Beato Nicolás Colin, C.M.

Beato Nicolás Colin, C.M.

El beato Nicolás Colin dedicó más de dos décadas a las misiones populares y a la predicación. Expulsado de su parroquia por no aceptar la Constitución civil del clero, afrontó el exilio interior, la prisión y finalmente el martirio.

Nacimiento: 12 de diciembre de 1730, Grenant, Francia
Familia: Congregación de la Misión
Martirio: 3 de septiembre de 1792, París
Memoria litúrgica: 2 de septiembre

Entre los mártires vicentinos de la Revolución francesa, la figura del beato Nicolás Colin, C.M., posee una particular fuerza espiritual. Fue misionero, predicador, sacerdote de larga experiencia pastoral y párroco durante casi dos décadas. No llegó al martirio después de una vida alejada de las preocupaciones de su tiempo, sino después de haber conocido de cerca la sociedad francesa del siglo XVIII, de haber predicado durante años, de haber acompañado a comunidades cristianas y de haber intentado discernir hasta dónde podía un sacerdote aceptar las transformaciones políticas sin traicionar aquello que pertenecía a su conciencia y a la comunión de la Iglesia. Esa dimensión hace que su historia sea mucho más rica que la afirmación habitual de que simplemente «se negó a prestar juramento». 

De Grenant a la casa de San Lázaro

Nicolás Colin nació el 12 de diciembre de 1730 en Grenant, pequeña población perteneciente entonces a la diócesis de Langres, en la actual Haute-Marne francesa. La documentación interna de la Congregación de la Misión permite seguir con bastante precisión el comienzo de su vocación vicentina: el 20 de mayo de 1747, cuando todavía no había cumplido diecisiete años, fue recibido en el seminario de San Lázaro de París, la Casa Madre de los hijos de san Vicente de Paúl. Dos años más tarde, el 21 de mayo de 1749, emitió sus votos en la Congregación. 

Entrar en San Lázaro significaba incorporarse a una comunidad cuya identidad estaba profundamente marcada por las misiones populares, la evangelización de las poblaciones rurales, la formación del clero y el servicio pastoral. Colin se formó en esa tradición cuando la memoria de san Vicente todavía era relativamente cercana: apenas habían transcurrido ochenta y siete años desde la muerte del fundador. Su espiritualidad sacerdotal se desarrolló, por tanto, dentro de una Congregación que entendía la predicación no como una exhibición de erudición, sino como un instrumento para acercar el Evangelio a la vida concreta del pueblo.

No conocemos con seguridad la fecha exacta de su ordenación sacerdotal. Algunas fuentes locales posteriores proponen fechas que no encajan perfectamente con la cronología conservada por la Congregación, pues los archivos vicentinos lo sitúan ya vinculado a Saint-Louis de Versalles desde 1754. Por eso resulta más responsable no fijar una fecha de ordenación mientras no aparezca documentación primaria suficientemente sólida. Lo que sí está bien establecido es su ingreso en 1747, sus votos en 1749 y su posterior larga presencia en Versalles. 

Dieciséis años de ministerio en Versalles

Desde 1754 hasta 1770, Nicolás Colin estuvo destinado a la parroquia de Saint-Louis de Versalles, confiada entonces a la Congregación de la Misión. Fueron dieciséis años de ministerio pastoral en una ciudad especialmente significativa dentro de la Francia del Antiguo Régimen, pues Versalles no era solamente una población importante: era el centro político de la monarquía y el espacio en torno al cual gravitaba buena parte de la corte francesa. 

Las tradiciones vicentinas destacan en Colin sus cualidades de predicador. La Postulación General de la Congregación habla de unos veintidós años de ministerio misionero y de la fama que adquirió por su capacidad para la predicación. Algunas historias regionales llegan a afirmar que predicó en presencia de la corte, aunque este detalle procede de fuentes locales posteriores y debe utilizarse con mayor cautela. Lo que sí puede sostenerse con seguridad es que Colin fue reconocido como un sacerdote experimentado en el ministerio de la palabra y que, cuando abandonó Versalles, llevaba ya más de veinte años dentro de la Congregación de la Misión. 

Su prolongada estancia en Saint-Louis revela también algo importante sobre su perfil espiritual. Nicolás Colin no fue principalmente un sacerdote dedicado a cargos de gobierno ni un académico encerrado en una institución. Su lugar fue durante muchos años la pastoral ordinaria. Allí tuvo que predicar, celebrar, confesar, acompañar enfermos, atender familias y afrontar todas aquellas realidades poco espectaculares que constituyen la vida diaria de una parroquia. Esa experiencia será fundamental para comprender lo que hará después en Genevrières.

El regreso a la diócesis de Langres

En 1770 fue nombrado obispo de Langres César-Guillaume de La Luzerne, eclesiástico que muchos años después, en 1817, sería creado cardenal. Las fuentes vicentinas señalan que La Luzerne apreciaba especialmente las cualidades de Colin y quiso contar con él dentro de su diócesis. Fue así como el misionero terminó haciéndose cargo de la parroquia de Genevrières, muy próxima a su región natal. 

Este traslado originó posteriormente una cuestión bastante compleja dentro de la historia de la Congregación. Una antigua fuente vicentina afirma que Colin se «separó» inicialmente de sus cohermanos al aceptar la parroquia en unas condiciones que no quedaron claramente documentadas. Sin embargo, existe un dato decisivo: desde agosto de 1774 continuó firmando documentos parroquiales identificándose expresamente como «Sacerdote de la Misión». Los historiadores vicentinos consideran que esta perseverancia en utilizar públicamente su condición de misionero permite concluir que su situación con la Congregación fue regularizada y que él continuó considerándose miembro de la comunidad fundada por san Vicente. 

Este punto acabaría teniendo consecuencias incluso después de su beatificación. Durante un tiempo se pensó que, al haberse convertido en párroco de Genevrières, Colin debía ser considerado sacerdote diocesano. Investigaciones posteriores de la propia Congregación demostraron que esa interpretación era insuficiente. Su firma habitual como «Sacerdote de la Misión» y otros documentos llevaron finalmente a reconocer de forma explícita que murió siendo miembro de la Congregación de la Misión. 

En Genevrières desarrolló la segunda gran etapa de su sacerdocio. Si Versalles había mostrado al misionero y predicador, aquella pequeña parroquia rural permitió descubrir al pastor que echaría raíces entre su gente. Allí permaneció durante los años que precedieron a la Revolución y allí tendría que afrontar una de las decisiones más difíciles de su vida.

Cuando llegó la Revolución

La Revolución francesa comenzó en 1789 dentro de un entramado de problemas políticos, sociales, económicos e institucionales mucho más amplio que la cuestión religiosa. Sin embargo, su evolución terminó enfrentando cada vez más directamente al nuevo Estado revolucionario con la organización tradicional de la Iglesia católica. Un momento decisivo fue la promulgación de la Constitución civil del clero, el 12 de julio de 1790, mediante la cual la Asamblea reorganizaba unilateralmente diócesis y parroquias y establecía nuevas formas de elección de obispos y párrocos. La posterior obligación de juramento colocó a muchos sacerdotes ante un profundo conflicto de conciencia. 

Y aquí aparece uno de los datos más interesantes sobre Nicolás Colin. A diferencia de lo que suelen afirmar las biografías resumidas, Colin no rechazó simplemente desde el primer momento cualquier fórmula de juramento. La documentación vicentina indica que realizó una adhesión acompañada de una reserva expresa: excluía formalmente aquellos artículos que, en su conciencia, invadían materias dependientes de la autoridad espiritual de la Iglesia. 

Esta distinción es fundamental para comprenderlo. Colin no aparece como un hombre incapaz de aceptar cualquier cambio político. Intentó distinguir entre aquello que legítimamente podía corresponder a la autoridad civil y aquello que consideraba perteneciente a la constitución espiritual de la Iglesia. Su problema no era simplemente la existencia de un nuevo régimen, sino la pretensión de que la autoridad política decidiera sobre cuestiones que él consideraba vinculadas a la misión recibida por la Iglesia y a su comunión con el Papa y los legítimos pastores.

En uno de sus escritos explicó que no podía aceptar sin reservas una Constitución que, a su juicio, modificaba elementos esenciales del gobierno eclesial, privaba al Papa de su jurisdicción efectiva y sustituía a los pastores legítimos mediante procedimientos exclusivamente civiles. La Revolución no aceptó aquella fórmula condicionada. Para las autoridades, la reserva de Colin equivalía a una negativa. 

Expulsado de su propia parroquia

Las consecuencias llegaron pronto. Nicolás Colin fue expulsado del presbiterio de Genevrières y sustituido por un sacerdote que había aceptado plenamente la Constitución civil del clero. Después de muchos años sirviendo a la misma comunidad, veía cómo otra persona ocupaba su lugar, no debido a una acusación moral ni a negligencia pastoral, sino porque su posición eclesial se había vuelto incompatible con las exigencias políticas impuestas a los sacerdotes. 

Colin no quiso marcharse en silencio. Antes de abandonar Genevrières redactó un pequeño escrito dirigido a sus feligreses que constituye probablemente el documento más importante para conocer su pensamiento y su personalidad. Lo tituló Dernières paroles et adieux de N. C., Prêtre de la Mission, Curé de…, es decir, «Últimas palabras y despedida de N. C., sacerdote de la Misión, párroco de…». El texto apareció anónimamente, aunque la identidad de su autor resultaba evidente. 

No era simplemente un panfleto político. Era la despedida de un párroco que intentaba explicar a su comunidad por qué debía marcharse. Colin quería que sus feligreses entendieran que su decisión no nacía de obstinación personal, de ambición ni de hostilidad gratuita hacia las nuevas autoridades. En el centro de su razonamiento colocó una palabra: conciencia.

Llegó incluso a anticipar con extraordinaria lucidez aquello que podía sucederle. Escribió que su fidelidad podía traerle como recompensa «hambre, exilio, prisión y quizá la misma muerte». No se trataba de una metáfora retórica. En pocos meses cada una de esas posibilidades se convertiría en parte de su propia historia. 

Una conciencia que no podía ponerse en venta

Este escrito permite comprender mejor el martirio de Nicolás Colin. No buscaba morir. Tampoco parece haber deseado convertirse en un símbolo de confrontación política. Lo que defendía era la imposibilidad de actuar contra lo que, después de discernir, consideraba un deber fundamental de su sacerdocio.

Su pensamiento posee una sorprendente actualidad. Colin estaba dispuesto a aceptar que la sociedad cambiara, que las instituciones políticas fueran transformadas e incluso que los sacerdotes tuvieran que relacionarse de un modo nuevo con el Estado. Pero afirmaba que existía un límite que ninguna autoridad podía traspasar: la conciencia no podía ser obligada a afirmar como verdadero aquello que consideraba contrario a la fe recibida.

Por ello, sería simplista presentar su historia como la de un hombre enfrentado genéricamente a la Revolución francesa. Su conflicto concreto fue religioso y eclesial. De hecho, algunas fuentes regionales lo relacionan durante los primeros años revolucionarios con responsabilidades cívicas locales, dato que, aunque necesita todavía una documentación primaria más completa, encaja con la imagen de un sacerdote que no rechazaba por principio la participación en las nuevas instituciones. Su ruptura ocurrió cuando llegó a la convicción de que la legislación estaba entrando en un terreno que no podía aceptar en conciencia. 

De Genevrières a París

A comienzos de noviembre de 1791, su permanencia en Genevrières se volvió insostenible. La tradición local sitúa su salida el 3 de noviembre. Nicolás Colin abandonó la parroquia y se dirigió hacia París. Allí encontró acogida en el seminario de Saint-Firmin, donde era superior otro hijo de san Vicente, el beato Luis José François, C.M. 

El dato posee una enorme fuerza vicentina. Después de muchos años viviendo como párroco, Colin volvió a una casa de la Congregación de la Misión precisamente cuando su vida estaba en peligro. Durante aproximadamente diez meses permaneció en Saint-Firmin junto a otros sacerdotes. No debe imaginarse, sin embargo, que estuvo formalmente encarcelado durante todos esos meses. Saint-Firmin funcionó inicialmente como lugar de acogida para sacerdotes desplazados y perseguidos; solamente en agosto de 1792 las nuevas autoridades colocaron guardias en la casa y convirtieron de hecho a quienes se encontraban dentro en prisioneros. 

Aquella casa tenía un significado extraordinario para cualquier vicentino. Se trataba del antiguo Collège des Bons-Enfants, íntimamente unido a los primeros pasos de la Congregación de la Misión y a la actividad de san Vicente de Paúl. El lugar que había sido una de las cunas de la evangelización vicentina terminó convertido, en 1792, en refugio y finalmente en prisión.

El destino quiso además que Colin encontrara allí a otros miembros de su propia familia espiritual. Junto a Luis José François se encontraban o llegarían también Juan Enrique Gruyer y Juan Carlos Caron. Los cuatro terminarían compartiendo no solamente la vocación vicentina, sino la misma jornada de martirio. 

Saint-Firmin se convierte en prisión

Después de la caída de la monarquía el 10 de agosto de 1792, la situación de París se radicalizó rápidamente. Las autoridades elaboraron listas de sacerdotes considerados refractarios y dispusieron distintos lugares de detención. El 13 de agosto, una guardia fue colocada en Saint-Firmin y quienes estaban en el interior quedaron convertidos en prisioneros. A finales del mes se encontraban allí cerca de un centenar de detenidos. 

Mientras tanto, el ambiente político de París estaba dominado por el temor a una invasión extranjera, las sospechas de conspiraciones internas y una violencia creciente. El 2 de septiembre comenzó una serie de asesinatos colectivos en distintas cárceles de la capital. Entre las primeras víctimas estuvieron numerosos sacerdotes recluidos en el convento de los Carmelitas. Al día siguiente, la violencia llegó a Saint-Firmin. 

Nicolás Colin había escrito meses antes que su fidelidad podía conducirlo al hambre, al exilio, a la prisión y quizá a la muerte. Ahora estaba precisamente en aquella última etapa que había previsto.

El martirio del 3 de septiembre de 1792

En la madrugada del 3 de septiembre de 1792, los atacantes entraron en Saint-Firmin. Luis José François intentó recurrir a las autoridades civiles que todavía tenían dependencias dentro del edificio, pero la violencia terminó imponiéndose. Decenas de sacerdotes y religiosos fueron asesinados sin un verdadero proceso judicial. El Martirologio reconoce entre aquellas víctimas a Nicolás Colin, identificado expresamente como «sacerdote de la Misión y párroco de Genevrières»

Colin tenía 61 años. Había pertenecido a la Congregación de la Misión desde los dieciséis, había vivido más de cuatro décadas de vocación vicentina y había pasado gran parte de su sacerdocio predicando y atendiendo comunidades cristianas.

Una tradición regional posterior asegura que, al comprender que se acercaba la muerte, Nicolás Colin entonó el Te Deumen acción de gracias por haber sido considerado digno del martirio. La escena es espiritualmente hermosa, pero aquí conviene ser rigurosos: aparece en narraciones locales posteriores y no está documentada con la misma solidez que su escrito de despedida o los datos de su vida pastoral. Por tanto, puede transmitirse como tradición, pero no debería presentarse como un hecho históricamente demostrado. 

No necesitamos, en realidad, añadir dramatismo a sus últimos instantes. Su propio escrito anterior a la persecución constituye un testimonio suficientemente poderoso. Había anunciado que la fidelidad a su conciencia podía llevarlo a la prisión y a la muerte y, cuando esas consecuencias llegaron, no consta que se retractara de aquello que había defendido.

El problema de su pertenencia vicentina

La historia de Nicolás Colin tuvo una peculiar consecuencia después de su muerte. Cuando se preparó el reconocimiento de los mártires de septiembre, su larga condición de párroco hizo que fuera presentado en algunos documentos como sacerdote diocesano. Por esa razón, cuando el Superior General de la Congregación de la Misión solicitó en 1927 la aprobación de un propio litúrgico para los mártires vicentinos, Colin y Juan Carlos Caron no fueron inicialmente incluidos con Luis José François y Juan Enrique Gruyer. 

La investigación histórica posterior cambió aquella interpretación. Los documentos mostraban que Colin había seguido firmándose como «Prêtre de la Mission», sacerdote de la Misión, durante su etapa parroquial. La Congregación concluyó que tanto él como Caron habían pertenecido plenamente a la comunidad vicentina hasta su muerte. El 4 de octubre de 2005, el Superior General Gregory Gay, C.M., decidió solicitar oficialmente su incorporación a la memoria litúrgica, y el 15 de octubre de 2005 la Congregación para el Culto Divino concedió que Nicolás Colin y Juan Carlos Caron fueran incluidos en la celebración del 2 de septiembre junto a los demás mártires vicentinos. 

Esta recuperación tiene un valor que supera una simple corrección administrativa. Nicolás Colin volvió, también litúrgicamente, a la familia en la que había ingresado siendo adolescente, la misma familia cuyo nombre había seguido colocando junto al suyo en los documentos parroquiales y la misma comunidad a la que había regresado en Saint-Firmin cuando la persecución se hizo insoportable.

Beatificado entre los mártires de septiembre

La Iglesia reconoció oficialmente su martirio el 17 de octubre de 1926, cuando el papa Pío XI beatificó a 191 víctimas de las matanzas de septiembre de 1792. Entre ellas se encontraban los cuatro miembros de la Congregación de la Misión asesinados en Saint-Firmin: Luis José François, Juan Enrique Gruyer, Juan Carlos Caron y Nicolás Colin. 

Su memoria vicentina se celebra el 2 de septiembre, junto a estos compañeros y al beato Pedro Renato Rogue, C.M., aunque este último sufrió el martirio algunos años después, en 1796. El actual Martirologio identifica expresamente a Colin como sacerdote de la Misión, corrigiendo así la antigua ambigüedad sobre su pertenencia congregacional. 

La memoria de Colin continúa especialmente viva en su tierra. En la actual diócesis de Langres existe incluso una parroquia dedicada al Beato Nicolás Colin, que comprende, significativamente, tanto Grenant, su pueblo natal, como Genevrières, la comunidad donde ejerció durante largos años su ministerio pastoral. De alguna manera, las dos geografías fundamentales de su vida han quedado reunidas bajo su nombre. 

Un mártir de la conciencia y de la fidelidad

La grandeza espiritual de Nicolás Colin no consiste únicamente en que murió violentamente. Su martirio debe leerse a la luz de todo lo que ocurrió antes. Durante décadas había sido misionero, predicador y párroco. Cuando apareció la crisis, intentó discernir. No rechazó automáticamente toda relación con las nuevas autoridades; incluso buscó inicialmente una fórmula que le permitiera distinguir entre la obediencia civil y la fidelidad espiritual. Pero cuando comprendió que se le exigía aceptar sin reservas aquello que juzgaba incompatible con la fe y con la estructura de la Iglesia, puso un límite.

Ese límite le costó su parroquia.

Después le costó su casa.

Después su seguridad.

Después su libertad.

Y finalmente su vida.

Pero esos acontecimientos no fueron episodios aislados, sino las consecuencias de una única decisión mantenida en el tiempo: no entregar la conciencia a cambio de tranquilidad.

Nicolás Colin encarna así algo profundamente vicentino. San Vicente de Paúl había enseñado a sus hijos a vivir una fe concreta, capaz de entrar en las situaciones reales de la historia sin abandonar el Evangelio. Colin no fue un mártir encerrado en abstracciones. Había conocido parroquias, misiones, comunidades, conflictos y responsabilidades pastorales. Su fidelidad nació precisamente dentro de esa experiencia.

Su frase sobre el «hambre, el exilio, la prisión y quizá la muerte» impresiona no porque hubiese adivinado el futuro, sino porque demuestra que comprendió perfectamente las consecuencias de su decisión y aun así permaneció firme. No escogió la muerte. Escogió aquello que consideraba verdadero, aun sabiendo que podía morir por ello.

Por eso la vida del beato Nicolás Colin, C.M., no es solamente una página dolorosa de la Revolución francesa. Es la historia de un sacerdote que aprendió durante más de cuarenta años a predicar el Evangelio y que, cuando las palabras dejaron de ser suficientes, terminó predicándolo con su propia vida. El hombre que había pasado décadas anunciando a Cristo entre el pueblo terminó dando en Saint-Firmin el testimonio definitivo de aquello que había anunciado.

Y quizá allí se encuentre la mejor síntesis de su existencia: Nicolás Colin no comenzó a ser mártir el 3 de septiembre de 1792; aquel día simplemente llevó hasta el final una fidelidad que llevaba toda una vida aprendiendo a vivir.

Una memoria que ilumina el presente

Su testimonio interpela a comunicar la fe con convicción y mansedumbre. Colin no fue mártir por buscar el enfrentamiento, sino por mantener una conciencia formada y una misión recibida. Para los evangelizadores de hoy, su vida pide una palabra comprensible, una presencia cercana y la libertad interior necesaria para no negociar la dignidad de la fe.

Señor Jesús, que sostuviste a Beato Nicolás Colin, C.M. en la hora de la prueba, concédenos una fe humilde, una caridad valiente y un corazón dispuesto a servir. Que su testimonio nos ayude a reconocerte en los pobres y a permanecer fieles al Evangelio. Amén.


Semblanza original preparada por Corazón de Paúl. Fuentes históricas consultadas: Compañía de las Hijas de la Caridad, semblanza de Luis José François y compañeros; archivo de la Congregación de la Misión; calendario litúrgico vicentino. El texto distingue los hechos documentados de la reflexión pastoral y no reproduce artículos de terceros.

Imprimir o guardar en PDF

Una cita semanal con el corazón vicentino

Noticias, espiritualidad y recursos de la Familia Vicentina, reunidos para ti cada semana.

Tu información será tratada con respeto. Puedes cancelar la suscripción cuando lo desees.