Saludo inicial y reflexión sobre las lecturas
Buenos días para todos.
Estoy muy contento de poder presidir esta celebración aquí, como Vicario Apostólico y obispo, en compañía de todos ustedes y de mis cohermanos sacerdotes; de Mons. Rolando Santos; del provincial de Filipinas; de nuestro provincial aquí en Colombia, el padre Carlos Arley; y de otros hermanos, como el padre Juan Ávila, misionero en África Central.
Las lecturas de este domingo, como siempre, son muy hermosas y nos invitan a preguntarnos qué significa ser católicos.
Ser católico significa tener un corazón universal. Y si ser católico significa tener un corazón universal, quiere decir que somos un pueblo llamado a predicar el Evangelio hasta las últimas fronteras. Dios ofrece su salvación a todos los pueblos.
Si comenzamos por la primera lectura, encontramos que muchos miembros del pueblo de Israel habían estado en el exilio y regresaban a Jerusalén. Allí también había personas provenientes de otros pueblos, y algunos temían que quienes regresaban pudieran contaminarse con otras ideas y costumbres.
Sin embargo, el Señor les pide algo fundamental: «Observen el derecho, practiquen la justicia». Y Dios promete llenarlos de júbilo en su casa de oración, porque su casa será llamada «casa de oración para todos los pueblos».
Desde el Antiguo Testamento se anunciaba ya que la salvación estaba destinada a todos los hombres y mujeres del mundo. El salmo de hoy también nos recuerda que la salvación de Dios es para todos.
Si pasamos a la lectura de san Pablo a los Romanos, encontramos que los dones y la llamada de Dios son irrevocables. Esto podemos aplicarlo a los bautizados, a quienes hemos recibido algún ministerio e, incluso, al obispo.
Lo que le pedimos al Señor es la gracia de perseverar, de conservar la fe y permanecer fieles a los dones que hemos recibido de Él.
Por eso hago esta relación y les pido que continúen sosteniendo al nuevo vicario con sus oraciones. Ese es uno de los regalos más grandes que pueden ofrecer a sus ministros: orar por ellos, para que podamos mantenernos firmes en la fe y fieles en el servicio.
El Evangelio de la mujer cananea y la llave de la humildad
Y llegamos al plato fuerte de este domingo: el Evangelio.
Jesús había experimentado previamente el rechazo de los suyos. Entonces, queriendo también ofrecer una enseñanza a sus discípulos, se dirige hacia un territorio pagano.
Allí sale a su encuentro una mujer cuya hija estaba gravemente atormentada, y le suplica que la cure.
El Señor, inicialmente, no le responde. Como la mujer insistía y gritaba, los discípulos le decían:
—Atiéndela, despídela, porque viene gritando detrás de nosotros.
Jesús respondió:
—Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel.
Pero la mujer no se rindió. Se acercó, se postró ante Él y le dijo:
—Señor, ayúdame.
Jesús le respondió que no estaba bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos.
Ciertamente, el Señor llamó en primer lugar al pueblo de la promesa, pero la salvación debía abrirse después también a los gentiles, a quienes en aquel tiempo se consideraba paganos.
La petición humilde y sencilla de aquella mujer manifestó la profundidad de su fe. Ella no presenta grandes discursos. Simplemente suplica:
—Ten misericordia de mí. Ayúdame.
Y su hija queda curada.
Esa humildad y esa confianza abren el corazón a la misericordia de Dios.
Entonces podemos preguntarnos: ¿cuál es la llave que abre nuestro corazón a la acción misericordiosa de Dios?
La humildad.
El ministerio del obispo y la imagen de la cuetandera
Somos un pueblo que, con humildad, viene a encontrarse con el Señor.
He podido experimentar —y también me lo han comentado los padres— que este pueblo tiene una profunda fe en Jesucristo y un gran cariño hacia quienes Él envía. Eso es una gracia de Dios.
El papa Francisco decía que el pastor debe saber caminar de distintas maneras: algunas veces adelante, mostrando el camino; otras veces en medio del pueblo, compartiendo su caminar; y también detrás, acompañando especialmente a quienes se han quedado rezagados, a quienes quizá están más alejados o ya no quieren saber nada de la Iglesia.
Le pido al Señor estas gracias para mi ministerio aquí, en el Vicariato Apostólico: poder servir a esta Iglesia y ayudarla a crecer en comunión.
En unas camisetas que lleva hoy mi familia aparece una imagen que intenta expresar lo que puede haber en el corazón de un pastor, de un obispo. Se me ocurrió dibujar una cuetandera.
En sus cuetanderas, en sus mochilas, ustedes llevan aquello que consideran precioso.
Pues bien, así entiendo también el corazón del pastor: como una cuetandera en la que lleva a su pueblo. Allí lleva el amor maternal de la Iglesia, que cuida, acompaña y sirve pastoralmente a sus hijos.
Aquí, en Tierradentro, aprendí a ser pastor. Llegué siendo muy joven y con poca experiencia, pero fue aquí, caminando con el Pueblo de Dios, donde fui creciendo.
Todo comenzó en Galilea. Y después de la resurrección, el Señor les dijo a sus discípulos:
—Vuelvan a Galilea; allí me verán.
De alguna manera, así entiendo también mi vocación en este momento: volver a Galilea.
La parroquia de donde vengo se llama San Antonio de Padua, y ahora regreso aquí, a la Catedral de San Antonio de Padua. Podrían parecer simples coincidencias, pero también podemos descubrir en ellas al Señor, que invita a sus pastores a responderle con generosidad.
La llamada a evangelizar y a mantener la unidad
Una primera enseñanza de este domingo es, entonces, la llamada a evangelizar.
Nosotros hemos recibido la Palabra de Dios y el mensaje del Evangelio. No podemos convertirnos en agua estancada, porque la fe, cuando no se comparte, termina encerrándose y perdiendo su fuerza.
Quienes hemos recibido el Evangelio tenemos necesariamente que comunicarlo a los demás.
La segunda invitación es a acrecentar nuestra fe.
Y nuestra fe crece cuando se entrega, cuando se comparte. Crece por medio de los sacramentos y mediante esa oración humilde y sencilla que confía en la misericordia del Padre, que nunca abandona a sus hijos.
El Señor se vale de instrumentos débiles para realizar su obra. No se sirve del orgullo de quienes se consideran superiores a los demás, sino de aquellos que saben ponerse humildemente en sus manos.
En el escudo y también en estas camisetas aparecen tres rostros que representan esta tierra: el pueblo colombiano, el pueblo mestizo y el pueblo indígena.
Todos formamos un solo Pueblo de Dios y la salvación es para todos. No importa la raza, la condición social o la procedencia.
Por eso, tanto el pueblo como sus pastores debemos hacer un esfuerzo permanente para vivir en comunión y en unidad.
Mantengan la unidad. Conserven los valores cristianos, porque ellos nos sostienen especialmente en los momentos de dificultad que vivimos en Colombia, ya sea por las tragedias que hemos padecido o por las situaciones de orden público.
El Señor nos invita a permanecer firmes en la fe.
Transformar la sociedad y caminar con Dios
El Señor rompe todas las distancias. Todos tenemos un lugar en su corazón.
Dejemos que los valores del Evangelio penetren nuestras casas, nuestra manera de pensar y nuestros corazones, para que desde allí pueda transformarse también nuestra sociedad.
El Evangelio es para todos. No lo guarden solamente para ustedes; compártanlo, especialmente mediante el testimonio de su vida.
Hoy celebramos la Eucaristía. Ella es el pan de los hijos e hijas de Dios y el alimento que nos mantiene unidos.
Cuando tengan dificultades, oren más.
Pero orar significa encontrarse cara a cara con el Señor, acercarse humildemente a Él y confiar.
Hoy incluso se utiliza la expresión «perrijos» para hablar de los perros que son tratados como hijos. Pues nosotros somos mucho más que eso: somos verdaderamente hijos e hijas de Dios.
Y nuestro Padre nos invita a encontrarnos con Él cara a cara, con plena confianza, llevando ante su presencia todos nuestros problemas, sufrimientos y dificultades.
Nuestro Dios es el Dios que camina con nosotros, por muy oscura que sea la noche y por muy grandes que parezcan nuestros problemas.
Y ese es también mi deseo como pastor: poder caminar cerca de ustedes, acompañándolos en medio de las dificultades que puedan presentarse en sus familias y en sus comunidades.
Oración final a la Virgen María
Pidámosle a María Santísima que nos mantenga siempre cerca de ella, como Estrella de la Nueva Evangelización.
La Eucaristía es fuente de comunión y, alrededor de ella, nosotros construimos la Iglesia.
Pidámosle a María Santísima que sostenga nuestra fe, fortalezca nuestra esperanza y haga crecer nuestra caridad.
Nuestra Señora de las Mercedes, ruega por nosotros.
San Antonio de Padua, ruega por nosotros.
Amén.

