Carta · tomo VI

A PEDRO LE CLERC, HERMANO COADJUTOR DE AGEN 1

12 de noviembre de 1656

Tipo
Carta
Autoría / fuente
San Vicente de Paúl
Tomo
VI
Extensión
1.467 palabras
Página inicial
125
Ver tomo

2259 [2168,VI,125-129] A PEDRO LE CLERC, HERMANO COADJUTOR DE AGEN 1 12 de noviembre de 1656 Aunque sus cartas me dan algún motivo de aflicción por la preocupación que usted siente, también me dan ocasión de alegrarme por las gracias que Dios le concede y que me obligan a sentir por usted un cariño especial y un gran deseo de contribuir a su progreso espiritual.

Sobre esta base, le expondré lo que pienso sobre su problema.

Me parece que ese afecto que usted tiene no procede de Dios, por ser demasiado vehemente.

Los que Dios da son suaves y pacíficos, no causan ninguna turbación en el espíritu, como pasa con el suyo que se llena de inquietudes.

Le he pedido en varias ocasiones que tenga un poco de paciencia; pero ha sido ahora cuando ha tenido usted menos, de modo que he estado dudando de si convendrá contestar a sus cartas, ya que las que le escribo, en vez de obtener lo que usted pide, le provocan más en la búsqueda de lo que usted pretende.

Pero he creído que era mi obligación advertirle que me retraso en darle gusto, por temor a perjudicarle y hacer que siga usted una pasión desordenada.

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Y así la llamo, porque intenta poner en peligro su vocación, diciéndome que, si yo no encuentro buenas razones, le diga que debe usted retirarse.

Mi ________ Carta 2259.

— Reg. 2, 342. 1.

La carta va dirigida «a uno de los hermanos de la casa de Agen»; sólo puede ser Pedro Le Clerc. ya que el otro hermano, Pedro Jullie, era gascón y llevaba sólo 7 años en la compañía 121

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querido hermano, ¡qué expresión tan indigesta!

Si usted conociera debidamente los dones de Dios, no preferiría el cambio de casa a la dicha de servir a Nuestro Señor en el estado al que le ha llamado, que es una gracia tan importante que tiene que apreciarla más que a la vida.

Cuando comparo su actual disposición con la que ha tenido hasta ahora, me parece que no es Pedro Le Clerc el que me habla de esta manera.

Sin embargo, la verdad es que se trata de usted mismo, aunque me parezca muy distinto.

¿Dónde está ahora aquel agradecimiento que le hacía bendecir a Dios tantas veces por haberle sacado del mundo para hacerle encontrar en la compañía medios tan fáciles de conseguir la perfección y tantos ejercicios de caridad para ayudar a los demás a lograr su salvación?

¿Dónde está aquella santa indiferencia por los sitios y las ocupaciones, que le hacía decir tantas veces que estaba dispuesto a quedarse en cualquier sitio o a marchar a cualquier lugar para seguir a Nuestro Señor?

¿Dónde está aquel gran fervor que tenía para cumplir la voluntad de Dios en todas partes y en todas las cosas, según se lo señalara la santa obediencia?

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Bien sabe usted que marchaba por aquel camino lleno de esta santa ilusión; y, gracias a Dios, siempre ha dado usted buen ejemplo a los demás hermanos y ha sido un consuelo en todos los lugares en que ha estado.

¿De dónde viene que ahora diga usted que, si hubiera que volver a empezar, no sabría usted qué hacer?

Creo, mi querido hermano, que ha dicho usted eso más bien para exagerar el sentimiento de sus preocupaciones que para renunciar a todo el bien que ha hecho.

Dios sigue siendo el mismo y merece ser servido ahora lo mismo que antes; no tiene usted que desanimarse cuando le toque sufrir alguna prueba, lo mismo que hacen los que viajan cuando tropiezan con dificultades o los marineros cuando surge la tempestad.

Todos se esfuerzan animosamente en vencer los obstáculos y llegar hasta el lugar que se habían propuesto.

Tenemos dos misioneros en Varsovia, en donde han sufrido mucho por los malos tratos que han recibido, sobre todo en el rigor de los asedios, que les han puesto a veces en peligro de muerte y se han visto despojados de todo lo que tenían, hasta de sus hábitos.

Cuando se retiraron los suecos, se presentó el 122

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contagio y el Padre Desdames se vio atacado por la peste, aunque Dios ha querido curarlo.

¿Cree usted, mi querido hermano, que durante todos estos peligros de guerra y de peste pensaron en marcharse de allí, como podrían haberlo hecho fácilmente?

¡Se guardaron mucho de ello!

Y ni siquiera demostraron que hubiera pasado por su mente ese pensamiento.

¿Y por qué?

Porque no tienen deseos propios; se contentan con permanecer en el lugar y en el estado en que Dios los ha puesto, sabiendo que no podrían estar mejor en otra parte y que la felicidad del misionero está en permanecer firme en su misión y en su oficio, hasta que se le retire de allí, a ejemplo de Nuestro Señor que, habiendo venido a este mundo para cumplir la voluntad de su Padre, se mostró obediente a ella hasta la muerte.

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Si usted se encontrase en alguno de esos peligros en que estuvieron y siguen estando esos padres, sería usted en cierto modo excusable, pero eso de querer abandonar su puesto porque — según dice — no entiende usted la lengua ni puede practicar las reglas en una casa que no tiene forma de comunidad, no son más que pretextos para seguir su gusto y no buenas razones para que haya que retirarle de allí.

Si después de esos diez años que lleva en Gascuña el lenguaje no le ha impedido servir útilmente a la compañía, mucho menos se lo tiene que impedir ahora, que la entiende usted mejor que al principio.

Tampoco es conveniente que la emprenda usted contra la familia, diciendo que es pequeña; porque, si es pequeña y son ustedes tantos hermanos como padres 2, podrá usted dedicarse mejor al reglamento que si sólo estuviera usted de hermano, como en Saintes, en Crécy y en otros sitios en donde no hay más que uno, y que por consiguiente no tiene siempre suficiente tiempo para compaginar el oficio de María con el de Marta.

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Si me dice usted que a veces le falta quehacer y que se aburre, es muy fácil el remedio para ello, haciendo usted solo el trabajo de los dos; porque, si puede usted hacerlo, enviaremos a otro sitio al hermano que está con usted.

Pero, ¿por qué — me dirá usted — no me saca de Agen a mí, y no a él? ________ 2.

El personal de la casa de Agen comprendía dos padres y dos hermanos: Edmundo Menestrier, superior, otro padre, Pedro Leclerc y Pedro Jullie, hermanos coadjutores. 123

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Porque si él no basta para esa casa y usted sí, si él se queda, tendrá que haber otro con él; y ese otro podría sentirse tan aburrido como usted y tropezar con las mismas dificultades de lenguaje y de reglamento.

Por tanto, debe usted procurar vencer esas dificultades y no hacer que recaigan en otro, ya que es más justo que Dios siga viéndose servido por usted en esa familia que molestar a esa misma familia con su retirada.

Me extraña ciertamente que se le haya ocurrido la idea de salir de allí cuanto antes, ya que todos están contentos de usted y usted mismo reconoce que está contento con quienes componen esa comunidad.

La verdad es que se trata de una de las tentaciones más evidentes que pueden venir sobre un siervo de Dios, aunque usted no se lo crea.

¿Por qué pasa esto?

Porque usted ha escuchado demasiado al tentador, que le ha convencido de que estando en París lo haría usted mejor y podría hacer otras cosas distintas de las que ahora hace.

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Si usted no se hubiera preocupado tanto por esa idea, descubriría fácilmente la astucia del enemigo, que para apartarle de las prácticas de una virtud sólida en esas ocasiones que tiene a mano le hace mirar a otras, que no son más que imaginarias.

Le ruego, pues, mi querido hermano, que considere bien delante de Dios lo que le gustaría haber hecho en la hora de su muerte.

Usted no se ha entregado a él para seguir sus propios sentimientos, sino para someterse a su voluntad.

Pídale, pues, esta gracia y renueve sus primeros propósitos de servirle a su gusto más que al capricho de usted, en el sitio en que está y no en otros adonde le llama su propia inclinación, pero no la voluntad divina.

Así lo espero de su misericordia y de la paciencia que otras veces ha manifestado usted mismo.

Soy...

Después de escrita la presente, he recibido otra carta suya, en la que persiste en su petición.

Yo perseveraré en decirle que usted encontrará el espíritu de su vocación en el ejercicio de la obediencia y de la caridad.

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Le ruego que lea el capítulo 15 del tercer libro de la Imitación de Cristo, en donde verá que no todos los deseos, aunque sean buenos, proceden siempre del Espíritu Santo, y que usted está muy lejos de la indiferencia o resignación que allí se enseña. 124

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