Documento · tomo X

403-404

Tipo
Documento
Autoría / fuente
Documento histórico contextual
Tomo
X
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2.110 palabras
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101 (PDF)
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124 (1959)403-404. 103

Tomo X · página PDF 101

Orden de San Agustín, establecidas en París el año 1635, la Ordenanza del Ilustrísimo y Reverendísimo Arzobispo de París, aprobatoria de dichas Constituciones para el territorio de su diócesis, del 12 de noviembre de 1634, el Breve de nuestro Santo Padre el Papa, del 14 de noviembre de 1633, con el testimonio de los RR.

PP .

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Estienne Binet, Provincial de los Jesuitas en la provincia de Francia, Antoine Vigier rector de los Padres de la Doctrina cristiana establecidos en París, y Vicente de Paúl [de Saint-Paul], sacerdote de la Congregación de la Misión, quienes por orden de dicho señor arzobispo de París habían visto y examinado cuidadosamente dichas Constituciones; las que habiendo nos igualmente visto y examinado en nuestra Congregación, hémoslas aprobado y autorizado, mandando a nuestras queridísimas hijas en Jesucristo, las Religiosas Hospitalarias de la Caridad de Nuestra Señora, Orden de San Agustín, puestas bajo nuestra autoridad en la ciudad de la Rochela, que las guarden y observen puntualmente, siempre declarando que no obligan bajo pecado mortal o venial por sí mismas, sino sólo a las penas que los superiores o superioras puedan imponer por su infracción; y en cuanto sea necesario revocamos toda otra Constitución que hayamos podido aprobar antes de ahora al establecer a dichas Religiosas, y la declaramos nula y sin efecto en cuanto pudiese ser contraída y diferente de éstas, las que además urgimos a que se impriman conjuntamente con nuestra aprobación auténtica, para que se conserve en el convento y casa de la Rochela.

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Dado en nuestro palacio episcopal de Saintes, en la Congregación habida el 10 de diciembre de 1635.

J ACQUES DE SAINTES, por mandato de Monseñor: JUILLIOT 104

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45.

DE ANTOINE LE MAITRE A JUAN FRANCISCO DE GONDI, ARZOBISPO DE PARÍS [1638] Monseñor.

Pese a haber resuelto guardar el silencio tan exactamente como la soledad, y aunque pido a Dios todos los días que siga bendiciendo la obra que su misericordia comenzó en mí, y no me detengo a considerar las opiniones de los hombres, con todo, he sabido no ha mucho que la vida que aquí llevo se ha prestado a habladurías y se me acusa de una conducta sin otro móvil que mi propio espíritu.

He creído, pues, violar el respeto que debo a la autoridad de la iglesia, depositada en vuestra ilustre persona, si no os diera cuenta del estado de mi conciencia, de la que sólo ante Dios y ante vos, monseñor, juzgo deber responder.

Os suplico me hagáis el honor y la caridad de enviar cerca de mí al señor Vicente para que me confiese a él y le abra el corazón y veáis por los ojos de él que no hay nada malo ni extraño en mi soledad y ejercicios. ________ Documento 45.

Esta carta fue hallada y comunicada por Jean Orcibal.

Procede de los archivos de Amersfoort (Holanda) (P .

R. 3.049).

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Se escribe desde Port-Royal de París, en el clima de la ordenanza episcopal, cursada a instancias de Richelieu en mayo de 1638, por la que los Solitarios debían abandonar la barriada de Saint-Jacques y dispersarse.

Antoine Le Maître nació en 1608, hijo de Isaac Le Maître y Catherine Arnauld, nieto y bisnieto de célebres abogados, a los que emulaba con ventaja ya a los 21 años de edad.

En su familia ha absorbido vivas aspiraciones religiosas.

Lleva una vida irreprochable, y no sólo se señala profesionalmente, sino que destaca en la lectura de los Santos Padres.

En agosto de 1637 sufre algunas contrariedades.

Le afecta la muerte de cierto primo suyo, a la que sigue la de Madame d'Andilly, que le conmueve y sacude profundamente.

Se decide a dejar la tribuna y, guiado por Saint-Cyran, con quien sostiene una antigua relación, resuelve el 6 de octubre de 1637 ejecutar su propósito.

Renuncia a honrosas ofertas, como la de consejero de Estado, y va a alojarse con su hermano Saci a la vivienda de Saint-Cyran, quien, con un caballo que le suministra el señor Vicente, viaja requerido por negocios de su abadía.

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Saint-Cyran regresa el 10 de diciembre.

El 10 de enero de 1638, en compañia de Séricourt (1611-1650), su hermano menor, Antoine Le Maître se establece en la barriada de Saint-Jacques, en un emplazamiento que linda con el monasterio de Port-Royal.

Afluyen los amigos y aumenta la Compañía de los Solitarios, ermitaños laicos, entregados al rezo del oficio divino y a la lectura de los Padres de la Iglesia.

Era un cambio de vida que habría causado asombro en París, especialmente entre los hombres de letras.

Cf.

Annales C.M. 122 (1957), 670-673. 105

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Ojalá hubieseis estado en París, monseñor, cuando yo salí del mundo.

Ojalá me hubiese dejado la violencia con que Dios me tocó; más pensamientos que el de llorar en secreto mis pecados y ofensas.

No hubiese yo entonces dejado de ir a echarme a vuestros pies para pedir vuestra santa bendición y descubriros la moción que la gracia de Nuestro Señor había impreso en mí de abrazar una vida penitente y retirada.

No lo permitió la divina providencia, mas ahora me da una nueva ocasión, y la edificación que debo a la iglesia y al público parecen tornar en necesidad lo que era sólo deber.

Me considero obligado, monseñor, a poner en vuestro conocimiento que no afecto conducta particular alguna, que sólo deseo servir a Dios con sencillez de corazón y que estoy presto a cambiar lo que dé que decir en mi vida, si el señor Vicente me lo ordena, cuando haya visto la disposición de mi alma.

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Aunque, por la gracia de Dios, monseñor, me he convertido en el más despreciable de todos los hombres y no me resta otra calificación que la de pecador y solitario, con todo, estoy persuadido de que no desdeñaréis a un alma que Dios ha puesto bajo vuestro cuidado y por la que Jesucristo ha muerto, la cual responderá ante el tribunal de su justicia, y me concederéis sin duda la súplica tan humilde que os hago.

Monseñor, si no me hubiese sacado del mundo y llevado a la soledad el mismo Dios que os llamó a vos para guiar a su rebaño y gobernar su iglesia, yo mismo iría a recibir de vuestra mano este director y aseguraros a un tiempo mi servicio y obediencia; pero la providencia divina os hace, por vuestra piedad y cargo, protector de cuantos viven cristianamente, cada cual su vocación.

Estimo, pues, que aprobaréis la fidelidad y constancia que me esfuerzo por observar en la vía que Nuestro Señor me tiene marcada.

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Vos preferiréis enviar a nuestro desierto a este gran servidor de Dios, para que examine y refiera lo que hago, y no que salga yo del retiro en que me ha puesto la divina providencia y vos me habéis dado el permiso de permanecer.

Con todo, monseñor, ofreceré a Dios mis plegarias y votos, y le suplicaré siempre que continúe aumentando vuestras gracias y haga surgir alguna santa ocasión por la que os pueda testimoniar que soy de vos, etc... 106

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124 (1959) 189-192. 694

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4.

No tendrán apego alguno a lugares, oficios ni personas, aunque sean parientes, o al confesor, sino que estarán prestas a dejarlo todo de buen grado cuando se les ordene. 5.

Harán cuanto esté en su mano para vivir en mucha unión con sus Hermanas; no murmurarán de ellas ni se quejarán o enojarán; se sufrirán las imperfecciones, cuidando de alejar todo pensamiento de aversión, lo mismo que las inclinaciones particulares. 6.

Si una tiene la debilidad de contristar a otra, le pedirá perdón en el acto si cómodamente puede, y la otra aceptará de grado esta humillación, poniéndose ambas de rodillas. 7.

Obrarán de suerte que la dulzura y la cordialidad aparezcan siempre en sus palabras y semblante, no sólo en sus mutuas relaciones, sino para con la gente, pero cuidando de no faltar al respeto que se deben, sobre todo en relación con la Hermana Sirviente. 8.

Que se guarden de toda protesta y todas prefieran el consejo de su Hermana al suyo propio donde no haya pecado. 9.

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Guárdense mucho de manifestar sus tentaciones, contrariedades y demás penas interiores a sus Hermanas, y menos aún a personas extrañas; sólo a la Hermana Sirviente y al director, lo que harán cuanto antes, procurando abrirles el corazón con confianza, para que se habitúen a la cual, que acudan una vez al mes a la Hermana Sirviente y hagan su comunicación. 10.

Advertirán pronta y exactamente a la Hermana Sirviente los defectos de alguna consecuencia que haya observado en sus Hermanas, y se alegrarán de que sus propias faltas sean igualmente advertidas, para poner a éstas remedio inmediato. 11.

Si observan algún desorden en el hospital, ya entre los enfermos, ya entre los domésticos u otros, se lo advertirán también a la Hermana Sirviente, para que ella avise caritativamente a los señores administradores. 12.

Y para que la Hermana Sirviente no esté en peor condición que las demás Hermanas, cuando una Hermana advierta en ella algún defecto considerable y de importancia, se lo hará saber por caridad y humildemente no por sí misma, sino por mediación de la Asistenta, a la que buenamente dirá 695

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todo en presencia de Dios, guardándose mucho de moverse por pasión. 13.

No escribirán, harán escribir ni enviarán carta alguna sin el permiso de la Hermana Sirviente; no abrirán las cartas que reciban sin ese mismo permiso.

Mas si quieren escribir al General de la Misión o a la Superiora de la casa de París, lo harán sin que la Hermana Sirviente lea la carta; dicha Hermana Sirviente tampoco abrirá las cartas que el General y Superiora dichos dirijan a las Hermanas. 14.

Que guarden siempre la santa modestia, particularmente en las salas y en presencia de extraños; eviten sobre todo las ligerezas, y en especial, que no se toquen, ni en broma, ni en señal de amistad, sino sólo cuando lo pide la caridad, como cuando se abraza cordialmente a las recién venidas, a las que regresan del campo, a las que no se han visto largo tiempo, y casos similares, y entonces que se besen en la mejilla, no en la boca. 15.

Guarden el silencio con más cuidado que hasta ahora, particularmente por la mañana antes de la oración, y por la noche después de las oraciones y durante la hora destinada a honrar la muerte de Nuestro Señor.

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Si hay que decir algo, que sea en voz baja y en pocas palabras. 16.

Obren de suerte que sus recreos estén sazonados por igual de modestia y alegría; mezclen las conversaciones piadosas y edificantes con las indiferentes e inocentes; rehuyan para ello el tratamiento de asuntos del mundo, noticias del tiempo, conducta de los superiores y superioras, faltas ajenas, o aun imperfecciones y rudezas que las Hermanas pudieran cometer, exponiéndose al ridículo, aun cuando no deban echarlo a mala parte. 17.

Serán ante todo muy puntuales en obedecer a la Hermana Sirviente, sometiendo a ella, no sólo la voluntad, sino también el juicio; nada harán ni omitirán, en cuanto sea posible, sin su permiso, particularmente en punto a penitencias corporales, confesión, comunión y ciertas prácticas extraordinarias de devoción.

Otro tanto harán con su director en lo espiritual y con los administradores del hospital en lo material, todo de acuerdo con sus Reglas. 696

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18.

Obedecerán a sor Asistenta y acudirán a ella para los permisos y necesidades, cuando la Hermana Sirviente esté enferma o ausente. 19.

Se esforzarán sobre todo en hacer buenas confesiones; no irán a ellas por costumbre, escrúpulo o apego; para obviar estos inconvenientes, se esforzarán por ajustarse a la práctica y método usuales en la Compañía, a saber, que en las confesiones ordinarias se acusen sólo tres de los defectos más importantes o que causan mayor confusión y que más se lamentan o desean enmendar.

Si precisa decir más, que pidan permiso al confesor y concluyan siempre acusándose de una falta pasada, ya declarada, pero variando en lo posible, para evitar la monotonía. 21.

Recuerden la recomendación que a menudo se les hace de no detenerse sin permiso con extraños, ni tampoco con los enfermos ni, particularmente, con los servidores domésticos.

Pero si una buena persona les pide algo, cuiden de responder con respeto y cordialidad, y en breves palabras mostrarán la conveniencia de dirigirse a la Hermana Sirviente.

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Si es necesario pronunciar una palabra de consuelo o instrucción a mujeres muy enfermas, lo harán en la presencia de Dios. 22.

Se esforzarán mucho en soportar los propios defectos, guardándose mucho del desánimo por aquellos en que incurran; se humillarán y resolverán de nuevo corregirse, con la confianza de que Dios les concederá esa gracia. 23.

Leerán o escucharán todos los meses estos avisos y meditarán a continuación sobre ellos, como se dice de las Reglas; pero sobre todo los pondrán en práctica con ahínco.

Avisos dados por mí en la visita de Angers de parte del señor Vicente, año 1646.

P ORTAIL 697

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