Carta · tomo III
A UN CLERIGO DE LA MISION
1100 [1051,III,340-342] A UN CLERIGO DE LA MISION 15 julio 1648.
Deseo suspender mi juicio a propósito de su carta hasta que me hable del asunto del padre...
Me cuesta creer que su conducta sea como usted indica y que esas palabras que tanto le han herido a usted hayan salido sin motivo de sus labios.
Sé que gracias a Dios tiene una gran mansedumbre, que no se ha quejado nadie de él hasta ahora, y que su carta me resulta tanto más extraña cuanto que su paciencia ha sido considerable con usted, no sólo para soportar sus faltas, sino para ocultarlas a los demás, como quiso hacer conmigo mismo cuando usted me escribió una carta más impulsiva de lo que convenía, va que me escribió él otra para justificarle.
Pero supongamos que se le hayan escapado esas palabras, como usted dice, ¿habrá que alarmarse por tan poca cosa?
¿De quién tolerará usted las imperfecciones y qué injurias podrá usted sufrir si no puede tolerar una palabra un tanto inconsiderada de su superior?
Quizás la dijo expresamente para probarle; y en ese caso la prueba no ha resultado mal, ya que la mala disposición de usted se ha demostrado de varias maneras: 1.º excusa ________ 7.
Se lee a continuación de la solicitud: «Comuníquese la presente al señor Thibaut, citándole al primer día ante nosotros, para ser oído y responder sobre ella; dicho día el señor Thibaut exponga la alineación que le han concedido para su recinto y construcción.
— En el despacho de hacienda de París, el catorce de julio de 1648 y prohibición a todos los demás de construir nada sin nuestro permiso.
Devavoquier, Hard, Longuer.
Por los señores...
Sensier.
— Año 1648, 6 de agosto, a petición de los venerables sacerdotes de la congregación de la Misión.
Carta 1100.
— Reg. 2,296. 314
usted su falta comparándola con la de su hermano; 2.º se queja de que la clase de los niños le resulta una carga muy pesada; 3.º pide que le cambien de casa; 4.º se muestra usted lleno de amor propio y presume de que toda la comunidad dará testimonio de no haber advertido en usted nada que merezca la corrección que le ha hecho.
Todas estas cosas están muy lejos de los sentimientos del pobre publicano y de los que debe tener un buen misionero, y ni siquiera me los escribe usted, según dice, para conservar su vocación.
¡Quiera Dios, hermano mío, que persevere usted!
Pero no es ése el camino, ni mucho menos.
La práctica de la paciencia, de la humildad y de la observancia del reglamento es la mejor señal de perseverancia.
Ya veremos si en adelante se esfuerza usted en la adquisición de estas virtudes y si le da a su superior más satisfacción que en el pasado.
Le aseguro, querido hermano, que será ése uno de mis mayores consuelos.
Le pediré a Dios que le conceda esta gracia, ya que le quiero más de cuanto podría expresarle.
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