San Juan Gabriel Perboyre, mártir vicentino, atado a una cruz en China

Murió como Cristo: la sorprendente Pasión de san Juan Gabriel Perboyre en China

Traicionado, detenido, interrogado, humillado, torturado y finalmente atado a un madero en forma de cruz. El último año de san Juan Gabriel Perboyre fue tan sorprendentemente parecido a la Pasión de Jesús que san Juan Pablo II hizo de esa semejanza una de las claves de su canonización. Esta es la historia del misionero vicentino que fue hasta China para anunciar a Cristo y terminó configurándose con Él hasta la muerte.

La mañana del 11 de septiembre de 1840 llegó a Wuchang una orden que ya no admitía apelación. La sentencia contra un sacerdote francés de 38 años había recibido la confirmación imperial y debía ejecutarse. Aquel prisionero, debilitado después de meses de interrogatorios, golpes, cadenas y humillaciones, se llamaba Juan Gabriel Perboyre y pertenecía a la Congregación de la Misión, fundada por san Vicente de Paúl.

Wuchang era entonces una ciudad independiente a orillas del Yangtsé; décadas después se uniría con Hankou y Hanyang para formar la actual Wuhan. Allí terminaría una aventura misionera que había comenzado a miles de kilómetros de distancia, en una familia campesina del sur de Francia.

Los condenados fueron sacados de la prisión y conducidos hacia una elevación conocida como la Montaña Roja. Juan Gabriel caminaba junto a otros hombres sentenciados a muerte. Según la biografía conservada por la Santa Sede, mientras los demás eran ejecutados, él permaneció recogido en oración. Después llegó su turno. Le retiraron la túnica de condenado, lo sujetaron a un poste dispuesto en forma de cruz, pasaron una cuerda alrededor de su cuello y lo estrangularon. Era el 11 de septiembre de 1840.

Pero aquella cruz no apareció de repente al final de su vida.

Muchos años antes, Juan Gabriel había comenzado a comprender que anunciar a Jesucristo significaba también estar dispuesto a compartir su destino.

Había ido a anunciar a un Dios crucificado

Juan Gabriel Perboyre nació el 6 de enero de 1802 en Montgesty, cerca de Cahors, al sur de Francia, en una familia profundamente cristiana vinculada de manera extraordinaria a la Familia Vicentina. Tres de los hijos llegarían a ser misioneros de la Congregación de la Misión y dos de las hijas entrarían en las Hijas de la Caridad.

Curiosamente, Juan Gabriel no llegó al seminario porque inicialmente estuviera decidido a convertirse en sacerdote. Fue para acompañar a su hermano menor Luis, que necesitaba un tiempo de adaptación. Lo que parecía una estancia provisional terminó transformando su existencia: mientras acompañaba la vocación de su hermano, descubrió la propia. En 1818 ingresó en la Congregación de la Misión. Después de su formación y ordenación sacerdotal trabajó durante años en Francia, especialmente en la formación de seminaristas y futuros misioneros.

Sin embargo, China permanecía en su corazón.

Su hermano Luis había sido destinado precisamente a aquella misión, pero murió durante el viaje sin conseguir llegar. Juan Gabriel pidió entonces partir hacia la tierra que su hermano no había alcanzado. Finalmente recibió el permiso y llegó a Macao en agosto de 1835. Desde allí comenzó un largo desplazamiento hacia el interior del país hasta incorporarse plenamente al trabajo misionero entre pequeñas comunidades cristianas.

Cuando estaba a las puertas de China escribió unas palabras que adquirirían después un significado estremecedor: «¿Qué se puede desear mejor, yendo a predicar a un Dios crucificado?»

No estaba haciendo una exaltación ingenua del sufrimiento. Perboyre conocía los riesgos reales de aquella misión. Sabía que el cristianismo estaba sometido a severas restricciones y que un misionero extranjero podía ser detenido. Para él, sin embargo, la cruz formaba parte del seguimiento de Jesús. Décadas después, san Juan Pablo II recuperaría precisamente aquellas palabras durante su canonización.

Perboyre había viajado hasta China para hablar de Cristo. Lo que probablemente nunca imaginó fue hasta qué punto su propia historia terminaría pareciéndose a la historia que anunciaba.

Septiembre de 1839: comienza su calvario

El ambiente se había vuelto especialmente peligroso. A la persecución contra las comunidades cristianas se añadía la creciente tensión internacional que desembocaría en la Primera Guerra del Opio. En ese escenario, los misioneros extranjeros despertaban todavía mayores sospechas entre determinadas autoridades imperiales, aunque muchas comunidades chinas los acogían, protegían y ayudaban.

El 15 de septiembre de 1839, mientras Perboyre se encontraba en la misión de Cha-yuen-ken con otros misioneros, llegó la noticia de que se aproximaba un numeroso grupo de soldados. Al comienzo no comprendieron la gravedad de la situación. Cuando descubrieron que efectivamente venían hacia ellos, tuvieron que dispersarse.

Juan Gabriel buscó refugio en la zona montañosa, entre bosques de bambú y lugares utilizados por los cristianos para proteger a los misioneros. Sin embargo, los soldados terminaron localizándolo después de presionar a un catecúmeno para que revelara su escondite. La propia biografía vaticana hace una precisión significativa: aquel hombre había cedido ante las amenazas, pero no debía ser convertido simplemente en un nuevo Judas.

Y quizá esa diferencia sea importante.

La Pasión de Perboyre se parecería a la de Jesús, pero no necesitaba convertirse artificialmente en una copia exacta del Evangelio. La impresionante semejanza aparecería por sí misma en los acontecimientos que siguieron.

Una vez capturado, comenzó un largo recorrido por cárceles y tribunales.

«No renunciaré a la fe de Cristo»

En uno de sus primeros interrogatorios le hicieron dos preguntas esenciales: si era sacerdote cristiano y si estaba dispuesto a abandonar su religión.

Perboyre reconoció abiertamente que era sacerdote y que predicaba aquella fe.

Cuando le exigieron renunciar respondió que no abandonaría la fe de Cristo.

Esa negativa marcó el resto del proceso.

Las autoridades querían también nombres, colaboradores, escondites y datos sobre otros cristianos y misioneros. Perboyre se negó a convertirse en delator. La consecuencia fue una sucesión de interrogatorios acompañados de castigos cada vez más severos.

Fue trasladado de un tribunal a otro. Permaneció durante horas arrodillado sobre cadenas metálicas, sufrió golpes con varas de bambú y fue sometido a métodos de tortura destinados a quebrar su resistencia. En Wuchang compareció ante distintos tribunales y la documentación vaticana habla de veinte interrogatorios.

Pero la persecución no buscaba únicamente hacer sufrir su cuerpo. Pretendía quebrar algo mucho más profundo: su identidad.

Le exigieron pisotear un crucifijo.

Se negó.

Por aquella negativa recibió un severo castigo corporal. El crucifijo colocado delante de sus pies resumía ahora toda su existencia: podía salvarse exteriormente rechazando al mismo Cristo que había atravesado medio mundo para anunciar.

No lo hizo.

Se burlaron de su sacerdocio y ocurrió algo inesperado

Entre los episodios más llamativos de su proceso se encuentra uno que pretendía ser una humillación pública.

Durante uno de los interrogatorios obligaron a Perboyre a ponerse los ornamentos utilizados para celebrar la Eucaristía. La intención no era permitirle ejercer su ministerio, sino ridiculizarlo y utilizar su condición sacerdotal contra él.

El resultado fue exactamente el contrario.

Según la biografía publicada por la Santa Sede, al verlo vestido con los ornamentos sacerdotales, dos cristianos se acercaron para pedirle la absolución. Lo que había sido preparado como una escena de burla terminó convirtiéndose inesperadamente en un momento de ministerio.

Es difícil no recordar las ironías de la Pasión de Jesús. Los soldados romanos lo vistieron como rey para burlarse de Él sin comprender que estaban proclamando, mediante la burla, aquello mismo que pretendían negar.

Con Perboyre ocurrió algo semejante. Querían ridiculizar al sacerdote y terminaron mostrando ante los cristianos al sacerdote que seguía acompañándolos incluso encadenado.

Su prisión se había convertido en misión.

Un hombre reducido físicamente, pero no vencido

Los meses pasaban y el cuerpo de Juan Gabriel se deterioraba. La documentación sobre su martirio describe a un hombre físicamente exhausto. Sin embargo, los interrogatorios continuaban porque las autoridades todavía esperaban obtener de él una apostasía o información sobre otras personas.

Ante el tribunal del virrey llegó el momento decisivo.

Se le volvió a exigir negar su fe.

Su respuesta fue inequívoca: prefería morir antes que renegar de ella. Después de aquello fue pronunciada la sentencia definitiva: muerte por estrangulación.

Faltaba todavía la confirmación imperial.

Y Perboyre tuvo que esperar.

Quizá esa espera haya sido una de las cruces más silenciosas de su martirio. Ya no se trataba solamente de soportar un interrogatorio o sobrevivir a una tortura. Era vivir cada día sabiendo que podía ser el último.

El hombre que había soñado con China estaba encerrado en una prisión china. El sacerdote que había querido anunciar el Evangelio no podía recorrer comunidades. El misionero acostumbrado a viajar permanecía encadenado.

Exteriormente parecía que la misión había terminado.

Desde la fe, estaba llegando a su momento culminante.

11 de septiembre de 1840

La orden llegó finalmente el 11 de septiembre.

La sentencia había sido confirmada y debía cumplirse inmediatamente.

Juan Gabriel fue conducido con otros condenados hasta la Montaña Roja, en Wuchang. Uno tras otro, los demás prisioneros fueron ejecutados. Él esperaba su turno mientras oraba.

Finalmente lo llevaron hacia el instrumento preparado para su ejecución.

No fue crucificado con clavos como Jesús, una precisión importante cuando se cuenta su historia. Fue atado a un poste cuya disposición tenía forma de cruz. Después colocaron una cuerda alrededor de su cuello y murió estrangulado. La documentación vaticana sitúa su muerte en la llamada «hora sexta».

Había llegado a China para predicar a un Dios crucificado.

Cinco años después moría unido físicamente a una cruz.

¿Realmente su muerte se pareció tanto a la Pasión de Jesús?

La comparación puede parecer demasiado perfecta como para ser cierta.

Sin embargo, fue precisamente la Iglesia quien subrayó esa semejanza.

El 2 de junio de 1996, durante la canonización de Juan Gabriel Perboyre en la plaza de San Pedro, san Juan Pablo II repasó su camino misionero y afirmó que, después de ser torturado y condenado, había reproducido la Pasión de Jesús «con extraordinaria similitud». El Papa presentó su martirio como la culminación de una vida progresivamente identificada con Cristo.

La biografía oficial publicada con motivo de aquella canonización señaló igualmente varias circunstancias de su último año que recuerdan los relatos evangélicos: la entrega que permitió su captura, el arresto, los procesos judiciales, las humillaciones, la condena, la cruz y hasta determinados elementos relacionados con el momento de su muerte.

Pero existe un peligro al contar esta historia: reducirla a una sorprendente colección de coincidencias.

La verdadera semejanza entre Perboyre y Jesús no está simplemente en una cuerda, un tribunal o un madero.

Está en la fidelidad.

Su verdadera Pasión había comenzado mucho antes

El martirio de Juan Gabriel Perboyre no empezó cuando los soldados descubrieron su escondite en 1839. Había comenzado mucho antes, cada vez que aprendió a poner a Cristo por encima de sí mismo.

Había cruz cuando tuvo que esperar durante años antes de realizar su deseo misionero. Había cruz en la muerte de su hermano Luis. Había cruz en abandonar definitivamente Francia para entrar clandestinamente en un territorio donde sabía que su presencia podía costarle la vida. Había cruz en las dificultades del idioma y en el agotamiento de los largos desplazamientos. Y también había cruz en algo mucho menos visible: sus propias dudas.

Sus cartas muestran que Perboyre no vivió permanentemente instalado en una especie de entusiasmo espiritual. En China atravesó momentos de profundo desánimo y llegó a sentirse incapaz de realizar adecuadamente la misión que se le había confiado. En una de sus cartas pedía oraciones, ante todo, por su conversión y santificación.

Esto hace que su santidad sea todavía más cercana.

No estamos ante un hombre incapaz de experimentar debilidad. Estamos ante alguien que siguió caminando cuando se sintió débil.

Por eso san Juan Pablo II recordó una convicción que Perboyre repetía: «Una sola cosa es necesaria: Jesucristo».

Ahí está probablemente el secreto de toda su historia.

El mártir que no fue a buscar la muerte

El cristianismo nunca ha entendido el martirio como una búsqueda enfermiza del sufrimiento. Un mártir no es alguien enamorado de la muerte, sino alguien tan profundamente unido a Cristo que ni siquiera la amenaza de la muerte consigue obligarlo a negar aquello que ama.

Juan Gabriel Perboyre intentó escapar cuando llegaron los soldados. Se escondió. Hizo lo posible para conservar la vida. Pero cuando finalmente fue detenido descubrió que existía algo que no estaba dispuesto a entregar a cambio de salvarla: su fe.

Por eso su historia no glorifica la violencia.

Glorifica la fidelidad.

Los jueces podían controlar su cuerpo, pero no podían obligarlo a renunciar interiormente a Jesucristo. Podían vestirlo para burlarse de su sacerdocio, pero seguía siendo sacerdote. Podían colocar un crucifijo bajo sus pies, pero no podían obligarlo a pisarlo. Podían impedirle recorrer las aldeas anunciando el Evangelio, pero su manera de afrontar la prisión se convirtió en su última predicación.

Y pudieron finalmente quitarle la vida.

Lo que no consiguieron fue quitarle a Cristo.

Una cruz plantada en China

San Juan Pablo II quiso ampliar todavía más la mirada durante la canonización. Al recordar a Perboyre, unió su memoria a la de tantos hombres y mujeres que habían dado testimonio de Jesucristo en China a lo largo de los siglos. Al día siguiente volvió a describir al nuevo santo como una síntesis de la vocación misionera vicentina: entregarse totalmente a Cristo para anunciar la Buena Noticia a los pobres y servir a la formación de la Iglesia.

Perboyre amó aquella tierra hasta entregar allí su vida. Su muerte tampoco puede contarse como si existiera simplemente un enfrentamiento entre «un misionero europeo» y «el pueblo chino». Fueron cristianos chinos quienes lo acogieron, caminaron con él, escondieron a los misioneros, sufrieron persecución y mantuvieron viva la fe. China no fue solamente el escenario de su martirio: fue la tierra de su misión.

Sus restos serían trasladados posteriormente a Francia, pero su historia quedó para siempre unida a China.

El 11 de septiembre, volver a mirar la cruz

Cada 11 de septiembre, la memoria de san Juan Gabriel Perboyre vuelve a colocar ante la Familia Vicentina una pregunta incómoda: ¿hasta dónde estamos dispuestos a seguir a Cristo?

Probablemente a la mayoría de nosotros nunca se nos pedirá afrontar un tribunal por ser cristianos ni entregar físicamente la vida por la fe. Pero el Evangelio continúa exigiendo otras formas de martirio cotidiano: permanecer fieles cuando resulta más fácil acomodarnos, servir cuando nadie lo reconoce, perdonar cuando tenemos razones para guardar resentimiento, acompañar a quienes sufren, defender la dignidad del pobre y seguir creyendo cuando Dios parece guardar silencio.

La historia de Perboyre demuestra que nadie improvisa la fidelidad en el último instante. La respuesta que dio delante de sus jueces había sido preparada durante años de oración, servicio, misión, dudas, renuncias y pequeñas decisiones.

El 11 de septiembre de 1840 simplemente llegó la pregunta definitiva.

Juan Gabriel ya llevaba toda la vida respondiéndola.

Había salido de Francia buscando anunciar a Jesucristo. Había recorrido mares, caminos y aldeas para llevar el Evangelio hasta quienes estaban lejos. Había confesado que nada era más necesario que Cristo. Y cuando finalmente le pidieron escoger entre conservar su vida o negar al Señor que había predicado, permaneció junto a Él.

Por eso la Iglesia no recuerda principalmente la crueldad de sus verdugos.

Recuerda la fidelidad de un discípulo.

Y quizá ahí se encuentre el sentido más profundo de aquella sorprendente Pasión vivida en China: Juan Gabriel Perboyre no se convirtió en otro Cristo porque su muerte reprodujera exteriormente algunos momentos del Calvario. Se parecía a Cristo porque había aprendido a amar, servir y permanecer fiel como Él.

El misionero que había preguntado qué podía haber mejor que ir a predicar a un Dios crucificado terminó descubriendo la respuesta con su propia vida.

El 11 de septiembre de 1840, sobre un madero en forma de cruz, su predicación ya no necesitó palabras.

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