Novena en honor a Santa Luisa de Marillac 2026 (30 de abril-8 de mayo)

Novena en honor a Santa Luisa de Marillac 2026 (30 de abril-8 de mayo)

PRESENTACIÓN

La encíclica que unió dos pontificados, el del Papa Francisco y el del Papa León XIV, es Dilexi Te, publicada en octubre del año 2025. En ella, por primera vez de manera oficial, era citada Santa Luisa de Marillac en un documento pontificio, documento que es un puente entre el magisterio del Papa Francisco, tan relacionado al carisma vicentino, y el magisterio del Papa León XIV, que en los meses de su pontificado ha mostrado una línea que une lo antiguo con lo nuevo, como el sabio del Evangelio que sabe aprovechar lo nuevo y lo viejo.

La figura de Santa Luisa, tan poco explorada, nos abre a un mar desconocido, donde la novedad de sus palabras ilumina la misión de la Iglesia universal hoy, una Iglesia que necesita místicos, místicos capaces de trascender su relación con Dios y dejarse llevar por la fuerza del Espíritu Santo a caminos siempre nuevos de caridad y de justicia.

Con ella nos abrimos al misterio de la Trinidad, para comprender a profundidad el querer de Dios para la humanidad en estos tiempos de tanta turbulencia. Ella logra captar el querer de Dios en su vida y adaptar su vida a una gracia siempre nueva de misericordia inventiva, con una generosa respuesta que la lleva a poner todos sus dones y talentos al servicio del Reino. Ella no es solo el bastión misionero de San Vicente de Paúl, sino que su claro protagonismo en la obra vicentina la marca como la gran apóstol de la caridad, la Magdalena de la Francia abrumada del siglo XVII. Ella, la mística y profeta, nos interpela en nuestro apostolado de hoy al servicio de los más pobres.

P. Andrés Felipe Rojas Saavedra, CM
Corazón de Paúl.

ORACION PARA TODOS LOS DIAS

Señor Dios, Padre de misericordia, que en tu infinita providencia quisiste formar en Santa Luisa de Marillac un corazón dócil a tu Espíritu y ardiente en la caridad hacia los más pobres, te bendecimos porque en ella nos has revelado que el amor verdadero no es solo sentimiento, sino participación en la misma vida de tu Hijo, que se hizo siervo para la salvación del mundo.

Concédenos, por tu gracia, ser configurados con Cristo humilde y obediente, para reconocerlo vivo y presente en los que sufren, en los olvidados y en los pequeños. Derrama en nosotros el Espíritu Santo, para que, como Santa Luisa, no busquemos nuestras seguridades, sino que vivamos abandonados a tu voluntad, sirviendo con ternura, creatividad y fidelidad allí donde la caridad sea más urgente.

Haz que nuestras manos prolonguen las tuyas, que nuestra mirada sea transparente a tu compasión, y que nuestra vida entera se convierta en signo visible de tu amor providente.

Que, siguiendo su ejemplo, aprendamos a unir contemplación y servicio, descubriendo en cada acto de amor un camino real de santificación y una participación en el misterio pascual de tu Hijo.

Te lo pedimos por Jesucristo, Siervo y Señor, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

ORACIÓN DE ABANDONO 
(Obras Completas, Marillac, pág. 673) 

Te adoro, ¡oh mi buen Dios! y reconozco haber recibido de ti mi conservación; y por el amor que te debo, me abandono enteramente a las disposiciones de tu Santa Voluntad; y aunque llena de flaquezas y de motivos de humillación por mis pecados, me confío a tu misericordia y te suplico, por el amor que tienes a tus criaturas, la asistencia de tu Espíritu Santo, para el total cumplimiento del designio que, desde toda la eternidad, ha tenido tu Santa Voluntad sobre mi alma y sobre todas las que han sido redimidas por la sangre de Jesucristo tu Único hijo.  

Padre nuestro, Ave María y Gloría.
Se dice el día correspondiente. 

ORACIÓN AL ESPÍRITU SANTO 
(Obras completas, Marillac. pág. 827)

Espíritu Santo, Amor del Padre y del Hijo, ven a purificar y embellecer mi alma para que sea agradable a mi Salvador y que yo pueda recibirle para gloria suya y mi salvación. Con todo mi corazón te deseo ¡oh Pan de los Ángeles, no mires mi indignidad que me aleja de ti, sino tu Amor que tantas veces me ha invitado a acercarme. Te ruego que te des todo a mí, Oh Dios mío! y que tu preciosísimo Cuerpo, tu Alma santa y tu gloriosa Divinidad a quien adoro en este Santísimo Sacramento, tomen entera posesión de mi misma. ¡Oh dulce Jesús, oh buen Jesús, mi Dios y mi Todo! Ten piedad de todas las almas rescatadas con tu preciosísima Sangre, hiérelas fuertemente con un dardo de tu Amor para tornarlas agradecidas al Amor que te ha hecho darte a nosotros en este Santísimo Sacramento, por el cual te ofrezco la gloria que tienes desde toda la eternidad en ti mismo, todas las gracias de que has colmado a la Santísima Virgen y a los Santos y la gloria que ellos te tributarán eternamente por ese mismo Amor.   

ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN 
(de Santa Luisa de Marillac Santísima)

Virgen, creo y confieso tu Santa e Inmaculada Concepción, pura y sin mancha. ¡Purísima Virgen!, por tu pureza virginal, tu Inmaculada Concepción y tu gloriosa cualidad de Madre Dios, alcánzame de tu amado Hijo: la humildad, la caridad, una gran pureza de corazón, cuerpo y espíritu, la perseverancia en mi vocación, el don de oración, una santa vida y una buena muerte.

GOZOS

Santa Luisa de Marillac,
sierva fiel del Señor,
ruega por nosotros
y enséñanos a amar.

Dios te llamó en tu historia,
en medio de tu fragilidad,
y en Cristo hallaste el camino
de entrega y fidelidad.

Aprendiste a esperar en Dios,
sin adelantarte a su querer,
confiando en su Providencia
que todo lo sabe disponer.

Descubriste en el pobre
el rostro de Cristo Señor,
y en el servicio sencillo
hiciste vida el amor.

En la vida cotidiana
fuiste signo de comunión,
con paciencia y mansedumbre
edificaste la unión.

Aceptando con fe la cruz
y las pruebas del caminar,
te uniste a Cristo paciente
en su entrega pascual.

En la obediencia viviste
la libertad de los hijos de Dios,
buscando en todo momento
cumplir su santa voluntad.

En la pobreza aprendiste
a confiar sin reservas,
dejando que Dios condujera
los caminos de tu vida.

Tu caridad fue concreta,
hecha servicio y verdad,
signo del amor de Cristo
presente en la humanidad.

Ahora gozas en la gloria
junto al Señor que seguiste,
intercede por tu Iglesia
que en el mundo peregrina.

DÍA 1: 
LA IMITACIÓN DE LA VIDA OCULTA DE JESÚS

1. Signo

En el altar o lugar de oración, colóquese junto a la imagen de Santa Luisa de Marillac un lienzo rústico sobre el cual descanse un humilde trozo de madera (o una herramienta sencilla de carpintería) y una pequeña vasija de barro. Este signo visible nos recuerda el hogar de Nazaret: el trabajo manual, la cotidianidad, el silencio y la profunda sencillez en la que el Hijo de Dios decidió pasar la mayor parte de su vida terrena.

2. Comentario inicial

Hermanos y hermanas, al iniciar nuestro caminar espiritual en esta novena, somos invitados a adentrarnos en un misterio a menudo olvidado: el valor infinito de lo ordinario. Vivimos en un mundo que aplaude el ruido, el reconocimiento y la inmediatez de los grandes logros. Sin embargo, el Dios Creador del universo, al hacerse hombre, eligió el silencio de un pequeño pueblo llamado Nazaret para redimirnos. Treinta años de vida oculta frente a tres años de vida pública. Santa Luisa de Marillac comprendió que el verdadero seguimiento de Cristo no siempre nos llama a los aplausos del mundo, sino a la fidelidad silenciosa en el taller de nuestra propia vida. Hoy, pidamos la gracia de descubrir a Dios en lo pequeño, en lo escondido y en el cumplimiento amoroso del deber de cada día.

3. Inspiración bíblica

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (Lc 2, 46-52)

«Al cabo de tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían estaban asombrados de su inteligencia y de sus respuestas. Al verlo, se quedaron perplejos, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados». Él les contestó: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?». Pero ellos no comprendieron lo que les dijo. Bajó con ellos y vino a Nazaret, y les estaba sujeto. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón. Y Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres».

Palabra del Señor.

4. Reflexión

El Evangelio que acabamos de escuchar nos revela un instante de profunda teología de la Encarnación: el momento en que Jesús, consciente de su filiación divina, desciende nuevamente a la oscuridad de Nazaret para someterse a la obediencia de sus padres terrenales. Esta kénosis —este vaciamiento y humillación voluntaria— es el cimiento de nuestra salvación. Él no consideró su grandeza como un tesoro celoso, sino que santificó la obediencia, el trabajo anónimo y la rutina diaria.

Santa Luisa de Marillac bebe de esta misma fuente evangélica con una lucidez abrumadora. En su deseo de perfección, ella no busca éxtasis extraordinarios, sino la encarnación del amor en lo cotidiano. En sus escritos nos confiesa su propósito más íntimo:

«Que debo consagrar el resto de mis días a honrar la santa vida oculta de Jesús en la tierra, el cual, habiendo venido para cumplir la voluntad de Dios su Padre, lo hizo toda su vida, y viendo que la vida ordinaria necesitaba más ejemplos, consagró a ella más tiempo y siempre dentro de la práctica de la perfección evangélica, puesto que siendo rico, escogió la santa pobreza y la obediencia que le mantenía sumiso a la Santísima Virgen y a San José; yo le suplico con todo mi corazón me conceda la gracia de imitarle en esto…» (Escrito E. 22, pág. 695).

Para Santa Luisa, la vida ordinaria «necesitaba más ejemplos». ¡Qué intuición tan profundamente vicentina y actual! Ella nos enseña que barrer un pasillo, atender a un enfermo, escuchar a un hermano o soportar las contrariedades del día a día no son distracciones del camino espiritual, sino la materia misma de nuestra santificación. 

Jesús consagró más tiempo a la vida común que a la predicación para demostrarnos que el amor verdadero no requiere de escenarios majestuosos. Así como Cristo escogió la pobreza y la obediencia, Luisa nos invita a despojarnos de nuestra soberbia y de la necesidad constante de brillar, para que, escondidos con Cristo en Dios, nuestras obras silenciosas sean el más elocuente grito de caridad.

5. Preguntas para la reflexión

  • Al contemplar el silencio de Nazaret y las palabras de Santa Luisa, ¿cómo estoy viviendo la «vida ordinaria» que Dios me ha confiado? ¿Veo en mis deberes diarios un obstáculo o una oportunidad para amar?
  • ¿Siento la necesidad constante de ser reconocido, aplaudido o valorado por lo que hago, o soy capaz de servir en el anonimato y la obediencia, sabiendo que el Padre «ve en lo escondido»?
  • ¿Qué aspecto de mi soberbia u orgullo debo entregar hoy a la Sagrada Familia para aprender a vivir con mayor sumisión y pobreza de espíritu?

DÍA 2:
LA PUREZA DE INTENCIÓN EN EL SERVICIO

1. Signo

En el espacio de oración, colóquese junto a la imagen de Santa Luisa un cuenco de cristal transparente con agua limpia y, a su lado, una pequeña imagen o estampa del misterio del Nacimiento (el pesebre de Belén). El agua cristalina simboliza la transparencia del corazón y la pureza de intención, desprovista de las turbiedades de la vanidad. El pesebre nos remite a la actitud adoradora, silenciosa y descentrada de sí misma que tuvo la Virgen María ante el Niño Dios.

2. Comentario inicial

Hermanos y hermanas, en este segundo día de nuestra novena nos acercamos a uno de los desafíos más profundos y sutiles de la vida espiritual: la purificación de nuestras motivaciones. Con suma facilidad, las obras más nobles pueden verse secretamente contaminadas por el anhelo de ser vistos, elogiados o agradecidos. El servicio a los demás es el corazón del Evangelio, pero cuando se realiza buscando nuestra propia gloria, se transforma en un egoísmo disfrazado de piedad. Santa Luisa nos invita hoy a limpiar la mirada del alma, a renunciar al protagonismo y a permitir que sea única y exclusivamente el amor a Cristo la fuerza que impulse nuestras acciones.

3. Inspiración bíblica

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo (Mt 6, 1-4. 6)

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. […] Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará»».

Palabra del Señor.

4. Reflexión

La advertencia del Señor en el Sermón de la Montaña escudriña las intenciones más recónditas de nuestra conciencia. La hipocresía que denuncia Jesús no consiste en hacer el mal, sino en hacer el bien por los motivos equivocados. Quien mendiga el aplauso humano convierte su buena obra en una transacción terrenal, perdiendo así el flujo de la gracia divina. La verdadera caridad, la que transforma el mundo, es aquella que florece en el anonimato sagrado de un corazón que solo busca la complacencia de Dios.

Santa Luisa de Marillac experimentó esta ardua lucha interior. En el silencio de sus retiros, comprendió que el servicio al pobre no podía tolerar la menor sombra de vanidad. Lo plasma con una lucidez teológica exquisita:

«Que Dios pide una gran pureza a los que le sirven, quienes en manera alguna deben gloriarse de ninguna de sus acciones; pero es menester que Dios guíe mis intenciones para llegar a esa pureza que me ha hecho ver… Concebir a Jesús por amor, lo que le hará presente en mi corazón y conseguirá de mí que no tenga otra atención, como la Santísima Virgen ante el Pesebre» (Escrito E. 14, pág. 701).

Qué imagen tan mística y reveladora: «como la Santísima Virgen ante el Pesebre». María en Belén no reclama atención para sí misma. Toda su existencia, su postura y su alma están volcadas hacia el centro absoluto: su Hijo encarnado. Cuando el servidor genuino se acerca al lecho de un enfermo, escucha a un hermano que sufre o realiza las tareas más ingratas de su jornada, desaparece con gozo para que solo resplandezca Aquel a quien asiste. Quien ha «concebido a Jesús por amor» ya no necesita ser el héroe de la historia, pues la presencia del Señor ocupa todo el espacio de su corazón, extinguiendo la sed de reconocimiento humano.

5. Preguntas para la reflexión

  • Al realizar una buena obra, prestar un servicio en mi familia, o colaborar en el trabajo, ¿qué busco en el fondo: el verdadero bien del otro o la gratificación narcisista de sentirme indispensable y aplaudido?
  • ¿Cómo reacciono interiormente cuando mis esfuerzos pasan desapercibidos o cuando no recibo el agradecimiento que creo merecer? ¿Pierdo la paz y la alegría, revelando que mi intención no era puramente para Dios?
  • Contemplando el silencio de la Virgen María ante el pesebre, ¿de qué orgullos, vanidades o deseos de protagonismo debo vaciar hoy mi corazón para que mi mirada esté puesta únicamente en Jesús?

DÍA 3: 
LA TOLERANCIA CORDIAL EN LA VIDA COMÚN

1. Signo

En el espacio de oración, colóquese una cuerda gruesa formada por varios hilos o lazos entrelazados de distintos colores, firmemente unida por un nudo central junto a la cruz. Este signo visible representa a la comunidad y a la familia: distintas personalidades, historias y temperamentos que, con sus fragilidades y diferencias, están llamados a trenzarse en la unidad, sostenidos única y exclusivamente por el vínculo del amor de Cristo.

2. Comentario inicial

Hermanos y hermanas, llegamos al tercer día de nuestra novena adentrándonos en el taller donde verdaderamente se forja y se prueba la santidad: la convivencia diaria. Es fácil amar a la humanidad en abstracto, pero amar al hermano concreto que tenemos al lado, con sus defectos, sus ritmos y sus flaquezas, requiere de una gracia sobrenatural. Santa Luisa de Marillac, con corazón de madre y fina observadora del alma humana, sabía que el servicio a los más pobres corría el riesgo de ser estéril si antes no se cultivaba una profunda comunión puertas adentro. Hoy se nos invita a redescubrir la tolerancia y la paciencia, no como una fría resignación, sino como la máxima expresión de la madurez y la fortaleza cristiana.

3. Inspiración bíblica

Lectura de la Carta del apóstol San Pablo a los Colosenses (Col 3, 12-15)

«Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros. Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el ceñidor de la perfección consumada. Y que la paz de Cristo presida vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados formando un solo cuerpo. Y sed agradecidos».

Palabra de Dios.

4. Reflexión

El apóstol San Pablo nos entrega en esta epístola el estatuto innegociable de la convivencia cristiana: el deber de soportarnos mutuamente. Soportar, en su sentido más rico y teológico, no significa «aguantar» con los dientes apretados, sino servir de soporte; es decir, sostener el peso del otro cuando su debilidad amenaza con hacerlo caer.

Santa Luisa aterriza este altísimo ideal paulino en la crudeza del trato cotidiano. Conociendo de primera mano las tensiones propias de la vida comunitaria, aconseja con una pedagogía espiritual insuperable:

«Le suplico que su recuerdo las ayude a tener gran tolerancia unas con otras, por amor de Nuestro Señor Jesucristo que nos enseña esta virtud como señal de que somos suyos… ejercite un poco su paciencia no sólo con las últimas, sino con todas en general, y ello, con gran dulzura, condescendencia y discreción, y sobre todo, gran reserva para no decir lo que piensa ni lo que sabe de una Hermana a otras» (Carta 398, pág. 383).

Observemos la elegancia con la que Santa Luisa eleva la tolerancia a la categoría de distintivo cristiano: es la «señal de que somos suyos». Pero no se detiene en la teoría, sino que desciende al detalle más práctico y peligroso de la convivencia: el uso de la lengua. La advertencia final de guardar «gran reserva» frente a los defectos ajenos es un tratado de caridad en sí mismo. Cuántas familias y comunidades se fracturan por la indiscreción y el letal veneno de la murmuración. El silencio prudente y la custodia amorosa de la fama del otro son el escudo que protege la dignidad del prójimo. La tolerancia cordial nos exige que nuestra paciencia sea universal —«con todas en general»— y que nuestra corrección esté bañada en dulzura, recordando que, en el tribunal de la misericordia, la paciencia que exigimos de los demás suele ser mucho menor que la que Dios tiene constantemente con nosotros.

5. Preguntas para la reflexión

  • Al enfrentarme a los defectos y limitaciones de las personas con las que vivo o trabajo, ¿reacciono con irritación y crítica constante, o intento ser verdaderamente un «soporte» con entrañas de misericordia?
  • ¿Cómo es el uso de mis palabras cuando hablo de los demás a sus espaldas? ¿Soy puente de unidad y custodio de su buena fama, o permito que el chisme y la indiscreción dividan mi entorno?
  • ¿Reconozco que la paciencia amorosa frente a la contrariedad no es un rasgo de debilidad, sino la prueba más clara de que Cristo gobierna mi corazón?

DÍA 4: 
EL ESPÍRITU DE UNIÓN Y CORDIALIDAD

1. Signo

En el centro del lugar de oración, colóquese una hogaza de pan rústico, entera, y a su lado, algunas espigas de trigo. Este signo nos remite al misterio de la comunión y al corazón mismo de la Iglesia: así como muchos granos de trigo, dispersos por las colinas, son molidos y amasados para formar un solo pan, así los corazones de quienes sirven a Dios deben ser despojados de su propio egoísmo para formar un solo cuerpo en la caridad y la cordialidad fraterna.

2. Comentario inicial

Hermanos y hermanas, tras haber meditado ayer sobre la tolerancia, Santa Luisa nos invita hoy a dar un paso aún más profundo y exigente en la vida del espíritu: la cordialidad. La tolerancia podría, si no se purifica por la gracia, estancarse en una fría diplomacia o en un «soportar» distante y condescendiente. Pero la cordialidad, que etimológicamente nace del corazón (cor, cordis), nos empuja a la calidez, al afecto sincero y a la unión genuina. En la escuela de San Vicente y Santa Luisa, la caridad jamás es una filantropía seca, sino un amor entrañable. Hoy pedimos al Señor la gracia de mirar a nuestros hermanos no como cargas pesadas que debemos tolerar, sino como dones sagrados que debemos abrazar con la misma ternura y calidez de Cristo.

3. Inspiración bíblica

Lectura de la Carta del apóstol San Pablo a los Romanos (Rom 12, 9-10. 14-16)

«Que vuestro amor sea sin fingimiento; aborreced lo malo, apegaos a lo bueno. Amaos cordialmente unos a otros; que cada cual estime a los otros más que a sí mismo. […] Bendecid a los que os persiguen, bendecid y no maldigáis. Alegraos con los que se alegran; llorad con los que lloran. Tened los mismos sentimientos unos hacia otros; no seáis altivos en vuestros pensamientos, sino condescendientes con los humildes. No presumáis de sabios por cuenta propia».

Palabra de Dios.

4. Reflexión

La exhortación del apóstol San Pablo es un retrato vivo de lo que significa una comunidad verdaderamente redimida. El amor «sin fingimiento» y «cordial» es la única atmósfera en la que el servicio a los más pobres puede respirar sin asfixiarse por el orgullo humano. Santa Luisa de Marillac, como maestra incomparable del espíritu, sabe perfectamente que las dificultades, los temperamentos encontrados y los roces diarios son inevitables, pero también conoce que la caridad tiene un antídoto infalible: la humildad profunda.

En su carta a Sor Juana Lepintre, nos deja un testamento de madurez relacional que no pierde vigencia:

«Hermanas todas, les ruego que sepan aprovechar la gracia que Dios les concede… se renueven en el espíritu de unión y cordialidad que las Hijas de la Caridad deben tener, mediante el ejercicio de esa misma caridad que va acompañada de todas las demás virtudes cristianas, especialmente la de la tolerancia de unas con otras, nuestra virtud más querida. Se la recomiendo con todo mi interés, como algo absolutamente necesario, ya que nos lleva siempre a no ver las faltas de los demás con acritud, sino a disculparlas siempre, humillándonos nosotras» (Carta 315, pág. 309).

Notemos la hondura de su consejo: «no ver las faltas de los demás con acritud». La acritud es ese resentimiento áspero y amargo que envenena la mirada, haciéndonos jueces implacables del prójimo. Santa Luisa nos revela aquí un secreto espiritual formidable: el camino para disculpar al otro no consiste en ignorar la verdad o justificar el error, sino en «humillándonos nosotras». Quien reconoce su propia fragilidad, quien es consciente de su miseria ante Dios, pierde inmediatamente el deseo de condenar a su hermano. La unión y la cordialidad florecen únicamente cuando bajamos del tribunal de nuestra supuesta perfección y nos encontramos con el otro en el valle llano de la misericordia compartida.

5. Preguntas para la reflexión

  • ¿Hay «acritud» (amargura, dureza, severidad) en mi forma de mirar y juzgar los errores de las personas con las que vivo o trabajo diariamente?
  • ¿Es mi servicio y mi trato hacia los demás un simple formalismo exterior, o me esfuerzo verdaderamente por cultivar una «cordialidad» cálida, sincera y llena de afecto en Cristo?
  • ¿Comprendo que la herramienta más poderosa para disculpar las faltas del hermano es recordar mis propias carencias y humillarme ante Dios, pidiendo su gracia para ambos?

DÍA 5: 
LA SUMISIÓN TOTAL A LA DIVINA PROVIDENCIA

1. Signo

En el altar o lugar de oración, dispóngase un bastón rústico de peregrino junto a unas sandalias y una vela encendida. Este signo visible nos recuerda nuestra condición de viadores: somos peregrinos en esta tierra, llamados a caminar ligeros de equipaje, sin aferrarnos a nuestras propias seguridades, guiados únicamente por la luz de la voluntad de Dios, que es antorcha para nuestros pasos.

2. Comentario inicial

Hermanos y hermanas, en este quinto día de nuestra novena abordamos uno de los mayores desafíos para el corazón humano: la renuncia al control. Por naturaleza, buscamos echar raíces, asegurar nuestro futuro y planificar cada detalle de nuestra existencia. Las mudanzas, los imprevistos y los cambios bruscos de planes suelen llenarnos de angustia. Sin embargo, la vida espiritual es, en esencia, un constante éxodo. Santa Luisa de Marillac, que conoció de cerca la inestabilidad y los traslados constantes, nos enseña hoy que la paz verdadera no se encuentra en la ausencia de cambios, sino en el abandono filial a la Divina Providencia. Dejarse llevar por Dios exige una fe madura, la certeza de que nunca caminamos solos y el deseo ardiente de configurar nuestra vida con la de Cristo peregrino.

3. Inspiración bíblica

Lectura de la Carta a los Hebreos (Heb 11, 8-10. 13-14)

«Por la fe, Abrahán, al ser llamado por Dios, obedeció y salió hacia el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba. Por la fe, peregrinó por la tierra prometida como en tierra extraña, habitando en tiendas de campaña, lo mismo que Isaac y Jacob, herederos con él de la misma promesa; pues esperaba la ciudad de sólidos cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios. […] En la fe murieron todos estos, sin haber recibido las promesas, sino viéndolas y saludándolas de lejos, y confesando que eran peregrinos y forasteros en la tierra. Pues los que así hablan, claramente dan a entender que buscan una patria».

Palabra de Dios.

4. Reflexión

La figura de Abrahán, el padre en la fe, es el paradigma del alma que se rinde ante los designios divinos. Salir «sin saber a dónde iba» es la máxima expresión de la confianza. No hay mapa humano, ni póliza de seguro; solo existe la voz de Aquel que llama. En el camino cristiano, Dios a menudo desinstala nuestras comodidades para purificar nuestro amor y recordarnos que nuestra patria definitiva no está aquí.

Santa Luisa de Marillac vivió esta desinstalación física y espiritual con admirable heroicidad. En sus reflexiones sobre las peregrinaciones, nos revela el secreto de su profunda paz interior ante la incertidumbre:

«Esto debe servirme para ayudarme a aceptar de grado los cambios de lugar cuando la divina Providencia quiera permitirlos, sintiéndome interiormente acompañada por el Angel de mi Guarda… he tomado la resolución de fijarme cuidadosamente en su santa vida para tratar de imitarla; me he detenido con insistencia en el nombre de cristiano que llevamos pensando que requiere conformidad (con Cristo)» (Escrito E. 58, pág. 765).

¡Qué delicadeza teológica y pastoral encierra esta confidencia! Santa Luisa no solo acepta los «cambios de lugar», sino que pide hacerlo «de grado», es decir, con el corazón dócil y sin resistencias amargas. Y para no sucumbir ante el miedo a lo desconocido, se aferra a dos certezas maravillosas: la compañía invisible y real de su Ángel de la Guarda, y la contemplación de Cristo. Jesús mismo fue el gran peregrino que «no tenía dónde reclinar la cabeza» (Lc 9, 58). 

Luisa concluye que llevar el «nombre de cristiano» no es una etiqueta vacía, sino una exigencia radical de «conformidad» con Él. Si el Maestro vivió en sumisión total a la voluntad del Padre, el discípulo no puede pretender una vida de inmovilidad estática. Toda mudanza, todo giro inesperado en la salud, en la familia o en el trabajo, es una oportunidad que la Providencia permite para cincelar en nosotros la imagen de su Hijo.

5. Preguntas para la reflexión

  • ¿Cómo reacciono ante los imprevistos, los cambios de planes o las situaciones que escapan a mi control? ¿Prevalece en mí la angustia y la queja, o el abandono confiado en las manos de Dios?
  • ¿Tengo verdadera conciencia de que soy peregrino en esta tierra, o vivo acumulando seguridades, honores y bienes como si fuera a quedarme aquí para siempre?
  • ¿Qué significa para mí llevar el «nombre de cristiano» en mis decisiones diarias? ¿Refleja mi vida esa exigencia de «conformidad con Cristo» de la que habla Santa Luisa?

DÍA 6: 
EL AMOR UNITIVO Y LA MUERTE MÍSTICA EN JESÚS

1. Signo

En el centro del espacio de oración, colóquese un crucifijo reclinado sobre un pequeño paño blanco (símbolo del sudario y del despojamiento), y junto a él, un pequeño recipiente con tierra de la cual brote una semilla germinada o una flor viva. Este signo paradójico nos enseña la lógica suprema del Evangelio: en la economía de la gracia divina, morir a nuestro propio egoísmo es el único preámbulo posible para que brote la verdadera vida, aquella que se funde enteramente con el corazón de Cristo.

2. Comentario inicial

Hermanos y hermanas, al avanzar en nuestro itinerario espiritual, llegamos hoy a una de las cumbres más elevadas y exigentes de la vida cristiana: la unión transformante con Dios, descrita a menudo por los santos como «muerte mística». Estas palabras pueden sonarnos lejanas o intimidantes, pero en realidad encierran el anhelo más profundo del alma bautizada. No se trata de una aniquilación destructiva, sino de la liberación definitiva de la tiranía del «yo». Santa Luisa de Marillac comprendió que, para amar plenamente a Dios y a los pobres, debía cesar toda resistencia interior y dejar que fuera únicamente Jesucristo quien pensara, amara y actuara a través de ella. Pidamos hoy la gracia de perder el miedo a entregarlo todo, sabiendo que quien pierde su vida por Cristo, la encuentra multiplicada en la eternidad.

3. Inspiración bíblica

Lectura de la Carta del apóstol San Pablo a los Gálatas (Gál 2, 19-20)

«Pues yo, por la ley, he muerto a la ley, para vivir para Dios. Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que vivo ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí. No anulo la gracia de Dios».

Palabra de Dios.

4. Reflexión

La confesión arrebatadora del apóstol San Pablo —«ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí»— es el horizonte último de la santidad. Es la superación de una fe basada únicamente en el cumplimiento de normas, para adentrarnos en una relación de fusión íntima, donde el discípulo se convierte en un sacramento vivo de su Maestro.

Santa Luisa de Marillac, como alma profundamente mística e inmersa a la vez en la acción, hace eco de este texto paulino con una fuerza sobrecogedora. No teoriza sobre el amor; lo traduce en un programa de vida radical:

«Vivamos, pues, como muertas en Jesucristo y por lo tanto, ya no más resistencia a Jesús, no más acciones que por Jesús, no ya más pensamientos que en Jesús, en una palabra, no ya más vida que para Jesús y el prójimo, para que en este amor unitivo ame yo todo lo que Jesús ama, para que por este amor cuyo centro es el amor eterno de Dios por sus creaturas, alcance de su bondad las gracias que su misericordia quiere concederme» (Escrito E. 69, pág. 783).

Observemos la cadencia casi poética de sus renuncias: «no más resistencia, no más acciones, no más pensamientos…». Santa Luisa identifica con precisión quirúrgica dónde se esconde nuestro egoísmo: en nuestra constante rebeldía frente a la voluntad de Dios, en nuestras obras hechas por vanidad y en nuestros pensamientos centrados en nosotros mismos. La «muerte mística» que ella propone es, en el fondo, una afinación perfecta del alma. Así como un instrumento renuncia a emitir ruidos disonantes para dejarse tocar por las manos del Artista y producir una melodía perfecta, el cristiano renuncia a su voluntad propia para entrar en el «amor unitivo». Y la prueba de fuego de esta unión es clarísima: «amar todo lo que Jesús ama». Quien ha muerto en Jesucristo ya no puede ser indiferente al sufrimiento del prójimo, porque ama a la humanidad con el mismo corazón traspasado del Salvador.

5. Preguntas para la reflexión

  • ¿Cuáles son las «resistencias a Jesús» que aún habitan en mi corazón? ¿Qué apegos, miedos o comodidades me impiden entregarle a Dios el control absoluto de mi vida?
  • Al examinar mis acciones y pensamientos diarios, ¿brotan de la necesidad de afirmar mi propio ego o son un reflejo genuino de los sentimientos de Cristo?
  • ¿Me esfuerzo por alcanzar ese «amor unitivo» que me lleva a amar lo que Jesús ama, interesándome auténticamente por el bienestar espiritual y material de mi prójimo?

DÍA 7: 
LA OBLIGACIÓN DE LA HUMILDAD PROFUNDA

1. Signo

En el espacio de oración, colóquese un pequeño cuenco de barro con tierra seca o ceniza, y junto a él, un recipiente rebosante de agua limpia y cristalina. Este contraste visual nos recuerda la raíz misma de la palabra «humildad» (del latín humus, tierra): por nosotros mismos somos polvo, fragilidad y aridez, pero, al ser tocados y vivificados por el agua viva de la gracia de Dios, somos elevados a la dignidad de instrumentos de su amor infinito.

2. Comentario inicial

Hermanos y hermanas, nos adentramos en el séptimo día de esta novena para contemplar la virtud que es el cimiento insustituible de todo el edificio espiritual: la humildad. En la mentalidad de nuestro mundo, la humildad a menudo se malinterpreta como debilidad, apocamiento o falta de valía. Sin embargo, en la escuela del Evangelio, la humildad es sencillamente caminar en la verdad. Es el reconocimiento luminoso y gozoso de que todo lo bueno que hay en nosotros es puro don, y de que nuestra propia capacidad, separada de Dios, es la nada. Santa Luisa de Marillac, con una sinceridad que estremece, nos invita hoy a mirar nuestro propio origen terrenal, no para hundirnos en la desesperanza, sino para maravillarnos de que el Creador, en su infinita condescendencia, haya querido fijar su mirada en nuestra pequeñez para realizar a través de nosotros sus grandes obras.

3. Inspiración bíblica

Lectura de la Carta del apóstol San Pablo a los Filipenses (Flp 2, 3-8)

«No hagáis nada por rivalidad o vanagloria; antes bien, con humildad, estimad a los demás como superiores a vosotros mismos. No busquéis cada uno su propio interés, sino el de los demás. Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, el cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz».

Palabra de Dios.

4. Reflexión

El sobrecogedor himno cristológico que nos regala San Pablo es la brújula definitiva para comprender la humildad cristiana. El misterio de nuestra fe se resume en esto: Cristo, siendo Dios, desciende. Nosotros, siendo criaturas frágiles, pasamos gran parte de nuestra vida intentando ascender y reclamar tronos, reconocimientos y dignidades que no nos pertenecen.

La exigente advertencia del apóstol —«estimad a los demás como superiores a vosotros mismos»— es recogida por Santa Luisa de Marillac y convertida en regla de oro para la vida de comunidad y el servicio a los más vulnerables. Escuchemos su vibrante interpelación:

«Pues si no os humillarais a la vista de vuestra nada admirándoos de que Dios os haya sacado de la pobreza, de la bajeza, para servirse de vosotras, ¿qué seria de vosotras, mis queridas Hermanas?… Por eso, vosotras y yo, tenemos muchos motivos para humillarnos profundamente, pero con una humildad sólida que os haga estimar a los demás muy por encima de vosotras» (Escrito E. 72, pág. 785).

Santa Luisa nos habla aquí de una «humildad sólida». No se trata de un sentimiento pasajero ni de unas palabras piadosas vacías de contenido, sino de una convicción existencial firme. Al mirar honestamente de dónde nos ha sacado el Señor —de nuestras propias oscuridades, pecados y pobrezas interiores—, desaparece al instante cualquier supuesto derecho a juzgar, corregir con dureza o despreciar al prójimo. El que sirve desde el pedestal de su propio orgullo, termina humillando al hermano que recibe la ayuda, convirtiendo la caridad en una ofensa. Pero quien sirve desde esta «humildad sólida», se arrodilla ante el otro sabiendo que, si no fuera por la inagotable y gratuita misericordia divina, él mismo se encontraría en una miseria aún mayor.

5. Preguntas para la reflexión

  • Al contemplar mi vida, mis virtudes y mis talentos, ¿me apropio de ellos con arrogancia como si fueran logro mío, o reconozco con profunda gratitud que todo es un regalo inmerecido de Dios?
  • Cuando me relaciono con los demás, especialmente con aquellos que me irritan, con los más vulnerables o con los que considero equivocados, ¿los estimo interiormente como inferiores a mí, o practico de corazón el consejo de verlos «muy por encima»?
  • ¿Es mi humildad verdaderamente «sólida», manifestándose en un trato afable, respetuoso y en el silencio frente a los halagos, o es a veces una falsa modestia que en el fondo sigue mendigando el reconocimiento ajeno?

DÍA 8: 
LA FIDELIDAD A LOS REGLAMENTOS COMO SALVAGUARDA

1. Signo

En el lugar dispuesto para la oración, colóquese un pequeño libro abierto (que evoca el Evangelio o las Constituciones) y sobre él un ancla firme, acompañada de una lámpara de aceite encendida. Este signo nos ilustra una profunda verdad espiritual: las reglas y los compromisos no son cadenas que nos atan, sino el ancla que nos sostiene en medio de las tormentas de la inconstancia, y el cauce seguro para que el aceite de nuestro amor no se derrame en vano, sino que mantenga viva la luz de Cristo.

2. Comentario inicial

Hermanos y hermanas, nos acercamos al final de nuestra novena meditando en este octavo día sobre una dimensión que la mentalidad contemporánea suele rechazar: la obediencia a una regla de vida. Hoy en día, a menudo confundimos la libertad con la ausencia de compromisos, viendo cualquier norma como una amenaza a nuestra autonomía. Sin embargo, la sabiduría de los santos nos enseña lo contrario. Las reglas, cuando nacen del Evangelio, son el abrazo protector de Dios frente a nuestra propia fragilidad. Santa Luisa de Marillac, recogiendo la enseñanza de San Vicente de Paúl, nos invita a descubrir que ser fieles a nuestros deberes cotidianos y a nuestras promesas no es una carga pesada, sino la mayor de las salvaguardas para no perder el rumbo del corazón.

3. Inspiración bíblica

Lectura del Santo Evangelio según San Juan (Jn 15, 9-14)

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando»».

Palabra del Señor.

4. Reflexión

En este pasaje sublime, el Señor Jesús desarticula por completo la falsa oposición entre amor y ley. Para Cristo, guardar los mandamientos no es un frío legalismo, sino el hábitat natural donde florece y se preserva el verdadero amor. La obediencia fiel es el camino para que «la alegría llegue a plenitud», pues nos libra de la esclavitud de nuestros estados de ánimo cambiantes.

Santa Luisa de Marillac comprende esta dinámica evangélica a la perfección y se la transmite a sus hijas espirituales como un tesoro inestimable. En su carta a las Hermanas de Angers, recuerda una máxima que es todo un tratado de pedagogía espiritual:

«Supongo que se acuerdan de la promesa que nos hizo al respecto nuestro Muy Honorable Padre [San Vicente de Paúl] en una Conferencia, cuando nos dijo que si guardamos nuestras reglas, ellas nos guardarán. Es mucho decir, porque tenemos necesidad de ser guardadas en varias cosas. Ya ven el poder que tenemos en nuestras manos. Ruego a Nuestro Señor nos conceda la gracia de saber aprovecharlo bien…» (Carta 645, pág. 603).

«Si guardamos nuestras reglas, ellas nos guardarán». Qué profunda humildad encierran las palabras de Santa Luisa al añadir: «tenemos necesidad de ser guardadas en varias cosas». Ella conoce la naturaleza humana; sabe que el fervor inicial se enfría, que el cansancio en el servicio a los pobres acecha, y que las tensiones comunitarias pueden apagar la caridad. En esos momentos de desierto espiritual o de tentación de abandono, no es la emoción la que nos salva, sino la fidelidad al compromiso asumido. La regla de vida —ya sea en la vida consagrada, en las promesas matrimoniales, o en los deberes del cristiano de a pie— actúa como un escudo. Cuando las fuerzas fallan, la fidelidad al deber cotidiano y a las pequeñas normas es el hilo de gracia que nos mantiene unidos a Dios y nos protege de caer en la tibieza.

5. Preguntas para la reflexión

  • ¿Cómo vivo mis deberes cotidianos, mis compromisos familiares, laborales o espirituales? ¿Los veo como una carga agobiante que limita mi libertad, o como el cauce seguro donde Dios quiere santificarme?
  • Cuando me asalta el cansancio, la apatía espiritual o el deseo de abandonar mis buenas resoluciones, ¿me refugio en la fidelidad a la obediencia y a mis promesas, o me dejo arrastrar por el estado de ánimo del momento?
  • ¿Reconozco con humildad, como afirmaba Santa Luisa, que «tengo necesidad de ser guardado/a», y pido a Dios la gracia de perseverar en las pequeñas fidelidades de cada día?

DÍA 9: 
EL DESPRENDIMIENTO DE LOS CARGOS Y EL MANDO

1. Signo

En el centro del lugar de oración, a los pies de la cruz o de la imagen de Santa Luisa, colóquese un manojo de llaves (símbolo tradicional de la administración, el control y la autoridad) junto a una jofaina y una toalla blanca y sencilla. Este signo dual nos sitúa ante la paradoja del liderazgo cristiano: toda autoridad que recibimos en este mundo debe ser rendida ante Dios y transformada en la toalla del servicio humilde, recordando que no somos dueños de la viña, sino simples obreros.

2. Comentario inicial

Hermanos y hermanas, llegamos a la culminación de nuestra novena abordando la que quizá sea la prueba de fuego más difícil para el corazón humano y el discípulo de Cristo: soltar el poder. Con frecuencia, disfrazamos nuestro apego al mando bajo la excusa del celo pastoral, de la responsabilidad familiar o de la eficiencia en el trabajo. Llegamos a creer que somos indispensables, atando nuestra identidad a los cargos que ocupamos. En este último día, Santa Luisa de Marillac nos entrega su testamento espiritual de suprema libertad: la renuncia voluntaria al afán de control. El verdadero servidor de Dios sabe dar un paso al costado en silencio, con la profunda paz de quien reconoce que la obra no es suya, sino del Creador. Pidamos hoy la gracia del desprendimiento total para ser siervos inútiles pero infinitamente amados.

3. Inspiración bíblica

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos (Mc 10, 42-45)

«Jesús los llamó y les dijo: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos»».

Palabra del Señor.

4. Reflexión

El Evangelio invierte radicalmente la pirámide del poder humano. Para el mundo, la grandeza se mide por la cantidad de personas que uno tiene a su cargo; para Cristo, la grandeza se mide por la cantidad de personas a las que uno está dispuesto a lavarle los pies. La autoridad, en el léxico del Reino de los Cielos, no es dominio, sino diakonía (servicio).

Santa Luisa de Marillac, quien fuera cofundadora y superiora de la Compañía de las Hijas de la Caridad, ejerció una gran autoridad en su tiempo. Sin embargo, su grandeza teológica radica precisamente en su negativa a adueñarse de esa autoridad. Escuchemos la estremecedora sinceridad de su alma al meditar sobre la dirección espiritual:

«Mucho he deseado imitarle en el abandono total y voluntario de todas las cosas y en especial en el desprecio de todo empleo que lleve consigo mando; trataré de verme libre de ello antes de mi muerte o más bien durante mi vida, ya que no tengo ningún interés en (saber) quién ha de ocupar mi puesto cuando las cosas deban alejarme de él, debiendo estar convencida de que Dios es el Dueño absoluto de la dirección de las almas» (Escrito E. 58, pág. 765).

¡Qué majestuosa lección de libertad interior! Luisa anhela «el desprecio de todo empleo que lleve consigo mando» para imitar el despojamiento total de Jesús. Pero va más allá y ataca la raíz misma de nuestra vanidad: la ansiedad por la sucesión. Muchas veces decimos estar dispuestos a dejar un cargo, siempre y cuando podamos elegir a quién dejárselo, para asegurarnos de que nuestro legado perdure. Santa Luisa corta de raíz esta tentación afirmando tajantemente: «no tengo ningún interés en saber quién ha de ocupar mi puesto». ¿Por qué tanta ligereza de equipaje? Por una convicción teológica inamovible: «Dios es el Dueño absoluto de la dirección de las almas». Cuando creemos de verdad que es el Espíritu Santo quien gobierna a la Iglesia, a nuestras familias y nuestras obras de caridad, desaparece la angustia. Soltar el timón ya no es un fracaso, sino el acto supremo de fe y adoración a la Providencia divina.

5. Preguntas para la reflexión

  • ¿Ato mi valor personal, mi autoestima o mi identidad cristiana a los cargos, títulos o responsabilidades que ejerzo en mi comunidad, trabajo o familia?
  • ¿Sufro de «síndrome de salvador», creyendo en el fondo que las cosas solo saldrán bien si yo estoy al mando y controlo cada detalle?
  • ¿Estoy dispuesto a dar un paso al costado con paz y alegría, permitiendo que otros asuman el liderazgo, confiando en que «Dios es el Dueño absoluto» de su propia obra?

CANTOS EN HONOR A SANTA LUISA DE MARILLAC

  1. Santa Luisa Mujer de alegría

Coro: 

Santa Luisa, mujer de alegría, 

madre del pobre, del niño y del pan, 

llena de entrega, fuego de vida, 

danos tu luz para caminar. 

I: 

Fuiste sonrisa en medio del llanto, 

voz que consuela, manos de amor; 

junto al Vicente sembraste canto 

donde reinaba frío y dolor. 

II: 

Tu fe sencilla fue misionera, 

tu corazón, hogar y taller; 

hiciste vino de la tinaja, 

servicio puro, dulce y fiel. 

III: 

Hoy tu memoria sigue encendida, 

como lucero en la oscuridad; 

¡Santa Luisa, mujer bendita!, 

siembra esperanza y dignidad. 

  • Gloria a Dios que en Luisa brilló. 

Coro: 

¡Gloria a Dios que en Luisa brilló, 

fiel sembradora del amor! 

Con Vicente anunció redención, 

y a los pobres sirvió con pasión. 

I: 

Mujer valiente, llena de fe, 

Madre de almas, espejo de bien. 

Con san Vicente alzó su voz, 

clamando vida, esperanza y Dios. 

II:

En cada herida vio a su Señor, 

y en cada lágrima un nuevo sol. 

Fundó caminos de caridad, 

luz para el mundo y la humanidad. 

III:

Junto a María supo cantar, 

“hágase en mí” y servir sin cesar. 

Hoy su familia sigue su ardor, 

corazones en misión de amor. 

  • Santa Luisa mujer de caridad.

Coro: 

Oh Santa Luisa, mujer de caridad, 

Guíanos siempre con tu santidad. 

Maestra en la fe, apóstol del amor, 

Muéstranos hoy al buen Salvador. 

I: 

Modelo de fe, mujer creyente, 

Misionera fiel, luz entre la gente. 

Llevaste a Cristo con celo ardoroso, 

Sembrando el amor más generoso. 

II: 

En el altar hallaste sentido, 

A Jesús diste tu abrigo. 

Que tu ejemplo nos guíe y anime, 35 

A mostrar al mundo al Cristo que redime. 

III:

Fuiste esposa, madre y consuelo, 

Con oración edificaste tu cielo. 

Tu hogar fue como el de Nazaret, 

Refugio de paz, de gracia y fe. 

IV:

Mística ardiente, alma orante, 

Al Maestro amaste en cada instante. 

Y en noches oscuras, de fiel esperanza, 

Le diste tu vida, cual santa alabanza. 

  • Luisa mujer de profecía

Versión 1: https://www.youtube.com/watch?v=svL6LOx4-J0

 Versión 2: https://www.youtube.com/watch?v=-0UYvT4WVig

I: 

Luisa santa, madre de los rotos, 

de los sin pan, sin techo ni ilusión, 

alzaste el grito, restauraste votos, 

despertaste en la historia la misión. 

No te bastó el consuelo sin justicia: 

hiciste amor la ley y la noticia. 

Coro: 

¡Santa Luisa, fuego del oprimido, 

voz de los cuerpos que el mundo negó! 

Haz que tu ejemplo sea el camino 

de una Iglesia que sirve y ama. 

Llévanos hoy, con tu valentía, 

a construir Reino y profecía. 

II: 

La caridad sin lucha no es camino, 

ni el dar sin ver la causa del dolor. 36 

Tú comprendiste al pobre como hermano, 

no por piedad, sino por su valor. 

Tu fe buscó cambiar la misma tierra, 

romper cadenas, desarmar la guerra. 

III:

Junto a Vicente viste la injusticia 

tejer su red en nombre del poder. 

Y con los pobres armaste la Iglesia: 

la del amor, la que sabe perder. 

No de los tronos vino tu palabra, 

sino del llanto que el amor desarma.

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