Conferencia · tomo IX-A

CONFERENCIA DEL 22 DE ENERO DE 1645 Sobre la observancia del reglamento

22 DE ENERO DE 1645

Tipo
Conferencia
Autoría / fuente
San Vicente de Paúl
Tomo
IX-A
Extensión
6.573 palabras
Página inicial
186 (PDF)
Asunto principal
La Observancia Del Reglamento
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20(20,IX,203-215) CONFERENCIA DEL 22 DE ENERO DE 1645 Sobre la observancia del reglamento El día de san Vicente mártir del año 1645, nuestro veneradísimo Padre tuvo la caridad de dirigirnos una conferencia sobre las prácticas y reglas de nuestra Compañía y nos dijo: — Hermanas mías, ya conocéis el tema de esta plática; tengo que recordaros lo que se practica en vuestra Compañía desde hace tiempo.

No hay reglas nuevas; se trata solamente de vuestras prácticas.

Se hace tarde, hijas mías, os he hecho esperar mucho.

Os pido perdón.

Pero os aseguro que tenía ya puesto mi manteo para venir, cuando una persona de condición me obligó a volver.

Los tres puntos de vuestra oración eran; las razones que tenéis para practicar exactamente las antiguas costumbres de la Compañía; las faltas que se cometen de ordinario o que pueden cometerse contra las antiguas costumbres y reglas de la Compañía; y los medios de los que podéis serviros en el futuro para guardar más exactamente vuestro reglamento.

Pues bien, creo que no hemos de detenernos mucho.

Veamos solamente algunas de vuestras anotaciones.

Usted, hermana, ¿qué piensa sobre este tema?

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— Padre, la mejor razón es que no podríamos ser virtuosas, si no practicásemos nuestras reglas; la segunda, que sin esta práctica no puede haber unión en la Compañía.

He reconocido que cometía muchas faltas contra las reglas; he faltado casi en todas, especialmente en la oración.

No he tenido buenos y elevados pensamientos a lo largo del día, y por mala condescendencia y respeto humano no me he retirado a la hora debida, aunque sintiese en mi interior cierto remordimiento de conciencia.

En esto he dado mal ejemplo a la hermana que estaba conmigo y también en algunas otras faltas contra las reglas.

He ________ Conferencia 20.

— Arch. de las Hijas de la Caridad, el original es manuscrito de Luisa de Marillac 198

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pensado que, para practicar mejor las reglas, tengo que renunciar a mi misma, ya que mi naturaleza se echa siempre para atrás cuando hay que superarse en alguna cosa.

He tomado la resolución de esforzarme con la gracia de Dios.

— ¿Y usted, hermana?

— Padre, yo he pensado que, como Dios me ha llamado a la Compañía de las Hijas de la Caridad, tengo que seguir sus reglas, obedecer a nuestros superiores y dar buen ejemplo a mis hermanas en todas mis acciones.

Las faltas que he observado en mi son especialmente faltas contra el silencio, ya que hablo con demasiada rudeza y con discursos desordenados; en esto he desedificado con frecuencia a la Compañía, como también en otras muchas faltas que no nos gustaría cometer delante de nuestros superiores.

He tomado la resolución, con la gracia de Dios, de poner en práctica las reglas que nos ha dado la divina Providencia, obedecer a nuestros superiores y a todas nuestras hermanas.

¡Que Dios me dé su gracia!

— ¿Y usted, hermana?

¿cuáles son sus pensamientos?

— Padre, la primera razón es que, puesto que Dios me ha tomado para su servicio, me pide una gran perfección.

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La segunda es que Dios es tan bueno que bien merece que nos hagamos violencia.

Además, él nos pedirá cuenta estrecha de todas las gracias que nos ha concedido.

Las faltas que cometo contra las reglas se deben a mi excesivo afecto hacia mi misma; mis cobardías han sido muchas veces, y a causa de haber servido a los pobres con negligencia.

He pensado, como medio para practicar mejor nuestro reglamento, en renunciar a mi misma, no querer más que la voluntad de Dios, y obedecer fielmente a nuestros superiores.

— Hable usted, hermana.

— Tenemos que practicar fielmente nuestras reglas porque, por este medio, Dios nos concederá la gracia de perseverar en nuestra vocación.

Vamos en contra de la fidelidad que debemos a Dios siempre que faltamos a la práctica de nuestros reglamentos.

De esa forma nos alejamos de él; esto me da una gran confusión, ya que siempre he faltado a la práctica de todos.

Pa199

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ra corregirme de mis defectos, conviene que ame mas mí vocación, mediante la gracia de Dios, la ayuda de la santísima Virgen y de mi ángel de la guarda.

— ¿Y usted, hermana?

— Padre, me parece que las reglas se han dado a las Compañías para ayudarlas a perfeccionarse.

Una segunda razón es lo que nuestro Señor les ha prometido a los que guarden los consejos evangélicos y a los que practiquen las obras de misericordia.

Esta promesa se dirige especialmente a las que tienen la felicidad de ser llamadas a las Compañías establecidas para el ejercicio de la caridad; pues bien, todos los artículos de nuestras reglas nos llevan a eso, especialmente en la instrucción de los ignorantes y en la visita a los enfermos y prisioneros, como son los galeotes.

La tercera razón es que la fidelidad a las reglas en todo, sin traspasar nunca los límites de lo que se nos ha ordenado, nos edifica mutuamente.

Una hermana que se niega a hacer o decir o llevar lo que se le manda puede arrastrar a las demás en ese mismo espíritu de contradicción y de desobediencia.

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Yo soy tan miserable que he faltado mucho y en bastantes ocasiones, especialmente por no pedir perdón a mis hermanas siempre que les he dado algún disgusto; en eso he desedificado a todas mis hermanas, a las que pido muy humildemente perdón con todo mi corazón.

— ¡Bendito sea Dios, hermanas mías!

Hable, hermana.

— Me parece, Padre, que el único medio de ayudarnos a agradar a Dios y a cumplir su santísima voluntad es la observancia de nuestras reglas, que se nos han dado por orden de su divina Providencia.

He faltado muchas veces contra el silencio y contra la obediencia y por mi gran repugnancia a que me reprendan de mis defectos.

Para practicarlas en el futuro, pediré muchas veces a Dios esta gracia y pensaré también con frecuencia en mis deberes.

¡Alabado sea el santo nombre de Dios!

— ¡Bendito sea Dios, hermanas mías!

Continúe usted, hermana, la que sigue.

— Padre, al comienzo de mi oración he admirado los medios de que Dios se sirve para darnos a entender lo que le agrada 200

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y lo que nos exige para el aumento de su gloria en nosotros.

Puesto que en su morada principal hay reglas muy estrechamente observadas por los nueve coros de los ángeles, es preciso que las haya también en la tierra, en las Compañías donde se complace en habitar, y especialmente en las que aspiran a la imitación de la vida de Jesucristo, como sucede con la Compañía de las Hijas de la Caridad.

Es muy razonable que tengan, cada una en particular y todas en general, una preocupación, muy grande por guardar enteramente las que les han dado, y aplicarse a ellas como un medio de perfeccionarse.

Reconozco haber faltado hasta el presente y muchas veces en la práctica de estas reglas, casi en todo, y especialmente en el respeto que debo a todas mis hermanas.

Para mejor practicarlas en el futuro, he pensado que necesitaba un gran despego de mi misma, para unirme fuertemente a la voluntad de Dios, que se encuentra en nuestras reglas, ya que nos las han dado nuestros superiores; mi resolución ha sido tener más afecto que nunca a la práctica de las reglas.

¡Dios me conceda esta gracia por su bondad!

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Otra hermana dijo: — No puedo ser buena Hija de la Caridad sin poner en práctica las reglas de la Compañía, a las que he faltado casi siempre desde que Dios me dio la gracia de entrar en ella.

Para no caer en estas faltas, tengo necesidad de superarme a mi misma.

— ¿Y usted, hermana?

— Padre, he pensado que, por la práctica de las reglas, honramos la verdad y huimos de la hipocresía, ya que nuestros superiores, el mundo y nuestras hermanas, creen que nos hemos entregado a la Compañía para hacer todo lo que en ella se hace.

Otra razón es que Dios lo quiere así; nos lo demuestra cuando nos ha llamado a esta manera de vivir.

Es conveniente pensar muchas veces que es a Dios a quien servimos en todos nuestros actos, que él nos hace superar, por su amor, las pequeñas dificultades que tenemos, que se alegra en ella, y que finalmente nos dará, por un poco de trabajo, la eternidad bienaventurada co201

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mo recompensa.

Las faltas contra nuestras reglas debilitan poco a poco nuestro fervor, nos ponen en peligro de perder nuestra vocación, dan mal ejemplo a nuestras hermanas y, lo que es peor, ofenden a nuestro Dios.

— ¡Bendito sea Dios, hermanas mías, por la estima en que tenéis el reglamento que se observa en vuestra Compañía desde hace tiempo!

Dios quiere que en todas las cosas se mantenga un orden; san Pablo nos lo enseña cuando dice que lo que es ordenado viene de Dios 1.

Puede dercirse realmente que es Dios quien ha hecho vuestra Compañía.

Yo pensaba hoy en ello y me decía: «¿Eres tú el que ha pensado en hacer una Compañía de Hijas?

¡Ni mucho menos!

¿Es la señorita Le Gras?

Tampoco».

Yo no he pensado nunca en ello, os lo puedo decir de verdad.

¿Quién ha tenido entonces la idea de formar en la iglesia de Dios una Compañía de mujeres y de Hijas de la Caridad en traje seglar?

Esto no hubiese parecido posible.

Tampoco he pensado nunca en las de las parroquias.

Os puedo decir que ha sido Dios, y no yo.

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Yo era cura, aunque indigno, en una pequeña parroquia 2, Vinieron a decirme que había un pobre enfermo y muy mal atendido en una pobre casa de campo, y esto cuando estaba a punto de tener que ir a predicar.

Me hablaron de su enfermedad y de su pobreza de tal forma que, lleno de gran compasión, lo recomendé con tanto interés y con tal sentimiento que todas las señoras se vieron impresionadas.

Salieron de la ciudad más de cincuenta; y yo hice como los demás; lo visité y lo encontré en tal estado que creí conveniente confesarlo; y cuando llevaba el Santísimo Sacramento, encontré algunos grupos de mujeres y Dios me dio este pensamiento: «¿No se podría intentar reunir a estas buenas señoras y exhortarles a entregarse a Dios, para servir a los pobres enfermos?»

A continuación, les indiqué que se podrían socorrer estas grandes necesidades con mucha facilidad.

Inmediatamente se decidieron a ello.

Luego se estableció en París esta Caridad, para hacer lo que estáis viendo.

Y todo ________ 1. 1 Cor 14,33-40. 2.

Châtillon-les-Dombes. 202

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este bien proviene de allí.

Yo no había pensado nunca en eso.

Ha sido Dios, hijas mías, quien lo ha querido y, san Agustín asegura que, cuando las cosas suceden de esta forma, es Dios el que las hace.

En esta ciudad de París, algunas señoras tuvieron este mismo deseo de asistir a los pobres de su parroquia, pero, cuando llegaron a la ejecución, se vieron impedidas de hacerles los servicios más bajos y penosos.

En las misiones, me encontré con una buena joven aldeana 3 que se había entregado a Dios para instruir a las niñas de aquellos lugares.

Dios le inspiró el pensamiento de que viniese a hablar conmigo.

Le propuse el servicio de los enfermos.

Lo aceptó en seguida con agrado, y la envié a San Salvador, que es la primera parroquia de París donde se ha establecido la Caridad.

Se fundó luego una Caridad en San-Nicolás-du-Chardonnet, luego en San Benito, donde había algunas buenas mujeres, a las que Dios les dio tal bendición, que desde entonces comenzaron a unirse y a juntarse casi sin darse cuenta.

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Ved pues, mis queridísimas hermanas, cómo la razón que da san-Agustín para conocer que las obras son de Dios se manifiesta realmente en vuestra Compañía, de tal forma que, si se nos preguntase cómo se ha hecho esto, podemos decir: «No lo sé».

Así pues, mis queridas hermanas, como el designio de reuniros es de Dios mismo, tenéis que creer también que ha sido la dirección de su divina Providencia la que ha hecho que vuestra manera de vivir se constituyese en regla con el tiempo, y que es necesario poner esta regla por escrito, para conservar el recuerdo de lo que Dios pide de vosotras, y mantener en esa práctica a las que vengan después de vosotras.

La segunda razón es que, mientras estéis unidas y ligadas juntamente por una practica fiel de vuestras reglas, estaréis dentro de la forma de vida que nuestro Señor os pide, y seréis como un pequeño ejército para combatir a los enemigos que quieran destruiros, y de esta forma, pareceréis en el cielo y en la tierra hijas de Dios.

Hijas mías, tenéis grandes motivos ________ 3.

Margarita Naseau. 203

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para humillaros de los planes que, al parecer, tiene Dios sobre vosotras.

¡Si supieseis!

¿Lo diré, hijas mías.j Tengo miedo de que alguna se enorgullezca, si os lo digo.

Pero, por otra parte. me parece que también podría animar a otras.

Mis queridas hermanas, ¡bendito sea Dios!

Se trata de su gloria.

Hablaba uno de estos días con una gran siervo de Dios sobre vosotras, hijas mías, y me dijo que no veía nada tan útil en la iglesia, y me lo expresó con mucha admiración.

¿Sabéis dónde habéis adquirido esta fama entre la gente?

Ha sido por la práctica de vuestras reglas.

¿Y quién os podrá mantener en ella?

Esta misma práctica, y nada más.

Por eso, hermanas mías, permaneced firmes en ellas y no faltéis en un solo punto, esto es, no os canséis jamás.

¿No habéis oído hablar nunca de la conducta de los marineros que navegan en alta mar, a veces hasta quinientas leguas, sin ver tierra alguna?

Los marineros están seguros mientras siguen exactamente las reglas de su navegar; pero si dejan de bajar a la bodega cuando deben o cuando el piloto se lo advierte, o la vela está a contratiempo, el navío se perderá irremediablemente.

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Lo mismo pasa, hijas mías, con las comunidades, y especialmente con la vuestra.

Lo mismo que un navío en un mar nebuloso, vosotras también estáis expuestas a muy distintas peripecia.

Vuestra vocación es vuestra guía y vuestras reglas son vuestra seguridad.

Habéis entrado, pues, en el navío en donde Dios os guía por su inspiración.

Se necesita un piloto que vele, mientras vosotras dormís.

¿Quiénes son esos pilotos?

Los superiores.

Ellos están encargados de advertiros lo que tenéis que hacer para llegar felizmente al puerto.

Y llegaréis al puerto, si sois exactas en la observancia de vuestras reglas.

Si alguna de vosotras quisiese dispensarse de ellas y pidiese a su compañera que no la denunciase, hijas mías, desconfiad de esa hermana.

¿Cómo queremos que nos conduzca el piloto, si no está advertido de los escollos peligrosos?

Hermanas mías, desconfiad de las que no quieran que se diga a los superiores lo que hacen y dicen; desconfiad de vosotras mismas, si tenéis esos pensamientos.

¿Y por 204

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qué, hijas mías vais a tener que descubrir vuestras debilidades?

¿No sabéis que los superiores tienen un corazón de padres y que sabrán tratar bien a las débiles como débiles y a las fuertes como fuertes?

No es conveniente que las fuertes quieran ser tratadas como!as débiles; de ello resultaría un grave daño para la Compañía.

Para evitar este peligro, hijas mías, os diré que vale más superarse con un poco de ánimo, que dejarse abatir por el excesivo mimo y cobardía.

He aquí un ejemplo que podrá serviros: el señor cardenal de la Rochefoucauld 4, de más de ochenta años de edad, no falta, desde hace largos años, a su obligación de levantarse a las cuatro de la mañana, y creo que no se acuesta nunca antes de las diez.

El señor primer presidente hace lo mismo, aunque con frecuencia no se acuesta hasta las once.

Hijas mías, es de grandísima importancia que seáis firmes en la práctica de vuestras antiguas costumbres, si queréis que Dios siga dándoos sus gracias, sin las cuales no haríais nada bueno.

Esta exactitud es la única que puede alcanzar de su bondad vuestra perseverancia y hacer que sirváis para la edificación de los demás.

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La buena señora Goussault murió con este deseo.

Sí, hijas mías, murió pensando en vosotras.

Murió por la tarde; pues bien, la mañana de aquel mismo día me dijo: «Padre, he estado pensando toda esta noche en nuestras buenas hermanas.

¡Si supiese usted cuánto las estimo!

¡cuántas cosas me ha hecho ver Dios a propósito de ellas!».

Acordaos de aquella buena señora; Dios le dio mucha buena voluntad para con vosotras.

Para animaros más con su ejemplo y afirmaros en la observancia de vuestras reglas, os diré que, mucho tiempo antes de su muerte, ella se había impuesto algunas, a las que era muy fiel.

Se había habituado a guardar silencio mientras se vestía, y no faltaba jamás.

Para no verse molestada por las personas que podrían entrar en su habitación, le leían durante aquel tiempo un capítulo de un libro de devoción.

Ved, hijas mías, si una persona de mundo es tan ________ 4.

Cfr. nota 10 de la Conferencia 18 (11 de diciembre de 1644). 205

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exacta en una cosa a la que no está ni mucho menos obligada, con mucha mayor razón debéis vosotras, hijas mías, no faltar a ninguna de las observancias de vuestras costumbres, ya que habéis tomado esta resolución cuando entrasteis en la Compañía.

Aunque hasta el presente nadie haya puesto por escrito vuestras reglas, sin embargo os obliga a ellas la costumbre de las primeras hermanas, ya que os asociasteis con ellas y debéis seguir su ejemplo; ese ejemplo os lo han dado las mayores con toda exactitud.

Por eso, hijas mías, mortificaos un poco y no creáis que cualquier impedimento os puede dispensar de vuestros ejercicios.

Bien, hermanas mías, ya es tiempo de que os retiréis.

Pido a nuestro Señor Jesucristo que os ha reunido para seguir el ejemplo de su santa vida, que os dé su espíritu para practicar vuestras reglas, que os conceda la gracia de imitarle en su bondad, su sencillez y humildad, para que seáis ejemplo las unas de las otras y edifiquéis a todos, según los designios de Dios.

Que El os bendiga, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Amén.

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Pensamientos de Luisa de Marillac sobre el tema de la conferencia del 22 de enero de 1645 Hace tiempo que la Compañía desea y pide que su manera de vivir se redacte en forma de reglamento, para que, por la lectura del mismo, nos veamos animadas a practicarlo.

Dios, que nos concede hoy esta gracia, nos pide mayor exactitud y fidelidad que nunca.

Por el orden que ha puesto en el cielo y en la naturaleza en todos los tiempos y lugares en donde reina su misericordia, Dios nos da a entender que lo quiere también así en las compañías, a fin de evitar la maldición del único lugar en donde no lo hay, el infierno y sus pertenencias. 206

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Tercera razón.

Nuestra salvación depende quizás de la observancia de estos reglamentos.

Estamos en la Compañía bajo la dirección de la divina Providencia.

Por ella es por donde las gracias de Dios tienen que llegar a nosotras.

Los que estaban en la tierra en tiempos de nuestro Señor, se dirigían a los lugares por donde él tenía que pasar, y allí es donde unos recibían las gracias de su vocación y otros la de su curación.

Por tanto, sería despreciar en cierto modo las gracias de Dios el apartarnos del camino en donde nos ha puesto.

Yo me reconozco culpable de todas las faltas de la Compañía, ya que falto a casi todo y no lo advierto cuando debería hacerlo, algunas veces por cobardía y condescendencia.

Por seguir mí inclinación, he tenido a la Comunidad demasiado en recreo, de donde hemos caído en la mala costumbre de perder el tiempo; no es que se haga algo malo, pero el tema de las conversaciones no era sobre la práctica exacta de lo que Dios nos pide a las Hijas de la Caridad, como aprender a tratar y servir a los pobres enfermos.

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Las principales faltas del reglamento son la poca deferencia de las hermanas particulares a las hermanas nombradas sirvientes de los pobres, y la poca paciencia de las hermanas nombradas sirvientes de los pobres en relación con sus compañeras, a las que manda con excesiva autoridad; la mala conducta de las hermanas que se ponen de acuerdo para hacer o decir algo contra las reglas y se prometen mutuamente ocultarlo; la pereza y la cobardía de las que, para dispensarse de la observancia de las reglas, declaran que no están obligadas a ellas.

Un medio para practicar mejor nuestras reglas, es pedir d Dios esta gracia, y preguntar a mi padre espiritual cómo puedo compaginar los pocos quehaceres que tengo y mis indisposiciones con esas reglas.

Además, tengo que ser muy atenta con lo que hacen mis hermanas de la Casa y de fuera, más fiel en ocuparme de su conducta y darles a entender todo lo que pueda sobre nuestra manera de vivir, y de lo que Dios pide de nosotras, el cual sea bendito para siempre. 207

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21(21,IX,215-225 CONTINUACION DE LA CONFERENCIA DEL 22 DE ENERO DE 1645 1 Sobre la práctica del reglamento Mis queridísimas hermanas, en la última conferencia trajisteis vuestras notas sobre las reflexiones que hay que tener acerca de la necesidad de las reglas en las Compañías.

Hijas mías, se dijeron cosas buenas, que me consolaron mucho.

¡Ha sido el Espíritu Santo el que os las inspiró!

¡Bendito sea Dios!

Nos quedamos, según creo, en la cuestión de saber si era conveniente abandonar la regla en servicio de los pobres.

Hijas mías, el servicio de los pobres tiene que preferirse siempre a todo lo demás.

Podéis incluso dejar de oír misa los días de fiesta, pero solamente en casos de gran necesidad, como sería un enfermo en peligro de muerte, que tuviese necesidad de los sacramentos o de algunos remedios, o estuviese en peligro notable sin vosotras.

Cuando dispenséis de algún ejercicio de vuestras reglas, es preciso que sea con juicio, y no por gusto.

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Ordenad de tal forma vuestro tiempo que no lo perdáis, tanto en la visita a los enfermos, como para ir a recibir las órdenes de las damas y presentarles las cuentas necesarias, y veréis, hijas mías, cómo de ordinario tendréis tiempo para todo.

Cuando no tengáis suficiente, dejad lo que sea menos importante.

De esta forma, estad seguras de que sois fieles a vuestras reglas, y más todavía, va que la obediencia es considerada por Dios como un sacrificio.

Es Dios, hijas mías, a quien queréis servir.

¿Creéis que Dios es menos razonable que los amos de este mundo?

Si el amo ________ Conferencia 21.

— Arch. de las Hijas de la Caridad; el original es manuscrito de Luisa de Marillac. 1.

La conferencia no tiene fecha.

Como el texto está escrito por la propia Luisa de Marillac, es de 1646 todo lo más tarde.

A pesar de ciertas dificultades, la frase inicial sobre las «notas» y el formato de los folios nos inducen a creer que es continuación de la conferencia del 22 de enero de 1645. 208

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dice a su criado: «Haz esto» y, antes de que sea ejecutada su orden, pide otra cosa, no verá mal que el criado deje lo que se mandó en primer lugar; por el contrario, se quedará contento de ello.

Lo mismo pasa con nuestro buen Dios.

El os ha llamado a una Compañía para el servicio de los pobres; y para hacer que le sea agradable su servicio, os ha dado unas reglas; si, mientras las practicáis, os pide otra cosa, id pues, a lo que os ha mandado, hermanas mías, sin dudar de que se trata de la voluntad de Dios.

Una hermana dijo que faltaba muchas veces a la oración de las cinco y preguntó si con eso no guardaba la regla.

— Hija mía, si la deja por las razones que he dicho, no viola sus reglas; en ese caso, procure acordarse de que sus hermanas están entonces empezando sus ejercicios y ofreciéndolos a Dios; entonces participará en ello.

Ofrézcale además lo que vaya a hacer durante ese tiempo, que estará totalmente consagrado a Dios; y por ese medio hijas mías, todas tendréis cierta uniformidad.

Me diréis quizás que sois tan distraídas, incluso cuando rezáis a Dios, que no podéis estar un cuarto de hora sin distracción.

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No os extrañéis de ello.

Los mayores siervos de Dios tienen a veces esas mismas penas.

Uno de estos días hablaba con un buen sacerdote, convertido desde hace algunos años, que emplea mucho tiempo en la oración.

Me decía que a veces no tenía ningún gusto ni satisfacción, a no ser la de decir: «Dios mío, estoy aquí en tu presencia para cumplir tu santísima voluntad.

Me basta con que tú me veas».

Haced lo mismo.

Una hermana expuso la dificultad que se seguía de que ni ella ni su compañera supiesen leer.

El Padre Vicente respondió: — Es verdad, hermana mía, esto es muy de lamentar.

En cierta ocasión hablamos ampliamente de este tema, y propusimos utilizar las estampas de la vida de nuestro Señor.

Así se hizo durante algún tiempo; pero por lo visto, aquella práctica no resultó, ya que fue abandonada.

Hay otro método muy fácil; tomad como tema de vuestras oraciones la pasión de nuestro 209

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Señor.

No hay ninguna que no sepa todo lo que allí pasó, bien sea por haberlo oído predicar, o bien por haber meditado en ello.

Hijas mías, ¡qué excelente medio para hacer oración es la pasión de nuestro Señor!

Es una fuente de Juvencia 2 donde todos los días encontraréis algo nuevo.

San Francisco no tuvo nunca otro tema de oración más que la pasión de nuestro Señor, y recomienda a todos sus queridos hijos espirituales que se sirvan continuamente de ella.

¿Y de dónde creéis, hijas mías, que aquel buen san Buenaventura sacó toda su ciencia?

Del libro sagrado de la cruz.

Haréis bien si os acostumbráis.

Os lo aconsejo, y de esta forma, no faltaréis nunca a la oración por no saber leer.

Hijas mías, es conveniente que todas las hermanas sean fieles en esta práctica de la oración, como también en todos los demás actos de nuestras reglas, para ser uniformes, y que, a la misma hora en que las hermanas rezan en la Casa, las de San Pablo, Santiago, San Juan, Angers y las de todos los demás lugares, recen también.

De ahí se seguirán muchas gracias y bendiciones sobre vuestra pequeña Compañía.

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Si una hermana se viese necesariamente impedida al lado de un enfermo o en otro lugar, por caridad o por obediencia, podría sin embargo en espíritu y en deseo unirse a sus hermanas.

Mientras lo hagáis así, hijas mías, estaréis seguras de que Dios está contento de vosotras.

Esta uniformidad le es tan agradable que la ha inspirado para el bien y la dirección de la iglesia universal.

Id por toda la cristiandad y veréis cómo la misa se celebra siempre de la misma manera, con las mismas palabras, y el mismo Padrenuestro.

Id a Oriente, a los lugares más apartados, a los antípodas, y oiréis siempre las mismas oraciones; y en esto especialmente es donde se reconoce a los verdaderos cristianos.

Si así ________ 2.

Fuente de Juvencia: desígnase con tal nombre una fuente a la que se concedía poder para rejuvenecer los que de ella bebían.

Ir a la fuente de Juvencia es remozarse, rejuvenecerse.

Para san Vicente meditar en la Pasión es una fuente de Juvencia es decir, un manantial en el que el alma cada día encuentra nuevas fuerzas para renovarse y rejuvenecerse. 210

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sucede en la santa iglesia, no es extraño que todas las Compañías hagan lo mismo.

Id por todas las casas de los capuchinos y veréis que por todas partes dicen el oficio de la misma manera.

Lo mismo se observa en las demás órdenes.

Si no los imitáis, habría que temer que los desórdenes deshiciesen bien pronto vuestra Compañía.

Tened cuidado, hijas mías; eso sería una gran desgracia para vosotras y para todas las que Dios puede llamar a su servicio, por medio de vuestro ejemplo, si se lo dais.

¡Dios os libre, por su bondad, de causar tan gran pérdida a nuestros queridos amos los pobres!

Hermanas mías, en ese caso Dios suscitaría en vuestro lugar otras servidoras mejores.

No lo olvidéis; pero ¡cuánto perderíais vosotras para la eternidad!

¡Bendito sea Dios que os hace estar a todas en el deseo de ser fieles a Dios y agradecidas a las gracias que os ha hecho al llamaros a su santo servicio! -Tuve un gran consuelo al oír decir a una de nuestras hermanas, en la última conferencia, que, cuando se duerme con un buen pensamiento, ese buen pensamiento hace que el corazón se libre de los malos.

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Es una buena costumbre, hermanas mías, dormirse de esa manera.

Hablé estos últimos días con la señora de Liancourt 3.

Me contó que un gentilhombre, el señor de Chaudebonne, había tomado la costumbre, por devoción, de dormirse siempre con las manos juntas.

Dios se lo pagó con la gracia de morir rezando.

Es muy conveniente, hijas mías, adquirir buenas costumbres.

Vuestra práctica ordinaria del gran silencio, desde la oración de la tarde hasta después de las oraciones de la mañana siguiente, la tenéis que tener en gran veneración.

No habléis sin necesidad con ninguna hermana, por miedo de interrumpir el diálogo que su alma tiene quizás con Dios.

Hijas mías, ese tiempo de silencio está totalmente consagrado a él; lo ha dicho nuestro Señor: «Llevaré a mi Esposa al silencio y allí le hablaré al corazón» 4.

Ved, pues, el daño que os haríais unas a otras si interrumpieseis ese sagrado coloquio. ________ 3.

Juana de Schomberg, duquesa de Liancourt. 4.

Os 2,14. 211

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Os he dicho en alguna otra charla que la señora Goussault tenía mucho cuidado en la práctica de guardar el silencio.

Si una señora de condición, con tantos quehaceres y sin ninguna obligación, era tan cumplidora, con mucha mayor razón tenéis que ser muy cuidadosas vosotras, hijas mías, de observar bien vuestras prácticas, ya que os habéis entregado a Dios para esto, y el mismo Dios os ha sometido a unas reglas que os obligan a ello.

Vuestra regla os ordena, hijas mías, aprender a leer y a escribir en las horas destinadas para esto.

Yo desearía, hermanas mías, que tuvieseis todas este conocimiento, no ya para ser sabias, pues esto muchas veces no hace más que hinchar el corazón y llenarlo del espíritu de orgullo, sino porque eso os ayudaría a servir mejor a Dios.

¿Creéis, hermanas mías, que los que enseñan filosofía o los que la aprenden, son así mejores cristianos?

No es eso; es para que podáis escribir vuestros ingresos y vuestros gastos, dar noticias vuestras a los lugares apartados, enseñar a las pobres niñas de la aldeas.

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Estoy persuadido de que la ciencia no sirve, y que un teólogo, por muy sabio que sea, no encuentra ninguna ayuda en su ciencia para hacer oración.

Dios se comunica más ordinariamente a los simples y a los ignorantes de buena voluntad que a los más sabios; tenemos muchos ejemplos de ello.

La devoción y las luces y afectos espirituales se les comunican más de ordinario a las mujeres verdaderamente devotas que a los hombres, a no ser que estos sean sencillos y humildes.

Entre nosotros, los hermanos dan a veces mejor cuenta de su oración y tienen ideas más bellas que nosotros, los sacerdotes.

¿Por qué, hijas mías?

Es que Dios lo ha prometido y se complace en entretenerse con los pequeños.

Consolaos, pues, las que no sepáis leer, y pensad que esto no os puede impedir amar a Dios, ni hacer bien la oración.

Si alguna tuviese tanta dificultad en hacer oración que fuese completamente incapaz, podría pedir permiso para rezar el rosario.

Y según el consejo que se le dé, usará de esta hermosa devoción.

Nuestro bienaventurado Padre decía que, si no hubiese tenido la obligación de su oficio, no habría dicho más oración que el rosario.

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Lo recomendó mucho, y él mismo lo rezó duran212

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te treinta años sin faltar nunca para alcanzar de Dios la pureza por la que él concedió a su santa Madre, y también para bien morir.

Así pues, hijas mías, rezar el rosario es una devoción muy hermosa, particularmente para las Hijas de la Caridad, que tanta necesidad tienen de la asistencia de Dios para tener esta pureza, que les es tan necesaria.

¡Bienaventuradas las almas que se entregan al servicio de Dios por la pureza!

Hermanas mías, tenéis motivos para glorificar a Dios por la gracia que hasta ahora ha concedido a vuestra pequeña Compañía en favor de esta virtud.

Las que ya han fallecido nos lo han hecho conocer bien.

La pureza de su vida nos ha edificado mucho.

Hablaremos de la última difunta a su debido tiempo ¡Dios sea debidamente bendito!

Por eso, hijas mías, os exhorto a que tengáis siempre mucha devoción a la Virgen.

Otra de vuestras máximas es que no perdáis el tiempo.

¡Qué consejo tan necesario y saludable!

Le preguntaban en su tiempo a san Antonio cuál era el método para salvarse, y su respuesta era siempre: «Mantente siempre ocupado».

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Y él lo demostró con su ejemplo, ya que fuera del tiempo de la oración, trabajaba manualmente.

Os lo recomiendo mucho, hermanas mías.

Si habéis vuelto de la visita de vuestros enfermos y no tenéis qué hacer, tomad alguna rueca o cualquier otra labor y trabajad; de esta forma, hijas mías, edificaréis a vuestras hermanas jóvenes, que harán lo mismo siguiendo vuestro ejemplo.

Y tenéis que esforzaros todo lo que podáis en conseguir la uniformidad en todo; hijas mías, si a alguna le gustase la singularidad, ya no sería una Hija de la Caridad sino una hija del orgullo.

Hermanas mías, ¡que Dios os guarde de ello!

Nuestra manera de vivir requiere que hagáis todos los años un pequeño retiro, esto es, unos ejercicios espirituales, y esto, hijas mías, para reconocer vuestras caídas del año pasado y para levantaros con más ánimo.

Esos ocho días de silencio son un tiempo de cosecha.

¡Qué felicidad si empleáis bien ese tiempo que Dios os da para hablar de corazón a corazón con vosotras!

Entonces es cuando se cumple la promesa que nuestro 213

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Señor nos ha hecho de conducir vuestras almas a la soledad.

Por eso, hijas mías, no faltéis nunca a ello, por favor.

Allí aprenderéis a ser verdaderas Hijas de la Caridad; aprenderéis también la manera de servir bien a los pobres.

Repasaréis en vuestro espíritu las acciones de nuestro Señor en la tierra, veréis que gastó gran parte de su tiempo sirviendo al prójimo y tomaréis la resolución de imitarlo.

¿Qué creéis que hacía nuestro Señor?

No se contentaba con dar la salud a los enfermos; les enseñaba además la manera de portarse bien cuando estaban sanos.

Imitadle.

Una hermana dijo entonces: — Pero nosotras, Padre, que somos tan ignorantes, ¿tenemos que decir alguna cosa?

— Hijas mías, ¿lo dudáis acaso?

No tengáis miedo de preguntar a Dios lo que conviene decirles y él no dejará de inspiraros.

¿Hay algo más hermoso?

¡Cómo impresiona ver que, no contentas con vuestras fatigas, tenéis siempre en la boca palabras que demuestran que vuestro corazón está lleno del amor a Dios y que queréis comunicárselo a sus queridos pobres, nuestros amos!

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Sí, hijas mías, haced por esto todo lo que podáis, entregaos a Dios para servirle de esta manera y no estéis nunca con un pobre sin darle alguna instrucción.

Además, hijas mías, tenéis que tener un gran respeto con las órdenes que os den los señores médicos para el tratamiento que pongan a vuestros enfermos, y tened cuidado de no faltar a ninguna de sus prescripciones, tanto por lo que se refiere a las horas, como a las dosis de las drogas, ya que a veces se trata de asuntos de vida o muerte.

Tened también mucho cuidado de fijaros en la manera con que los médicos tratan a los enfermos en la ciudades, para que, cuando estéis en las aldeas, sigáis su ejemplo, o sea, en qué casos tenéis que sangrar, cuándo tenéis que retirar la sangría, qué cantidad de sangre tenéis que sacar cada vez, cuándo hay que hacer sangría en el pie, cuándo las ventosas, cuándo las medicinas, y todas esas cosas que sirven en la diversidad de enfermos con quienes podáis encontraros.

Todo esto es muy necesario, y haréis mucho bien 214

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cuando estéis instruidas en todo.

Es conveniente que tengáis algunas charlas sobre este tema.

Una hermana dijo que esto se hacía a veces en forma de catecismo.

Tenéis que presentaros al menos todos los meses a la directora para darle cuenta de vuestra conducta.

Hijas mías, esta es una santa costumbre en vuestra Compañía.

No faltéis a ella.

Pero que vuestra comunicación sea sincera y cordial.

Hablad no solamente de vuestras faltas sino también del bien que habéis hecho, por la gracia de Dios, y esto para purificaros.

Si dejáis de comunicaros con ella, os pondréis en peligro de dar lugar a la tentación; porque fijaos, hijas mías, Dios dice al justo que haga bien el bien que hace.

No basta con llevar las medicinas, el alimento e incluso con instruir a los enfermos, si no unís a todo esto la virtud que Dios pide de vosotras, y la intención que él quiere que tengáis en estas buenas obras.

La comunicación con vuestra directora os ayudará mucho a las dos, ya que Dios da su bendición a la sumisión y a la humildad que os hacen hablar por amor suyo.

Si vais a visitar a un enfermo, que sea en unión con nuestro Señor y para imitarlo.

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De esta forma, hijas mías, mereceréis más que con las grandes penitencias.

La intención lo es todo.

Una acción de poco valor se eleva por la intención recta y buena, y se hace grande delante de Dios.

Si no podéis hacerlo con cada una de vuestras acciones, renovad al menos vuestras intenciones de vez en cuando.

Tenéis también la costumbre de no salir jamás sin permiso.

Cuando estéis fuera, guardaos mucho de ir a otro sitio distinto de donde se os ha permitido ir.

Cuando volváis, no dejéis de presentaros a la directora o a su representante, para darle cuenta de lo que habéis hecho fuera.

Hijas mías, mientras sigáis en la obediencia, que es vuestro claustro, estaréis seguras; si salís, temed entonces y creed que estáis en peligro.

Una hermana le preguntó si obraba bien al pedir mana que le reprendiese por sus faltas. 215

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Después de haber pensado en su interior, el Padre Vicente le respondió: — Hijas mías, cuando veáis que a una hermana le parece bien que la reprendáis, hacedle la caridad de corregirla con mansedumbre y cordialidad; pero, si notáis que se disgusta y que lo ve mal, no la reprendáis.

La buena voluntad que habéis tenido al servirla en su necesidad, tenedla ahora para no entristecerla.

La que no fuese dócil y no creyese conveniente que la advirtiesen de sus faltas, tiene muchos motivos para temer y desconfiar mucho de sí misma.

Por eso, hijas mías, os ruego que os entreguéis a Dios para agradecer las advertencias que se os den, de cualquier parte que vengan; de lo contrario, hay que suponer que hay en vuestro espíritu algún orgullo oculto, alguna aversión y repugnancia de la naturaleza.

Hijas mías, ¿por qué habéis de molestaros de que se os reprenda?

San Pedro consideró oportuno que lo reprendiese san Pablo 5, aunque sabía muy bien que nuestro Señor lo había hecho jefe de su iglesia.

Obrad de la misma manera; cuando una hermana acepte que la amonestéis, hacedlo con caridad.

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El obispo de Ginebra recomendaba a sus queridas hijas de la Visitación, no sólo que aceptasen las reprensiones, sino también que desmostrasen alegría por ser reprendidas.

Va incluso más lejos, porque aconseja que, después de agradecer la advertencia, se acuse a la otra de una falta que no ha advertido; por ejemplo, una hermana es reprendida por haber cometido alguna irreverencia en la iglesia; que ella responda: «Hermana, se lo agradezco mucho; Dios ha permitido que conozca usted esta falta, pero s; hubiese visto mi interior, hubiera sido peor, por las divagaciones de mi espíritu».

Os aseguro, hermanas mías, que si obráis así, avanzaréis mucho.

Hermanas mías, pido a nuestro Señor, autor de todas nuestras reglas, que os conceda la gracia de observar con toda exactitud esas reglas que su bondad ha querido daros para vuestra manera de vivir, para que permaneciendo en esta práctica como ________ 5.

Gál 2,11-14. 216

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en un navío, podáis llegar con seguridad al cielo donde recibiréis el salario de vuestro trabajo.

Y para eso ruego a Dios que os dé su santa bendición, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

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