San Juan Gabriel Perboyre no llegó al seminario pensando que allí comenzaría su propia vocación. Había ido solamente para acompañar a su hermano menor. Años después, la muerte de ese mismo hermano volvería a cambiar el rumbo de su existencia y terminaría llevándolo hasta China. Detrás del célebre mártir vicentino existe una historia familiar poco conocida en la que la fraternidad, la pérdida y la providencia parecen entrelazarse de una manera sorprendente.
Un gesto sencillo de fraternidad
Cuando Juan Gabriel Perboyre llegó siendo todavía muy joven al seminario dirigido por los misioneros vicentinos, su intención inicial no era quedarse. Había acompañado a su hermano menor, Luis, quien necesitaba ayuda para adaptarse a aquella nueva etapa de su vida. Juan Gabriel debía permanecer solamente algunos días y después regresar a su hogar en Montgesty, una pequeña localidad del sur de Francia. Sin embargo, aquella visita aparentemente circunstancial terminó abriendo una puerta inesperada. Mientras acompañaba a Luis en su discernimiento, comenzó él mismo a preguntarse si Dios no estaría llamándolo también al sacerdocio y a la vida misionera.
La historia resulta particularmente hermosa porque el descubrimiento de la vocación de Juan Gabriel no nació de un acontecimiento espectacular, sino de un gesto sencillo de fraternidad. Había ido para cuidar a su hermano y terminó descubriendo que aquel lugar también podía convertirse en su casa. En 1818 ingresó en la Congregación de la Misión, fundada por san Vicente de Paúl, e inició un camino que lo conduciría al sacerdocio. Fue ordenado en 1826 y durante los años siguientes ejerció distintas responsabilidades en Francia, especialmente relacionadas con la formación de seminaristas y jóvenes misioneros. Sus superiores reconocían en él capacidad intelectual, vida espiritual y cualidades para acompañar a quienes se preparaban para el ministerio.
Dos hermanos y un mismo sueño misionero
Mientras Juan Gabriel desarrollaba su misión en Francia, Luis también avanzaba en su propia vocación vicentina. Los dos hermanos, que años antes habían cruzado juntos las puertas del seminario, terminaron perteneciendo a la misma Congregación y compartiendo un fuerte deseo misionero. En aquellos años, China representaba una de las misiones más difíciles de la Iglesia. Las enormes distancias, las barreras culturales y lingüísticas, las restricciones contra el cristianismo y el riesgo de persecución convertían aquel destino en una verdadera entrega de la vida. Pocos años antes, en 1820, el también vicentino Francisco Régis Clet había sido martirizado en territorio chino. Para un miembro de la Congregación de la Misión, mencionar China significaba inevitablemente hablar de evangelización, riesgo y cruz.
Luis recibió finalmente el destino que deseaba. Partió hacia Asia con la esperanza de incorporarse a las misiones de la Congregación de la Misión en China, pero nunca consiguió llegar. Durante el largo viaje enfermó gravemente y murió en 1831, cuando tenía apenas 24 años. Para la familia Perboyre fue una pérdida dolorosa, pero para Juan Gabriel aquella noticia tuvo además una consecuencia inesperada. El deseo de ir a China, que ya existía en él desde hacía tiempo, adquirió entonces una nueva intensidad. La misión que su hermano había comenzado y no había podido completar apareció ante sus ojos como una llamada que también podía estar dirigida hacia él.
Sería simplista afirmar que Juan Gabriel decidió ir a China únicamente para sustituir a Luis. Su deseo misionero era anterior y formaba parte de su propio discernimiento. Sin embargo, la muerte de su hermano parece haber dado una claridad nueva a aquella aspiración. Durante los años siguientes pidió repetidamente a sus superiores ser enviado a las misiones asiáticas. No recibió inmediatamente el permiso. Existían dudas relacionadas con su salud y con las enormes exigencias físicas de una misión tan distante. Juan Gabriel tuvo que esperar, continuar trabajando en Francia y mantener vivo un deseo que parecía no encontrar todavía el momento adecuado para realizarse.
La ruta que conducía a China
La autorización llegó finalmente en 1835. Juan Gabriel tenía 33 años cuando recibió la noticia de que partiría hacia China. El acontecimiento debió de tener una enorme carga emocional. Apenas cuatro años antes, Luis había emprendido el mismo camino sin conseguir llegar a su destino. Ahora Juan Gabriel se preparaba para recorrer aquella ruta y entrar en una tierra que su hermano solamente había podido contemplar como promesa. Partió desde Francia en marzo de 1835 y, después de una travesía marítima de más de cinco meses, llegó a Macao a finales de agosto.
Aquel viaje significaba mucho más que cambiar de país. En el siglo XIX, un misionero que partía hacia China sabía que posiblemente nunca regresaría a Europa. Las comunicaciones eran lentas, los desplazamientos peligrosos y las condiciones de vida muy distintas de las que había conocido. Juan Gabriel comenzó entonces un proceso exigente de adaptación. Tuvo que estudiar la lengua, conocer costumbres nuevas, adoptar elementos de la vestimenta local y prepararse para viajar hacia las comunidades cristianas del interior. Su apariencia cambiaría considerablemente, como muestran las representaciones tradicionales del santo: vestido según los usos chinos y con el aspecto que los misioneros adoptaban para poder integrarse en aquella sociedad.
Un discípulo transformado por la misión
La misión tampoco fue para él una sucesión de éxitos espirituales. Sus cartas permiten descubrir a un hombre profundamente creyente, pero también consciente de sus limitaciones. En distintos momentos experimentó dificultades con el idioma, cansancio y sentimientos de insuficiencia frente a una misión que parecía superar sus capacidades. Lejos de presentarse como un héroe seguro de sí mismo, pedía oraciones por su propia conversión y santificación. Esa dimensión humana ayuda a comprender mejor su santidad, porque Perboyre no llegó a China creyéndose dueño de una misión, sino como un discípulo que todavía necesitaba ser transformado por el Evangelio que anunciaba.
Es inevitable preguntarse cuántas veces pensó en Luis durante aquellos años. No existen testimonios que permitan reconstruir cada recuerdo, pero el vínculo entre los dos hermanos resulta imposible de ignorar. Cada vez que Juan Gabriel recorría aquellas regiones estaba caminando por la tierra que Luis había deseado evangelizar. Cada comunidad cristiana que visitaba pertenecía a la misión hacia la cual su hermano había partido. Sin convertir el dolor en un relato sentimental, resulta legítimo pensar que la memoria de Luis formaba parte de aquella aventura. Juan Gabriel no podía devolverle la vida a su hermano, pero podía hacer fecundo aquello que ambos habían amado.
La prueba definitiva
En septiembre de 1839, cuatro años después de su llegada a China, la situación cambió dramáticamente. Durante una persecución contra los cristianos, Juan Gabriel fue descubierto y detenido. Comenzó entonces un largo período de encarcelamiento, interrogatorios y torturas. Las autoridades intentaron obligarlo a abandonar la fe y obtener información sobre otros cristianos y misioneros. Perboyre se negó. Después de meses de sufrimiento fue condenado a muerte y, el 11 de septiembre de 1840, fue conducido hasta una elevación cercana a Wuchang, territorio que actualmente forma parte de Wuhan. Allí fue atado a un poste dispuesto en forma de cruz y murió estrangulado. Tenía solamente 38 años.
La historia de los dos hermanos adquiere entonces una dimensión todavía más impresionante. Luis murió mientras intentaba llegar a China; Juan Gabriel murió después de haber llegado y entregado allí los últimos años de su vida. Desde una mirada puramente humana podría parecer una historia marcada por proyectos interrumpidos demasiado pronto. Sin embargo, la memoria cristiana terminó descubriendo una fecundidad mucho mayor. Juan Gabriel fue beatificado en 1889 y canonizado por san Juan Pablo II en 1996, convirtiéndose en uno de los grandes referentes misioneros y mártires de la Familia Vicentina.
Una vocación tejida entre hermanos
Hay, además, algo profundamente actual en esta historia. Muchas veces imaginamos la vocación como una experiencia individual, como si cada persona descubriera aisladamente lo que Dios quiere de ella. La vida de Perboyre muestra algo diferente. Nuestra historia también se construye a través de otras personas. Una conversación, una amistad, una invitación o incluso un gesto aparentemente pequeño pueden abrir caminos que solamente comprenderemos años después. Luis probablemente nunca imaginó que pedirle a su hermano que lo acompañara al seminario terminaría siendo decisivo para la vocación de uno de los futuros santos de la Iglesia.
Tampoco pudo saber que su propio deseo misionero tendría consecuencias mucho después de su muerte. Luis no llegó a China, pero su historia ayudó a que Juan Gabriel llegara. Esa realidad no convierte su muerte en algo necesario ni pretende explicar fácilmente el misterio del sufrimiento. La fe cristiana no necesita afirmar que Dios provoca una tragedia para realizar otro proyecto. Lo que sí proclama es que incluso aquello que parece definitivamente perdido puede ser acogido y transformado en una nueva forma de fecundidad.
Por eso, al recordar a san Juan Gabriel Perboyre cada 11 de septiembre, vale la pena mirar también hacia aquel hermano menos conocido que aparece discretamente en los primeros capítulos de su historia. Luis no fue solamente el joven al que Juan Gabriel acompañó al seminario. Fue también una presencia decisiva en el camino que terminaría conduciendo al futuro mártir desde una pequeña aldea francesa hasta el corazón de China.
Quizá esa sea una de las enseñanzas más bellas que deja la historia de los hermanos Perboyre. Algunas personas entran en nuestra vida sin saber hasta dónde nos llevarán. A veces creemos que somos nosotros quienes las acompañamos y, con el paso del tiempo, descubrimos que su presencia estaba ayudándonos a encontrar nuestro propio camino. Juan Gabriel fue al seminario porque quería acompañar a Luis; años después salió hacia China siguiendo una ruta que su hermano había comenzado. Entre aquellos dos momentos se desarrolló una vocación que terminó convirtiéndose en una de las historias misioneras más conmovedoras de la Familia Vicentina.
