia y sí al Estado. El Papa Pío VI, en abril de 1791 previno a los fieles que dicha Constitución Civil era cismática. La persecución se desató contra el clero fiel. El Rey fue encarcelado, los bienes de la Iglesia, fueron confiscados, las Órdenes religiosas suprimidas. EL 2 de septiembre de 1792, comienzan las horribles matanzas en Paris, donde tres obispos y 250 sacerdotes y religiosos fueron martirizados.

El clero de Vannes con su Obispo a la cabeza, rehusaron desde el primer momento la Constitución Civil, negándose a prestar juramento. Algunos sacerdotes fueron sobornados, entre ellos el Superior del Seminario, que prometieron emitir el juramento. Y surge la figura de Pedro Renato Rogue: que comenzó a animar al Superior del Seminario para que se retractase de la promesa del juramento. Todos los sacerdotes que habían dado palabra para el juramento lo rechazaron con una sola excepción.
Pedro Renato era mirado por el clero de Vannes, como el defensor de la Iglesia. El Obispo, los sacerdotes y religiosos fueron expulsados. La casa de su anciana madre fue el refugio de Pedro Renato, pero tuvo que disfrazarse y cambiar de domicilio, al arreciar la persecución tuvo que disfrazarse y cambiar de domicilio mientras seguía visitando enfermos, animando a los que flaqueaban. Su coraje y su animo juvenil le llevaron incluso a entrar en las cárceles para animar a los presos y administrar los sacramentos. Tan querido y respetado era que a pesar de ser reconocido, nadie se atrevió a denunciarle.

En la vigilia de la Navidad, 24 de diciembre de 1795, a las 9 de la noche, fue llamado a atender a un moribundo. Llevando consigo el viático, fue apresado poco antes de llegar a la casa del enfermo. Despidió apresuradamente a los que le acompañaban para que no fueran también detenidos y se dejó prender por aquellos que le perseguían, entre los cuales, uno que había recibido de Pedro Renato abundantes ayudas; este era el Sr. Le Meut, que no era desconocido para la familia del P. Rogue, pues había recibido ayuda de la Sra. Rogue, cuando su esposa e hija de Le Meut estaban en una gran necesidad.

Fue llevado al tribunal, delante de Le Meut, formado por algunos antiguos compañeros suyos, que se enfrentaron con los que le habían detenido, señal de gran aprecio y estima que hacia Pedro Renato sentían. Le dieron ocasión para que pudiera huir y esconderse, pero no aceptó, para no comprometerles. “Llevo conmigo la Sagrada Eucaristía”, les dijo y retirándose a un rincón, él mismo comulgó, ante el silencio respetuoso de todos.

Llevado a la cárcel el mismo 24 de diciembre, en ella permaneció hasta el 3 de marzo siguiente, fue encerrado en una de las torres de la antigua prisión de la cuidad de Vannes, llena de humedad y frío, sin que de sus labios saliera una sola queja. En aquellas fechas la persecución parecía amainar y tan ilusionado como estaba por el martirio, que creía cercano, llegó a exclamar: “Señor, no soy digno”. Pero la calma de la persecución fue sólo temporal.

Llamado al tribunal y después del interrogatorio de rigor, confesó y no negó su condición de sacerdote refractario a la Constitución Civil y que había seguido ejerciendo su ministerio sacerdotal; por ello fue condenado a la guillotina. La sentencia debía ser ejecutada entes de veinticuatro horas en la plaza pública, sin que pudiera haber remisión alguna. Su madre estaba presente en el juicio y se le permitió abrazarle por última vez. Terminado aquel inicuo proceso, fue devuelto a la cárcel, desde donde escribió la última carta a su anciana madre y a sus cohermanos de Comunidad, comunicándoles que va a morir por la fe y que en aquellos momentos se sentía feliz y contento de dar su vida por Cristo:
“Señora: Acepte mi agradecimiento por el pasado. Salude a toda la corte celeste (el grupo de personas que esperaban para la celebración de la Eucaristía). Estoy bien convencido de la parte que han tomado en mi pequeño accidente, según el lenguaje del mundo. Mis saludos también al señor de las palomas. Deseo que la salud de todos ustedes sea cada vez mejor; la mía, gracias a Dios, es perfecta. Hasta que nos veamos, si Dios lo permite; por lo menos nos veremos en el camino hacia la plaza mayor, si yo parto. A usted y a todos los que vea les daré de todo corazón mi última y afectuosa bendición, al menos de deseo, pero no soy digno (de morir). Sea lo que sea, si llega la ocasión, desearía ver a todos mis amigos, al menos al pasar. Cuídese, sea prudente, lo mismo que los demás, y créame, en la vida y más allá de la vida, su muy obediente y humilde servidor”.

A sus cohermanos escribe así: “Dios me ha concedido la misma gracia que nuestro amigo Le Manour. Me encomiendo a sus oraciones. Debo añadir a la cruz que el Señor me ha hecho el honor de cargar, la cruz de no poder abrazarlos por última vez. Dios me ha procurado también la cruz de ver en el tribunal a mi pobre madre, que ha sido llevada allí como una mujer de dolores, pero con sentimientos de religión; rueguen por ella, se lo suplico. Parece que la expedición se hará sobre las diez. Amémonos siempre en el tiempo y en la eternidad”.

Hubo varias tentativas para sacarle de la prisión, mientras él pasó la noche en oración y ayudando a los que, como él habían sido condenados a muerte. En las horas monótonas de la prisión, el P. Rogue hilvana sus pensamientos y escribe estas estrofas:

Mi suerte es encantadora, / mi alma está feliz.
Gozo en este momento / de una alegría infinita.
Que en mí todo publique / las bondades del Señor.
Mi miseria ha terminando, estoy tocando mi felicidad.

He servido a mi Dios, mi Rey, / imitando su celo;
he conservado la fe, / por ella voy a morir.
¡Qué hermosa es esta muerte /
Y digna de un corazón grande!
Ora, pueblo fiel, / para que yo sea vencedor.

A todos aquellos a quienes/
mi suerte afecta e interesa,
lejos de llorar mi muerte, /
estremézcanse de alegría;
vuelvan su ternura / hacia mis perseguidores;
soliciten sin cesar / el fin de sus errores.

No son hijos de la luz porque no escuchaban
al Sucesor de Pedro.
Pero, puesto que son nuestros hermanos,
amémoslos mucho siempre;
no opongamos a su guerra /
más que dulzura y amor.

Rey de los cielos, / Dios, lleno de clemencia,
dígnate fijar tus ojos / sobre los dolores de Francia.
Pueda mi penitencia, igual a sus crímenes,
desarmar su venganza / y rendirla para siempre.

Era jueves, el 3 de marzo de aquel año de 1796, a las tres de la tarde, cuando Pedro Renato, con las manos atadas a la espalda fue sacado de la prisión y conducido a la guillotina, que había sido colocada cerca de su colegio, donde se había consagrado al Señor y que traería a su mente tantos y tantos recuerdos. La cuchilla de la guillotina segó su cabeza en pocos minutos, mientras pronunciaba las palabras de Cristo: “A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”. La multitud, sin miedo alguno, se abalanzó al patíbulo para empapar en la sangre del mártir lienzos, que se guardaron como preciosas reliquias. Los soldados volvieron de le ejecución llenos de admiración y respeto hacia ese heroico mártir, exclamando: “No era un hombre, era un ángel”. Tenía 38 años.

Al día siguiente su cuerpo fue inhumado en el cementerio de la ciudad en Boismoreau. Cinco personas se atrevieron a asistir al entierro y una de ellas escribió su nombre “Rogue” sobre un trozo de pizarra, que colocó sobre su cuerpo, para poder algún día identificarlo. Su propia madre, pasada la época de la persecución, hizo colocar una cruz sobre la tumba de su querido hijo. En 1856 el canónigo Guesdon hizo levantar un monumento sobre su tumba, construido por suscripción popular, en el que puso esta inscripción: Aquí reposa el cuerpo de Pedro Renato Rogue, sacerdote de la Misión, Nacido en Vannes el 11 de Junio de 1758, muerto el 3 de Marzo de 1796, mártir de la fe. Desde su juventud volvió su corazón hacia el Señor. En un tiempo de pecados, afianzó a sus hermanos en la piedad. Rehusó violar la santa Ley de Dios y fue inmolado.

El Obispo de Vannes, Mons. Alcime Gouraud, y el Superior General de la Congregación de la Misión, P. Antonio Fiat, encomendaron a una comisión la iniciación del proceso de beatificación del P. Pedro Renato Rogue en el año 1908. El Papa Pío XI, el 12 de junio de 1929, firmó el decreto de la Causa de Beatificación y el 10 de mayo de 1934, en la Basílica de San Pedro, mandó inscribir a Pedro Renato Rogue en el número de los beatos de la Revolución Francesa, Misionero de san Vicente de Paúl y mártir de la Eucaristía y de la Caridad. Sus reliquias se encuentran actualmente en la Catedral de Vannes, donde son veneradas.

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