Carta · tomo II
A BERNARDO CODOING, SUPERIOR DE ROMA
9 de julio de 1644
750 [715,II,465-466] A BERNARDO CODOING, SUPERIOR DE ROMA 9 de julio de 1644.
Los que saben bien lo que pasa con los hermanos en una compañía creen que hemos hecho mucho al haberlos admitido y conservado con el uso de su hábito corto; de forma que no piensen en el largo por varias e importantes razones.
Confieso que puede haber en Italia algunas razones especiales para obrar de otra manera, aunque no creo que el hábito largo sea mucho más eficaz para impedirles que obren mal.
¡Ay, padre!
¡en qué desórdenes vemos que caen algunos religiosos hermanos que hacen la colecta solos por esta ciudad! en nombre de Dios, padre, intentemos todos los medios imaginables ________ Carta 749 (CA).
— Archivo de las Hijas de la Caridad, original. 1.
Las palabras «Jueves, 30 de junio», la huella del sello en la cera, que representa un corazón sobre el que aparece Nuestro Señor crucificado, y la expresión del comienzo «Monsieur» sugieren esta fecha.
No encontramos ese sello en ninguna de las cartas anteriores al año 1644; por otra parte, a partir del año 1650, Luisa de Marillac siempre llama a san Vicente «Mi muy venerado padre» al comienzo de sus cartas Carta 750.
— Reg. 2, 26 y 226. 392
antes de introducir una práctica general para una casa y para un lugar particular.
Ya veremos con el tiempo 1.
Dice usted que, al faltar o disminuir su renta por el impuesto que el rey ha cargado sobre los coches, le toca a la casa de San Lázaro prestarles lo necesario y comprometerse a mantenerles, no sólo porque no le faltarán recursos en París, sino porque no es conveniente que sea rica, ya que, si lo fuera, los que en otras ocasiones quisieron hacerse con ella volverían a insistir.
Le respondo en primer lugar que nadie nos ayuda; creen que estamos en la opulencia a pesar de que digamos lo contrario; 2.º que, si nos cargamos de préstamos, los que nos quieren mal tomarán motivo de allí para llevarnos a los tribunales; 3.º que no es justo comprometer los bienes que pertenecen originalmente a esta casa para el establecimiento de la casa de Roma.
No, padre; no hay que pensar en ello, ni debe ir usted tan aprisa.
Las obras de Dios no se hacen de ese modo; se hacen por sí mismas; y las que él no hace, desaparecen pronto.
Se lo digo con frecuencia; creo que su bondad lo soportará y que estará seguro de que no tengo mayor consuelo en la obra de nuestra vocación que el de pensar que hemos seguido el orden de la santa Providencia, que requiere tiempo para la ejecución de sus obras.
Vayamos tranquilamente en nuestras pretensiones.
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