Nota sobre las referencias
Las referencias que aparecen después de cada cita remiten a la edición castellana:
San Vicente de Paúl, Obras completas, Ediciones Sígueme-CEME, Salamanca.
La abreviatura SVP indica San Vicente de Paúl; el número romano señala el tomo y el número arábigo, la página. Por ejemplo: SVP XI, 176 significa Obras completas, tomo XI, página 176.
La exposición principal del pequeño método se encuentra en:
- Conferencia 57, del 20 de agosto de 1655: SVP XI, 164-186.
- Conferencia 59, del 22 de agosto de 1655: SVP XI, 191-195.
También resultan importantes las enseñanzas sobre la sencillez y la prudencia de la conferencia del 21 de marzo de 1659: SVP XI, 459-469.
Introducción
El llamado “pequeño método” es la forma de predicación que san Vicente de Paúl propuso a los sacerdotes de la Congregación de la Misión. No es solamente una técnica para distribuir ordenadamente las partes de un sermón. Es una manera evangélica de anunciar la Palabra, nacida de la caridad, inspirada en Jesucristo y en los apóstoles, adaptada a la capacidad de los oyentes y orientada a producir una conversión verdadera.
San Vicente lo llama “pequeño” por su sencillez, pero reconoce en él una fuerza espiritual extraordinaria. Después de explicar sus cualidades y recordar sus frutos, exhorta a los misioneros:
“Aceptemos todos este pequeño, pero poderoso método”
(SVP XI, 183).
La expresión contiene una aparente paradoja. El método es pequeño porque renuncia a la ostentación, a las palabras rebuscadas y a los artificios de la retórica. Pero es poderoso porque busca iluminar el entendimiento, mover la voluntad y poner en manos del oyente medios concretos para comenzar una vida nueva.
El pequeño método se opone, por tanto, a una predicación centrada en el prestigio del orador. No pretende que el público admire la inteligencia, la erudición o la elocuencia del predicador, sino que conozca la verdad, se deje tocar por la gracia y tome resoluciones concretas.
Esta orientación permite comprender que, para san Vicente, predicar no es exhibirse ante un auditorio. Es servirle. La palabra del misionero debe ser un acto de caridad.
1. Contexto misionero del pequeño método
El pequeño método nació dentro de la experiencia concreta de la Congregación de la Misión. Los primeros misioneros no elaboraron su modo de predicar encerrados en una reflexión puramente académica. Lo descubrieron en las misiones populares, en el contacto con los pobres del campo, en la escucha de las confesiones y en la necesidad de comunicar las verdades de la fe de forma comprensible y provechosa.
San Vicente veía la predicación como prolongación de la misión confiada por Jesucristo a los apóstoles. Al comenzar su conferencia del 20 de agosto de 1655, recordó las palabras de Marcos: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura”. Inmediatamente las aplicó a la Congregación:
“Me parece, padres, que estas palabras que, después de su resurrección, antes de subir a los cielos, dijo nuestro Señor a los apóstoles, se dirigen también a toda la compañía, y especialmente a los que están destinados a la predicación”
(SVP XI, 164-165).
La predicación forma parte de una vocación apostólica. El misionero es enviado, no para difundir sus propias ideas, sino para llevar la Palabra de Dios. De ahí la alegría con que san Vicente contempla a quienes parten hacia otros lugares:
“¡Oh Salvador! ¡Nosotros tenemos las mismas cartas credenciales que los apóstoles!”
(SVP XI, 165).
Esta convicción determina el contenido, el estilo y la finalidad del pequeño método. Puesto que el misionero ha sido enviado como los apóstoles, debe procurar hablar como ellos y, sobre todo, como Jesucristo.
2. Un método nacido de la experiencia comunitaria
El pequeño método fue también fruto de un trabajo comunitario. San Vicente recuerda que los misioneros se ejercitaban juntos para aprender a tratar adecuadamente los temas de predicación.
En la conferencia del 22 de agosto de 1655 explica:
“Se tomaba un tema, y cada uno decía los motivos que tenía para ello; luego hablábamos de los actos y finalmente de los medios. Esto es lo que se hacía, y cada uno exponía buenamente su parecer”
(SVP XI, 191).
Participaban en estos ejercicios sacerdotes de la Congregación y otros eclesiásticos. Se preparaban los temas, se compartían los motivos, se examinaban los actos propios de una virtud y se proponían los medios necesarios para practicarla.
No se buscaba solamente formar oradores individuales. La comunidad discernía, escuchaba, corregía y aprendía unida. La predicación se convertía así en una tarea eclesial y fraterna.
San Vicente reconoce también la importante intervención del padre Antonio Portail, uno de sus primeros compañeros, a quien atribuía un conocimiento más preciso de las diversas maneras de desarrollar los sermones. El propio Vicente, con su habitual humildad, deseaba aprender de él y de los demás:
“Con la ayuda de Dios quiero aprenderlos de él y de los demás que han recibido de Dios este don”
(SVP XI, 181).
Esta afirmación es significativa. El fundador no se presenta como dueño absoluto del método. Se reconoce discípulo y acepta que el don de Dios puede manifestarse en los hermanos.
3. El pequeño método no es solamente una técnica
Una de las afirmaciones más profundas de san Vicente es que el pequeño método debe considerarse una virtud.
Lo define así:
“Se trata de una virtud que, en nuestras predicaciones, nos hace guardar cierta disposición y un estilo adecuado al alcance y al mayor provecho de los oyentes”
(SVP XI, 176).
La definición contiene varios elementos.
En primer lugar, es una disposición interior. El predicador no se limita a aplicar externamente una plantilla. Necesita adquirir una actitud estable que le permita hablar buscando el bien de los demás.
En segundo lugar, supone un orden. El discurso debe organizarse de manera que el oyente pueda seguirlo, comprenderlo y retenerlo.
En tercer lugar, exige adaptación. El predicador considera el alcance de las personas que lo escuchan, su situación, sus necesidades y su capacidad de comprensión.
Finalmente, busca el mayor provecho de los oyentes. Esta es su finalidad decisiva. La predicación se juzga por el bien que produce en ellos, no por la satisfacción que obtiene el orador.
San Vicente explica por qué puede llamarse virtud:
“La virtud nos dispone para obrar bien, y este método también nos dispone para el bien, ya que, al observarlo, predicamos de forma útil para todo el mundo y nos ajustamos a la capacidad y al alcance de nuestro auditorio”
(SVP XI, 176).
Por tanto, el pequeño método afecta tanto a la persona del predicador como a la estructura de su discurso. Requiere aprendizaje, ejercicio, humildad, vigilancia y conversión interior.
4. El pequeño método, hijo de la caridad
El fundamento más profundo del método es la caridad. San Vicente afirma:
“Nuestro método es también una virtud, ya que es hijo de la caridad, que es la reina de las virtudes”
(SVP XI, 176).
Y explica inmediatamente:
“La caridad nos hace adaptarnos a todos, para que podamos ser útiles a todos; y el método, que aprende esta lección de la caridad, hace lo mismo”
(SVP XI, 176).
Esta enseñanza permite comprender el significado espiritual de la adaptación. El predicador no simplifica su lenguaje por desprecio a los oyentes ni porque considere que sean incapaces de recibir la verdad. Lo hace por amor.
La caridad obliga a salir de uno mismo. El orador renuncia al placer de mostrar su saber, a la satisfacción de emplear expresiones admirables y al deseo de ser elogiado. Busca la palabra que pueda ser comprendida y que ayude al otro a acercarse a Dios.
Por eso la sencillez no equivale a pobreza de contenido. Una doctrina puede ser sólida, profunda y exigente, pero expresada con palabras comunes, ejemplos cercanos y consecuencias prácticas.
Desde esta perspectiva, el pequeño método puede definirse como una forma pastoral de la caridad. La caridad gobierna la elección de los contenidos, el orden de la exposición, el vocabulario, el tono y los medios propuestos.
5. Las tres partes fundamentales
San Vicente organiza normalmente el pequeño método en tres momentos:
- Los motivos.
- La naturaleza o contenido del tema.
- Los medios para practicarlo.
Él mismo emplea esta estructura al desarrollar su conferencia:
“En el primero veremos los motivos que tenemos para apreciar mucho este método; en el segundo, diré en qué consiste, para que lo conozcamos y podamos practicarlo en el futuro; y en el tercero, señalaré algunos medios que podrán servir para la adquisición de este método”
(SVP XI, 165-166).
Estas tres partes responden a tres necesidades del oyente. Necesita descubrir por qué debe cambiar; necesita comprender claramente en qué consiste el cambio; y necesita recibir medios concretos para llevarlo a la práctica.
Podemos expresarlo mediante tres preguntas:
¿Por qué?
¿Cuáles son los motivos para amar una virtud, cumplir un deber, recibir una enseñanza o abandonar un pecado?
¿Qué?
¿En qué consiste concretamente esa virtud, ese deber, ese misterio o esa conducta cristiana?
¿Cómo?
¿Qué medios puede emplear la persona para comenzar a vivirlo?
El pequeño método evita así tres deformaciones frecuentes: informar sin mover, exhortar sin explicar y proponer ideales sin indicar caminos realizables.
6. Primer punto: presentar los motivos
El primer momento consiste en mostrar las razones que pueden mover al oyente a buscar una virtud o rechazar un vicio.
San Vicente afirma:
“Según este método, en primer lugar, se hacen ver las razones y motivos que pueden mover y llevar al espíritu a detestar los pecados y los vicios, y a buscar las virtudes”
(SVP XI, 166).
Los motivos pueden proceder de la Sagrada Escritura, del ejemplo de Jesucristo, de la dignidad de la vocación cristiana, de los beneficios que produce la virtud, de los daños que causa el pecado o de las consecuencias concretas de una conducta.
San Vicente describe la eficacia del método con estas palabras:
“Es sumamente eficaz para iluminar los entendimientos y mover las voluntades, para hacer ver con claridad el esplendor y la belleza de las virtudes y la horrible fealdad de los vicios”
(SVP XI, 166).
La voluntad necesita ser atraída por el bien. No basta ordenar: “Sé humilde”, “perdona”, “sirve a los pobres” o “abandona este pecado”. Es necesario ayudar a la persona a descubrir por qué ese camino es bello, necesario y conforme con el Evangelio.
Sin embargo, mover la voluntad no significa manipular las emociones. San Vicente critica los discursos que se limitan a excitar exteriormente al público. La verdadera persuasión debe llegar también al entendimiento y permitir que la razón reconozca la verdad.
De ahí que los motivos deban ser sencillos, sólidos y proporcionados. No se necesita acumular una multitud de razones. A veces basta una sola razón profundamente comprendida para mover el corazón.
En una enseñanza sobre la oración, san Vicente compara este proceso con el encendido de una vela: una vez que la luz está encendida, no es necesario seguir golpeando el eslabón. Cuando una razón ha inflamado la voluntad, conviene pasar a las resoluciones y a los medios concretos (SVP XI, 162-163).
7. Segundo punto: explicar en qué consiste
Después de mostrar por qué una virtud es necesaria, el predicador debe explicar claramente qué es.
San Vicente enumera con precisión los aspectos que pueden desarrollarse:
“Hay que ver en segundo lugar en qué consiste esa virtud, cuál es su esencia y su naturaleza, cuáles sus propiedades, cuáles sus funciones, sus actos y los actos contrarios a ella, las señales y la práctica de esa virtud”
(SVP XI, 166-167).
Esta parte impide que la predicación quede reducida a exhortaciones vagas. Decir que hay que ser caritativo, humilde, paciente o sencillo puede resultar insuficiente si no se explica cómo actúa una persona caritativa, qué palabras manifiestan humildad, qué comportamientos contradicen la paciencia o qué señales permiten reconocer la sencillez.
San Vicente recomienda mostrarlo:
“Con familiaridad y sencillez”, indicando “qué actos hay que practicar sobre todo, bajando siempre a los detalles”
(SVP XI, 167).
“Bajar a los detalles” es una de las expresiones más características de su realismo pastoral. La verdad debe encontrarse con la vida ordinaria.
Por ejemplo, al hablar del perdón, no basta afirmar que el cristiano debe perdonar. Conviene explicar que perdonar no es aprobar la injusticia; que exige renunciar a la venganza; que puede implicar reconocer la propia culpa; que debe manifestarse en el modo de hablar; y que, cuando sea posible, conduce a la reconciliación y a la reparación.
Este segundo punto ilumina la inteligencia. Da nombre a las experiencias, distingue lo verdadero de lo falso y permite reconocer las consecuencias prácticas de la enseñanza.
8. Tercer punto: ofrecer medios concretos
La originalidad pastoral del pequeño método aparece con especial claridad en el tercer punto. No basta despertar el deseo y explicar la virtud. Es indispensable mostrar cómo puede practicarse.
San Vicente plantea la cuestión con gran realismo:
“¿Cómo queréis que yo haga una cosa, aun cuando sepa que me es muy necesaria y aunque tenga muchas ganas de hacerla, si no tengo medios para ello?”
(SVP XI, 167).
Dejar a una persona convencida, pero sin medios, es para él una grave insuficiencia:
“Si la dejáis ahí sin indicarle ningún medio de practicar lo que le habéis enseñado, creo que no habréis conseguido mucho; eso es burlarse de ella”
(SVP XI, 166-167).
El predicador debe, por tanto, “poner en la mano” del oyente los medios necesarios:
“Finalmente, le habéis puesto en la mano los medios de conseguirla”
(SVP XI, 168).
La expresión “poner en la mano” muestra el carácter concreto de la predicación vicentina. El oyente no debe salir solamente con una idea, sino con una resolución posible.
Los medios han de ser:
- Claros.
- Proporcionados a la situación de la persona.
- Realizables.
- Vinculados a la gracia y a la oración.
- Capaces de traducirse en actos.
- Orientados a comenzar sin demora.
La predicación no termina cuando el orador concluye su discurso. Alcanza su finalidad cuando el oyente sabe qué paso puede dar.
San Vicente resume el proceso completo:
“Se le señalan las grandes ventajas que sacará de ello, las desventajas que obtendrá si no lo hace; se le hace ver lo que es eso y se le manifiesta su belleza; y en fin, si le ponemos en la mano los medios para conseguirlo, ya no queda nada que hacer”
(SVP XI, 168).
9. Una pedagogía integral: mover, iluminar y conducir
Las tres partes del método pueden interpretarse como un proceso pedagógico y espiritual.
Los motivos buscan mover la voluntad. La explicación de la virtud ilumina el entendimiento. Los medios conducen a la decisión y a la práctica.
No se trata de dividir artificialmente al ser humano, sino de atender a su proceso real de conversión. La persona necesita encontrar una razón para actuar, comprender lo que debe hacer y descubrir un camino concreto.
De esta manera, el pequeño método integra:
- La afectividad, porque despierta el deseo del bien.
- La inteligencia, porque presenta la verdad con claridad.
- La voluntad, porque conduce a resoluciones.
- La vida cotidiana, porque propone actos verificables.
- La gracia, porque reconoce que todo fruto procede de Dios.
Podría resumirse así:
El corazón descubre por qué; la inteligencia comprende qué; la voluntad recibe cómo.
10. El estilo propio del pequeño método
La estructura de tres puntos no puede separarse del estilo con que debe comunicarse. Para san Vicente, la manera de hablar forma parte de la fidelidad al Evangelio.
10.1. Llaneza
Al recordar la predicación de los apóstoles, san Vicente afirma:
“¿Y cómo predicaban los apóstoles? Con toda llaneza, familiaridad y sencillez”
(SVP XI, 165).
La llaneza evita complicar innecesariamente el mensaje. El predicador habla de manera directa, sin rodeos y sin convertir la Palabra de Dios en una exhibición literaria.
10.2. Sencillez
San Vicente describe el estilo del método:
“Hace que hablemos llanamente en nuestro discurso, lo más sencillamente que podamos, con toda familiaridad, de forma que nos pueda entender hasta el más pequeño de todos”
(SVP XI, 176-177).
La sencillez no es ignorancia ni descuido. Es una forma de verdad y de pureza de intención. En la conferencia sobre la sencillez y la prudencia explica que esta virtud lleva a decir las cosas como se piensan y a obrar sin artificios, mirando solamente a Dios (SVP XI, 459-463).
10.3. Lenguaje digno y comprensible
San Vicente no propone un lenguaje vulgar o incorrecto. Añade:
“Aunque sin utilizar un lenguaje corrompido, ni demasiado bajo, sino el lenguaje usual, limpio, puro y sencillo; nada de afectación”
(SVP XI, 177).
El lenguaje debe ser usual, porque ha de entenderse; limpio y puro, porque la dignidad de la Palabra lo exige; sencillo, porque busca el provecho; y sin afectación, porque no pretende atraer la admiración hacia el predicador.
10.4. Familiaridad
El discurso debe parecerse a una conversación espiritual. San Vicente habla repetidamente de “charla familiar”. El predicador no se coloca a una distancia inaccesible, sino que habla como quien desea acompañar, enseñar y servir.
La familiaridad permite que el oyente se reconozca dentro del discurso. Las preguntas, los ejemplos, las comparaciones y las situaciones de la vida ordinaria crean cercanía y ayudan a comprender.
10.5. Claridad
La claridad no es sólo una cualidad intelectual. Es una exigencia de la caridad. Una enseñanza que no puede ser comprendida difícilmente servirá al oyente.
El predicador debe distinguir las ideas, ordenar los argumentos, evitar acumulaciones innecesarias y explicar las palabras que puedan resultar oscuras.
10.6. Concreción
El pequeño método pide “bajar siempre a los detalles” (SVP XI, 167). La predicación debe tocar decisiones, relaciones, bienes, restituciones, reconciliaciones, confesiones y cambios de conducta.
10.7. Moderación
San Vicente desaprueba los gritos, los golpes y la exaltación teatral. Al comentar la manera de predicar de algunos sacerdotes del Oratorio, afirma:
“Esos padres predican con tanta moderación”
(SVP XI, 193).
Y concluye:
“Esa es la mejor manera de actuar, con sencillez, con familiaridad, sin exaltarse”
(SVP XI, 193).
La moderación ayuda a que la atención recaiga sobre la verdad anunciada y no sobre el espectáculo del orador.
11. Fundamento cristológico
El modelo principal del pequeño método es Jesucristo. San Vicente no lo presenta como una invención meramente humana, sino como una manera de predicar aprendida del Hijo de Dios.
Afirma:
“Así es como predicaban los discípulos y los apóstoles; así es como predicaba Jesucristo”
(SVP XI, 165).
En las páginas siguientes recorre algunos ejemplos de la predicación de Jesús y muestra cómo en ella aparecen motivos, explicaciones y medios. Jesucristo habla de forma comprensible, parte de la vida ordinaria, utiliza imágenes cercanas y conduce a decisiones concretas.
San Vicente se indigna ante la idea de que predicar con sencillez pueda disminuir el honor del predicador:
“Hacer los sermones como es debido, con sencillez, hablando familiarmente, de forma ordinaria, como lo hizo nuestro Señor, ¡es carecer de honor!”
(SVP XI, 184-185).
La exclamación es irónica. Para Vicente, despreciar la sencillez equivaldría a considerar insuficiente la manera de enseñar de Jesucristo.
Por eso concluye:
“Ya veis que es una blasfemia decir y pensar que se pierde el honor predicando como predicó el Hijo de Dios”
(SVP XI, 185).
El carácter cristocéntrico del método no consiste sólo en hablar sobre Cristo, sino en dejar que Cristo determine la forma de hablar, la intención del predicador y la finalidad del ministerio.
12. Fundamento apostólico
Los apóstoles continuaron la manera sencilla de anunciar el Evangelio. San Vicente recuerda la enseñanza de san Pablo acerca de una predicación que no se apoya en palabras persuasivas de sabiduría humana, sino en la manifestación del Espíritu y del poder de Dios.
Comenta que los apóstoles trataban con sus oyentes:
“Con toda sencillez, sin intentar sorprenderos, amablemente para que vieseis la verdad de los misterios que hemos venido a predicaros”
(SVP XI, 171-172).
Y formula una de sus afirmaciones más conocidas:
“El que dice misionero dice apóstol; por tanto, es preciso que hagamos como los apóstoles”
(SVP XI, 172).
La consecuencia es inmediata:
“Es preciso que vayamos allá con toda bondad y sencillez, si queremos ser misioneros e imitar a los apóstoles y a Jesucristo”
(SVP XI, 172).
El pequeño método pertenece, por tanto, a la identidad misionera. No es un recurso opcional desligado de la vocación. Expresa la forma apostólica de acercarse al pueblo.
13. La sencillez unida a la prudencia
La sencillez vicentina no debe confundirse con ingenuidad, imprudencia o falta de discernimiento. San Vicente insiste en que Jesucristo une la sencillez de la paloma con la prudencia de la serpiente.
En la conferencia del 21 de marzo de 1659 explica que ambas virtudes:
“Están perfectamente de acuerdo entre sí, cuando se las entiende como es debido”
(SVP XI, 460).
La sencillez ordena las palabras y las acciones hacia Dios, apartando la falsedad, la doblez y el artificio. La prudencia ayuda a elegir los medios adecuados, callar lo que no conviene decir y considerar las circunstancias.
San Vicente resume la sencillez de las palabras afirmando que consiste:
“En decir las cosas como las sentimos en el corazón”
(SVP XI, 463).
Pero la prudencia recuerda que no todo pensamiento debe manifestarse indiscriminadamente. El predicador ha de discernir qué debe decir, cuándo, de qué manera y con qué finalidad.
Aplicado al pequeño método, esto significa que la claridad no elimina la delicadeza pastoral; la franqueza no justifica la dureza; la concreción no autoriza a exponer innecesariamente a las personas; y la adaptación no permite deformar la verdad.
La auténtica sencillez es transparente, pero también caritativa y prudente.
14. La finalidad: conversión y gloria de Dios
Para san Vicente, la finalidad de la predicación no es el aplauso. Es la conversión de los oyentes y la gloria de Dios.
Critica a quienes suben al púlpito para que se diga:
“Realmente este hombre habla bien; es elocuente; tiene hermosas ideas; se expresa de una forma agradable”
(SVP XI, 178).
Y denuncia el peligro de utilizar la Palabra para alimentar la vanidad:
“¿Subís al púlpito, no ya para predicar a Dios, sino a vosotros mismos?”
(SVP XI, 178).
Frente a esta tentación, establece la disposición fundamental:
“Lo primero que se necesita es tener rectitud de intención, no querer ni pretender nada en esta tarea más que lo que Dios pide de nosotros, buscar sólo la conversión de los oyentes y el aumento de la gloria de Dios”
(SVP XI, 178-179).
El predicador debe preguntarse antes de hablar: ¿busco que Jesucristo sea conocido o que mi persona sea admirada? ¿Deseo que el pueblo se convierta o que recuerde mi elocuencia? ¿Estoy sirviendo la Palabra o sirviéndome de ella?
La pureza de intención transforma la preparación y la ejecución del sermón. Ayuda a eliminar lo superfluo, a escoger ejemplos comprensibles y a proponer medios que respondan realmente a las necesidades del pueblo.
15. La eficacia: ganar los corazones
San Vicente considera que el pequeño método posee una especial eficacia:
“No hay manera de predicar, actualmente en uso, tan indicada para ganar los corazones y producir grandes efectos”
(SVP XI, 166).
“Ganar los corazones” no significa conquistar simpatías personales. Significa ayudar a que la verdad sea acogida interiormente.
El método convence porque no se limita a causar una impresión momentánea. San Vicente advierte que los gritos y los discursos artificiosos pueden conmover superficialmente, pero esa emoción desaparece pronto si el entendimiento no queda convencido.
Afirma:
“La verdad es que, para convencer y conquistar el espíritu del hombre, hay que obrar con sencillez”
(SVP XI, 185).
Y añade:
“¡Oh sencillez, qué persuasiva eres! La sencillez convierte a todo el mundo”
(SVP XI, 185).
Estas expresiones no deben entenderse como si el método produjera automáticamente la conversión. San Vicente sabe que la gracia pertenece a Dios. El predicador prepara, propone y persuade; Dios toca el corazón.
16. Frutos concretos del pequeño método
San Vicente no presenta su método solamente mediante razonamientos. Apela a la experiencia de las misiones.
16.1. Conversión de los bandidos
Recuerda que, después de una misión celebrada en una aldea de Italia, algunos bandidos abandonaron su vida de robos y violencia:
“Los bandidos que allí había dejaron ese maldito género de vida y se convirtieron por la gracia de Dios, que quiso en este caso servirse del pequeño método”
(SVP XI, 172-173).
El padre Martín confirmó que, en las aldeas donde se predicaban misiones, los bandidos acudían a confesarse como los demás.
San Vicente exclama:
“¡Los bandidos convertidos por las predicaciones hechas según el pequeño método!”
(SVP XI, 173).
16.2. Restitución de mercancías robadas
Relata también el caso de una población cuyos habitantes se habían apropiado de la carga de un barco naufragado. Después de la misión:
“Se decidieron a restituirlo todo. Unos devolvían los fardos, otros las telas, otros el dinero, otros firmaban un pagaré, al no poder ya devolver lo que habían robado”
(SVP XI, 173).
El fruto de la predicación se manifestó en actos de justicia. No se redujo a sentimientos piadosos. Los oyentes devolvieron los bienes o asumieron la obligación de repararlos.
16.3. Reconciliación de enemistades
San Vicente recuerda asimismo:
“Los rencores, aquellas enemistades inveteradas que parecía imposible pudieran remediarse, aquellas divisiones, ¿no se han reconciliado gracias a la fuerza que Dios daba a vuestras predicaciones, hechas según este método?”
(SVP XI, 174).
Las conversiones, confesiones, restituciones y reconciliaciones constituyen para Vicente señales verificables del fruto misionero.
La medida de una predicación no es cuántas personas elogian al orador, sino cuántas comienzan a amar, perdonar, reparar y vivir según el Evangelio.
17. Un método para los pobres y para todos
La Congregación de la Misión había sido llamada de manera especial a evangelizar a los pobres del campo. Sin embargo, san Vicente rechaza la idea de que el pequeño método sea útil solamente para personas sin formación.
Afirma:
“No creáis, padres, que este método sirve sólo para el campo, para la gente menuda, para los aldeanos”
(SVP XI, 182).
Y continúa:
“Es verdad que es excelente para el pueblo, pero también es muy eficaz para los oyentes más capaces, para las ciudades, incluso para París”
(SVP XI, 182).
Recuerda una misión celebrada en San Germán a la que acudieron personas de diferentes parroquias, personas distinguidas y doctores. Allí se predicó siguiendo el pequeño método y se produjeron confesiones generales.
San Vicente lleva todavía más lejos su razonamiento:
“El pequeño método es para la corte, incluso para la corte”
(SVP XI, 182).
Después de recordar dos experiencias positivas en aquel ambiente, concluye:
“¡En París, en París, y en la corte, en la corte, en todas partes, no hay otro método mejor ni más eficaz!”
(SVP XI, 183).
La sencillez no infantiliza. La verdad clara puede alimentar tanto al campesino como al doctor. Lo sencillo no es necesariamente superficial; con frecuencia, llegar a una formulación sencilla exige comprender profundamente el contenido.
18. Flexibilidad del método
El pequeño método no debe convertirse en una fórmula rígida. San Vicente reconoce que repetir siempre la misma disposición podría cansar al público:
“A la larga aburre hablar siempre del mismo modo; el espíritu del hombre es tan tornadizo que pronto se cansa hasta de las mejores cosas”
(SVP XI, 180).
Por eso permite adaptar la organización:
“Cambiando unas veces el orden de los puntos, poniendo uno delante de otro, o bien proponiendo sólo dos”
(SVP XI, 180).
Añade que existen maneras diferentes de tratar:
- La fiesta de un santo.
- Un misterio.
- Una parábola.
- Una sentencia.
- El Evangelio del día.
- Otras materias de predicación.
Todo ello aparece en SVP XI, 180-181.
La flexibilidad no elimina la lógica interna del método. Aunque cambie el orden o se utilicen sólo dos partes, la predicación debe seguir ayudando al oyente a comprender la importancia del tema, conocer su contenido y descubrir medios prácticos.
La adaptación pertenece a la caridad. Así como el lenguaje se ajusta a los oyentes, la forma se ajusta al tema.
19. Las disposiciones interiores del predicador
San Vicente propone cuatro medios para entrar en el espíritu del pequeño método.
19.1. Pureza de intención
El predicador debe buscar únicamente la gloria de Dios y la conversión de los oyentes. Esta pureza libera de la necesidad de impresionar y permite escoger el método más útil (SVP XI, 177-179).
19.2. Vigilancia sobre uno mismo
San Vicente utiliza la expresión paulina attende tibi, “atiende a ti mismo”:
“Ten cuidado contigo, no vayas a deshacer con tu conducta lo que edificaste con tu predicación; no destruyas por un lado lo que levantaste por otro”
(SVP XI, 179).
La vida del predicador forma parte de su mensaje. Una conducta desordenada contradice las palabras y debilita su eficacia.
Añade:
“Hay que predicar sobre todo con el buen ejemplo”
(SVP XI, 179).
El pequeño método exige coherencia. No basta hablar de humildad, caridad o sencillez; el misionero debe procurar practicarlas.
19.3. Aprecio y ejercicio del método
El tercer medio consiste en aficionarse a él y estimarlo. El rechazo de la sencillez puede esconder apego a los propios gustos, deseo de originalidad o búsqueda de reconocimiento.
San Vicente exhorta a reconocer que el método fue practicado por Jesucristo y por los apóstoles:
“Es el método de los apóstoles y del propio Hijo de Dios, el método del Hijo de Dios, el método de la eterna Sabiduría”
(SVP XI, 180).
Apreciarlo significa también ejercitarlo, aceptar correcciones y aprender de los demás.
19.4. Oración
El cuarto medio consiste en pedirlo a Dios:
“Se trata de un don de Dios, hay que pedírselo”
(SVP XI, 183).
San Vicente resume los cuatro medios:
“Pureza de intención, mucho cuidado con uno mismo —attende tibi—; aficionarse a este método, aficionarse, aficionarse; y pedirle a Dios muchas veces que se lo dé”
(SVP XI, 183).
La repetición “aficionarse, aficionarse” revela que no basta una aceptación intelectual. El predicador debe amar este modo humilde y apostólico de anunciar la Palabra.
20. La formación comunitaria del predicador
San Vicente consideraba necesario ejercitarse en la predicación, escuchar a los demás y aceptar observaciones.
En la conferencia del 22 de agosto describe la práctica de tomar un tema y permitir que cada participante expusiera brevemente sus motivos (SVP XI, 191-194).
Este ejercicio contiene varias intuiciones formativas:
- La predicación puede y debe aprenderse.
- El talento personal necesita disciplina.
- La comunidad ayuda a descubrir defectos.
- La corrección fraterna protege contra la afectación.
- La preparación debe incluir oración, estudio y práctica.
- El predicador nunca termina de aprender.
San Vicente se incluye humildemente entre quienes necesitan corrección. Reconoce sus propios excesos al hablar, como gritar o mover demasiado las manos, y presenta la moderación de otros sacerdotes como un ejemplo que la Compañía debería imitar (SVP XI, 192-193).
La humildad del formador es aquí tan importante como su enseñanza. No habla desde una perfección imaginaria, sino desde la conciencia de sus limitaciones y el deseo sincero de avanzar.
21. Relación entre oración y predicación
El pequeño método guarda una profunda relación con la manera vicentina de hacer oración.
En la oración, san Vicente propone considerar una virtud o un vicio, buscar los motivos, dejar que la voluntad sea movida y pasar después a las resoluciones y a los medios.
Explica:
“No; hay que pasar a las resoluciones y a los medios de adquirir la virtud o huir del vicio que se medita”
(SVP XI, 162-163).
La oración forma al predicador porque le enseña a dejarse convertir antes de intentar convertir a los demás. Quien medita una virtud, descubre sus motivos, contempla su belleza y toma medios concretos para practicarla, podrá hablar de ella desde la experiencia espiritual.
El pequeño método de predicar nace, en cierto modo, del pequeño método de dejarse evangelizar. Antes de poner en la mano del oyente medios para practicar la virtud, el misionero debe haberlos considerado para sí mismo.
Por eso la predicación no puede separarse de la vida interior. La oración purifica la intención, ilumina el entendimiento y permite recibir de Dios la palabra adecuada.
22. Expresión de la espiritualidad vicentina
El pequeño método concentra varios rasgos fundamentales del espíritu de san Vicente.
22.1. Caridad
Es “hijo de la caridad” porque adapta el lenguaje y el orden de la exposición al bien de los oyentes (SVP XI, 176).
22.2. Sencillez
El predicador habla sin artificio, emplea un lenguaje usual y busca sólo el provecho del pueblo (SVP XI, 176-177).
22.3. Humildad
Renuncia a predicarse a sí mismo y acepta pasar inadvertido con tal de que Jesucristo sea conocido. La vanidad es uno de los mayores peligros del ministerio de la palabra (SVP XI, 177-179).
22.4. Celo apostólico
La finalidad es la conversión, la salvación de las almas y la gloria de Dios. El misionero participa en la misión confiada por Cristo a los apóstoles (SVP XI, 164-165; 171-172).
22.5. Realismo
La predicación debe concluir ofreciendo medios concretos. La conversión se manifiesta en actos: confesiones, restituciones, reconciliaciones y cambios de vida (SVP XI, 167-168; 172-174).
22.6. Atención a los pobres
El método permite que la Palabra llegue a quienes han recibido menos formación. No rebaja la doctrina, sino que elimina los obstáculos innecesarios para que pueda ser comprendida.
22.7. Confianza en la gracia
San Vicente atribuye los frutos a Dios. El método es útil, pero no sustituye la acción divina. Es un don que debe pedirse y una gracia con la que el predicador debe cooperar (SVP XI, 182-183).
23. Aplicación práctica: una predicación sobre la reconciliación
El siguiente esquema no es una cita literal de san Vicente, sino una aplicación del pequeño método a un tema pastoral.
Primer punto: motivos para reconciliarse
Se podrían presentar, entre otros, los siguientes motivos:
- Dios nos ha perdonado primero.
- Jesucristo pide perdonar de corazón.
- El rencor roba la paz interior.
- Las enemistades dividen familias y comunidades.
- El odio prolonga el daño recibido.
- La reconciliación abre un camino de libertad.
- Perdonar dispone para recibir los sacramentos con mayor verdad.
- La reparación de una injusticia da gloria a Dios.
No sería necesario utilizar todos estos motivos. Se escogerían los más adecuados para el auditorio.
Segundo punto: en qué consiste la reconciliación
Conviene explicar que reconciliarse:
- No significa negar el daño.
- No consiste únicamente en dejar de discutir.
- Exige renunciar a la venganza.
- Supone revisar la propia responsabilidad.
- Puede requerir pedir perdón.
- Puede exigir reparar materialmente una injusticia.
- No obliga a exponerse nuevamente a una violencia.
- Busca, cuando es posible, restablecer una relación justa.
- Incluye cuidar las palabras y abandonar la difamación.
También habría que distinguir la reconciliación de una falsa paz que oculta la injusticia.
Tercer punto: medios para reconciliarse
Los medios podrían ser:
- Pedir a Dios la gracia de perdonar.
- Examinar sinceramente la propia conducta.
- Hablar del conflicto con prudencia y sin exageraciones.
- Evitar palabras que reabran innecesariamente la herida.
- Acudir al sacramento de la reconciliación.
- Pedir perdón de manera concreta.
- Reparar el daño material o moral.
- Buscar una mediación prudente cuando sea necesaria.
- Realizar una obra de caridad por la persona con quien existe enemistad.
- Fijar un primer paso posible y ponerlo en práctica.
De este modo, el oyente comprende por qué debe reconciliarse, qué significa hacerlo y qué pasos puede comenzar a dar.
24. Aplicaciones pastorales
Aunque san Vicente desarrolló el pequeño método para la predicación misionera, su lógica puede iluminar otros servicios de la Iglesia.
Puede aplicarse a:
- Homilías.
- Catequesis.
- Misiones populares.
- Retiros espirituales.
- Conferencias comunitarias.
- Formación de sacerdotes y agentes pastorales.
- Acompañamiento de grupos.
- Preparación para los sacramentos.
- Enseñanza de las virtudes.
- Orientaciones sobre el servicio de los pobres.
- Exhortaciones a la reconciliación y a la justicia.
Antes de preparar una intervención, el responsable podría preguntarse:
- ¿Qué verdad o virtud deseo presentar?
- ¿Qué motivos pueden mover a estas personas?
- ¿He explicado claramente en qué consiste?
- ¿He distinguido sus actos y sus contrarios?
- ¿He bajado suficientemente a los detalles?
- ¿Qué medios concretos podrán llevarse los oyentes?
- ¿Mi lenguaje puede ser entendido?
- ¿Busco la gloria de Dios o mi propia estima?
- ¿Mi vida contradice lo que voy a enseñar?
- ¿He pedido a Dios la gracia de hablar con sencillez?
Estas preguntas permiten conservar el espíritu del método sin convertirlo en una fórmula mecánica.
25. Algunos riesgos que el pequeño método ayuda a evitar
25.1. La ostentación
El predicador puede servirse de la Palabra para alimentar su vanidad. San Vicente denuncia con fuerza el deseo de ser considerado gran retórico o teólogo (SVP XI, 177-178).
25.2. La oscuridad
Una enseñanza puede ser verdadera, pero quedar encerrada en conceptos que el pueblo no comprende. El lenguaje usual, limpio y sencillo protege la comunicación (SVP XI, 176-177).
25.3. La emoción pasajera
Los gritos y los recursos teatrales pueden excitar momentáneamente, sin convencer profundamente. San Vicente pide alcanzar el entendimiento y no sólo provocar movimientos superficiales (SVP XI, 185-186).
25.4. La exhortación vaga
Decir únicamente “hay que ser buenos” no enseña qué actos deben practicarse. El segundo punto obliga a explicar la naturaleza, los actos y las señales de la virtud (SVP XI, 166-167).
25.5. El ideal sin camino
Proponer algo deseable sin ofrecer medios deja al oyente sin saber cómo comenzar. San Vicente considera que esto equivale casi a burlarse de él (SVP XI, 167).
25.6. La rigidez
Repetir siempre idéntico esquema puede cansar. El orden puede adaptarse y variar según el tema (SVP XI, 180-181).
25.7. La incoherencia
Una vida contraria al Evangelio destruye lo edificado por las palabras. Por eso se debe predicar también con el ejemplo (SVP XI, 179).
Conclusión
El pequeño método de san Vicente de Paúl es una forma de predicación sencilla, familiar, clara, concreta y orientada a la conversión. Su estructura habitual —motivos, naturaleza y medios— responde a una verdadera pedagogía espiritual: mover la voluntad, iluminar el entendimiento y conducir a la práctica.
Sin embargo, su esencia no reside únicamente en esos tres puntos. San Vicente lo considera una virtud y un fruto de la caridad. El predicador se adapta a los oyentes, renuncia a la ostentación y busca exclusivamente la gloria de Dios y la salvación de las almas.
El método exige, por tanto, una doble conversión. El discurso debe abandonar la afectación, pero también el corazón del predicador debe renunciar a predicarse a sí mismo. La palabra será sencilla cuando la intención sea recta, cuando el misionero ame verdaderamente al pueblo y cuando prefiera el provecho de los demás a su propia estima.
Sus frutos deben buscarse en la vida concreta: pecadores que se convierten, enemistades que se reconcilian, bienes injustamente adquiridos que se restituyen, personas que regresan a los sacramentos y cristianos que reciben medios para practicar la virtud.
San Vicente concluye su enseñanza con una oración que resume el espíritu del pequeño método:
“¡Divino Salvador, que viniste a la tierra para predicarnos con toda sencillez y enseñarnos con tu ejemplo este santo método, te suplicamos humildemente que nos hagas entrar a todos en tu espíritu de sencillez, y que nos des, por tu gracia, este santo método, para que por este medio podamos anunciar con provecho tu santa palabra!”
(SVP XI, 182-183).
En síntesis, el pequeño método consiste en:
Hablar como Jesucristo, con sencillez;
enseñar por caridad;
presentar motivos capaces de mover;
explicar la verdad con claridad;
bajar a los detalles;
ofrecer medios practicables;
predicar también con el ejemplo;
y buscar no la admiración del público,
sino su conversión, su salvación y la gloria de Dios.
