Carta · tomo VI
A SOR JUANA LEPEINTRE, SUPERIORA DE CHATEAUDUN PRIMERA REDACCIÓN
23 de Julio de 1656
2195 [2109,VI,39-45] A SOR JUANA LEPEINTRE, SUPERIORA DE CHATEAUDUN PRIMERA REDACCIÓN 23 de Julio de 1656 Hermana: La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.
He recibido dos o tres cartas suyas, a las que no he podido contestar hasta ahora por causa de mis muchos quehaceres.
Ahora que estoy un poco más descansado, le diré que siempre la miro con el mismo espíritu con que la he mirado en Nuestro Señor desde que es usted hija de la Caridad, esto es, con gran estima y afecto por las gracias que Dios ha puesto en usted y debido al buen uso que hace de ellas, por lo que doy gracias a su divina bondad, rogándole que le continúe y le aumente esas mismas gracias Continúe usted, hermana, por su parte practicando debidamente las virtudes, para ir creciendo en el amor y en la imitación a Nuestro Señor; séale siempre fiel en los ejercicios, obrando de manera que sea cada vez más agradable a sus ojos y más amable a los ojos de los pobres, ya que es usted como madre de ellos.
Así lo espero de su bondad in________ Carta 2194.
— COLLET, o c., t.
I, 564, en nota; t.
II, 30.
COLLET indica que se trataba de una carta autógrafa y que refiere los mismos hechos que otra carta del 25 de mayo de 1656.
Carta 2195.
— Reg. 1, f.º 48, copia sacada de la «minuta sin firmar» 1.
C. f.
— Archivo de las Hijas de la Caridad, original. 41
finita, así como también que recibirá usted de buena forma los avisos que le voy a dar.
Me han dicho, y creo que usted misma me lo había indicado, que ha hecho usted un viaje a Orléans por el bien de ]os pobres, y otro al lugar en donde murió el señor de Franqueville para atenderle en su enfermedad.
Esto es bueno y laudable de suyo, pero no tiene que hacerlo una persona que se ha consagrado a Dios bajo una regla y una dirección, sin el parecer de sus superiores; quizás, hija mía, si se examina usted bien, encontrará usted en esos viajes alguna curiosidad o quizás un poco de amor propio; por lo menos, la humildad debe hacerle pensar que había algo de eso.
Quizás estaba por medio el pretexto de comprar ropa o muebles para el hospital, o medicinas para los enfermos, o todo esto juntamente.
¿Pero no hubiera podido hacer otra persona eso mismo?
¿Cree usted que los señores administradores no entienden de estas cosas tan bien como usted?
¿O que el encargado de hacer esas provisiones, si tenía necesidad de ayuda, no habría encontrado un amigo en aquel lugar, como suelen tenerlo esos señores, capaz de escoger bien y de valorar esas mercancías?
No tiene por qué dudar de ello.
¿Cómo se hacía antes de que usted fuera?
En cuanto a lo otro, lo de velar y servir a ese buen difunto durante su enfermedad, quiero creer que lo ha hecho usted por agradecimiento a los favores que habían recibido de él.
Pero, dejando aparte que él se los hizo puramente por amor de Dios, sin esperar ninguna gratitud de su parte, era tan amigo del buen orden que no le hubiera permitido a usted romperlo por consideración a él.
Si dice usted que le han obligado a hacer esos viajes, le respondo que, en lo que atañe al señor de Franqueville, me cuesta trabajo creerlo; y quizás, cuando él la vio, le pidió él mismo que se volviera sin detenerse junto a él.
Y en cuanto a los señores administradores, me han dicho que fue usted misma, hermana, la que se ofreció a ir por ellos a Orléans.
Pero aun cuando fueran ellos quienes hicieron primero esta propuesta, podría usted haberles indicado que era contra sus prácticas y que no podía usted alejarse del hospital sin consentimiento de la señorita, o sin el mío.
Sea lo que fuere, ha hecho usted estas 42
dos salidas por propia iniciativa y ha faltado a la práctica de su compañía, en donde no se hace nada semejante.
Con frecuencia nos urgen en París pata que permitamos a las hermanas atender a otros enfermos distintos de los pobres, pero no podemos consentir que les sirvan, ni siquiera a sus confesores, tanto porque las hermanas están sólo para atender a los que no tienen a nadie que les asista, como por otros inconvenientes que podrían ocurrir.
Vea entonces, hermana, la falta que ha cometido de ir allá sin permiso, e incluso contra la intención de sus superiores.
Además, ha abandonado usted a su rebaño; me refiero a las hermanas y a los enfermos que la Providencia ha encomendado a sus cuidados.
Humíllese por todo esto, hermana, y pídale a Dios la gracia de no dejar nunca su puesto más que con el permiso de sus superiores.
Espero que no se le ocurrirá obrar más de esa manera; así se lo pido a su divina bondad.
Me dice usted que se encuentran preocupadas por no hallar confesor.
Dígame qué eclesiásticos hay en esa ciudad que den mejor ejemplo y gocen de mayor reputación y probidad, y a quién juzga usted más conveniente para que les haga ese servicio.
Le entregué a la señorita duquesa de Aiguillon la carta que enviaba, pero ella no me ha dicho luego nada.
No me extraña, pues reparte tantas limosnas dentro y fuera del reino, que no puede extenderlas a todas partes.
Le ruego, hermana, que me encomiende a todas esas buenas hermanas, y todas juntas a Nuestro Señor, a quien yo también seguiré ofreciéndolas a todas en general y a usted en particular ya que soy en su amor, su muy querido servidor.
SEGUNDA REDACCIÓN París, 23 de julio de 1656 Hermana: La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.
He recibido dos o tres cartas suyas, a las que no he podido contestar hasta ahora por causa de mis muchos quehaceres.
Ahora que estoy un poco más descansado, le diré que siempre la 43
miro con el mismo espíritu con que la he mirado en Nuestro Señor desde que es usted hija de la Caridad, e incluso desde que la conocí, esto es, con gran estima y afecto por las gracias que Dios ha puesto en usted y debido al buen uso que hace de ellas, por lo que doy gracias a su divina bondad, rogándole que le continúe y aumente esas mismas gracias.
Continúe usted, hermana, por su parte practicando las virtudes que le son propias, para ir creciendo de día en día en el amor y en la imitación a Nuestro Señor; séale siempre fiel en los ejercicios, obrando de manera que sea cada vez más agradable a sus ojos y más amable a los ojos de los pobres, ya que es usted como madre de ellos.
Así lo espero de su bondad infinita.
También espero que, por reverencia a esa misma bondad que vela por su progreso espiritual, recibirá usted de buena forma los avisos que voy a darle pensando en Dios.
Me han dicho, y creo que usted misma me lo había indicado, que ha hecho usted un viaje a Orléans por el bien de los pobres, y otro al lugar donde murió el señor de Franqueville para atenderle en su enfermedad.
Le confieso que estas cosas son buenas y laudables de suyo, pero que no tiene que hacerlas una persona que se ha consagrado a Dios bajo una regla y una dirección, sin el parecer de sus superiores.
Ya sabía usted esto, hija mía; y, si se examina usted bien, encontrará en esos viajes alguna curiosidad o quizás un poco de amor propio.
Por lo menos, la humildad debe hacerle pensar que había algo de eso.
Tenía como pretexto ir a comprar ropa o muebles para el hospital, o medicinas para los enfermos, o las dos cosas a la vez; pero ¿no hubiera hecho bien todo esto alguna otra persona?
Y si uno de esos señores administradores se hubiera encargado de hacerlo, ¿cree que no hubiera acertado?
Ellos entienden de esas compras lo mismo que usted; o, si la persona que ellos hubieran podido enviar hubiera necesitado alguna ayuda, ¿no habría encontrado algún amigo en aquel sitio, como todos lo tienen, para escoger los géneros y valorarlos?
No cabe duda de ello.
¿Cómo lo hacían antes de que usted fuera?
En cuanto a lo otro, lo de velar y servir a ese buen difunto durante su enfermedad, quiero creer que lo ha hecho us44
ted por agradecimiento a los favores que habían recibido de él.
Pero, dejando aparte que él se los hizo puramente por amor de Dios, sin esperar ninguna gratitud de su parte, era tan amigo del buen orden que, si usted le hubiera propuesto romperlo en consideración a él, seguramente le hubiera apartado de esa idea.
Si dice usted que le han obligado a hacer esos viajes, le respondo que, en lo que atañe al señor de Franqueville, me cuesta trabajo creerlo; y quizás, cuando él la vio, le pidió él mismo que se volviera sin detenerse junto a él.
Y en cuanto a los señores administradores, me han dicho que fue usted misma, hermana, la que se ofreció a ir por ellos a Orléans.
Pero aun cuando fueran ellos quienes hicieron primero esta propuesta, podría usted haberles indicado que era contra sus prácticas y que no podía usted alejarse del hospital sin consentimiento de la señorita o sin el mío.
Sea lo que fuere, ha hecho usted estas dos salidas por propia iniciativa y ha faltado a la práctica de su compañía, en donde no se hace nada semejante.
Con frecuencia nos urgen en París para que permitamos a las hermanas atender a otros enfermos distintos de los pobres, pero no podemos consentir que les sirvan, ni siquiera a sus confesores, tanto porque las hermanas están sólo para atender a los que no tienen a nadie que les asista, como por otros inconvenientes que podrían ocurrir si se comprometiesen con las personas que tienen otros medios para que les atiendan.
Hija mía, ¡qué mal ha hecho usted yendo de acá para allá, no sólo sin permiso, sino contra la intención de sus superiores!
Y aunque sólo hubiera sido abandonar a su rebaño, esto es, a las hermanas y a los enfermos que la Providencia ha encomendado a sus cuidados, se trata de una falta por la que tiene usted que humillarse profundamente.
Hágalo, pues, hermana, para que Dios le conceda la gracia de no dejar nunca su puesto ni hacer nada en contra de sus reglas, más que con el permiso de sus superiores.
Así lo espero de su divina bondad.
Me dice usted que se encuentran preocupadas por no hallar confesor.
Dígame qué eclesiásticos hay en Châteaudun que den 45
mejor ejemplo y gocen de mayor reputación y probidad, y a quién juzga usted más conveniente para que les haga ese servicio; va veremos a quién se les puede asignar.
Le entregué a la señorita duquesa de Aiguillon la carta que le enviaba; pero ella no me ha dicho nada desde entonces.
No me extraña, pues reparte tantas limosnas dentro y fuera del reino, que no puede extenderlas por todas partes.
Le ruego que me encomiende a nuestras buenas hermanas, y todas juntas a Nuestro Señor, a quien yo también seguiré ofreciéndolas con todos sus ejercicios, para que, con su bendición, él sea honrado en ustedes y por medio de ustedes.
Soy en su amor, hermana, su muy humilde y devoto servidor.
V ICENTE DEPAUL indigno sacerdote de la Misión Dirección: A sor Juana Lepeintre, hija de la Caridad, sirviente de los pobres enfermos en Châteaudun.
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