Carta · tomo VI
A EDMUNDO JOLL Y, SUPERIOR DE ROMA
27 de octubre de 1656
2252 [2161,VI,116-118] A EDMUNDO JOLL Y, SUPERIOR DE ROMA 27 de octubre de 1656 A medida que va aumentando el mal público va también creciendo mi dolor; siento de manera especial que hayan tenido que cerrar el colegio de Propaganda Fide por miedo al peligro y que le haya afectado esto a ustedes en la persona del padre de Martinis, que se encuentra en su interior.
Creo, sin embargo, que no habrá ningún peligro en esa casa cerrada, dado que la enfermedad de ese muchacho que ha muerto, y que ha dado lugar a la clausura no se contrajo allí dentro.
Pediremos a Dios que los conserve a todos, especialmente a monseñor Massari y a nuestro buen hermano, que ha tenido el coraje de encerrarse allí y de exponerse con los demás.
Ha sido esto una gracia de Dios que ha querido con esta acción llena de caridad hacerle merecer otras bendiciones para él y para la compañía.
Seguiremos rezando incesantemente por toda Italia, afligida por la peste y por el miedo, a fin de que quiera Dios librarla de ambos males; ________ Carta 2252.
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hemos de esperar que así sea, ahora que los fríos purificarán la atmósfera.
Esas ilustres personas del Oratorio de las que me habla, que se han expuesto al peligro de muerte por la salvación de los apestados, han hecho muy bien al obrar de esa manera, así como también ha hecho bien Su Santidad al apartarlos de ese peligro.
Tenemos que alabar esas acciones heroicas, sin presumir de que seríamos capaces de hacer nosotros lo mismo.
Los jóvenes y los niños no pueden atreverse a emprender lo que hacen los hombres fuertes.
Nuestra compañía es todavía demasiado pequeña y demasiado débil para imitar a los demás institutos de la iglesia, que son como gigantes y que pueden sin muchas molestias ofrecer muchos obreros, mientras que nosotros no podríamos hacer lo mismo que ellos sin vernos reducidos a la nada.
Hemos de contentarnos con ofrecer a Dios nuestra buena voluntad, juzgándonos indignos de llegar a esas acciones, hasta que nos ordenen exponernos a ellas; pues entonces tendríamos que sacrificarnos por obediencia y morir como Nuestro Señor que, por la salvación de los hombres, fue obediente hasta la muerte de cruz.
Me dice que está usted preocupado por saber mi intención, ya que, si en una carta le indiqué que no se adelantara a esa orden, sino que la esperara sin pedirle, en otra carta le dije que no expusiera a su persona, con lo que está usted en dudas de si permito que los demás se expongan.
No, Padre, no he querido decir que se exponga nadie, sino lo primero, o sea: que, suponiendo una voluntad declarada de parte de nuestro Santo Padre el papa o de la congregación establecida para ello, en ese caso deseo exceptuarle especialmente a usted, para que si le mandan que envíe a algún padre a administrar los sacramentos a los enfermos, no asuma usted personalmente esa comisión, ya que debe conservarse para el gobierno de los demás y para un bien mayor.
Pero cuando le decía que ninguno de los suyos tiene que adelantarse a exponerse sin una orden expresa, estaba suponiendo otra cosa, o sea, que no hay necesidad de ello, pues no puedo imaginarme que en Roma, donde hay tantos y tantos sacerdotes y religiosos y además un plan tan bueno de asisten114
cia a los enfermos de la ciudad y del campo, no haya suficientes para todos los lugares infectados.
No sé si lo que el Padre... le ha escrito de esos sacerdotes de San Sulpicio es verdadero o falso; pero ¡que Dios nos guarde de impedir que ellos se unan con otros y que se hagan erigir en congregación!
Lo único que hemos de desear es que tomen un nombre que les distinga de nosotros y de todos los demás, para que no se les atribuyan a ellos las faltas que nosotros cometamos ni se nos atribuyan a nosotros las que ellos pudieran cometer.
Sin embargo, no creemos que las cometan si siguen tal como son en la actualidad; pero la prudencia cristiana y la práctica de la iglesia, que ha dado nombres distintos a cada compañía, requiere que prosiga esta buena costumbre, a fin de que la multiplicidad no sea fuente de confusión ni el parecido entre las diversas partes de este gran cuerpo de la iglesia sea un motivo de división entre ellas.
Me basta con decirle esto; por lo demás, dejo totalmente en sus prudentes manos que actúe usted en esta ocasión como lo crea más oportuno.
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