Dos santos separados por más de cuatro siglos, dos carismas distintos y una misma pasión: seguir a Jesucristo pobre y hacer del Evangelio una forma concreta de vida. Las referencias de san Vicente de Paúl a san Francisco de Asís revelan una admiración profunda por el Poverello y muestran hasta qué punto su figura servía al santo de la caridad para hablar de pobreza, humildad, sencillez, oración, testimonio y fidelidad a la propia vocación.
Cuando pensamos en san Vicente de Paúl y san Francisco de Asís, fácilmente los situamos en universos espirituales diferentes. Francisco pertenece al corazón de la gran renovación evangélica del siglo XIII; Vicente emerge en la Francia del siglo XVII, en medio de la pobreza rural, las guerras, el abandono espiritual de los campesinos, los enfermos, los niños expósitos y los galeotes.
Francisco funda una fraternidad marcada radicalmente por la minoridad y la pobreza. Vicente impulsa la Congregación de la Misión, las Cofradías de la Caridad y, junto con santa Luisa de Marillac, las Hijas de la Caridad.
Sin embargo, al recorrer las conferencias y cartas de san Vicente aparece una realidad particularmente hermosa: Vicente conocía la figura de Francisco, recurría a episodios de su vida y lo proponía como maestro de vida evangélica.
No se trata de afirmar que Vicente quiso reproducir el carisma franciscano. Su vocación y sus instituciones poseen una identidad propia. Pero sí podemos afirmar, a partir de sus propias palabras, que san Francisco de Asís formaba parte del horizonte espiritual y pedagógico de san Vicente de Paúl.
Una vida que predica antes que las palabras
Quizás el episodio franciscano más bello transmitido por san Vicente sea aquel de la llamada “predicación sin palabras”.
Hablando a las Hijas de la Caridad sobre la mortificación, la modestia y el poder del buen ejemplo, Vicente les recuerda que las palabras pueden instruir, pero la vida posee una fuerza todavía mayor:
«Instruir con las palabras es mucho, pero el ejemplo tiene un poder muy distinto sobre los corazones».
Y a continuación introduce a san Francisco. Según el relato de Vicente, Francisco dijo un día a uno de sus hermanos: «Vayamos a predicar». Los dos caminaron por la ciudad y regresaron sin haber pronunciado ningún sermón. Cuando el hermano le recordó que no habían predicado, Francisco respondió:
«Sí, hermano mío […] porque nuestro porte y nuestra modestia eran una predicación para este pueblo» (IX, 42).
San Vicente volvió años después sobre la misma tradición y la formuló todavía de manera más expresiva. Francisco habría respondido al hermano:
«¿No es una predicación haber ido con modestia por toda la ciudad? Es una predicación muda» (IX, 953).
Vicente no cuenta esta historia simplemente porque le resulte hermosa. Inmediatamente la aplica a las Hijas de la Caridad. Afirma que algunas personas le habían comentado que se sentían edificadas al verlas caminar por las calles y que aquellas mujeres consagradas «predican sin decir una palabra» (IX, 953).
Aquí aparece una afinidad espiritual extraordinaria entre Francisco y Vicente: el Evangelio no comienza en los labios, sino en la vida.
Antes que una predicación elocuente está la coherencia. Antes que las grandes palabras está el testimonio. Antes que explicar el Evangelio hay que permitir que el Evangelio transforme la manera de caminar, vestir, relacionarse, servir y mirar a los demás.
Para san Vicente, Francisco demuestra que una existencia verdaderamente evangélica puede convertirse ella misma en sermón.
Francisco, el hombre que quiso ser “menor”
Otra referencia profundamente significativa aparece cuando Vicente explica a las Hijas de la Caridad la grandeza paradójica de llamarse servidoras.
Reflexionando sobre el nombre de la naciente Compañía, Vicente se entusiasma con el título de «sirvientas de los pobres». Para él no se trata de una denominación humillante. Todo lo contrario: servir a los pobres significa servir al mismo Jesucristo.
Entonces recuerda a Francisco:
«San Francisco, cuando dio su regla, tomó el título de menor, que quiere decir pequeño» (IX, 302).
Y añade una pregunta reveladora:
«Si aquel gran patriarca se llamó pequeño, ¿no tenéis que considerar como un gran honor el seguirle y llamaros sirvientes de los pobres?» (IX, 302).
La comparación es extraordinaria.
Vicente comprende perfectamente la intuición franciscana de la minoridad. Francisco no pretende ser grande; quiere situarse abajo. Vicente, por su parte, pide a sus Hijas que no aspiren al prestigio, sino que encuentren su honor precisamente en ser servidoras.
Francisco quiere llamarse menor. Las Hijas de la Caridad serán llamadas sirvientas.
En ambos casos aparece la misma lógica evangélica: descender para encontrar a Cristo.
No resulta difícil reconocer aquí el Evangelio del lavatorio de los pies. La grandeza cristiana no consiste en ocupar el primer lugar, sino en hacerse servidor.
La pobreza: la “esposa” de Francisco
San Vicente vuelve varias veces sobre Francisco cuando necesita explicar la pobreza.
En una conferencia a los misioneros desarrolla una larga meditación sobre esta virtud. Tras recordar los peligros del deseo de riquezas, se pregunta por qué la pobreza puede resultar tan hermosa. Entonces evoca expresamente a Francisco:
«A veces discurro dentro de mí mismo si es verdad que la pobreza es tan hermosa, y cuál debe ser la belleza de esa virtud a la que san Francisco llama su esposa» (XI, 154-155).
La expresión merece atención.
Algunos índices de las Obras completas resumen este pasaje diciendo que Francisco llamaba a la pobreza «su dama». Sin embargo, el texto de la conferencia conservado en la edición española dice “su esposa” (XI, 154-155).
Vicente comprende así la pobreza franciscana no simplemente como ausencia de posesiones, sino como una realidad que puede ser amada.
Y continúa contemplándola casi poéticamente:
«¡Cómo arrebata su hermosura!» (XI, 155).
Para Vicente, la pobreza adquiere su pleno significado en Jesucristo. Cristo es quien revela su belleza y quien enseña a vivirla. Por eso la referencia a Francisco no termina en Francisco: conduce necesariamente a Cristo.
Esta es una característica fundamental del pensamiento vicentino. Los santos son modelos precisamente porque transparentan alguna dimensión de Jesucristo.
Francisco se convierte entonces en testigo de un Cristo pobre.
Una iglesia demasiado hermosa
El radicalismo de Francisco respecto de la pobreza impresionaba profundamente a san Vicente.
En una conferencia dirigida a las Hijas de la Caridad cuenta que Francisco visitó una casa de su Orden y encontró allí una iglesia construida con mayor lujo del que consideraba compatible con la pobreza de sus hermanos.
Según el relato transmitido por Vicente, Francisco reaccionó diciendo:
«¡Viviendo el pobre pecador Francisco, sus propios hijos se atreven a cometer esta falta!… ¡Que la derriben!» (IX, 886-887).
Cuando le hicieron notar que ya se había gastado mucho dinero y que no habría recursos para levantar otra, Francisco habría respondido:
«¡No importa! No comeré ni beberé hasta que la destruyan» (IX, 887).
Vicente concluye:
«Y de esta forma la hizo derribar, porque era demasiado hermosa» (IX, 887).
Más allá de cómo la historiografía franciscana estudie el origen concreto de esta tradición, lo importante para comprender a san Vicente es observar por qué la cuenta.
Vicente la utiliza para advertir a las Hijas de la Caridad contra el lujo, la diferenciación en el vestido y cualquier forma de búsqueda de apariencia que pudiera oscurecer la sencillez de su vocación.
Es decir, san Vicente recibe una memoria franciscana y la convierte inmediatamente en enseñanza pastoral.
La pobreza no puede reducirse a un discurso. Tiene consecuencias sobre la vivienda, el vestido, las posesiones y el estilo de vida.
“Dios os ha escogido como escogió a san Francisco”
Existe todavía una expresión mucho más fuerte.
San Vicente advierte a las Hijas de la Caridad que no abandonen el espíritu sencillo y humilde de sus comienzos. Para ello vuelve otra vez la mirada hacia Francisco y les dice:
«Dios os ha escogido como escogió a san Francisco, para honrarle en vuestra condición pobre y humilde a los ojos del mundo» (IX, 732).
Esta frase es particularmente significativa porque establece una comparación espiritual explícita.
Vicente no está diciendo que las Hijas de la Caridad sean franciscanas ni que deban asumir la Regla de Francisco. Está haciendo algo más delicado: reconoce una afinidad en el modo como Dios puede escoger lo pequeño, pobre y humilde para manifestar su gloria.
Francisco había abrazado una existencia pobre a los ojos del mundo.
Las primeras Hijas de la Caridad eran también mujeres sencillas, muchas de origen campesino, destinadas a recorrer calles, parroquias, hospitales y aldeas sirviendo corporal y espiritualmente a los pobres.
Precisamente allí Vicente descubre una semejanza.
Lo pequeño puede ser elegido por Dios.
Lo humilde puede evangelizar.
Lo que el mundo considera insignificante puede convertirse en instrumento extraordinario de la Providencia.
Francisco orando antes de predicar
La admiración de Vicente por Francisco no se limita a la pobreza. También lo presenta como modelo de oración y fervor apostólico.
Hablando a sus misioneros sobre el peligro de caer en la rutina y realizar las acciones sagradas sin verdadera disposición interior, Vicente pregunta:
«¿Por qué san Francisco decía sus oraciones con los brazos extendidos? ¿Por qué se postraba con el rostro en tierra antes de subir al púlpito?» (XI, 601).
Y él mismo explica que aquella actitud impresionaba al pueblo y disponía espiritualmente al predicador:
«Al prepararse de esta forma, su postura impresionaba al pueblo […] y la bondad de Dios hacía tan eficaz su predicación que todos quedaban edificados» (XI, 601).
Hay aquí una intuición muy vicentina: la eficacia apostólica no depende únicamente de técnicas, palabras o capacidades humanas.
El misionero debe ser primero transformado por aquello que va a anunciar.
Francisco se postra antes de subir al púlpito.
Primero oración. Después predicación.
Primero dejarse tocar por Dios. Después intentar tocar el corazón de los demás.
San Vicente utiliza precisamente este ejemplo para pedir a sus misioneros que no desarrollen un ministerio insensible, mecánico o rutinario, sino lleno de celo.
Francisco contemplando la Pasión
Hay otra alusión menos conocida y espiritualmente muy hermosa.
En una conferencia sobre la oración, Vicente anima a las Hijas de la Caridad a contemplar los misterios de la vida y de la Pasión de Jesucristo. Y afirma:
«San Francisco no hacía otra oración más que la de la pasión» (IX, 1103).
A continuación recuerda que los capuchinos meditaban especialmente los misterios de la vida, muerte y Pasión del Señor (IX, 1103).
Sea entendida esta afirmación dentro del lenguaje espiritual con el que Vicente transmite el recuerdo de Francisco, resulta evidente lo que desea enseñar: la contemplación cristiana debe conducir al misterio de Cristo.
También aquí ambos carismas se encuentran.
Francisco queda configurado con Cristo pobre y crucificado.
Vicente descubre a Cristo particularmente en los pobres sufrientes.
No son dos cristologías distintas, sino dos maneras de dejarse alcanzar por el mismo misterio: el Cristo contemplado en su Pasión es también el Cristo reconocido y servido en sus miembros sufrientes.
La pobreza necesita fidelidad al espíritu original
San Vicente recurre también a Francisco para hablar de un peligro que conoce muy bien toda institución religiosa: perder con el tiempo el espíritu de sus comienzos.
En diferentes conferencias relata una tradición según la cual Francisco habría recibido una advertencia acerca de las dificultades futuras de su Orden. En una de ellas, Vicente pone en boca del adversario la amenaza de introducir personas «distinguidas y de gran inteligencia» que terminarían destruyendo las buenas máximas originales de la fraternidad (IX, 731-732).
En otra ocasión vuelve sobre la misma tradición y advierte del peligro de permitir que criterios sociales o económicos terminen modificando el espíritu recibido de Dios (IX, 935).
San Vicente no está haciendo aquí una valoración general contra las personas cultas o de posición social elevada. Su preocupación pastoral es otra: ninguna comunidad puede permitir que el prestigio, el dinero o las conveniencias humanas transformen silenciosamente su carisma.
Por eso utiliza el ejemplo de Francisco para defender algo que él mismo consideraba esencial para sus fundaciones: permanecer fieles al espíritu de los comienzos.
Esta preocupación sigue siendo sorprendentemente actual.
Toda obra nacida para evangelizar corre el riesgo de preocuparse tanto por crecer, consolidarse, organizarse o adquirir reconocimiento que termine olvidando por qué nació.
Francisco recuerda a Vicente que una institución puede conservar el nombre y perder el espíritu.
Hasta el vestido puede hablar del Evangelio
Para san Vicente, la pobreza y la sencillez debían reflejarse incluso exteriormente.
Al explicar la importancia de evitar diferencias que produjeran vanidad o rivalidad dentro de la comunidad, observa que Francisco y otros fundadores quisieron que sus miembros llevasen:
«el mismo hábito, hecho de la misma manera y con la misma tela» (IX, 900-901).
Otra vez, el detalle exterior remite a algo interior.
Vicente no está interesado simplemente en uniformar la ropa. Le preocupa impedir que el deseo de distinguirse termine penetrando en una comunidad llamada al servicio.
La sencillez exterior debía proteger una realidad más profunda: la igualdad, la fraternidad y el desprendimiento.
Francisco y la dignidad de los hermanos
Una referencia especialmente interesante aparece en una carta de san Vicente relacionada con los hermanos coadjutores de la Congregación de la Misión.
Vicente rechaza que sean tratados como personas inferiores o simples servidores. Y para argumentarlo recurre nuevamente a Francisco:
«San Francisco manda que los legos tengan voz en la elección de guardianes» (III, 295).
La reflexión que sigue es todavía más significativa. San Vicente recuerda que Cristo trató a sus apóstoles como amigos y se pregunta cómo podrían ellos tratar como simples servidores a hermanos que incluso podían poseer mayor virtud que muchos sacerdotes (III, 295).
El recuerdo de Francisco sirve, pues, para defender la dignidad de los hermanos dentro de la comunidad.
Aquí la minoridad franciscana y la fraternidad vicentina vuelven a tocarse.
No debería haber una comunidad cristiana construida sobre categorías de superioridad humana.
Dos santos, una misma revolución evangélica
¿Qué descubre finalmente san Vicente en Francisco de Asís?
No parece interesarle construir una biografía completa del santo de Asís. Tampoco ofrece una exposición sistemática de la espiritualidad franciscana.
Hace algo mucho más característico de él: toma ejemplos concretos y los transforma en escuela de Evangelio.
Cuando quiere hablar del testimonio silencioso, recuerda a Francisco caminando por la ciudad y predicando con su sola presencia (IX, 42; IX, 953).
Cuando quiere hablar de humildad, recuerda que Francisco quiso llamarse «menor» (IX, 302).
Cuando habla de pobreza, recuerda que Francisco la llamaba «su esposa» (XI, 154-155).
Cuando combate el lujo, recuerda la iglesia demasiado hermosa (IX, 886-887).
Cuando quiere enseñar fervor a sus misioneros, recuerda a Francisco orando con los brazos extendidos y postrándose antes de predicar (XI, 601).
Cuando exhorta a contemplar a Cristo, recuerda su meditación de la Pasión (IX, 1103).
Cuando pide fidelidad a la inspiración original de una comunidad, vuelve nuevamente al ejemplo franciscano (IX, 731-732; IX, 935).
Y cuando quiere hacer comprender a las Hijas de la Caridad la grandeza de una vocación aparentemente humilde, llega a decirles:
«Dios os ha escogido como escogió a san Francisco» (IX, 732).
Es difícil encontrar una expresión más reveladora.
Francisco y Vicente: hacerse pequeños para que Cristo sea grande
Francisco y Vicente pertenecen a épocas diferentes. Sus carismas no son idénticos y sus respuestas históricas tampoco.
Pero ambos comprendieron algo esencial del cristianismo: para seguir verdaderamente a Jesucristo hay que permitir que el Evangelio toque la existencia concreta.
Francisco lo hizo abrazando la minoridad, la fraternidad y la pobreza.
Vicente lo hizo convirtiendo el amor de Dios en misión, organización de la caridad y servicio efectivo a los pobres.
Uno despojó el Evangelio de las seguridades que podían ocultarlo.
El otro recordó que amar a Dios exige poner los brazos a trabajar.
Ambos desconfiaron de una fe reducida a palabras.
Por eso resulta tan elocuente que san Vicente conservara precisamente de Francisco la imagen de aquella «predicación muda» (IX, 953).
Tal vez allí se encuentre el punto de encuentro más hermoso entre ambos.
Francisco podía atravesar una ciudad sin pronunciar un sermón y, sin embargo, predicar.
Vicente podía mirar a una Hija de la Caridad atravesando las calles para atender a un enfermo y decir que también ella estaba predicando sin hablar.
Dos santos.
Dos siglos muy diferentes.
Dos formas particulares de vivir la misión.
Pero una convicción profundamente común: cuando el Evangelio se hace vida, la vida misma comienza a anunciar a Jesucristo.
Y quizá ese sea el mensaje que Francisco de Asís y Vicente de Paúl siguen dejando juntos a la Iglesia de nuestro tiempo: no basta hablar de pobreza, humildad, fraternidad, caridad o misión.
Hay que vivirlas.
Porque hay sermones que se pronuncian desde un púlpito, pero existen otros —posiblemente los más convincentes— que se predican simplemente con la vida.
Nota sobre las fuentes: Todas las referencias entre paréntesis corresponden a San Vicente de Paúl, Obras completas, edición castellana publicada por CEME/Sígueme, basada en la edición crítica de Pierre Coste. Se ha citado siguiendo la numeración de tomo y página de la edición española. Cuando san Vicente narra episodios de la vida de san Francisco, el artículo los presenta como tradiciones o relatos utilizados por Vicente en sus conferencias; su presencia en las Obras completas demuestra cómo san Vicente recibió y empleó espiritualmente la figura del santo de Asís, sin pretender con ello resolver la historicidad independiente de cada tradición hagiográfica.
