Con motivo de la solemnidad de san Vicente de Paúl, el Superior general de la Congregación de la Misión, P. Tomaž Mavrič, CM, dirige un mensaje a toda la Familia vicenciana. La carta invita a agradecer el don del carisma, fortalecer la comunión y responder unidos a los rostros actuales de la pobreza.
Queridos miembros de la Familia vicenciana
«¿Quién lo habría pensado…?».
El asombro agradecido de san Vicente de Paúl,
un don para toda la Familia vicenciana
A los miembros de la Familia vicenciana,
¡La gracia y la paz de nuestro Señor estén siempre con nosotros!
Cada año, el 27 de septiembre, día de la solemnidad de san Vicente de Paúl, sucede algo que merece ser contemplado con asombro. En todos los continentes y en los diferentes idiomas, cientos de miles de personas se reconocen como hijos e hijas de un mismo padre: sacerdotes y hermanos de la Congregación de la Misión, Hijas de la Caridad, religiosos y religiosas de las numerosas congregaciones que se inspiran en san Vicente, miembros de la Sociedad de San Vicente de Paúl, de la Asociación Internacional de Caridad, de las Juventudes Marianas Vicencianas, de la Asociación de la Medalla Milagrosa, del movimiento de Misioneros Laicos Vicencianos…
Estamos allí donde san Vicente nos envió: en las parroquias y los hospitales, en las escuelas y los comedores, en los campos de refugiados y las prisiones, en las calles de nuestras ciudades, en las misiones ad Gentes… Y hoy, en todos estos lugares, celebramos juntos. Cuatro siglos no han apagado su impulso: Vicente camina aún a nuestro lado y su voz sigue indicándonos un rostro, una puerta a la que llamar, una mano que estrechar.
Permítanme hacerles una confidencia. Quizás nunca lo hayamos hecho realmente —o no lo suficiente—. Hemos estudiado a Vicente, lo hemos citado en nuestras homilías y en nuestros encuentros, hemos analizado sus cartas y sus conferencias, le hemos pedido que interceda por nosotros… pero ¿nos hemos detenido alguna vez simplemente para darle las gracias?
Darle las gracias por el don de su santidad: no una perfección abstracta, sino una vida consagrada hasta el último aliento, una santidad hecha de largas jornadas, de decisiones difíciles, de fidelidad cotidiana. Darle las gracias por el don de su carisma: esa mirada que supo reconocer a Cristo en el pobre es la mirada que nos transmitió, sin que hayamos hecho nada para merecerlo. Darle las gracias por el don de su espiritualidad: una vida concreta, sobria, sin artificios, que enseñó a generaciones enteras cómo estar ante Jesús y ante los pobres, y que descubrió que era un mismo movimiento del corazón.
La gratitud es el primer lenguaje de la fe. Vicente lo sabía bien: todo lo que había recibido —su vocación, sus encuentros, e incluso sus pruebas— lo remitía a la Providencia. Decir «gracias» no es, por tanto, un gesto sentimental, sino reconocer que nada de lo que somos viene de nosotros mismos. Y, en este día, antes de cualquier resolución y de cualquier programa, quisiera que toda la Familia vicenciana se detuviera en este umbral.
Los invito a detenerse un momento para contemplar aquello por lo que damos gracias. Este don nació en el corazón de un hombre, se extendió en una familia, fue ofrecido a la Iglesia. Un don personal, comunitario, eclesial: tres respiraciones de un mismo soplo del Espíritu.
El carisma y la espiritualidad, lo sabemos, no nacen de una reflexión, sino de una experiencia: no es una doctrina lo que Vicente elaboró, es lo que le tocó vivir, allí donde se encontraba, en el corazón de una vida de orígenes modestos. Nunca lo ocultó: «Soy hijo de un pobre labrador», escribía en 1633 a un sacerdote de la Misión. A una mujer que le pedía limosna llamándolo «Monseñor», le respondió simplemente que era un pobre guardián de puercos, hijo de un campesino. No era falsa modestia: era la conciencia lúcida de quien sabe que el don recibido no se basa en ningún mérito.
Pero eso no es todo. Vicente confiesa no haber entendido nada, al principio, de lo que estaba naciendo. Al relatar los orígenes de la Misión a sus hermanos, admitía: «Nunca había pensado nadie antes en ello, no se sabía lo que eran las misiones; tampoco yo pensaba en eso ni sabía lo que eran». Y de ello saca inmediatamente la conclusión que es la clave de todo: «en esto es donde se reconoce que se trata de una obra de Dios: pues donde no tienen parte alguna los hombres, Dios es el que obra, y esto viene inmediatamente de él». (Sígueme XI/3, 94, repetición de oración del 25 de enero de 1655).
Aquí está el primer rasgo del carisma y de la espiritualidad: es personal, porque nace de una llamada por el nombre, el cual precede a toda comprensión de su propósito. Vicente no eligió: fue elegido. Y esto vale, hoy en día, para cada uno de nosotros. Ninguno de nosotros ha elegido por sí mismo su vocación vicenciana. A las Hermanas enviadas a Arrás, Vicente les decía con una precisión que nos concierne:
«Ha sido Dios el que os ha elegido; no ha sido a esa otra hermana que está allí, sino que os ha escogido a vosotras, y no a otras» (Sígueme IX/2, 829, conferencia 77 del 30 de agosto de 1656); Él les enseñaba a rezar con el asombro de quien no logra darse cuenta: «¿Quién habría pensado que querrías servirte de unas miserables criaturas como nosotras?» (Sígueme IX/2, 1058, conferencia del 9 de junio de 1658). Planteémonos la siguiente pregunta: ¿Cuándo fue la última vez que contemplamos nuestra vocación con tal asombro, en lugar de como un rol adquirido?
Pero es precisamente por ser personal por lo que el carisma no permanece en el ámbito privado. Llamados por nuestro propio nombre, nos descubrimos de inmediato llamados juntos: el don busca personas concretas, rostros, historias compartidas. Esto sucedió desde el principio y Vicente lo reconoció con una lucidez desarmante. Al hablar de su regla a las Hijas de la Caridad, decía «Vosotras sois quienes las habéis hecho, o más bien, ha sido Dios el que os las ha inspirado, porque, hijas mías, no podríamos decir que se os han dado». Y añadió las palabras más hermosas que un fundador pueda pronunciar: «Era Dios el que lo pensaba por vosotras. Es él, hijas mías, el que podemos decir es el autor de vuestra Compañía» (Sígueme IX/3, 120, conferencia del 14 de junio de 1643).
El carisma y la espiritualidad, por tanto, engendran la comunidad y la comunión. Este es el sueño de Vicente para toda la Familia vicenciana: «más impresa la imagen de la santísima Trinidad» (Sígueme XI/3, 45, conferencia del 27 de junio de 1642).
El carisma y la espiritualidad, finalmente, son dados a la Iglesia, en la Iglesia y para la misión de la Iglesia. Vicente habla de ello con una profundidad conmovedora cuando afirma que nuestra vocación es «una continuación» de la de Cristo y que los pobres son nuestra propia herencia: «lo especial suyo es dedicarse, como Jesucristo, a los pobres». Y añade, casi sin aliento: «y a nosotros se nos dedica a ello como instrumentos por los que el Hijo de Dios sigue haciendo desde el cielo lo que hizo en la tierra.» (Sígueme XI/3, 387, conferencia del 6 de diciembre de 1658). No somos una simple agencia de solidaridad. Somos una prolongación de la misión de Jesús.
Vicente, sin embargo, traducía siempre esta dimensión eclesial en gestos concretos y verificables. A las dos Hermanas enviadas a Arrás, no se limitó a transmitirles un ideal; les dijo que la primera cosa que debían hacer, una vez llegadas a la ciudad, sería ir a ver al obispo «para pedirle la bendición y recibir sus órdenes» (Sígueme IX/2, 829, conferencia del 30 de agosto de 1656). El carisma y la espiritualidad se inscriben siempre en una Iglesia concreta, en una diócesis, en una parroquia, bajo la guía de los pastores.
Los tres aspectos son indisociables. El don personal, sin la comunidad, se consume en el entusiasmo de uno solo. La comunidad, sin la apertura eclesial, se transforma en un círculo que gira sobre sí mismo. Y la dimensión eclesial, si no vuelve a inflamar el corazón de cada uno, se queda en una pertenencia puramente teórica.
Llamados por nuestro nombre, reunidos, enviados más allá de nosotros mismos: tal es el movimiento que Vicente recibió y que nos transmitió. Es el mismo movimiento que el del Evangelio, y es por eso que, cuatro siglos más tarde, todavía estamos aquí para dar gracias.
La gratitud, si es auténtica, no se queda solo en la memoria: se convierte en un compromiso. Por eso deseo confiarles tres desafíos que considero urgentes para la Familia vicenciana hoy.
1. Los rostros de la pobreza. San Vicente no heredó una lista de pobres: los miró, los reconoció, los amó y los sirvió. Hoy nos sentimos interpelados por el clamor de quienes se ven obligados a huir de su tierra, por el sufrimiento silencioso de los excluidos, por las heridas de la guerra, por el impacto creciente del cambio climático, por el escándalo de las desigualdades que privan a tantas personas de su dignidad, por la exclusión de quienes se quedan al margen del mundo digital y por la situación de las personas desplazadas a causa de catástrofes naturales. Ante cuestiones tan importantes, las buenas intenciones no bastan: estamos llamados a elaborar respuestas concretas que devuelvan a cada uno la dignidad que le pertenece.
2. La comunión entre las ramas de la Familia vicenciana. Nos queda todavía un largo camino por recorrer juntos, y estoy convencido de que podemos hacerlo. No nos motiva el deseo de dominar ni la preocupación por defender nuestros propios espacios, sino ese anhelo, más sencillo y evangélico, de actuar juntos: cada rama aporta un don y solo al compartirlo se vuelve plenamente fecunda. Somos los miembros de un mismo cuerpo. Comunión, discernimiento compartido, colaboración, misión: estas son las vías que la Iglesia sinodal nos indica y que nos invitan a superar las barreras que aún nos separan.
3. La formación. Pido a cada rama de la Familia vicenciana que haga un balance de su propio camino de formación permanente: sus fuentes, su historia y, sobre todo, su capacidad para releer su experiencia cotidiana a la luz del carisma y de la espiritualidad vicenciana. Aliento, por tanto, la creación, en cada país y en cada Provincia, de Centros de formación vicenciana nacidos de la colaboración de todas las ramas presentes en el territorio: no como la expresión de una sola rama, sino como una casa común para todas. Allí donde sea posible, identifiquen también un lugar estable, capaz de dar continuidad y visibilidad a este compromiso, y elaboren programas de formación anuales, adaptados a las necesidades reales de cada contexto. Es así como podemos caminar juntos y formarnos mutuamente, comunicarnos de manera más eficaz y colaborar con audacia y humildad.
Los desafíos aquí propuestos no constituyen una lista de obligaciones, sino una invitación a ponernos de nuevo en camino. No se nos pide que lo logremos solos: se nos pide que caminemos, y el camino se abre a medida que lo recorremos. San Vicente no partió de un proyecto ya terminado; partió de un encuentro, de un pobre que tenía un rostro y un nombre y, a partir de ahí, dejó que Jesús escribiera el resto.
Esta es la belleza de nuestra vocación: no nos pide ser extraordinarios, sino permanecer disponibles. No nos promete caminos fáciles, sino que nos asegura que ningún paso dado en favor de los pobres se pierde.
Por lo tanto, avancemos, sin miedo ni prisas, pero juntos.
Con el fin de prepararnos espiritualmente para la solemnidad de San Vicente de Paúl, que coincide este año con la 112.ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, la Oficina de Comunicación de la Congregación de la Misión organizará una novena a San Vicente bajo el lema de los migrantes y refugiados. A partir del 18 de septiembre de 2026, el texto se publicará en las redes sociales de la Congregación y de la Familia vicenciana. El documento completo también se podrá descargar en formato PDF.
Novena en varios idiomas:
Italiano: abrir novena
Español: abrir novena
Inglés: abrir novena
Francés: abrir novena
¡Unidos por la misma Palabra, somos uno!
Para contar al mundo, con autenticidad y profundidad, el corazón palpitante de la Familia Vicenciana, la Congregación de la Misión ha elegido un enfoque excepcional: invitar a un director de cine italiano a vivir, durante un mes entero, lo más cerca posible de la comunidad de la Casa Madre. De esta extraordinaria experiencia de convivencia e inmersión cotidiana nació el documental «En el Corazón de París».
Escrito y dirigido por Manuel de Teffé, y acompañado por una banda sonora compuesta especialmente por Gabriele Croci, este documental propone un viaje visual y emotivo, concebido para dar a conocer, valorar y amar la Casa Madre de una manera inédita. La obra se despliega a través de un recorrido estructurado y cautivador: un prólogo, que sumerge al espectador en el entorno geográfico y la atmósfera de la Casa Madre; una primera parte, dedicada con profunda devoción al «dueño de la casa», San Vicente de Paúl; una segunda parte, que repasa la historia del edificio, desde los días tumultuosos de la Revolución francesa hasta nuestros días, prestando especial atención a la capilla; una tercera parte, que se abre al mundo exterior para celebrar las innumerables actividades misioneras nacidas en este lugar; una cuarta parte, que presenta la Casa tal como es hoy, sacando a la luz un vínculo histórico profundo y poco conocido para el gran público: aquel que une la rue de Sèvres y la rue du Bac. El documental termina con una serie de breves entrevistas que devuelven la calidez y la familiaridad a los lugares y rostros de la misión.
Con el fin de permitir que la gran Familia vicenciana, así como los apasionados de la historia y la espiritualidad de todo el mundo puedan disfrutar de esta obra, el documental será traducido a varios idiomas. A día de hoy, la versión en inglés ya está disponible en el canal de YouTube Congregatio Missionis.
Los encomiendo a todos a la intercesión de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, de San Vicente de Paúl y de todos los santos, beatos, siervas y siervos de Dios de la Familia vicenciana.
Su Hermano en San Vicente,
Tomaž Mavrič, CM
Superior general
Fuente: Congregación de la Misión – Curia General. Carta fechada en Roma el 15 de septiembre de 2026.
