Folleville, el lugar donde comenzó la obra de San Vicente de Paúl P, etimológicamente significa “Villa de locos”.
1. Folleville: una villa donde comenzó la santa locura
Folleville puede ser leído espiritualmente como “la villa de los locos”. No he encontrado en los textos cargados una explicación de san Vicente sobre esa etimología; por eso la tomo aquí como una imagen pastoral. En Folleville no nació una locura cualquiera, sino la locura del Reino: dejar seguridades, mirar a los pobres, correr hacia las aldeas, predicar la misericordia y creer que Dios podía comenzar una obra grande desde una confesión humilde.
San Vicente recuerda que todo comenzó con la conversión de un aldeano de Gannes. Aquel hombre, después de una confesión general, reconoció el peligro en que había vivido. Entonces Vicente comprendió la necesidad espiritual de los pobres del campo: “La vergüenza impide a muchas de esas buenas gentes campesinas confesarse con sus párrocos de todos sus pecados; y esto los mantiene en un estado de condenación” (Tomo XI, p. 698). Esa frase no es una simple observación pastoral; es una herida abierta en el corazón del santo.
La “villa de los locos” es, entonces, el lugar donde Vicente enloquece evangélicamente por la salvación de los pobres. Él mismo exclama interiormente: “¡Ay, Dios mío! ¡cuántos se perderán entonces! ¡Y qué importante es la práctica de la confesión general, para remediar esta desgracia!” (Tomo XI, pp. 698-699).
2. La locura de creer que un sermón puede cambiar un pueblo
El 25 de enero de 1617, día de la Conversión de san Pablo, san Vicente predicó en la iglesia de Folleville. No fue un discurso brillante para alimentar prestigios, sino un sermón sencillo para abrir caminos de conversión. Él mismo relata: “Esta señora me pidió […] que tuviera un sermón en la iglesia de Folleville para exhortar a sus habitantes a la confesión general. Así lo hice: les hablé de su importancia y utilidad, y luego les enseñé la manera de hacerlo debidamente” (Tomo XI, p. 699).
La respuesta fue tan abundante que Vicente no pudo atender solo a la gente. Dice el texto: “Fueron tantos los que acudieron que, no pudiendo atenderles junto con otro sacerdote que me ayudaba, la señora esposa del general rogó a los padres jesuitas de Amiens que vinieran a ayudarnos” (Tomo XI, p. 700).
Aquí aparece la primera señal de la locura del Reino: creer que una palabra predicada con humildad puede despertar un pueblo entero. Folleville no fue un espectáculo religioso, sino una irrupción de la gracia. San Vicente lo interpreta así: “Dios nos concedió su bendición por todas partes. Aquel fue el primer sermón de la Misión y el éxito que Dios le dio el día de la conversión de san Pablo: Dios hizo esto no sin sus designios en tal día” (Tomo XI, p. 700).
3. Los locos que van de aldea en aldea
La locura vicentina no se quedó encerrada en Folleville. El fuego se volvió camino. San Vicente describe la vocación del misionero como una vida evangélica, pobre, itinerante y apostólica: “¿Acaso hay algo más propio de un cristiano que ir de aldea en aldea ayudando al pobre pueblo a salvarse, como veis que se hace, con tantas fatigas e incomodidades?” (Tomo XI, p. 697).
Para el mundo, esto puede parecer locura: abandonar comodidad, dormir mal, caminar hacia lugares olvidados, gastar la vida en aldeas sin prestigio. Para Vicente, en cambio, eso era imitar a Jesucristo. Por eso añade que los misioneros hacen esto “para hacer que vayan las almas al cielo mediante la instrucción y el sufrimiento” (Tomo XI, p. 697).
La villa de los locos del Reino no es, por tanto, un lugar geográfico solamente. Es una forma de vivir: ir donde otros no van, mirar a quienes otros no miran, anunciar a quienes nadie instruye, confesar a quienes nadie escucha, amar a quienes nadie cuenta.
4. La locura de escoger a los pobres como herencia
San Vicente no entendió la misión como una obra secundaria. La colocó en el centro mismo de la identidad de la Congregación. En las Reglas Comunes escribió que el fin de la Congregación consiste en “evangelizar a los pobres, especialmente a los del campo” (Tomo X, p. 463).
Esta finalidad nace del mismo Cristo. Vicente repite con fuerza el texto evangélico: “Pauperibus evangelizare misit me”, es decir, “me envió a evangelizar a los pobres”. Y desde ahí declara: “Nuestro lote son los pobres, los pobres […] ¡Qué dicha, padres, qué dicha! ¡Hacer aquello por lo que nuestro Señor vino del cielo a la tierra!” (Tomo XI, pp. 323-324).
La locura del Reino consiste en invertir los criterios del mundo. Los pobres no son carga, adorno pastoral ni destinatarios secundarios. Son el lote, la porción, la herencia. Por eso san Vicente llega a llamarlos “nuestros amos y señores” (Tomo XI, p. 324). Esta frase transforma toda espiritualidad cómoda: servir a los pobres no es hacerles un favor; es obedecer a Cristo presente en ellos.
5. La locura humilde: ser pequeños para que Dios obre
Folleville enseña que la misión no nace del poder humano, sino de la humildad. San Vicente veía a la Compañía como algo pequeño, pobre y frágil. Decía: “Humillémonos […] de que Dios haya puesto sus ojos sobre esta pequeña compañía para servir a su Iglesia” (Tomo XI, p. 697).
La humildad no era para él una pose piadosa, sino la condición para que la caridad fuera verdadera. Lo expresa con una frase luminosa: “Cuanto más humilde sea uno, más caritativo será con el prójimo” (Tomo XI, p. 697). Y añade: “El cielo de las comunidades es la caridad, la caridad es el alma de las virtudes, y la humildad es la que las atrae y las conserva” (Tomo XI, p. 697).
Los locos de la villa del Reino no son orgullosos disfrazados de apóstoles. Son humildes que se dejan vaciar para que Dios los llene. Son pobres que sirven a pobres. Son servidores que no se buscan a sí mismos, porque saben que la obra pertenece a Dios.
6. La locura del amor inventivo
La misión nacida en Folleville sólo se entiende desde el amor de Cristo. San Vicente contempla a Jesús como amor que se abaja, se entrega y permanece. Dice: “Como el amor es infinitamente inventivo”, Cristo quiso instituir el sacramento de la Eucaristía para permanecer real y sustancialmente con nosotros (Tomo XI, pp. 64-65).
Ese amor inventivo es la fuente de toda misión vicentina. Folleville no fue una estrategia pastoral nacida del cálculo, sino una invención de la caridad de Dios. Cuando el amor de Cristo toca un corazón, lo vuelve creativo, audaz, misionero. Le hace buscar remedios. Le hace preguntar, como la señora de Gondi ante la miseria espiritual del pueblo: “¡Ay, padre Vicente, cuántas almas se pierden! ¿Qué remedio podemos poner?” (Tomo XI, p. 699).
Esa pregunta sigue viva. ¿Qué remedio podemos poner ante los pobres sin catequesis, los jóvenes sin esperanza, las familias sin reconciliación, los enfermos sin consuelo, los pueblos sin pastores, los corazones sin Evangelio?
7. Conclusión: pertenecer a la villa del Reino
“Los locos de la villa del Reino” son aquellos que, como san Vicente, dejan que Folleville vuelva a suceder. Son los que creen que la conversión de un pobre vale más que el aplauso de muchos. Son los que no se contentan con hablar de caridad, sino que se ponen en camino. Son los que escuchan el grito espiritual de los campesinos de ayer y de los pobres de hoy.
Folleville nos recuerda que el Reino comienza muchas veces en lugares pequeños, con gente sencilla, en una confesión humilde, en una palabra predicada con fe, en una pregunta que quema el alma: ¿qué remedio podemos poner?
San Vicente encontró el remedio mirando a Cristo evangelizador de los pobres. Por eso su locura no fue desorden, sino Evangelio; no fue evasión, sino misión; no fue romanticismo, sino caridad organizada. Desde Folleville, la villa de los locos, Dios abrió una villa más grande: la villa del Reino, donde los pobres son señores, la humildad es camino, la misión es alegría y el amor, infinitamente inventivo, sigue saliendo a buscar a los olvidados.

