A los 20 años, una pregunta incómoda llevó a Federico Ozanam y a un pequeño grupo de universitarios a pasar de las discusiones sobre el cristianismo al encuentro directo con los pobres. Aquella decisión terminaría dando origen a una de las grandes redes internacionales de caridad de la Iglesia.
En el París de 1833, ser un joven católico convencido no significaba vivir al margen de los grandes debates de la época. Francia atravesaba profundas transformaciones políticas y sociales, mientras en las universidades crecían las discusiones sobre religión, filosofía, historia y el papel que el cristianismo debía desempeñar en una sociedad que había cambiado radicalmente después de la Revolución francesa.
En medio de aquel ambiente se encontraba Federico Ozanam, un joven brillante que había llegado a París para continuar sus estudios. Tenía una extraordinaria inquietud intelectual y estaba dispuesto a defender públicamente la fe cristiana, pero todavía estaba lejos de imaginar que una de aquellas discusiones universitarias terminaría cambiando su vida y dando origen a una obra que, casi dos siglos después, continúa presente en numerosos países.
Una pregunta que cambió el rumbo
Ozanam participaba junto a otros estudiantes en las llamadas Conferencias de Historia, encuentros en los que creyentes y no creyentes discutían sobre cuestiones religiosas, sociales e intelectuales. En medio de aquellos debates surgió una objeción que tocó un punto especialmente sensible: los jóvenes católicos podían hablar de la contribución histórica del cristianismo, mencionar santos, hospitales, escuelas y obras de misericordia, pero ¿qué estaban haciendo ellos, en ese momento, para demostrar con hechos aquello que defendían con tanta pasión?
La tradición de la Sociedad de San Vicente de Paúl conserva la pregunta que uno de sus interlocutores habría dirigido al grupo: “¿Qué hacéis? ¿Qué obras podéis mostrar que prueben vuestra fe?”. Los relatos sobre aquellas primeras reuniones fueron escritos posteriormente y no existen actas detalladas de todos los intercambios, pero las fuentes históricas coinciden en la importancia que tuvo aquel desafío para Ozanam y sus compañeros.
La pregunta los obligó a mirar más allá de sus argumentos. No bastaba con demostrar que el cristianismo había producido frutos admirables durante siglos; era necesario preguntarse qué frutos estaba produciendo en sus propias vidas. Ozanam comprendió entonces que la credibilidad de la fe no podía depender únicamente de una defensa intelectual del pasado. El Evangelio necesitaba hacerse visible en el presente, especialmente allí donde la pobreza, el abandono y la desigualdad herían la dignidad humana.
De las discusiones universitarias a las casas de los pobres
Aquella inquietud comenzó a reunir a varios jóvenes alrededor de una idea concreta: crear un grupo dedicado directamente al servicio de quienes sufrían. Ozanam, François Lallier, Paul Lamache y otros compañeros recurrieron a Emmanuel Bailly, un hombre de mayor experiencia que acompañaba aquellos círculos juveniles y que tendría un papel importante en los primeros pasos de la nueva iniciativa.
El 23 de abril de 1833 tuvo lugar la primera reunión de la denominada Conferencia de Caridad. La fecha posee un significado especial en la biografía de Federico: había nacido en Milán el 23 de abril de 1813 y, por tanto, aquel día cumplía exactamente 20 años. La tradición reconoce como los siete fundadores a Emmanuel Bailly, Auguste Le Taillandier, François Lallier, Paul Lamache, Félix Clavé, Jules Devaux y Federico Ozanam.
No tenían detrás una poderosa organización ni grandes recursos económicos. Tampoco estaban diseñando todavía una obra internacional. Su primera preocupación era mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más exigente: descubrir quién necesitaba ayuda en los barrios que los rodeaban y encontrar una manera cristiana de acercarse a esas personas.
Ese paso transformó su manera de comprender la pobreza. El necesitado dejó de ser una categoría sobre la que se podía discutir desde una sala universitaria y se convirtió en una persona concreta, con nombre, familia, sufrimientos y una casa cuya puerta era necesario tocar.
Sor Rosalía Rendu, una maestra para aquellos jóvenes
Los primeros miembros de la Conferencia tenían entusiasmo, pero necesitaban aprender a servir. En ese momento apareció una de las figuras decisivas de esta historia: sor Rosalía Rendu, Hija de la Caridad que llevaba años trabajando en el barrio parisino de Mouffetard, una zona marcada entonces por importantes situaciones de pobreza.
Sor Rosalía conocía personalmente a numerosas familias y había aprendido a reconocer las distintas formas que podía adoptar la miseria. Sabía dónde había enfermos, ancianos abandonados, familias sin recursos y personas que necesitaban no solamente ayuda material, sino también cercanía y acompañamiento.
Los jóvenes acudieron a ella y encontraron mucho más que información sobre dónde entregar alimentos. Sor Rosalía los introdujo en una forma de comprender el servicio inspirada en la tradición de san Vicente de Paúl. Los ayudó a entrar en contacto con las familias y a descubrir que la caridad cristiana no podía reducir al pobre a la condición de receptor pasivo de una ayuda.
Esa experiencia fue configurando una de las características fundamentales de las futuras Conferencias: la visita personal. No se trataba simplemente de distribuir recursos desde una institución, sino de entrar en la realidad de las personas, escucharlas, conocer sus necesidades y establecer con ellas una relación fraterna.
Allí se produjo también una transformación espiritual. Los pobres, a quienes inicialmente querían ayudar para demostrar que el cristianismo seguía produciendo obras concretas, comenzaron a convertirse para aquellos jóvenes en un lugar privilegiado de encuentro con Jesucristo.
Cuando san Vicente de Paúl se convirtió en patrono
La pequeña Conferencia comenzó a crecer rápidamente. En 1834, apenas un año después de su fundación, sus miembros escogieron a san Vicente de Paúl como patrono y se encomendaron también a la Virgen María. En 1835 apareció el primer reglamento y la multiplicación de nuevos grupos hizo necesario establecer progresivamente una organización que permitiera conservar una misma identidad y espiritualidad.
La elección de Vicente de Paúl no fue un detalle puramente nominal. Su figura ofrecía a aquellos universitarios una comprensión profundamente cristiana de la caridad: acercarse al pobre no desde la superioridad del benefactor, sino desde la conciencia de estar encontrándose con un hermano cuya dignidad procede de Dios.
De aquella experiencia surgiría la Sociedad de San Vicente de Paúl, cuya identidad quedaría estrechamente vinculada al encuentro personal con quienes viven situaciones de pobreza. La visita al necesitado continuó siendo uno de sus rasgos característicos porque permite algo que una ayuda impersonal difícilmente consigue: escuchar una historia, reconocer un rostro y establecer una relación.
Para Ozanam, además, la caridad no podía permanecer exclusivamente en el nivel de la asistencia. Con el paso de los años profundizó también en las causas sociales de la pobreza, la situación de los trabajadores, la desigualdad y la necesidad de una sociedad más justa. Su pensamiento mostraría que atender una necesidad inmediata y trabajar por la dignidad humana no son tareas opuestas, sino dimensiones complementarias de una misma responsabilidad cristiana.
De siete jóvenes a una obra mundial
Es difícil imaginar que aquellos universitarios reunidos en París hubieran podido prever la dimensión que alcanzaría su iniciativa. La pequeña Conferencia nacida en 1833 fue multiplicándose hasta atravesar ciudades, países, lenguas y continentes.
Según los datos recogidos en el artículo original a partir de información internacional de la propia Sociedad de San Vicente de Paúl, la organización está presente actualmente en 155 países, reúne alrededor de 48.000 Conferencias, unos 800.000 miembros y cerca de 1,5 millones de voluntarios y colaboradores, con una acción que alcanza aproximadamente a 30 millones de personas.
La magnitud actual de la Sociedad puede hacer olvidar la sencillez de sus orígenes. Todo comenzó con un grupo muy reducido de jóvenes que no disponían de grandes estructuras y que, ante una pregunta incómoda sobre la autenticidad de su fe, decidieron comenzar por aquello que tenían más cerca.
Ese origen sigue siendo una de las grandes enseñanzas de Ozanam: la transformación de una realidad no siempre empieza cuando aparecen todos los recursos, todas las condiciones favorables o una planificación perfecta. Con frecuencia empieza cuando alguien reconoce una necesidad, reúne a otros y decide responder.
Una caridad que también buscaba justicia
A medida que su pensamiento maduraba, Federico comprendió que la pobreza tenía causas que debían ser estudiadas y afrontadas. El servicio directo continuaba siendo indispensable, pero no podía convertirse en una excusa para ignorar las situaciones sociales que producían exclusión.
Esta dimensión de su vida sería destacada posteriormente por san Juan Pablo II, quien durante su beatificación presentó a Ozanam como un creyente profundamente comprometido con la presencia de la Iglesia en la sociedad y con la defensa de la dignidad humana.
La caridad que Federico defendía no consistía en mirar al pobre desde arriba ni en convertirlo en objeto de compasión. Su experiencia dentro de las Conferencias lo condujo hacia una relación personal que buscaba reconocer al otro como hermano y comprender su situación concreta.
Precisamente allí aparece uno de los aspectos más actuales de su legado. En una época en la que resulta posible hablar constantemente sobre pobreza, exclusión, migración, desempleo o desigualdad sin tener verdadero contacto con quienes las padecen, Ozanam recuerda que el cristianismo no puede contentarse con analizar los problemas desde lejos.
Una vida laical reconocida por la Iglesia
Federico Ozanam murió en Marsella el 8 de septiembre de 1853, a los 40 años. La fecha coincidía con la celebración de la Natividad de la Virgen María, y su memoria litúrgica quedó posteriormente fijada para el 9 de septiembre, día en que es recordado particularmente por la Familia Vicentina.
Su vida había sido intensa y sorprendentemente fecunda. Además de su participación en la fundación de la Sociedad de San Vicente de Paúl, fue intelectual, escritor, profesor universitario, esposo y padre de familia. Su camino muestra una santidad profundamente laical, construida en medio de las responsabilidades profesionales, familiares, sociales y eclesiales.
El 22 de agosto de 1997, durante la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en París, san Juan Pablo II lo beatificó en la catedral de Notre-Dame. Resultaba especialmente significativo que un hombre cuya gran aventura cristiana había comenzado siendo universitario fuera propuesto como modelo ante una nueva generación de jóvenes reunida en la misma ciudad donde había comenzado su historia.
La pregunta de Ozanam continúa vigente
Han pasado casi dos siglos desde aquellos debates universitarios, pero el cuestionamiento que impulsó a Federico conserva una enorme actualidad. Los cristianos disponemos hoy de posibilidades de comunicación que él jamás habría podido imaginar. Publicamos contenidos religiosos, compartimos el Evangelio, defendemos posiciones, participamos en debates y contamos con innumerables medios para hablar de nuestra fe.
Todo eso puede ser valioso, pero Ozanam obliga a añadir una segunda pregunta: ¿en qué obras concretas se convierte aquello que anunciamos?
Para un hombre que dedicó buena parte de su vida al estudio, las palabras y las ideas no eran irrelevantes. Precisamente por ser intelectual sabía cuánto podían transformar el pensamiento. Sin embargo, comprendió que el cristianismo pierde credibilidad cuando se limita al discurso y no llega a convertirse en cercanía, servicio, justicia y misericordia.
Por eso su historia puede interpelar especialmente a la Iglesia de nuestro tiempo. La evangelización no termina cuando un mensaje es publicado, una predicación es escuchada o un contenido alcanza miles de personas. El anuncio cristiano encuentra una verificación decisiva cuando alguien hambriento encuentra ayuda, una persona enferma recibe compañía, un anciano deja de sentirse abandonado o una familia descubre que su sufrimiento no resulta indiferente para los demás.
Ozanam tenía apenas 20 años cuando participó en aquella primera Conferencia de Caridad. No poseía todavía una larga trayectoria ni había alcanzado el prestigio académico que tendría más adelante. Era un joven universitario que escuchó una pregunta, reconoció que contenía una verdad difícil de ignorar y decidió responder junto a sus amigos.
Quizá ahí se encuentre una de las razones por las que su figura continúa siendo tan atractiva. Federico no esperó a tener una posición extraordinaria para empezar a servir. Comprendió que el Evangelio podía comenzar a hacerse visible desde la realidad que tenía delante.
Cada 9 de septiembre, su memoria vuelve a recordar a la Familia Vicentina y a toda la Iglesia que la fe cristiana necesita pensamiento, formación y anuncio, pero que nunca puede separarse del amor hecho realidad. Casi dos siglos después, la pregunta que empujó a Federico Ozanam a salir de las discusiones universitarias y entrar en las casas de los pobres continúa abierta: ¿qué estamos haciendo nosotros para que aquello que creemos pueda verse también en la manera como amamos?


Que gran avance con toda esta información para aprender y enseñar a tantas personas, reunidas en grupo, comunidad y voluntarios, así nos apoyamos mutuamente y continuamos tan importante legado de este gran joven en la comunidad Vicentina, organizar mejor las conferencias en Colombia y poder involucrar a los jovenes que se vinculen .