Cuando las noticias parecen acumular una tragedia detrás de otra, es comprensible que surja una pregunta: ¿estamos ante simples coincidencias, ante las consecuencias de una crisis ambiental más profunda o ante las señales de que algo mucho mayor está por suceder? La fe cristiana no nos invita a ignorar esa pregunta, pero tampoco permite responderla desde el miedo.
Durante las últimas semanas, millones de personas han contemplado imágenes que parecen difíciles de asimilar. Terremotos, ciudades cubiertas de escombros, incendios forestales avanzando sobre poblaciones enteras, campos afectados por la sequía, lluvias torrenciales, inundaciones repentinas y, ahora, una tragedia de enormes dimensiones en Nepal y la región fronteriza con el Tíbet.
En Colombia, el terremoto de magnitud 7,4 del pasado 10 de agosto dejó más de 300 personas fallecidas, miles de heridos y una extensa destrucción en viviendas e infraestructura. Naciones Unidas desplegó apoyo humanitario en coordinación con las autoridades nacionales y describió una emergencia que exigirá no solamente atención inmediata, sino también un largo proceso de recuperación.
Mientras nuestro país todavía intenta levantarse, Europa atraviesa una temporada marcada por incendios y sequía. Los datos del Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales de Copernicus indicaban que, hasta el 26 de agosto, habían ardido 632.169 hectáreas en la Unión Europea, una superficie muy superior al promedio de los últimos veinte años, aunque inferior al excepcional año 2025. El Observatorio Europeo de la Sequía señalaba además que a mediados de agosto persistían condiciones críticas en buena parte del continente.
La Organización Meteorológica Mundial advertía el 12 de agosto que el calor extremo, las sequías persistentes, los incendios y las inundaciones estaban caracterizando buena parte del verano del hemisferio norte, mientras las lluvias intensas causaban pérdidas humanas en distintas regiones del planeta. Julio de 2026 estuvo entre los meses de julio más cálidos registrados.
Y entonces llegó Nepal.
El 26 de agosto, una gigantesca masa de hielo, roca y sedimentos se desprendió en el Himalaya y desencadenó una inundación devastadora a lo largo de la frontera entre Nepal y el Tíbet. La corriente arrasó poblaciones, carreteras, puentes e infraestructura energética. Las cifras continuaban cambiando mientras avanzaban las labores de rescate: al momento de escribir estas líneas, Reuters informaba de al menos 359 fallecidos y más de mil personas todavía desaparecidas en Nepal y China.
Frente a semejante acumulación de sufrimiento, no resulta extraño escuchar una afirmación que se repite cada vez más en conversaciones y redes sociales: “Todo esto tiene que significar algo. Algo mayor viene”.
¿Es así?
La respuesta necesita ciencia, Sagrada Escritura, teología y, sobre todo, mucha prudencia.
No todos estos acontecimientos tienen la misma causa
El primer error sería reunir terremotos, incendios, sequías, inundaciones, olas de calor y desprendimientos glaciares bajo una única explicación.
No existe evidencia científica que permita afirmar que todos los acontecimientos de estas semanas formen parte de una sola cadena física que esté preparando una catástrofe mundial.
Los terremotos tectónicos, por ejemplo, responden fundamentalmente a procesos geológicos que ocurren en el interior de la Tierra. El Servicio Geológico de Estados Unidos recuerda que no existe una relación general entre el tiempo atmosférico y la ocurrencia de grandes terremotos. También advierte contra la tendencia a relacionar automáticamente terremotos ocurridos en regiones distantes simplemente porque se producen con pocos días de diferencia.
Eso significa que sería incorrecto presentar el terremoto sufrido por Colombia como consecuencia de una ola de calor, una sequía o el cambio climático.
Con otros fenómenos, sin embargo, el panorama es diferente.
El calentamiento global está modificando las condiciones en las que ocurren muchos acontecimientos extremos. El aumento de las temperaturas puede agravar las olas de calor, intensificar determinadas sequías, favorecer condiciones propicias para incendios y aumentar la intensidad de algunos episodios de precipitaciones extremas. También está transformando regiones montañosas cubiertas de hielo.
En el caso de Nepal, los científicos todavía investigan todos los factores que provocaron el desprendimiento, por lo que sería irresponsable atribuirlo exclusivamente al cambio climático. Sin embargo, especialistas consultados por Reuters señalan que el calentamiento de las regiones de alta montaña está acelerando el derretimiento del hielo y alterando la estabilidad de glaciares y laderas. Nepal ha perdido una parte importante de su cobertura glaciar durante las últimas décadas.
Ya hace más de una década, el papa Francisco advertía en Laudato si’ que no es científicamente correcto atribuir cada fenómeno meteorológico particular directamente al cambio climático, pero señalaba al mismo tiempo la estrecha relación existente entre el calentamiento global y el aumento de determinados eventos extremos. Recordaba además que sus consecuencias golpean con especial fuerza a los más pobres.
Por eso debemos evitar dos extremos igualmente equivocados: afirmar que “todo es cambio climático” o negar que la alteración del clima esté haciendo más peligroso un mundo en el que millones de personas ya viven en condiciones de enorme vulnerabilidad.
¿Entonces realmente están aumentando las tragedias?
En muchos fenómenos climáticos existe una preocupación objetiva. No todo es producto de nuestra imaginación ni de que ahora recibamos más noticias.
Pero existe otro elemento importante: nunca en la historia habíamos tenido acceso instantáneo a tanto sufrimiento simultáneamente.
Hace dos siglos, un habitante de Colombia probablemente tardaba semanas o meses en conocer una inundación ocurrida en Asia. Hoy vemos un edificio desaparecer bajo el agua en Nepal prácticamente mientras está sucediendo, y pocos segundos después aparece en nuestro teléfono un incendio en España, una sequía en África o un terremoto en otro continente.
Esa simultaneidad informativa puede producir la impresión de que el planeta entero está colapsando al mismo tiempo.
Sin embargo, que las redes sociales puedan amplificar nuestra percepción de la tragedia no significa que no exista una crisis ambiental real. La Organización de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres recuerda incluso que resulta más preciso hablar de amenazas naturales que de “desastres naturales”. Un terremoto, una tormenta o una inundación se convierten en desastre cuando encuentran poblaciones expuestas y vulnerables, viviendas inseguras, pobreza, ausencia de planificación, falta de sistemas de alerta o infraestructuras incapaces de resistir.
Esta perspectiva introduce una cuestión moral decisiva.
No podemos controlar el movimiento de las placas tectónicas, pero podemos construir edificios más seguros. No podemos impedir toda lluvia extrema, pero podemos evitar edificar indiscriminadamente en zonas de alto riesgo. No podemos detener inmediatamente el calentamiento del planeta, pero podemos reducir emisiones, proteger ecosistemas, desarrollar sistemas de alerta y ayudar a las poblaciones vulnerables a adaptarse.
Por eso la pregunta cristiana no puede ser solamente: “¿Qué está anunciando todo esto?”.
También debe ser: “¿Qué responsabilidad tenemos nosotros frente a todo esto?”.
¿Son estas tragedias señales del fin del mundo?
Aquí debemos entrar directamente en la pregunta que probablemente preocupa a muchas personas.
Sí, Jesucristo habló de guerras, hambres y terremotos cuando enseñó acerca de la consumación de la historia. Pero es muy peligroso citar una sola línea de ese discurso ignorando lo que Jesús dice inmediatamente antes y después.
En Mateo 24, cuando los discípulos preguntan cuál será la señal de su venida y del fin de los tiempos, Jesús les advierte primero: “Estad atentos a que nadie os engañe”. Después anuncia guerras y convulsiones, pero añade una frase que a veces desaparece de los mensajes alarmistas: “Cuidado, no os alarméis, porque todo esto ha de suceder, pero todavía no es el final”. Luego habla de hambres y terremotos y los denomina “el comienzo de los dolores”.
El mismo Evangelio que habla de terremotos nos ordena no dejarnos dominar por el pánico.
Esto cambia profundamente la interpretación.
Jesús no entregó a sus discípulos un calendario para calcular la fecha del fin del mundo. Les enseñó a permanecer vigilantes, fieles y esperanzados en medio de una historia que conocería sufrimiento, persecución y convulsiones.
Después de la Resurrección, cuando los discípulos volvieron a preguntarle por los tiempos de la instauración definitiva del Reino, Cristo respondió: “No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad”. Y en lugar de entregarles fechas, los envió a ser testigos.
La Iglesia mantiene exactamente esa actitud. El Catecismo enseña que Cristo volverá gloriosamente y que la historia tendrá una consumación definitiva, pero reconoce que desconocemos el momento. La fe cristiana es escatológica, es decir, espera realmente la venida del Señor; pero precisamente por eso rechaza la obsesión por convertir cada acontecimiento histórico en un código secreto para adivinar cuándo ocurrirá.
Por tanto, ¿puede un cristiano decir que caminamos hacia algo mayor?
Sí.
Pero aquello hacia lo que caminamos no es simplemente una gran catástrofe.
Caminamos hacia Cristo.
La última palabra de la historia cristiana no es terremoto, incendio, inundación, guerra ni muerte. La última palabra es la victoria de Dios, la resurrección y aquella creación renovada que la Escritura llama “un cielo nuevo y una tierra nueva”. El Catecismo afirma que la creación misma será transformada y que Dios “enjugará toda lágrima”; ya no habrá muerte, luto ni dolor.
Esa es la verdadera perspectiva cristiana del futuro.
Dios no está castigando a las víctimas
Hay otra interpretación que debe rechazarse claramente: pensar que una tragedia es el castigo de Dios sobre una determinada población.
Después de un terremoto o una inundación suelen aparecer voces que preguntan qué pecado habría cometido una ciudad o un país para “merecer” semejante desgracia.
Jesús respondió directamente a esa manera de pensar.
En el Evangelio de Lucas le hablaron de unas personas asesinadas por Pilato. Jesús mencionó también a dieciocho personas que habían muerto cuando cayó sobre ellas la torre de Siloé y preguntó: “¿Pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén?”. Su respuesta fue inequívoca: “Os digo que no”.
La tragedia no demostraba que aquellas víctimas fueran más pecadoras.
Por eso sería teológicamente irresponsable afirmar que los muertos de Colombia, Nepal o cualquier otra región han sido castigados por Dios.
El Catecismo reconoce con enorme honestidad que la existencia del sufrimiento y del mal constituye una de las preguntas más difíciles para la fe. No ofrece una explicación simplista. Enseña que la creación se encuentra todavía “en estado de vía”, caminando hacia su perfección, y que en ella existen fuerzas constructivas y destructivas. Afirma además que los caminos de la providencia divina muchas veces permanecen ocultos para nosotros.
Dios no necesita destruir una casa para enseñarnos que debemos rezar.
El centro de la respuesta cristiana al sufrimiento no es encontrar una explicación secreta para cada tragedia, sino contemplar a Jesucristo crucificado. Nuestra fe proclama que Dios no contempla el dolor humano cómodamente desde lejos: entró en nuestra fragilidad, lloró ante la muerte, sufrió la violencia, cargó con el dolor y atravesó la muerte para abrir dentro de ella un camino hacia la vida.
Por eso, ante una familia que acaba de perderlo todo, la primera misión de la Iglesia no consiste en explicarle por qué ocurrió la tragedia. Consiste en acercarse, escuchar, alimentar, vestir, reconstruir, abrazar, orar y permanecer.
Las tragedias sí pueden convertirse en una llamada
Negar que un desastre sea un castigo divino no significa afirmar que carezca de toda interpelación espiritual.
Jesús, después de rechazar que las víctimas de Siloé fueran más culpables, hizo una llamada a la conversión. No porque aquellas muertes fueran un código enviado por Dios, sino porque la fragilidad de la existencia nos recuerda una verdad que frecuentemente intentamos olvidar: nuestra vida es limitada.
Las tragedias rompen por un instante la ilusión de autosuficiencia.
Nos recuerdan que ninguna cuenta bancaria puede detener un terremoto, que ninguna frontera puede contener el cambio climático, que ninguna tecnología elimina completamente nuestra vulnerabilidad y que una sociedad puede descubrir, en cuestión de minutos, cuánto depende de otras personas.
El papa Francisco escribió en Fratelli tutti, después de la experiencia mundial de la pandemia, que habíamos comprendido nuevamente que “nadie se salva solo”. Recordó cómo las grandes crisis hacen visibles a personas ordinarias que, en lugar de huir del sufrimiento ajeno, entregan su tiempo y hasta arriesgan su propia vida para salvar a otros.
Eso también está ocurriendo hoy.
Entre las ruinas aparecen rescatistas. Entre las aguas aparecen personas ayudando a desconocidos. Frente a los incendios encontramos bomberos agotados que continúan luchando. Cuando una familia pierde su casa, otra abre una puerta. Cuando las comunicaciones desaparecen, alguien camina kilómetros buscando ayuda.
La tragedia revela nuestra vulnerabilidad, pero también puede revelar una grandeza humana que normalmente permanece escondida.
Y allí hay esperanza.
No porque el sufrimiento sea bueno, sino porque el mal no tiene la capacidad de destruir definitivamente nuestra capacidad de amar.
Una respuesta profundamente vicentina
Para una obra nacida del carisma de san Vicente de Paúl, esta reflexión tiene además una resonancia especial.
Vicente vivió en un siglo atravesado por guerras, epidemias, hambre, desplazamientos y enormes crisis sociales. Las guerras devastaron regiones enteras de Francia; poblaciones quedaron sin alimento y miles de personas buscaron refugio.
Su respuesta no fue dedicarse a calcular si aquellos acontecimientos anunciaban el final de los tiempos.
Organizó la caridad.
Movilizó recursos, envió misioneros a regiones devastadas, promovió la distribución de alimentos, atendió refugiados y enfermos y comprometió a las Hijas de la Caridad y a los laicos en una inmensa red de asistencia. Documentos vicentinos recuerdan que en San Lázaro llegaron a distribuirse diariamente alimentos a miles de personas necesitadas durante los momentos más duros de la crisis.
Esa reacción de Vicente resulta extraordinariamente actual.
Ante una tragedia, podemos pasar horas intentando descifrar supuestas profecías en internet o podemos preguntarnos quién necesita nuestra ayuda.
Podemos difundir miedo o podemos organizar solidaridad.
Podemos anunciar fechas que Cristo nunca nos reveló o podemos hacer aquello que sí nos pidió claramente: amar, servir, estar preparados, velar y reconocerlo en el hermano que sufre.
La espiritualidad vicentina nos enseña que la esperanza cristiana tiene manos.
Entonces, ¿qué está ocurriendo?
Mi respuesta es que debemos evitar tanto el alarmismo como la indiferencia.
No existe fundamento para afirmar que los terremotos, inundaciones, sequías, incendios y el desastre de Nepal constituyan juntos una señal científicamente demostrable de una catástrofe mundial inmediata. Son fenómenos diferentes, con causas diferentes, aunque algunos acontecimientos climáticos sí forman parte de un planeta que se está calentando y en el que determinadas amenazas están aumentando.
Tampoco existe fundamento cristiano para anunciar que esta acumulación particular de tragedias demuestra que el fin del mundo ocurrirá próximamente.
Cristo mismo nos pidió que no nos dejáramos engañar ni alarmar y afirmó que no nos corresponde conocer los tiempos establecidos por el Padre.
Pero sería igualmente superficial mirar todo lo que está sucediendo y continuar como si nada.
Hay algo que estas tragedias deberían cambiar.
Deberían hacernos más conscientes de la fragilidad humana. Deberían llevarnos a exigir mejores sistemas de prevención. Deberían renovar nuestro compromiso con el cuidado de la creación. Deberían hacernos revisar un modelo de desarrollo que muchas veces expone a los pobres a los mayores riesgos. Deberían despertar solidaridad entre los pueblos. Y, para quienes creemos, deberían impulsarnos a vivir más profundamente el Evangelio.
San Pablo describe a la creación entera “gimiendo y sufriendo dolores de parto”. La imagen cristiana no es la de un universo abandonado a la destrucción, sino la de una creación que espera su plenitud.
Y aquí aparece una de las enseñanzas más bellas de la Iglesia: esperar los cielos nuevos y la tierra nueva no nos autoriza a despreocuparnos de este mundo. El Catecismo, retomando al Concilio Vaticano II, enseña exactamente lo contrario: la esperanza de la nueva creación debe impulsar nuestro esfuerzo por mejorar la tierra presente.
La esperanza tiene la última palabra
Quizá estos días muchos sienten miedo. Es comprensible. En Colombia apenas comenzamos a procesar nuestras propias pérdidas cuando nuevas imágenes de sufrimiento llegan desde otras partes del mundo. La repetición constante de tragedias puede hacernos sentir que todo se está desmoronando.
La fe cristiana no responde diciendo que nada ocurre.
Está ocurriendo mucho.
El planeta enfrenta desafíos ambientales graves. Existen sociedades extraordinariamente vulnerables. Hay poblaciones que necesitan ayuda ahora mismo. Debemos prepararnos mejor para terremotos, inundaciones, incendios y fenómenos meteorológicos extremos. Debemos cuidar con mayor responsabilidad nuestra casa común. Debemos escuchar a la ciencia y tomar decisiones concretas.
Pero tampoco debemos entregar nuestro corazón al miedo.
Para un cristiano, “algo mayor viene” tiene un significado muy diferente al que suelen darle las profecías alarmistas de las redes sociales.
Viene el Reino de Dios en su plenitud.
Viene Aquel en quien la muerte fue vencida.
Viene la promesa de una creación reconciliada.
Mientras tanto, no conocemos el día ni la hora. Nuestra tarea no consiste en adivinarla.
Nuestra tarea es permanecer despiertos.
San Pablo, precisamente cuando habla del Día del Señor, no invita al pánico sino a vivir “revestidos con la coraza de la fe y del amor, y teniendo como casco la esperanza de la salvación”. Y añade una afirmación decisiva: “Dios no nos ha destinado al castigo, sino a obtener la salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo”.
Tal vez esa sea la palabra que más necesitamos escuchar mientras contemplamos las noticias de estos días.
No miedo, sino vigilancia.
No especulación, sino conversión.
No indiferencia, sino responsabilidad.
No teorías sobre quienes sufren, sino cercanía con quienes sufren.
Y, por encima de todo, esperanza.
Porque la fe no promete que nunca volverá a temblar la tierra. Promete algo mucho más grande: que incluso cuando la tierra tiemble, cuando las aguas crezcan y cuando nuestras seguridades humanas se derrumben, Dios no habrá abandonado a sus hijos.
Y que el final de la historia no pertenece a la destrucción, sino a la vida.
Fuentes principales consultadas
Para la elaboración de este artículo se han contrastado informaciones de Reuters y Naciones Unidas sobre el terremoto de Colombia y la emergencia de Nepal; datos de la Organización Meteorológica Mundial, Copernicus y el Observatorio Europeo de la Sequía sobre los fenómenos climáticos recientes; información del Servicio Geológico de Estados Unidos sobre terremotos; documentos de Naciones Unidas sobre reducción del riesgo de desastres; y fuentes del Magisterio de la Iglesia, especialmente el Catecismo de la Iglesia Católica, la Sagrada Escritura, Laudato si’ y Fratelli tutti. Para la dimensión vicentina se consultaron documentos de la Congregación de la Misión.

