Carta · tomo V
A FRANCISCO FOURNIER, SACERDOTE DE LA MISION DE AGEN
12 de octubre de 1653
1740 [1665,V ,27-28] A FRANCISCO FOURNIER, SACERDOTE DE LA MISION DE AGEN 12 de octubre de 1653 Ya le dije en otra ocasión la alegría que me dio el saber que estuvo usted presente en Agen para asistir al padre Edmundo 1 en su enfermedad, a pesar del peligro de peste que había en la ciudad y de la prohibición que él mismo le había hecho. ________ Carta 1740.
— Reg. 2, 329. 1.
Edmundo Menestrier.
El santo lo designa siempre por su nombre en lugar de su apellido. 29
ya que prefería privarse de este consuelo antes que exponerle a usted al peligro.
Me ha impresionado tanto esta santa desobediencia que se la he comunicado a la compañía e incluso les he preguntado cuál había sido mayor acto de virtud, el de él o el de usted.
Luego he visto por su carta del 20 de septiembre que la caridad de usted ha vencido sobre su resistencia y que finalmente acudió usted al lado del enfermo para cuidarle y consolarle; esto contribuirá sin duda a su restablecimiento, como se lo he comunicado a la compañía, para llenarla de edificación y obligarle a dar gracias a Dios y a encomendarles a ustedes dos a su divina bondad.
Ese eclesiástico distinguido del que usted me habla nos hace demasiado honor al querer retirarse a una de nuestras casas para ocuparse en nuestras tareas.
A propósito de esto le diré que la regla general entre nosotros es no recibir a ningún externo más que en los seminarios.
Es verdad que anteriormente hemos recibido aquí al difunto señor de Vincy y que luego dimos alojamiento a los señores abades de Chandenier, pero fue por ciertas consideraciones que pueden no darse en otras personas; las razones que tenemos para no recibir a nadie son de muchas consideración, especialmente la siguiente: que no cabe más que una de estas dos cosas, o permitirles que tengan su recreo con nosotros o darles a algunos de los nuestros para que se entretenga con él.
En el primer caso, nos quitan esa santa libertad que de ordinario nos tomamos en esas ocasiones; y en el segundo, se dividiría a las personas y el espíritu de la compañía; aparte de que de todas formas, sería darles ocasión para que conocieran lo fuerte y lo débil de cada uno de nosotros.
Hay además otro inconveniente: que los descontentos, que siempre los hay, van a descargarse con ellos y al mismo tiempo les ponen al corriente de todo lo que ocurre en la casa y en la compañía, incluso de los asuntos más secretos.
Si ese venerable eclesiástico desea vivir en su casa, que es un seminario, o venir al de Bons-Enfants, será recibido con agrado; pero si no, hágale usted ver las dificultades que hay. 30
Tomo V · página PDF 30Se muestra el documento completo según los límites detectados en la edición. Para trabajos académicos recomendamos verificar siempre la referencia en el PDF original.