Carta · tomo III
A GUILLERMO DELATTRE, SUPERIOR DE AGEN
1201 [1147,III,502-503] A GUILLERMO DELATTRE, SUPERIOR DE AGEN 23 octubre 1649.
No creo que el mal sea tan grande en La Rose como dicen; es verdad que algo ha ocurrido en el espíritu del padre..., pero ya está libre de ello.
A este propósito le diré, no tanto por éste como por los demás rumores, que me parece que hay algún mal espíritu que le da a usted consejos poco caritativos para crear cierta disensión en nuestras casas y entre nuestros hermanos.
Si así es, padre, entréguese usted a Dios para no escucharle; sentirá usted un consuelo tan grande como el que yo tuve al prohibir en cierta ocasión a un criado que tenía antes de nacer la Compañía, que me dijera nada que pudiese causar daño a alguna persona, ya que había notado en él esta inclinación y me había querido dar malas impresiones de un hombre honrado con quien vivía; en adelante ya no se atrevió a venirme con cuentos.
Siempre que pienso en ello, siento el corazón lleno de agradecimiento a Dios por esa gracia.
Las murmuraciones perjudican muchas veces tanto a los que las escuchan como a los que ________ Carta 1201.
— Reg. 2,300. 461
las inventan, aunque no hagan más daño que inquietar el espíritu, como lo hacen, y dar motivos de tentación para hablar o escribir de ellas a otros.
Me parece que es el ahorro lo que les permite seguir viviendo.
Sé que tienen ustedes poca renta, que las pensiones sólo les ayudan un poquito y que, como la escasez es grande este año, les será difícil salir adelante; pero también sé que, si usted supiese lo poco que podemos ayudarle, tendría usted compasión de nosotros y no pensaría ni mucho menos en pedirnos ayuda.
Las pasadas guerras y la escasez presente de casi todo el reino impiden que nos paguen y que podamos incluso tener una pequeña provisión.
Seguramente me sentiría más apurado que nunca, si Dios no me hubiese dado un poco de confianza y de sumisión a su providencia, al ver por una parte nuestra pobreza y por otra los enormes gastos que tenemos que realizar.
Acomode los suyos a sus fuerzas y no emprenda nada más que lo que pueda hacer.
Le digo esto a propósito de los pobres sacerdotes pasantes a los que podría usted sostener.
La verdad es que sería estupendo si se pudiera hacer; pero debe usted más bien atender a sus necesidades.
No creo conveniente pedirle permiso al señor obispo para ejercer esta hospitalidad; él aprobará de buena gana las propuestas que usted le haga por el bien de su seminario, pero no es muy partidario de ayudar a otras personas que no le corresponden; sin embargo, si usted cree que tiene que exponerle sus necesidades me remito a su prudencia.
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