A JUAN CHRETIEN, SUPERIOR DE LA ROSE
17 de enero de 1657
Le pedí a usted que enviara a Notre-Dame de Lorm al hermano Claudio 1 y me responde usted que la necesidad que de él tiene le dispensa de hacerlo. No dudo, Padre, de que será muy útil en su casa y que ésta se verá muy afectada al quedarse sin él; pero cuando es cuestión de cumplir con una resolución de la compañía tenemos que ser fieles a nuestra obligación; si no eso sería abrir la puerta a la desobediencia. No recuerdo haber conocido a ningún superior que, después de una orden tan precisa, se haya puesto a aducir razones en lugar de hacer lo que se le decía. Puede usted estar seguro de que no hacemos ningún cambio sin pensar en él más de una vez, y que los intereses de su familia nos afectan lo mismo que los de cualquier otra. Pero, al considerar sus necesidades, hemos puesto también la atención en las del seminario de Montauban que, aunque usted no las conoce, no dejan de ser muy urgentes. Además, es justo devolver a ese hermano a la casa de donde usted lo sacó y volver a ponerlo en manos de la santísima Virgen, patrona de Lorm, que fue la que le atrajo a aquel lugar y la que le ofreció allí a su hijo Nuestro Señor. Si me dice que el siente alguna repugnancia en volver, no se sigue que no vuelva a gusto cuando usted le diga que es ésa nuestra intención. El inconveniente que tenía para estar allí se debía solamente a una persona que ya no está; por eso espero que estará allí contento y que usted le dejará marchar. Así le ruego que lo haga y que tome para sustituirle a un buen criado, como acostumbran hacerlo algunas otras casas.
Le informaron a usted mal cuando le dijeron que su fundación era de cuatro mil libras; es solamente de tres mil, ¡y quiera Dios que en estos seis años que han pasado no haya quedado reducida a la mitad! Quienes le han precedido no han ido tan deprisa ni tan lejos como usted; y quizás se mostraría usted un poco más precavido, si conociera lo mucho que nos cuesta conseguir aquí el dinero que usted recibe y conservar los pocos bienes que le quedan que, habiendo sido asignados sobre un terreno del rey, consisten solamente en unas arenas movedizas y sujetas a impuestos, a recortes y a sobrecargas frecuentes, aparte de las compensaciones que hay que dar a los arrendatarios de vez en cuando por ciertos obstáculos que se presentan cuando menos se espera. Hay muchos de nosotros que están continuamente alerta, bien para procurar que hagan quitar los impuestos, bien para impedir que vuelvan a venderse los coches; parece tratarse del cuento de nunca acabar, ya que todos los años se presentan nuevas complicaciones. Pero pongamos el caso de que no le llega a usted por entero todo lo que se recibe de sus rentas; ¿no es justo, Padre, que las hijas socorran a su pobre madre, sobre todo cuando es por disposición de su padre y de su común superior? ¿No es preciso que San Lázaro, que prepara gente para poder ofrecérsela a las otras casas, cuando carecen de ella, se vea ayudado para sostener sus gastos?