Carta · tomo VI
A UN HERMANO COADJUTOR
10 de diciembre de 1656
2273 [2181,VI,146-148] A UN HERMANO COADJUTOR 10 de diciembre de 1656 Le doy gracias a Dios por esas gracias que usted me dice que ha recibido de él y le ruego que le conceda la de usar bien de ellas.
Si ese conocimiento que usted tiene de sí mismo es verdadero, tiene usted que juzgarse indigno de vivir y extrañarse de que Dios le siga soportando.
La humildad que debe nacer de ese conocimiento tiene que inclinarle más bien a ocultarse que a hacerse notar.
Las gracias que Dios le ha concedido son solamente para usted mismo y para que se haga mejor en el sitio y en el estado en que le ha puesto.
No es su designio que usted se las comunique a los demás, pues solamente a los eclesiásticos les corresponde administrar la palabra de Dios y los sacramentos, y no tiene usted carácter para ello.
Los que aman mucho a Dios no se jactan de ello; al contrario, tienen miedo de no amarle nunca bastante; pues, como les parece infinitamente amable, se dan cuenta de que su amor no es nada en comparación con lo que él se merece.
Sin embargo, usted exalta tanto el suyo que, en vez de parecerme tan grande como a usted, me parece que es muy pequeño.
Cuando Nuestro Señor le preguntó a san Pedro si lo amaba, aquel pobre apóstol casi no se atrevía a responderle que sí, sino que respondió solamente: «Tú lo sabes, Señor» 1. y usted, sin esperar a que él se lo pregunte, dice que su amor es tan grande que es capaz de abrazar a todo el mundo.
Es ésta una exageración que llega incluso a la mentira y que procede de una presunción inaudita.
Jesucristo amó más a su Padre que todas las criaturas del mundo juntas; sin embargo, su amor no produjo ese efecto que usted se promete del suyo, ya que abrazó a muy pocas personas; y a pesar de que les dijo a los judíos, que eran el pueblo de Dios, que sus palabras eran palabras de vida y que hizo ante la vista de todos ellos grandes milagros para iluminar sus espíritus e inflamar sus voluntades, sin embargo ellos, al menos en su mayor parte, se quedaron tan fríos y tan duros como antes. ________ Carta 2273.
— Reg. 2, 345. 1.
Jn 21, 15-17. 140
Además, necesitó de los doce apóstoles y de un gran número ◊de discípulos, animados todos ellos del espíritu de Dios, para que fueran a dar a conocer y a hacer amar a Jesucristo por toda la tierra; ¡y tiene usted el atrevimiento de decir que su amor es capaz de hacer todo esto por sí solo!
¿No ve usted, mi querido hermano, que se trata de una sugestión del espíritu maligno que, para echarle a perder, le pone en la imaginación que haría usted maravillas para salvar a los demás?
¿Qué podría decirles usted a los hombres sino que Dios es digno de ser amado y servido soberanamente, y que los crímenes que ellos cometen son tan horribles a los ojos divinos que les castigará con una eternidad de suplicios?
Pues bien, en esto no les dirá usted nada nuevo, ya que hay pocos que no lo sepan mejor que usted, que no tiene ninguna ciencia y que tiene incluso muchos motivos para desconfiar de su virtud, tal como se demuestra por el hecho de que no sabe distinguir entre el bien y el mal que le impulsa.
Es ésta una tentación muy peligrosa, que tiende a sacarle de la condición en que usted se encuentra, y que es precisamente la más segura para su salvación.
Y usted, sin embargo, la confunde con un celo santo por la salvación de las almas, sin darse cuenta de que es indiscreto y temerario, ya que Dios no le ha llamado a los ministerios sagrados, que los laicos no pueden tocar sin hacerse culpables y dignos de aquel mismo castigo que sufrieron los que tendieron su mano al arca de la alianza, que fueron castigados con la muerte.
Mi querido hermano, si desea usted vivir una vida agradable a Dios, humíllese y permanezca en paz en medio de sus ocupaciones corporales; ofrézcaselas a Dios junto con sus oraciones y penitencias por la conversión de los pecadores, la propagación de la fe y la práctica de las virtudes cristianas; pero no siga adelante, ya que es usted incapaz de ir a predicarlas y de contribuir a ello de una manera distinta de como lo hacen los demás hermanos.
Hasta ahora ha dado usted muy buen ejemplo en la casa en que está y seguirá dándolo, con la ayuda de Dios, mientras que se contente con el oficio de Marta y con los ejercicios de piedad que la regla le indica.
Dios no pide de usted otra clase de servicios; encuentra suficientes obreros para las obras esplendorosas y quiere tener otros en las tareas más hu141
mildes, lo mismo que en las elevadas.
Por eso le dará usted gusto apreciando su estado como el más conveniente para los planes que él tiene sobre usted.
Le ruego finalmente que le conceda la gracia de cumplir bien con su voluntad.
Pídale su misericordia para mí, que soy
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