Carta · tomo VII
A UN SACERDOTE DE LA MISIÓN
2599 [2501,VII,38-39] A UN SACERDOTE DE LA MISIÓN Nuestra congregación no permite a los que se han entregado a Dios entre nosotros marchar a su país, tanto por la experiencia que tiene del daño que esa visita a los parientes produce en su primer fervor, como porque Nuestro Señor, que conocía el peligro que hay en las preocupaciones familiares para los que han profesado en su servicio, no quiso que uno de sus discípulos fuera ni siquiera a sepultar a su padre, ni que otro regresase a disponer de sus bienes.
Después de estos ejemplos, no tiene usted más remedio que pedir a sus padres que le excusen si no va a verlos.
Yo no puedo darle mejor consejo que el que dio Nuestro Señor de dejar el padre y la madre, los hermanos, las hermanas y las posesiones, si desea usted seguirle y ser del número de sus discípulos.
Si teme usted alguna división en su familia, procure remediarla con sus cartas, pidiéndole a alguna buena persona del lugar que intervenga para arreglar las cosas; y si se trata de algún bien temporal en donde tenga usted intereses, envíe poderes a algún pariente o amigo para que haga en ausencia suya lo que podría usted hacer de presente.
Habría motivos para temer que, si trata usted mismo de sus asuntos con sus parientes, en vez de poner en ellos el orden que a usted le ________ Carta 2599.
— Abelly, o.c, 2.ª ed., 1.
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gustaría, ellos le atraerían a sus pasiones y le enredarían en sus intereses; es lo que les sucede con frecuencia a los eclesiásticos que se mezclan en esas cosas.
Si dice usted que lo hace sólo para aprovecharles espiritualmente, acuérdese de que la obsesión por los prójimos disminuye el espíritu y a veces lo suprime por completo, y que entonces uno es incapaz de producir ningún fruto entre ellos.
Por eso raramente es uno profeta en su patria.
Nuestro Señor volvió solamente una vez a la ciudad de Nazaret después de haber comenzado el ministerio de la predicación, y en aquella ocasión los habitantes quisieron precipitarlo desde lo alto de una roca.
Quizás él permitió aquello para enseñar a los obreros evangélicos que, si vuelven a sus casas, se ponen en peligro de caer de aquella alta opinión a que los habían elevado sus obras, para hundirse en algún funesto precipicio.
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