Carta · tomo IV

A UN SACERDOTE DE LA MISIÓN

4 de junio de 1653

Tipo
Carta
Autoría / fuente
San Vicente de Paúl
Tomo
IV
Extensión
576 palabras
Página inicial
594
Ver tomo

1694 [1622,IV ,594-596] A UN SACERDOTE DE LA MISIÓN 4 de junio de 1653 En respuesta a lo que me dice usted le diré en primer lugar que no hay por qué extrañarse de que sienta usted movimientos de impaciencia en las confesiones y de vanidad en sus predicaciones y sus estudios, ya que es usted hombre y por consiguiente pecador; pero exagera usted un poco las cosas, porque hay diferencia entre el acto, el consentimiento y la tentación, y confunde usted lo uno con lo otro.

Aunque se ve usted tentado de soberbia en sus predicaciones, no predica usted por ese motivo; ni cuando se siente usted impaciente en el confesionario, si por ventura consiente usted en ello de algún modo, no se sigue de ahí que llegue usted al efecto.

En cuanto a la comida, no tiene usted por qué tener ningún escrúpulo de los deseos que experimenta, ni creer que comete usted exceso, ________ Carta 1694.

— Reg. 2, 326. 553

Tomo IV · p. 594

pues me consta lo contrario.

A este propósito le ruego que se alimente usted mejor que hasta ahora.

En segundo lugar, el pensamiento que tiene de hacerse capuchino me parece que no viene de Dios; primero, porque ya se encuentra usted en otro estado en el que ha puesto su providencia; 2.º porque trabaja usted con fruto en la compañía; 3.º porque la orden de los capuchinos requiere una gran sumisión de juicio y de voluntad y más docilidad a los sentimientos ajenos de lo que quizás hay en mí y en usted; 4.º no tiene usted ninguna obligación de pasar a esa religión, pues lo que le dijo a san Francisco no es un voto, sino una expresión del impulso que usted tuvo de darse a él; y aunque le hubiera prometido usted hacerse religioso suyo, no sería un voto, pues los votos se hacen solamente a Dios y no a los santos; por otra parte, sabe usted que los votos deben hacerse tras una larga y madura deliberación y no por un movimiento súbito, como en aquel caso.

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Y veo otra señal que me hace creer que Dios no le llama a los capuchinos: que los movimientos que siente le perturban y le inquietan con su violencia, como sucede de ordinario con lo que sugiere el espíritu maligno, mientras que las inspiraciones de Dios son tranquilas y apacibles, inclinándonos amorosamente hacia el bien que desea de nosotros.

Por todas estas razones hará usted bien en entregarse a Dios para perseverar en la vocación en que está, sobre todo teniendo en cuenta que puede practicar en ella las mismas virtudes que con los capuchinos, y por lo menos tantas mortificaciones de cuerpo y de espíritu.

Si ellos hacen voto de pobreza, de castidad y de obediencia, también los puede hacer usted en la compañía; si ellos predican y confiesan, como empiezan a hacer en muchos lugares, ¿no es eso lo que también hace usted, gracias a Dios?

No veo en ellos nada que no pueda hacer usted entre nosotros, a no ser el rigor del hábito y que van descalzos.

Digo esto sin querer comparar a nuestra pobre compañía con una orden tan grande y tan santa.

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Si dice que sirviendo al prójimo no consigue usted su salvación, es un error; al contrario, es así como la consigue, pues 554

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es el menor camino que podemos tener para llegar al fin, que es Dios, atrayendo a él a los demás, siguiendo el ejemplo que observaron Nuestro Señor y los apóstoles.

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