De leprosería medieval a casa madre de los “lazaristas”
Cuando se habla de san Vicente de Paúl es inevitable encontrar una palabra que terminó identificando durante siglos a sus hijos espirituales: lazaristas. El nombre no procede de san Lázaro ni de una devoción particular del fundador. Nació de un lugar concreto de París: la antigua Maison de Saint-Lazare, una inmensa propiedad situada entonces en las afueras de la ciudad y que, desde enero de 1632, se convertiría en la casa madre de la Congregación de la Misión.
Lo curioso es que Vicente no la buscó. Más aún: durante meses se resistió a aceptarla.
Antes de san Vicente: una leprosería a las puertas de París
Saint-Lazare era mucho más antiguo que la Congregación de la Misión. El establecimiento aparece documentado desde comienzos del siglo XII, hacia 1122-1124, y reunía dos realidades inseparables: era a la vez una leprosería y una institución religiosa atendida por canónigos. Se encontraba fuera de las antiguas murallas de París, junto al camino de Saint-Denis, precisamente porque allí se aislaba y atendía a quienes padecían lepra.
No se trataba simplemente de un hospital. Saint-Lazare era un verdadero recinto cerrado, con iglesia, edificios comunitarios, tierras agrícolas, granja, molino y otras dependencias. Con los siglos llegó a convertirse en uno de los mayores recintos religiosos de la periferia parisina.
Desde 1515, el establecimiento quedó vinculado a los canónigos regulares de Saint-Victor de París. Conviene además hacer una precisión: este priorato parisino no debe confundirse con la antigua Orden militar y hospitalaria de San Lázaro de Jerusalén. Las fuentes de la Biblioteca Nacional de Francia distinguen expresamente ambas instituciones.
Pero cuando Vicente apareció en escena, la razón original de la casa prácticamente había desaparecido. La lepra había retrocedido considerablemente en la región. Un estudio histórico señala que en 1597 quedaba apenas un enfermo registrado y que, cuando Vicente tomó posesión en 1632, ya no había leprosos residentes en Saint-Lazare. Jurídicamente, sin embargo, la casa continuaba teniendo la obligación de recibirlos si se presentaban.
En el establecimiento permanecían unos pocos religiosos y también algunas personas con trastornos mentales que habían sido confiadas al prior. Vicente heredaría igualmente su cuidado.
Un prior que vio en los misioneros el futuro de Saint-Lazare
El hombre decisivo fue Adrien Le Bon, prior de Saint-Lazare.
Le Bon había oído hablar de aquel pequeño grupo de sacerdotes dirigidos por Vicente de Paúl que recorrían las aldeas predicando misiones y atendiendo espiritualmente a la población rural. Por medio del párroco de Saint-Laurent, Nicolas de Lestocq, entró en contacto con Vicente y le propuso entregar Saint-Lazare a la naciente comunidad.
La reacción de Vicente estuvo muy lejos del entusiasmo.
La nueva Congregación vivía todavía en el modesto Collège des Bons-Enfants. Frente a aquello, Saint-Lazare parecía desproporcionado: una enorme propiedad, grandes terrenos y un antiguo establecimiento religioso.
Según la tradición recogida por sus primeros biógrafos, fue necesario insistirle durante aproximadamente un año. Vicente llegó a expresar que la propuesta le parecía demasiado grande para unos pobres sacerdotes cuya única pretensión era evangelizar a los habitantes del campo.
Resulta especialmente significativo que, según Abelly, Vicente ni siquiera se dejó seducir inicialmente por el inmueble: durante aquellas negociaciones no había ido a contemplarlo para decidirse por sus ventajas materiales. Su resistencia terminó después de consultar, entre otros, al teólogo y consejero espiritual André Duval, quien lo animó a aceptar.
Saint-Lazare no fue, por tanto, una propiedad que Vicente comprara o consiguiera mediante una maniobra política. Fue una cesión promovida por el propio prior y su comunidad, posteriormente sometida a un complejo proceso de aprobación eclesiástica y civil.
7 de enero de 1632: el contrato
El miércoles 7 de enero de 1632 se firmó el concordato entre Adrien Le Bon y los religiosos de Saint-Lazare, por una parte, y Vicente de Paúl, en representación de la Congregación de la Misión, por otra.
El archivo histórico de la Congregación conserva referencias precisas al acuerdo y al decreto de unión.
Al día siguiente, 8 de enero, Vicente tomó posesión de Saint-Lazare. El arzobispo de París confirmó la unión y estableció también obligaciones concretas para los misioneros: debía residir allí una comunidad estable, dedicarse a las misiones en el campo y colaborar en la preparación de los candidatos a las órdenes sagradas.
Pero aceptar Saint-Lazare no significaba recibir una propiedad sin cargas.
El acuerdo respetaba derechos anteriores, establecía obligaciones hacia los religiosos que todavía vivían allí y mantenía el deber histórico de recibir enfermos de lepra si llegaban a presentarse. La documentación parlamentaria de 1632 confirma expresamente esta última obligación.
Entonces llegó el pleito
La transferencia provocó oposición.
Los documentos que he podido verificar identifican especialmente a los canónigos regulares de Saint-Victor, que consideraban lesionados sus derechos sobre Saint-Lazare. También aparecen en el proceso el abad de Quincy y varios párrocos de París. Un fallo del Parlamento de París del 21 de agosto de 1632 recoge expresamente estas oposiciones.
Aquí aparece uno de los episodios más hermosos de la tradición vicentina.
Mientras los abogados discutían en el Parlamento, Vicente no estaba siguiendo nerviosamente cada argumento jurídico. Abelly relata que se encontraba orando en la Sainte-Chapelle, dispuesto interiormente a perder Saint-Lazare si aquello era la voluntad de Dios. En una carta de aquellos días afirmaba que se encontraba indiferente ante el resultado y que había procurado tratar con respeto a quienes disputaban la propiedad.
No parece, por tanto, adecuado presentar la historia simplemente como una batalla que Vicente “ganó”. Para él, Saint-Lazare era útil únicamente mientras sirviera a la misión.
¿Qué ocurrió realmente en septiembre de 1632?
Este punto merece una aclaración porque existen varias fechas en las fuentes.
El inventario de los archivos históricos de la Congregación de la Misión registra un fallo del Parlamento que homologaba la unión el 4 de septiembre de 1632. Una transcripción de documentos conservados en los archivos vicentinos recoge además un segundo fallo del 7 de septiembre, ordenando registrar las letras y el concordato y permitiendo a los misioneros disfrutar de los derechos concedidos.
Sin embargo, Louis Abelly, primer gran biógrafo de Vicente, escribió que las letras del rey fueron registradas el 17 de septiembre de 1632. Esa fecha pasó posteriormente a buena parte de la historiografía vicentina.
Por eso es más prudente hablar de un proceso de ratificación desarrollado durante septiembre de 1632, en lugar de atribuir todo a un único acto del día 17.
Y hay otra corrección importante: no he encontrado documentación fiable que permita afirmar que aquel 17 de septiembre se expidiera un decreto de la Corte de las Ayudas de París. Los documentos localizados sitúan el litigio decisivo ante el Parlamento de París.
Vicente recibió una propiedad enorme… pero deteriorada
Saint-Lazare impresionaba por sus dimensiones, pero eso no significa que Vicente encontrara un magnífico palacio.
Los edificios que recibió pertenecían en buena medida a estructuras medievales envejecidas. Existían una pequeña iglesia gótica, claustro, alojamientos y diversas dependencias. Fuentes históricas describen sectores del conjunto en estado muy deficiente, algunos próximos a la ruina. Vicente emprendió reparaciones; se documentan, por ejemplo, trabajos hacia 1638sobre edificios próximos al Faubourg Saint-Denis.
Esto permite corregir otra impresión frecuente: el gran Saint-Lazare que muestran los grabados del siglo XVIII no fue construido enteramente por san Vicente.
Vicente hizo habitable y funcional la antigua casa y realizó adaptaciones, pero buena parte del monumental conjunto que posteriormente conocería París fue levantado después de su muerte, especialmente durante los generalatos de René Alméras y Edme Jolly, entre las décadas de 1660 y 1680.
De antigua leprosería a laboratorio de la renovación de la Iglesia
Aquí está quizá lo más extraordinario.
Vicente recibió una institución que estaba perdiendo su función original y la convirtió en uno de los grandes centros espirituales y pastorales de la Francia del siglo XVII.
Saint-Lazare pasó a ser la casa madre de la Congregación de la Misión. Desde allí se organizaban las misiones populares, se gobernaban las nuevas fundaciones y se coordinaba la expansión de los misioneros dentro y fuera de Francia. De allí salieron iniciativas hacia Italia, Polonia, Túnez, Argel y Madagascar.
Pero también se convirtió en un centro decisivo para la reforma del clero.
Allí se desarrollaron los ejercicios espirituales de quienes iban a recibir las órdenes sagradas y, desde 1633, las célebres Conferencias de los Martes, en las que sacerdotes se reunían con Vicente para reflexionar sobre las virtudes y responsabilidades propias del ministerio.
Saint-Lazare abrió además sus puertas a innumerables personas que deseaban hacer retiro espiritual. Abelly calculó que, entre 1635 y la muerte de Vicente en 1660, pasaron por allí más de veinte mil ejercitantes. Los retiros eran generalmente ofrecidos gratuitamente, una práctica que suponía una considerable carga económica para la comunidad.
Aquella vieja leprosería se había convertido así en una casa de misioneros, seminario, lugar de retiros, centro de formación sacerdotal y plataforma de una impresionante red de caridad.
También acogió a quienes nadie quería
Vicente no eliminó todas las funciones anteriores de la casa.
Cuando llegó encontró allí varias personas con enfermedades mentales confiadas al cuidado del prior. Las mantuvo y continuó recibiendo después a otras. Abelly cuenta que, mientras estaba en duda la propiedad de Saint-Lazare, Vicente se preguntó qué lamentaría realmente si perdía la casa. No eran los terrenos ni los edificios: lo que le dolía era tener que abandonar a aquellos hombres enfermos que atendía como miembros sufrientes de Cristo.
Con el tiempo Saint-Lazare recibió también “correctionnaires”, personas enviadas por sus familias o por la autoridad para permanecer bajo disciplina. Hacia mediados del siglo XVII aparece incluso la llamada “prisión de los hijos de familia”, antecedente de los usos penitenciarios posteriores del lugar.
Son aspectos que obligan a mirar Saint-Lazare con los criterios sociales propios del siglo XVII, pero que muestran hasta qué punto aquel enorme recinto tuvo funciones mucho más amplias que las de un simple convento.
Allí murió Vicente
Saint-Lazare fue la casa de Vicente durante casi treinta años.
Allí vivió desde 1632. Allí recibió sacerdotes, pobres, obispos, nobles, misioneros y personas que buscaban consejo. Desde allí escribió miles de cartas y gobernó la Congregación de la Misión.
Y allí murió en la madrugada del 27 de septiembre de 1660.
Al día siguiente su cuerpo fue sepultado en medio del coro de la iglesia de Saint-Lazare.
Vicente dejaba una casa profundamente distinta de aquella que había recibido en 1632. Quizá no había levantado todavía el monumental edificio que construirían sus sucesores, pero había transformado completamente su significado.
Había recibido una leprosería en decadencia.
Dejaba el corazón de una misión internacional.
Después de Vicente: el gran Saint-Lazare
Sus sucesores continuaron desarrollando el lugar. Especialmente bajo René Alméras y Edme Jolly fueron sustituidos muchos de los viejos edificios y se levantó el gran conjunto que conocemos por planos, grabados y posteriormente fotografías.
A finales del siglo XVII, Saint-Lazare poseía amplios cuerpos de alojamiento, refectorios, espacios para los ejercitantes, dependencias del seminario y patios organizados alrededor de la antigua iglesia. En 1779-1780 todavía se realizaron nuevas ampliaciones.
El recinto era ya una pequeña ciudad dentro de París.
Y la iglesia donde había sido enterrado Vicente se convirtió, después de su beatificación y canonización, en lugar de peregrinación.
13 de julio de 1789: el principio del fin
La Revolución Francesa cambió radicalmente aquella historia.
En medio de la crisis del pan y de los rumores sobre supuestos acaparamientos de grano, una multitud irrumpió en Saint-Lazare el 13 de julio de 1789, un día antes de la toma de la Bastilla. La casa fue saqueada, sus depósitos registrados, su mobiliario destruido y su importante biblioteca gravemente dañada.
El 2 de noviembre de 1789, como ocurrió con otros bienes eclesiásticos, el conjunto quedó sometido al proceso de nacionalización revolucionaria. Los misioneros todavía permanecieron algún tiempo allí, pero finalmente fueron expulsados en 1792.
La casa madre que los vicentinos habían ocupado durante 160 años había terminado.
De casa de misioneros a prisión
Saint-Lazare fue entonces convertido en prisión, especialmente durante el período del Terror revolucionario. Posteriormente funcionó durante buena parte del siglo XIX y comienzos del XX como prisión y establecimiento correccional para mujeres, unido también a servicios hospitalarios.
La transformación fue tan profunda que las dependencias construidas para una comunidad religiosa terminaron adaptadas para celdas, talleres, dormitorios y servicios penitenciarios.
La antigua iglesia medieval donde Vicente había rezado y donde había sido enterrado fue demolida en 1823.
La prisión cerró definitivamente en 1932, y la demolición del gran conjunto se desarrolló durante los años siguientes, especialmente entre 1935 y 1940.
Saint-Lazare, por tanto, no fue destruido en un único día. Desapareció por etapas durante más de un siglo.
¿Queda algo hoy del Saint-Lazare de san Vicente?
Del conjunto que conoció directamente san Vicente prácticamente no queda ningún edificio íntegro en pie.
Y aquí existe una confusión frecuente.
La pequeña capilla Saint-Lazare que todavía puede verse junto al square Alban-Satragne no es la iglesia medieval de Vicente. Es una construcción posterior, realizada en el siglo XIX dentro de la reorganización del establecimiento por el arquitecto Louis-Pierre Baltard. La antigua iglesia de los lazaristas ya había desaparecido.
Actualmente esta capilla, recientemente restaurada por la ciudad de París, y la antigua enfermería —hoy integrada en la Médiathèque Françoise Sagan— constituyen los grandes testimonios visibles del antiguo recinto Saint-Lazare, aunque sean posteriores a Vicente.
También permanece la huella urbana del antiguo dominio: calles, pasajes y construcciones vinculadas a las propiedades lazaristas. La propia municipalidad parisina señala todavía edificios de renta levantados por los lazaristas en los actuales números 99 a 105 de la rue du Faubourg-Saint-Denis.
Y queda algo todavía más significativo.
El cuerpo de Vicente no desapareció con Saint-Lazare. Durante la Revolución sus restos fueron puestos a salvo y finalmente trasladados a la nueva casa madre de la Congregación de la Misión en la rue de Sèvres, donde desde 1830 son venerados en la actual capilla de San Vicente de Paúl.
La paradoja de Saint-Lazare
La historia tiene algo profundamente vicentino.
Vicente llegó a una casa demasiado grande para él y pasó casi un año intentando no aceptarla.
Cuando finalmente entró en Saint-Lazare, no encontró únicamente tierras y edificios. Encontró religiosos ancianos, estructuras deterioradas, obligaciones jurídicas, enfermos, personas consideradas difíciles y un pleito que podía hacerle perderlo todo.
Y precisamente allí construyó uno de los centros más fecundos de la renovación católica del siglo XVII.
No fue el tamaño de Saint-Lazare lo que hizo grande a la Congregación de la Misión. Fue la misión la que dio un nuevo sentido a Saint-Lazare.
Por eso, quizá, la mejor manera de recordar aquella casa desaparecida no sea preguntarnos solamente dónde estaban sus muros, sino qué ocurrió dentro de ellos: sacerdotes formándose, misioneros partiendo hacia los campos y hacia otros continentes, hombres haciendo retiro, enfermos acogidos, pobres atendidos y un anciano Vicente que, hasta el final de su vida, siguió creyendo que aquella inmensa propiedad sólo tenía sentido si servía para “evangelizar a los pobres”.
Ese fue el verdadero patrimonio que sobrevivió a la demolición de Saint-Lazare.
