Carta · tomo IV

A UN HERMANO COADJUTOR DE LA CASA DE GENOVA

16 de agosto de 1652

Tipo
Carta
Autoría / fuente
San Vicente de Paúl
Tomo
IV
Extensión
1.364 palabras
Página inicial
449
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1606 [1537,IV ,449-453] A UN HERMANO COADJUTOR DE LA CASA DE GENOVA 1 16 de agosto de 1652 Recibí, por un lado, una gran alegría con su carta, al ver el buen fondo de su alma, que le hace desear dar gusto a Dios; mas, por otro lado, ese deseo, aunque bueno, le inspira otros deseos que son desordenados y que, al causarle a usted pena, me la causan también a mí.

Luego he visto, por una carta del padre Blatiron, que ha recobrado usted la paz, por lo que doy gracias a Dios y le ruego que le confirme en ella, de manera que no haya en adelante nada que le turbe y mucho menos que le haga perder la paciencia con que debe usted tratar a sus hermanos, ni la fidelidad que requiere la gracia de su vocación, que son las dos cosas por las que ha sufrido usted esa tentación.

Y llamo tentacióna ese movimiento que le impulsa a ir solo al campo a instruir a los pobres y a servir a los enfermos.

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En primer lugar, porque la instrucción en las cosas divinas no es profesión de los laicos; es preciso haber recibido las órdenes sagradas para administrar la palabra de Dios; pues lo contrario sería un desorden, ya que sería emprender lo que corresponde al oficio de los eclesiásticos, que son los únicos que tienen derecho a enseñar en público las verdades cristianas.

En segundo lugar, si va usted a servir a los enfermos, tendrá que ________ Carta 1606.

— Reg. 2, 322. 1. «De nacionalidad francesa», añade el registro; se trata probablemente del hermano Sebastián Nodo (Cf. carta 1634). 420

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ser o en un hospital o en casa de ellos mismos en particular; si es en un hospital, ¡ay, mi pobre hermano!, caería usted de una fiebre en otra peor, ya que hay allí cruces y contradicciones tan molestas que esas de las que usted se queja no son nada en su comparación.

Allí es grande el trabajo, el descanso corto e interrumpido, el cansancio seguro, los reproches y las injurias frecuentes, casi todos los pobres murmuran, no están nunca contentos y se quejan ordinariamente, tanto ante las personas piadosas que los visitan como ante los administradores que los gobiernan, informándoles incluso falsamente de los sirvientes, cuando éstos les han negado algo de lo que les pedían; de este modo estos pobres sirvientes se ven acorralados por todas partes, teniendo sobre sí tantos vigilantes y reprensores como dueños, capellanes, y encargados hay en aquellas casas.

Este es uno de los ejercicios más duros de nuestras pobres hijas de la Caridad.

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Si no tiene usted intención de ir a vivir en un hospital, sino más bien la de ir a buscar a los pobres enfermos del campo por aquí y por allá, no sé cómo podría buscar]os usted, ni qué asistencia podría prestarles, a no ser teniendo medios para sostener este trabajo y para remediar su indigencia; pues pronto se cansaría usted de ir mendigando para ellos y para usted y, de todos modos, tropezaría usted con dificultades insuperables.

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Por eso todas estas ideas no son más que sugestiones del espíritu maligno que, para poner en peligro su salvación, le propone realizar obras extraordinarias; que son superiores a sus fuerzas, con el bonito pretexto de que así podría usted en particular practicar la misericordia espiritual y corporal, como si nuestra compañía no tuviera precisamente esa misión de servir al pobre pueblo de todas esas maneras, incluso en los hospitales y en sus mismas casas; un testimonio de ello es lo que se ha estado haciendo desde hace dos años en las fronteras de Champaña y de Picardía con un gran número de padres y hermanos, que han llegado hasta 16 ó 18; también es un testimonio de eso lo que se practica actualmente en los alrededores de París con seis o siete de los nuestros, que atienden corporal y espiritualmente a los pobres abandonados.

¿Para qué son las misiones que tenemos en Francia y en Italia?

¿No son para instruir a las gentes del campo y para atender al alivio de los enfermos necesitados?

Usted tiene parte en el trabajo y en el 421

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mérito de esas obras de la congregación, como un miembro más de su cuerpo.

Ciertamente, si usted se separase de ellas, trabajaría muchos menos de lo que hace, lo mismo que otros que se han salido y que, habiendo vuelto al mundo para ser allí más libres, no hacen sin embargo todo el bien que se habían propuesto.

Es verdad que gozaría usted de libertad, pero sólo sería para tener que arrepentirse pronto de haberse engañado usted de sí mismo por un falso celo.

Así pues, siga usted en el estado al que Dios le ha llamado, en donde le concede la gracia de servirle con edificación y donde dispone usted de todas las buenas señales que pueden convencerle de que Dios le quiere aquí.

Usted mismo ha creído y reconocido siempre esta verdad; ¿por qué ahora se imagina lo contrario, a pesar de que no tiene ninguna buena razón para ello?

Dice usted solamente que no puede sufrir todo lo que ocurre entre nuestros hermanos, esto es, esas pequeñas desavenencias y falta de inteligencia.

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A ello le respondo que las compañías más santas están sujetas, lo mismo que el cuerpo humano, a enfermedades y sinsabores; unas veces están sanas y otras enfermas; no hay nadie que goce de tan buena salud que no se altere a veces de una forma o de otra, si no en todo el cuerpo, al menos en alguna de sus partes; pero se aplica el remedio oportuno y queda restablecido; entre nosotros mismos vemos, gracias a Dios, que los débiles se robustecen y que los que caen se vuelven a levantar.

Quiero incluso creer que esa pequeña división, de la que usted me ha escrito, ha cesado ya, que esos hermanos se han unido de nuevo, que en vez de esas frases hirientes que usted oía, no ve ya usted entre ellos más que paciencia y cordialidad.

Al lobo le resulta fácil alborotar al rebaño en ausencia del pastor, pero, ahora que ha vuelto el superior, el rebaño está en paz; él hará que todos se sientan más respetuosos entre sí y que se animen mutuamente.

No es que no siga habiendo todavía faltas; los mismos santos las cometían y no siempre los apóstoles estaban de acuerdo entre sí; Nuestro Señor tuvo que sufrir muchas veces por ello.

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Si esto es así, mi querido hermano, ¿por qué se extraña de ver algunas cosas reprensibles en las personas con quienes convive?

Sabe muy bien que tampoco usted se encuentra en el mismo estado; si hoy es puntual. si se siente unido a 422

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Dios y alegra a toda la casa, mañana será desorientado, remiso en obrar bien y dará a los demás motivos de queja; entonces tendrá necesidad de que le soporten los otros, lo mismo que usted les habrá soportado a ellos.

Por eso mismo nuestro común Padre y Señor nos inculcó mucho al amor recíproco, puesto que sabía que es muy difícil que los que carecen de él puedan vivir juntamente como deben.

Es ése el amor que nos falta, me dirá usted.

Bien, mi querido hermano, piense esto de usted mismo y no de los demás; entréguese a la humildad y a la paciencia; tiene usted necesidad de esas dos virtudes para llegar a una verdadera caridad; y también las necesitan los otros, lo mismo que todos los que quieren seguir a Jesucristo.

No hay en el mundo ninguna clase de vida que no tenga sus cruces; sin embargo, en el deseo natural que todos tienen de evitarlas, cada uno se imagina que podrá estar más contento cambiando de cruz.

Muy raras veces he visto a obispos que no se quejen de su condición, a pesar de ser tan alta y elevada.

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Sepamos buscar el maná oculto en nuestra vocación, limitemos y encerremos en ella todos nuestros deseos, estimémosla y amémosla como un don precioso de la mano de Dios y procuremos cumplir en ella su santísima voluntad siempre y en todas las cosas.

Es la súplica que le hago y que le ruego a usted que le haga para toda la compañía y para mí, que soy en su amor...

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