¿Cuándo nació la Iglesia? ¿En la cruz, en la pascua o en Pentecostés?

¿Cuándo nació la Iglesia? ¿En la cruz, en la pascua o en Pentecostés?

Preguntar por el nacimiento de la Iglesia es entrar en uno de los misterios más bellos de la fe católica. No se trata solamente de buscar una fecha en el calendario, como si la Iglesia hubiese comenzado del mismo modo en que se funda una empresa, una asociación humana o una institución política. La Iglesia nace del misterio de Cristo. Por eso su origen no puede entenderse desde una mirada puramente histórica, sino desde la historia de la salvación.

La respuesta más profunda no enfrenta la Cruz contra Pentecostés. Tampoco reduce todo a un único instante separado del resto de la obra redentora. La Iglesia nace del amor de Cristo entregado hasta el extremo, se alimenta de su Pascua, recibe la vida del Espíritu Santo y se manifiesta públicamente en Pentecostés como comunidad enviada a evangelizar.

Por eso, la pregunta no debería formularse como si hubiera que escoger entre dos respuestas enemigas: “¿la Iglesia nació el Viernes Santo o nació en Pentecostés?”. La pregunta más católica sería: ¿cómo quiso Dios hacer nacer a su Iglesia? Y la respuesta es luminosa: la Iglesia fue preparada en la historia de Israel, fundada por Cristo, engendrada en su misterio pascual y manifestada al mundo por la efusión del Espíritu Santo.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que Cristo preparó y edificó su Iglesia con sus palabras y obras, pero afirma de manera muy clara que la Iglesia “ha nacido principalmente del don total de Cristo por nuestra salvación”, don anticipado en la Eucaristía y realizado en la cruz. El mismo número del Catecismo recuerda el signo del agua y la sangre que brotan del costado abierto de Jesús crucificado como señal de ese comienzo y crecimiento de la Iglesia.  

Aquí aparece una imagen profundamente bíblica y espiritual: del costado abierto de Cristo nace la Iglesia. Así como Eva fue formada del costado de Adán dormido, la tradición cristiana ha visto en Cristo dormido en la cruz al nuevo Adán, de cuyo costado nace la nueva Eva, la Iglesia, su Esposa. No se trata de una imagen poética sin fundamento, sino de una lectura teológica muy antigua, asumida por la liturgia, el Concilio Vaticano II y el Catecismo.

La constitución Sacrosanctum Concilium del Vaticano II dice que del costado de Cristo dormido en la cruz nació el admirable sacramento de toda la Iglesia. Y añade que, después de la Pascua, Cristo envió a los apóstoles llenos del Espíritu Santo para predicar el Evangelio y realizar la obra de la salvación mediante el sacrificio y los sacramentos. El mismo texto conciliar afirma que en Pentecostés la Iglesia se manifestó al mundo.  

Por tanto, la Cruz y Pentecostés no se excluyen. La Cruz es fuente. Pentecostés es manifestación. La Cruz es el lugar donde Cristo entrega su vida por la Iglesia. Pentecostés es el momento en que el Espíritu Santo impulsa a la Iglesia a salir al mundo. En la Cruz, Cristo ama a la Iglesia hasta entregarse por ella. En Pentecostés, el Espíritu Santo la llena de vida, unidad, valentía y misión.

La Iglesia no nace de una idea, sino de una entrega

La Iglesia no nace de una estrategia humana, ni de una reunión administrativa, ni de un proyecto sociológico. Nace del costado abierto de Jesucristo. Nace del amor crucificado. Nace de la obediencia del Hijo al Padre. Nace de la sangre redentora y del agua vivificante que brotan del Crucificado.

San Pablo lo expresa de manera admirable cuando dice que Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla. Esta afirmación es esencial. La Iglesia no es una simple agrupación de personas que tienen intereses religiosos semejantes. La Iglesia es la Esposa amada por Cristo, purificada por su entrega y llamada a vivir de su mismo amor.

Por eso, cuando contemplamos a Jesús crucificado, no vemos solamente el drama de un justo condenado injustamente. Vemos el misterio del Esposo que se entrega por su Esposa. Vemos al nuevo Adán dormido en el árbol de la Cruz. Vemos el nacimiento sacramental de la Iglesia. Vemos la fuente de la Eucaristía, del Bautismo, del perdón, de la comunión y de la misión.

El agua y la sangre del costado de Cristo tienen una densidad inmensa. La sangre remite al sacrificio, a la Eucaristía, al precio de la redención. El agua remite a la vida nueva, al Bautismo, al Espíritu, a la purificación. En ese costado abierto, la Iglesia contempla su origen más íntimo: no nació de la fuerza, sino del amor; no nació del poder humano, sino de la entrega divina; no nació de la violencia de los hombres, sino de la misericordia de Dios.

El Concilio Vaticano II, en Lumen Gentium, enseña que el comienzo y crecimiento de la Iglesia están simbolizados en la sangre y el agua que manaron del costado abierto de Cristo crucificado, relacionando este misterio con la palabra del Señor: “Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”.  

Esto permite comprender que la Iglesia nace de la atracción del Crucificado. Cristo elevado en la Cruz atrae a todos hacia sí. La Iglesia no nace para encerrarse en sí misma, sino para reunir a los hijos dispersos de Dios. En la Cruz se revela el amor que convoca, perdona, reconcilia y forma un pueblo nuevo.

La Iglesia fue preparada desde antiguo

Sin embargo, sería insuficiente decir que la Iglesia nace solamente en el Calvario si con ello olvidáramos toda la pedagogía de Dios en la historia. La Iglesia tiene una preparación larga y misteriosa. Dios no improvisa su plan. Desde la creación, desde la elección de Abraham, desde la alianza con Israel, desde los profetas, desde el templo, desde la promesa de una alianza nueva, Dios fue preparando el nacimiento del nuevo Pueblo de Dios.

El Catecismo resume esta visión de manera preciosa: la Iglesia es al mismo tiempo camino y término del designio de Dios; fue prefigurada en la creación, preparada en la Antigua Alianza, fundada por las palabras y obras de Jesucristo, realizada por su Cruz y Resurrección, y manifestada por la efusión del Espíritu Santo.  

Esta síntesis es fundamental. La Iglesia no aparece de la nada. Está dentro del designio eterno del Padre. En ella culmina una historia de amor y de elección. Israel no es un accidente en la historia de la salvación, sino el pueblo en el que Dios preparó la venida del Mesías. La Iglesia no sustituye de manera superficial esa historia, sino que recibe en Cristo el cumplimiento de las promesas hechas por Dios.

Por eso, cuando hablamos del nacimiento de la Iglesia, debemos hacerlo con mirada amplia. La Iglesia está prefigurada en la creación, porque Dios creó al ser humano para la comunión. Está preparada en la Antigua Alianza, porque Dios eligió un pueblo y lo formó en la fe. Está anunciada por los profetas, que hablaron de una alianza nueva escrita en los corazones. Está fundada por Jesús, que llama a los Doce, anuncia el Reino, instituye la Eucaristía y confía a Pedro una misión particular. Está realizada en la Pascua, donde Cristo muere y resucita. Y se manifiesta en Pentecostés, cuando el Espíritu Santo desciende sobre los apóstoles.

Jesús fundó la Iglesia durante su vida pública

También es importante decir que la Iglesia no comienza únicamente después de la muerte de Jesús, como si durante su vida pública no hubiera ocurrido nada decisivo. Jesús no fue un maestro solitario que dejó algunas ideas y luego sus seguidores inventaron una comunidad. Jesús anunció el Reino de Dios, llamó discípulos, eligió a los Doce, dio a Pedro una misión singular, instituyó la Eucaristía, enseñó a orar, envió a predicar, prometió el Espíritu Santo y habló explícitamente de su Iglesia.

Cuando el Señor dice a Pedro: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”, está revelando que la Iglesia pertenece a su proyecto. No dice “una iglesia” cualquiera, ni una comunidad puramente invisible, sino “mi Iglesia”. La Iglesia es de Cristo. Él la edifica. Él la sostiene. Él la guía. Él la ama. Él la purifica.

La elección de los Doce tampoco es casual. Tiene un valor profundamente simbólico y teológico. Así como Israel estaba formado por doce tribus, Jesús reúne en torno a sí a los Doce como fundamento visible del nuevo Pueblo de Dios. En ellos se manifiesta la continuidad y la novedad: continuidad con las promesas de Israel y novedad de la alianza sellada en la sangre de Cristo.

La Última Cena también es decisiva. Allí Jesús instituye la Eucaristía, anticipa sacramentalmente su sacrificio y entrega a la Iglesia el memorial de su Pascua. Antes de derramar su sangre en la Cruz, la ofrece sacramentalmente en el Cenáculo. Por eso el Catecismo dice que el nacimiento de la Iglesia fue anticipado en la institución de la Eucaristía y realizado en la Cruz.  

En la Eucaristía, la Iglesia recibe su alimento, su forma y su centro. No hay Iglesia sin Eucaristía, porque la Iglesia vive del Cuerpo entregado y de la Sangre derramada del Señor. La Iglesia no se reúne simplemente alrededor de una idea, sino alrededor de una mesa, de un sacrificio, de una presencia real, de un misterio pascual que se actualiza sacramentalmente.

La Cruz: el nacimiento desde el costado abierto

El Viernes Santo es central para comprender el origen de la Iglesia. Allí Cristo entrega su vida. Allí se consuma su obediencia. Allí se revela el amor más grande. Allí se cumple la redención. Allí el Cordero de Dios quita el pecado del mundo. Allí el nuevo templo es abierto. Allí brotan la sangre y el agua.

Por eso, afirmar que la Iglesia nace de la Cruz no es una opinión marginal ni una exageración devocional. Es enseñanza profundamente católica. El Catecismo, el Vaticano II y la tradición litúrgica hablan del costado abierto de Cristo como lugar del comienzo y crecimiento de la Iglesia.  

La Iglesia, entonces, no nace en primer lugar de la palabra de los apóstoles, sino de la entrega de Cristo. Los apóstoles predicarán, bautizarán, celebrarán la Eucaristía y formarán comunidades, pero todo eso será fruto de una fuente anterior: el misterio pascual del Señor. Antes de que Pedro predique en Pentecostés, Cristo ya ha muerto y resucitado. Antes de que tres mil personas reciban el bautismo, Cristo ya ha derramado su sangre. Antes de que la Iglesia salga a las plazas, ya ha nacido del amor crucificado.

La Cruz es, por decirlo así, el seno doloroso y fecundo de la Iglesia. En ella se realiza la entrega nupcial de Cristo. En ella se abren las fuentes sacramentales. En ella el amor vence al pecado. En ella el perdón es ofrecido incluso a los enemigos. En ella se inaugura una humanidad nueva reconciliada con Dios.

Por eso la Iglesia nunca puede olvidar la Cruz. Cuando olvida la Cruz, se vuelve mundana. Cuando olvida el costado abierto, se convierte en simple estructura. Cuando olvida la sangre de Cristo, reduce la fe a moralismo o activismo. Cuando olvida que nació del amor crucificado, pierde su alma.

La Resurrección: la Iglesia vive porque Cristo vive

Pero la Iglesia no nace de un muerto vencido. Nace del Crucificado que ha resucitado. La Pascua es indispensable. Si Cristo no hubiera resucitado, no habría Iglesia en sentido pleno, porque la comunidad cristiana no sería testigo de una vida nueva, sino memoria triste de un ajusticiado.

La Resurrección transforma el miedo en esperanza. Los discípulos, dispersos y confundidos después de la Pasión, son reunidos por el Resucitado. Jesús se aparece a ellos, les muestra sus llagas, les da la paz y sopla sobre ellos el Espíritu Santo. En el Evangelio de Juan, este gesto tiene una profundidad inmensa: el Resucitado comunica el Espíritu, perdona, recrea, restaura y envía.

San Juan Pablo II, en Dominum et Vivificantem, explica que Pentecostés manifiesta definitivamente lo que había ocurrido ya en el Cenáculo el domingo de Pascua, cuando Cristo resucitado dio el Espíritu a los apóstoles diciendo: “Recibid el Espíritu Santo”.  

Esto nos ayuda a evitar una lectura demasiado simplista. No se puede separar artificialmente Viernes Santo, Pascua y Pentecostés. Son momentos distintos, pero pertenecen al único misterio pascual. El Hijo entrega su vida en la Cruz, el Padre lo resucita, y el Espíritu Santo es derramado sobre la Iglesia. La Iglesia nace de la Pascua completa de Cristo.

La Iglesia no es simplemente la comunidad del Viernes Santo, como si viviera solo de dolor. Tampoco es solamente la comunidad de Pentecostés, como si viviera solo de entusiasmo. Es la comunidad pascual: nace de la Cruz, vive de la Resurrección y camina con el fuego del Espíritu Santo.

Pentecostés: la manifestación pública de la Iglesia

Ahora bien, si la Iglesia nace del costado abierto de Cristo, ¿por qué se dice con tanta frecuencia que Pentecostés es el nacimiento de la Iglesia? La respuesta es sencilla: porque en Pentecostés la Iglesia aparece públicamente, recibe la fuerza misionera del Espíritu y comienza a dar testimonio ante el mundo.

San Juan Pablo II lo explicó con gran precisión en su audiencia general del 30 de agosto de 1989: el día de Pentecostés, la Iglesia, surgida de la muerte redentora de Cristo, se manifiesta al mundo por obra del Espíritu Santo.  

Esta frase es clave porque une las dos dimensiones: la Iglesia surge de la muerte redentora de Cristo y se manifiesta al mundo en Pentecostés. No hay contradicción. Hay continuidad. La Cruz es el origen redentor; Pentecostés es la manifestación eclesial y misionera.

Pentecostés es el día en que la Iglesia deja de estar encerrada. Los discípulos, que antes tenían miedo, salen a anunciar a Cristo. Las lenguas se desatan. La confusión de Babel comienza a ser sanada por el lenguaje universal del Evangelio. La comunidad apostólica se vuelve visible. Pedro predica. Muchos escuchan. Muchos se convierten. La Iglesia comienza a extenderse.

El Papa Francisco, en el Regina Coeli del 8 de junio de 2014, afirmó que Pentecostés marca el nacimiento de la Iglesia y su manifestación pública. Añadió que donde llega el Espíritu de Dios, todo renace y se transfigura.  

Esa expresión es muy importante: “nacimiento y manifestación pública”. Pentecostés no debe entenderse como si antes no existiera nada, sino como el momento en que la Iglesia, ya nacida del misterio de Cristo, aparece ante el mundo como comunidad evangelizadora, animada por el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo no es un adorno: es el alma de la Iglesia

Pentecostés nos recuerda que la Iglesia no puede vivir sin el Espíritu Santo. El Espíritu no es una fuerza decorativa, ni una emoción religiosa pasajera, ni una simple energía de entusiasmo comunitario. El Espíritu Santo es Dios. Es el Señor y dador de vida. Es quien conduce a la Iglesia, la santifica, la unifica, la rejuvenece y la envía.

Sin el Espíritu Santo, la Iglesia se convertiría en una institución pesada, encerrada en sí misma, incapaz de evangelizar con fuego. Sin el Espíritu Santo, la doctrina se vuelve letra fría, la liturgia se vuelve rito vacío, la pastoral se vuelve estrategia sin alma, la caridad se vuelve filantropía sin Evangelio y la misión se vuelve propaganda.

Pentecostés es la irrupción de Dios en la fragilidad de los discípulos. Aquellos hombres no eran poderosos. No tenían prestigio social. No tenían un ejército. No tenían influencia política. Muchos de ellos habían huido en la hora de la Cruz. Pedro había negado al Maestro. Tomás había dudado. Los demás estaban encerrados por miedo. Y, sin embargo, el Espíritu Santo los transforma en testigos.

La Iglesia nace, por tanto, marcada por una paradoja: es frágil en sus miembros, pero fuerte por el Espíritu; pobre en medios humanos, pero rica en gracia; perseguida por el mundo, pero sostenida por Cristo; herida por el pecado de sus hijos, pero santa por la presencia de Dios en ella.

El Espíritu Santo no elimina la humanidad débil de la Iglesia, pero la transfigura. No convierte a los apóstoles en superhombres, sino en testigos. No les quita la historia, la memoria, el temperamento ni las heridas, pero los llena de una fuerza nueva. Pentecostés no borra la Cruz; la anuncia. No reemplaza el Calvario; lo proclama. No inventa otro Cristo; da testimonio del Crucificado-Resucitado.

María: al pie de la Cruz y en el Cenáculo

Hay un detalle bellísimo que no puede pasar desapercibido: María está presente en los dos momentos decisivos. Está al pie de la Cruz, cuando Cristo entrega su vida y del costado abierto brotan sangre y agua. Y está en el Cenáculo, orando con los apóstoles, cuando el Espíritu Santo desciende sobre la Iglesia naciente.

María no ocupa el lugar de Cristo ni sustituye al Espíritu Santo. Pero está allí como Madre. En el Calvario recibe una nueva maternidad: “Ahí tienes a tu hijo”. En el Cenáculo acompaña con su oración a la comunidad apostólica. Por eso la Iglesia la invoca con razón como Madre de la Iglesia.

Lumen Gentium presenta a María unida a la Iglesia naciente, acompañándola con su oración. El documento pide que los fieles acudan a la Madre de Dios para que ella, que ayudó con sus oraciones a la Iglesia que nacía, siga intercediendo ante su Hijo.  

María es memoria viva de la Iglesia. Ella nos enseña que la Iglesia nace de la escucha, de la fe, de la disponibilidad, del dolor ofrecido y de la oración perseverante. En la Anunciación, María acoge al Verbo. En la Cruz, permanece fiel junto al Hijo. En Pentecostés, ora con los apóstoles. Toda su vida está unida al misterio de Cristo y al nacimiento de la comunidad creyente.

Por eso, cuando celebramos Pentecostés, no podemos olvidar a María. Ella no es una espectadora secundaria. Es la Madre que acompaña a los discípulos en la espera del Espíritu. Es la mujer creyente que sostiene la oración de la Iglesia. Es la discípula perfecta que nos enseña a recibir al Espíritu con humildad y disponibilidad.

No hay Iglesia sin Cruz, y no hay misión sin Pentecostés

Uno de los errores más frecuentes es separar lo que Dios ha unido. Algunos podrían insistir tanto en la Cruz que olvidan Pentecostés. Otros podrían hablar tanto de Pentecostés que olvidan la Cruz. Pero la fe católica no opone ambos misterios. Los contempla unidos.

Sin la Cruz, Pentecostés se convertiría en entusiasmo sin redención. Sin Pentecostés, la Cruz quedaría sin anuncio público hasta los confines de la tierra. Sin la Pascua, la Iglesia no tendría vida. Sin el Espíritu, no tendría impulso. Sin la Eucaristía, no tendría alimento. Sin los apóstoles, no tendría fundamento visible. Sin María, perdería el rostro materno de la fe.

La Iglesia nace de Cristo y vive del Espíritu. Cristo es su Cabeza; el Espíritu es su alma. Cristo la funda; el Espíritu la vivifica. Cristo la redime; el Espíritu la santifica. Cristo la envía; el Espíritu la impulsa. Cristo la alimenta con su Cuerpo; el Espíritu la une en comunión.

Por eso, decir que la Iglesia nació en Pentecostés es correcto si entendemos que hablamos de su manifestación pública y misionera. Y decir que nació del costado abierto de Cristo en la Cruz también es correcto si entendemos que hablamos de su origen redentor y sacramental. Lo incorrecto sería enfrentar estas dos verdades como si una negara a la otra.

La Iglesia no nació de una discusión entre fechas. Nació de un misterio de amor.

La Iglesia nace para evangelizar

Pentecostés muestra que la Iglesia no nace para encerrarse, sino para salir. El Espíritu Santo abre las puertas. Los apóstoles pasan del miedo al testimonio. La comunidad se vuelve misionera. Pedro anuncia a Cristo muerto y resucitado. La Palabra toca los corazones. Muchos se convierten. La Iglesia comienza a crecer.

Esto significa que la Iglesia nace evangelizadora. No evangeliza como una actividad secundaria, sino como expresión de su identidad más profunda. Una Iglesia sin misión se enferma. Una Iglesia encerrada traiciona Pentecostés. Una Iglesia sin anuncio olvida el fuego del Espíritu.

Pero la misión de la Iglesia no es imponer, sino testimoniar. No es conquistar por la fuerza, sino atraer por la verdad y la caridad. No es vender una idea religiosa, sino anunciar una Persona viva: Jesucristo, muerto y resucitado.

Pentecostés también enseña que la evangelización debe hablar todos los lenguajes. En Jerusalén había pueblos diversos, lenguas distintas, culturas distintas. Y todos escuchaban las maravillas de Dios. El Espíritu no destruye la diversidad; la reúne en la comunión. La Iglesia es católica porque es universal, porque está llamada a anunciar a Cristo a todos los pueblos, sin encerrarse en una sola cultura, nación o sensibilidad.

Aquí hay una enseñanza muy actual: la Iglesia debe seguir hablando los lenguajes de cada época sin traicionar el Evangelio. Debe anunciar a Cristo en los templos, en las casas, en las calles, en las periferias, en la cultura, en la educación, en el mundo digital. Pentecostés no fue un acontecimiento para formar cristianos cómodos, sino discípulos misioneros.

El nacimiento de la Iglesia continúa en cada generación

Aunque hablamos del nacimiento de la Iglesia como acontecimiento de la historia de la salvación, también podemos decir que Pentecostés sigue actualizándose en la vida de la Iglesia. No porque el acontecimiento original se repita de la misma manera, sino porque el Espíritu Santo sigue renovando, santificando y enviando al Pueblo de Dios.

Cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía, vuelve a la fuente de su nacimiento: el sacrificio de Cristo. Cada vez que bautiza, brota vida nueva del misterio pascual. Cada vez que anuncia el Evangelio, prolonga la misión de Pentecostés. Cada vez que perdona los pecados, hace presente la misericordia del Resucitado. Cada vez que sirve a los pobres, manifiesta el amor de Cristo.

La Iglesia nace del costado de Cristo, pero ese nacimiento da frutos a lo largo de la historia. Nace en la Cruz, se manifiesta en Pentecostés y sigue creciendo en cada comunidad donde la fe es anunciada, celebrada y vivida. La Iglesia nace allí donde Cristo es acogido, donde el Espíritu transforma los corazones, donde la Eucaristía edifica la comunión y donde la caridad hace visible el Evangelio.

Por eso, hablar del nacimiento de la Iglesia no es solo mirar al pasado. Es preguntarnos también si hoy vivimos como Iglesia nacida de la Cruz y encendida por Pentecostés. ¿Somos una Iglesia que vive del amor crucificado? ¿Somos una Iglesia abierta al Espíritu Santo? ¿Somos una Iglesia misionera? ¿Somos una Iglesia que ora con María? ¿Somos una Iglesia que sale del encierro para anunciar a Cristo?

Conclusión: la Iglesia nace del Corazón de Cristo y camina con el fuego del Espíritu

Entonces, ¿cuándo nació la Iglesia?

La Iglesia fue pensada desde el designio eterno de Dios. Fue preparada en la historia de Israel. Fue fundada por Cristo con sus palabras, obras y elección de los apóstoles. Fue anticipada sacramentalmente en la Eucaristía. Fue engendrada en el misterio pascual, especialmente en la entrega de Cristo en la Cruz. Fue vivificada por el Resucitado. Y fue manifestada públicamente en Pentecostés por la efusión del Espíritu Santo.

Por eso, no hay que escoger entre Cruz y Pentecostés como si fueran dos respuestas contrarias. La Cruz y Pentecostés pertenecen al mismo misterio. La Iglesia nace del amor entregado de Cristo y se manifiesta al mundo por el poder del Espíritu Santo.

La Cruz es la fuente.
La Resurrección es la vida nueva.
Pentecostés es la manifestación y el impulso misionero.
La Eucaristía es el alimento permanente.
El Espíritu Santo es el alma que la vivifica.
María es la Madre que acompaña su nacimiento y su misión.

Decir que la Iglesia nació en Pentecostés es verdadero si entendemos que allí se manifestó públicamente y comenzó su misión universal. Decir que la Iglesia nació del costado abierto de Cristo también es verdadero si entendemos que allí está su origen redentor y sacramental. Ambas afirmaciones no se contradicen: se complementan.

La Iglesia no nació de una ideología.
No nació de una votación.
No nació de una estrategia humana.
No nació de una emoción colectiva.

La Iglesia nació del Corazón traspasado de Cristo.
Nació de la sangre y el agua del Crucificado.
Nació de la Pascua del Señor.
Nació encendida por el Espíritu Santo.
Nació para anunciar al mundo que Jesús vive.

Y por eso, cada Pentecostés, la Iglesia vuelve a recordar quién es: una comunidad nacida del amor de Cristo, reunida en torno a María, llena del Espíritu Santo y enviada a llevar el Evangelio hasta los confines de la tierra.

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