Homilía de Mons. Omar Alberto Sánchez Cubillos, O.P. ordenación de Mons. Homero Marín, CM

Homilía de Mons. Omar Alberto Sánchez Cubillos, O.P. ordenación de Mons. Homero Marín, CM

Ordenación episcopal de Mons. Homero Marín Arboleda, C.M.
Catedral San Antonio de Padua – Belalcázar, Tierradentro
15 de agosto de 2026

Quiero saludar muy especialmente a monseñor Marco Antonio Merchán Ladino, obispo de la Diócesis de Neiva y administrador apostólico de Tierradentro, dándole las gracias enormes por este servicio tan cálido, tan comprometido. Nos alegra haberlo tenido en nuestra provincia. Muchas gracias por ese enorme servicio a Tierradentro.

Saludo a mis hermanos de la Provincia Eclesiástica de Popayán. Estamos aquí todos y ahora nos completamos con monseñor Homero. Y con gran afecto nos queremos acompañar; los saludo en la alegría de este día.

Por supuesto, se nos une monseñor Jaime Alberto Cabrera Arcos, obispo de Garzón, que está también recientemente ordenado y también nos acompaña este día.

Saludo a monseñor In Je Hwang, que también heroicamente llegó hasta aquí con ese esfuerzo, secretario y encargado de negocios de la Nunciatura Apostólica en Colombia. Gracias por acompañarnos.

Una presencia muy importante, yo sé, para monseñor Homero: monseñor Rolando Santos, obispo emérito filipino, compañero de viaje de monseñor Homero por 25 años allá en Papúa Nueva Guinea, que es un referente para nosotros de misionero, además un hermano sentido así. Así que le damos las gracias por venir hasta aquí y acompañar a su hermano, con el que trabajó hombro a hombro.

Queridos sacerdotes del Vicariato Apostólico; por supuesto, están de fiesta los diáconos, seminaristas, religiosos y religiosas que están sirviendo y han servido en este territorio.

Un saludo muy especial, estimado padre Carlos Arley Cardona Salazar, provincial de la Congregación de la Misión. Mis felicitaciones: cosecha de un hermano vicentino al servicio de esta tierra que ustedes han querido tanto y aman. Es para agradecer. Así que los saludamos, los congratulamos con usted y con toda la comunidad.

Quiero, por supuesto, saludar a los familiares y amigos —no sé qué tantos, monseñor Homero— que han podido acompañarlo o, a lo mejor, lo están siguiendo a través de una red. Los saludamos desde aquí, desde Belalcázar.

Distinguidas autoridades civiles: señor alcalde del municipio de Páez, Hugo Javier Muñoz Achipiz; señor alcalde del municipio de Inzá, Delio Hernán Trujillo Campo; algunos concejales seguramente de los dos municipios están aquí. Los saludamos con cariño.

A las autoridades y representantes de esta comunidad Nasa; al pueblo; líderes de las comunidades afrodescendientes; líderes de los campesinos; las comunidades mestizas; y allá en la plaza y en las casas seguramente hay muchas personas conectadas para vivir este momento de fe y de Iglesia.

A los queridos fieles del Pueblo de Dios, reciban nuestro y mi saludo fraterno.

Monseñor Homero, desde hoy obispo del Vicariato de Tierradentro, bienvenido nuevamente a esta tierra que siempre ha ocupado, estoy seguro, un lugar especial en su corazón.

En este momento de gracia me veo obligado a recurrir al pasado. Los invito a mirar con gratitud el camino recorrido, el más inmediato.

Esta celebración nos invita a recordar la historia reciente de evangelización en Tierradentro y a reconocer la entrega de quienes sembraron aquí el Evangelio: sus primeros misioneros jesuitas, franciscanos, sacerdotes de la Arquidiócesis de Popayán.

En el año 2000, el papa san Juan Pablo II elevó la Prefectura Apostólica de Tierradentro a Vicariato Apostólico.

Muchos pastores la han guiado con generosidad.

Recordemos con gratitud a monseñor Jorge García Isaza, también de la Congregación de la Misión, prefecto apostólico desde 1989 y luego primer vicario apostólico. Le correspondió afrontar momentos especialmente difíciles, entre ellos la tragedia de la avalancha del 6 de junio de 1994, cuya reconstrucción contó con muchas manos vicentinas y otras, pero también con la participación de monseñor Homero.

Estoy seguro de que su memoria, la de monseñor Jorge Isaza, permanece viva en el corazón de esta comunidad de Tierradentro.

Agradecemos también, igualmente, el ministerio de monseñor Edgar Hernando Tirado Mazo, quien sirvió a esta Iglesia entre 2004 y 2015 con profunda entrega pastoral, discreta entrega pastoral.

Asimismo, recordamos con afecto a monseñor Óscar Augusto Múnera Ochoa, que durante nueve años acompañó este Vicariato con amor, valentía y una incansable pasión por sembrar esperanza y construir paz. Incluso nos consta a nosotros su insistencia en la siembra del café y su llamado siempre a la unidad.

Estos valientes hermanos de corazón misionero, junto con tantos sacerdotes y, aquí y allá, religiosas, religiosos y laicos comprometidos, ofrecieron su vida al servicio de esta Iglesia, afrontando con generosidad los desafíos propios de esta hermosa tierra.

Su entrega permanece viva en la memoria de las comunidades, seguro, y en el corazón de quienes continúan su misión.

La gratitud es la memoria del corazón. Por ello, hoy damos gracias a todos aquellos que hicieron posible que la fe siguiera creciendo en Tierradentro.

A todos ellos, gracias por su esfuerzo y entrega.

Estoy convencido de que esta gratitud explica la presencia de todos ustedes en esta celebración, en la plaza, aquí en el templo y a través de la radio o de las redes.

Esa presencia deja ver que todos ustedes entienden el valor de lo que hoy acontece. Saben bien cuánto significa un pastor para esta Iglesia y para este territorio que ustedes habitan y aman.

Monseñor Homero, su ordenación episcopal y su toma de posesión como obispo del Vicariato Apostólico, en esta solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María, constituye un verdadero acontecimiento de gracia para el Cauca y para esta Iglesia particular de Tierradentro.

Hoy Tierradentro celebra con alegría, esperanza y profunda confianza en el Señor su ordenación.

Interpreto, en este gesto, el sentido del Pueblo de Dios, que sabe reconocer cuánto de valioso y esperanzador hay en un momento como este para el presente y el futuro de Tierradentro.

La ordenación episcopal de un hermano sacerdote no puede entenderse, sin embargo, como un honor conferido a un hombre, sino como una expresión profunda del amor y de la solicitud de Dios por su pueblo.

Antes de elegir a quien será enviado para servirlos, Dios ya ha puesto sobre ustedes, en esta tierra, su mirada amorosa.

Su primera mirada es precisamente sobre este pueblo, porque Él conoce sus dolores, sus heridas, sus desafíos; pero también conoce sus potencialidades, su vocación a la vida, a la comunión y a la alegría.

Hoy, al consagrar a monseñor Homero, Dios pone en sus manos aquello que más ama: este pueblo y esta Iglesia de Tierradentro que le confía. Lo ha elegido y se los entrega para su servicio.

Cristo deposita sobre los hombros de quien ha elegido el peso santo de su amor por este pueblo.

Por eso, esta celebración no exalta su persona, aunque lo merece, sino que glorifica la fidelidad de Dios, que no abandona a su pueblo y que continúa dándole pastores según su corazón.

Querida comunidad de Tierradentro: hoy contemplamos uno de los gestos más antiguos, sobrios y profundos de la Iglesia: la imposición de las manos sobre el elegido, como lo verán, y la oración mediante la cual se invoca al Espíritu Santo para que lo consagre como obispo.

Es el Espíritu Santo quien unge hoy a un nuevo sucesor de los apóstoles para que sea padre, pastor y servidor de esta Iglesia particular, marcada por una enorme riqueza humana y espiritual, pero también llamada a grandes transformaciones orientadas fundamentalmente a la promoción de la vida.

Una simple mirada humana es insuficiente para mirar esta realidad, porque ningún hombre puede constituir a otro obispo por sus fuerzas.

Es Dios quien llama, consagra y envía.

No se trata de una dignidad que la Iglesia simplemente le entrega a monseñor Homero, como si fuera un ascenso o la culminación de una trayectoria personal o pastoral.

Es Cristo mismo quien hoy, mediante la oración de la Iglesia, la imposición de las manos y la gracia del Espíritu Santo, consagra a este hermano, lo incorpora al colegio apostólico y lo envía como maestro, santificador y pastor de esta tierra.

El papa Francisco decía: «Solo por obra de Dios, el Espíritu Santo puede hacer de ti un pastor con olor a oveja, con mirada profética, con corazón misericordioso y con una esperanza capaz de sostenerse incluso en las noches más oscuras».

Muy estimado monseñor Homero: dentro de pocos momentos recibirás sobre tu cabeza el libro abierto de los Evangelios.

Este gesto, que es lindo, contiene todo un programa de vida para nosotros.

El Evangelio estará siempre sobre ti para recordarte que no estás por encima de la Palabra de Dios. Es la Palabra la que estará sobre ti para iluminarte, para ayudarte a juzgar, iluminar y conducir.

El papa Benedicto XVI señalaba que el obispo debe ser un hombre cuyo corazón pertenece y permanece inquieto por Dios y por la salvación del mundo.

Es decir, un buscador de Dios, capaz de distinguir lo esencial de lo secundario y de ayudar a su pueblo a orientarse hacia Cristo.

En realidad —para que todos ustedes entiendan— son muchas cosas y muchas tareas las de un obispo, tantas, pero todas deben estar ancladas en el misterio de Cristo, que las orienta e ilumina.

Para que este ministerio sea, querido hermano, hoy recibes la plenitud del sacramento del Orden, y esa plenitud solo cobra figura y consistencia por la íntima comunión con Cristo, que, lo sabes, es Sumo y Eterno Sacerdote.

Hoy la Iglesia coloca sobre tu cabeza una mitra, como la que tenemos, que no es una corona; y si alguna vez lo fuera, tendrá que ser la corona de espinas de Cristo, que dio su vida por amor.

Pondrás sobre tu pecho esa cruz, ese pectoral que llevamos, para recordarte que el discípulo no es más que el Maestro y que está llamado a entregarlo todo.

Recibirás como pastor el báculo, como lo van a ver. Y ese báculo es signo de la misión de guiar, de animar y, en esta tierra, defender a este pueblo con mansedumbre.

Recibirás el anillo, signo de la alianza que llevamos todos los obispos y signo de la entrega total y fiel a esta Iglesia que el Señor te confía.

Hoy eres el esposo, y esta Iglesia toda que está reunida debe estar feliz de que este desposorio, con esta fidelidad que muestra este anillo, debe llenarnos de esperanza.

Y ocuparás la cátedra, ahora que subas y te sientes, que te recordará la tarea de enseñar y cuidar con cariño y compromiso, de manera continua y profunda, los misterios de nuestra fe, con la exigencia de que ese acompañamiento debe estar respaldado por nuestra propia vida.

Se me ocurre decirle hoy, monseñor Homero, porque intuyo esto, que el ornamento más hermoso de un obispo será el cansancio de las largas jornadas a las que le obligará esta tierra.

Será la escucha del canto esperanzado de las comunidades afrodescendientes.

Será la fe perseverante de tantas familias campesinas.

Será la cercanía de los sacerdotes.

Será la defensa de las víctimas.

Será también el esfuerzo por rescatar a un joven de las armas y devolverle la posibilidad del futuro.

Ese será su ornamento.

Será el rostro de Cristo descubierto una y otra vez en los pobres, al modo de san Vicente, tu santo fundador.

Estamos seguros —estoy seguro, estamos seguros— de que serás padre para todos.

Hoy este obispo no llega como un extraño.

En realidad, no ha llegado a esta tierra un obispo nuevo: ha vuelto un misionero, ahora como obispo.

Vuelve a una tierra cuya lengua y cuyos caminos conoce; a unas comunidades cuya cultura ha aprendido a valorar y respetar; a unos pueblos cuyas heridas y esperanzas ha llevado durante años en el corazón.

Regresa marcado por la experiencia de la misión universal, enriquecido por sus años al servicio de esa Iglesia particular, pero con el mismo corazón vicentino.

Hoy su ministerio tiene el horizonte del mar y la firmeza de las montañas.

Aquí hay un hijo de san Vicente de Paúl. Y eso significa que la vida se entiende solo cuando se entrega; que siempre es necesario leer la realidad para responder sin reparo; que hay que convocar todas las manos que puedan sumar y desafiar todas las voluntades a dar un poco más; que es necesario desacomodarse constantemente para que otros puedan alcanzar algo de dignidad.

San Vicente, usted lo sabe, no se detuvo nunca.

Puso todo al servicio del ser humano más vulnerable que se cruzaba en su camino.

Dejó claro que no podemos tolerar el mal, la pobreza, la indigencia o la ignorancia sin actuar.

Por eso, hoy no dejas de ser misionero vicentino para convertirte en obispo.

La Iglesia te pide que seas obispo precisamente con el corazón de san Vicente.

Él es el que lo ayudó a formar también.

La consagración episcopal no borra un carisma: lo engrandece.

Quiero decirte con afecto, hermano, que en nuestro nuevo y breve encuentro allá en Bogotá pude percibir cuánto has profundizado y comprendido la bella y desafiante tarea de la inculturación de la fe, que no es solo una táctica pastoral.

El Hijo de Dios no salvó a la humanidad desde lejos.

Se hizo carne, nació dentro de un pueblo, aprendió una lengua, habitó una cultura, compartió una historia.

Dios va siempre adelante del misionero.

Nuestra tarea es aprender a reconocer y ayudar a otros a reconocer su presencia en la realidad que tenemos, y mostrar, en las profundas cercanías de la humanidad, a Dios.

Como Provincia Eclesiástica de Popayán estamos muy felices. Cuando usted llega, nos completa.

Nos alegra saber que contamos con un hermano del que tenemos mucho que aprender y que, sin duda, nos ayudará a descubrir nuevas aristas de nuestra tarea evangelizadora como obispos del suroccidente del país, para seguir acompañando este exigente territorio que se nos fue confiado.

Querido hermano: sabes que esta misión evangelizadora es desafiante en muchos sentidos.

Deberás hablar cuando otros quieran imponer silencio.

Deberás acompañar cuando el miedo produzca parálisis.

Deberás denunciar cuando la vida esté amenazada.

Y deberás mantener abierta la puerta de la conversión para quien sinceramente desea abandonar los caminos del mal y quiera comenzar una vida nueva.

La Iglesia ha aprendido a distinguir entre el victimario y la víctima y a mirarlos seriamente, y por eso se atreve a llamar a la reconciliación sin desvanecer la verdad.

El perdón cristiano no elimina la justicia: la purifica para que la venganza o la impunidad no tengan la última palabra.

No será fácil exigir respeto a estos territorios.

Respeto.

No será fácil exigir instituciones íntegras.

No será fácil exigir una economía que no obligue a las familias a escoger entre el hambre y aquello que termina destruyendo su pureza y su dignidad.

Seguramente será una misión a contracorriente de tendencias que no conducen a opciones de vida.

Y, sin embargo, estoy seguro de que no dejarás de recorrer estos caminos llevando la Buena Noticia del Evangelio de la vida, recordando que el ser humano pertenece solo a Dios y que no tiene otros dueños.

Anunciarás una Iglesia que convoca para la vida, la educación, el trabajo, el arte, la comunión, la comunidad y el servicio.

Una Iglesia desde la lógica del amor.

El papa Juan Pablo II presentó al obispo como testigo de la esperanza.

Obispo como testigo de la esperanza.

Este territorio necesita esta esperanza.

Y la verdadera esperanza es siempre activa, está en movimiento, no deja de dar signos, se abre a lo nuevo, se nutre de la certeza de que Cristo ha entrado en la noche y ha resucitado.

Es decir, la Pascua, esta victoria de Cristo, nos recuerda siempre que el mal no tiene la última palabra.

Monseñor Homero, me repito: no será fácil, pero tendrás que ayudar a estas comunidades a descubrir que sus heridas no son la identidad de esta tierra.

Estas comunidades son mucho más que sus dolores y sus dramas.

Tierradentro es historia, cultura, espiritualidad, música, trabajo, resistencia, familia, organización comunitaria.

Tierradentro es un verdadero tesoro.

Su ministerio debe y estará al servicio de la esperanza para ayudar a estas comunidades a reconocer su dignidad y a convertirse en protagonistas de su propio futuro.

La Iglesia que presidirás debe ser casa de comunión entre pueblos distintos.

Que el indígena pueda reconocer en la Iglesia una casa donde su identidad sea respetada.

Que el afrodescendiente encuentre una comunidad donde su memoria, su cultura y su espiritualidad sean acogidas.

Que el mestizo y el campesino sepan que también su historia, su trabajo y sus esfuerzos forman parte del rostro de esta Iglesia de Tierradentro.

El obispo es principio visible de unidad en su Iglesia particular y vínculo de comunión en la Iglesia universal.

Hoy toda la Iglesia está llamada a una gran renovación.

Esta, nuestra Provincia, la Iglesia colombiana y la Iglesia universal están llamadas a una renovación expresada en una palabra que hemos aprendido a pronunciar con renovado énfasis: sinodalidad.

Una Iglesia en la que todos cuentan y participan.

Una Iglesia que construye comunión acogiendo, valorando e integrando las diferencias.

Una Iglesia que escucha.

Una Iglesia que sale de sí misma y se hace Buena Noticia para el mundo.

Una Iglesia en movimiento, que exalta la vida y la dignidad, que impulsa, enseña y aprende a caminar juntos, e invita a todos a hacerlo.

Ya estoy terminando, para que no pierdan la paciencia, que ya la perdieron hace tres horas.

Bien. No dudemos nunca de que una Iglesia sinodal es, por su propia naturaleza, una Iglesia que siembra paz.

Y si sabe cuidar, acompañar y esperar, podrá también recoger los frutos de esa siembra.

La paz que necesita Tierradentro, la paz que necesitan estos territorios, no será fruto únicamente de acuerdos políticos ni de esfuerzos institucionales.

Necesita también una profunda conversión de los corazones.

Si queremos ver paz, esa conversión comienza cuando alguien se atreve a dejar crecer los valores del Evangelio en su propia vida, acuñados en una cultura de paz.

Muy bien, estimadísimo Homero.

Que María, Madre de la Iglesia, venerada con tantos nombres en estas tierras, acompañe siempre tu ministerio.

Que la Virgen de la Asunción, cuya solemnidad hoy celebramos, nos ayude a levantar la mirada hacia nuestra verdadera meta y a contemplar en su gloriosa Asunción la ventana abierta hacia el futuro que Dios nos promete a todos.

Que nos enseñe a vivir con esperanza, entregando toda nuestra vida al servicio del Evangelio.

Que san Vicente de Paúl aliente en ti el corazón de pastor y mantenga vivo el fuego de la caridad misionera, que bien afirmada la tienes según este carisma hermoso que has vivido.

Que los antepasados de estos pueblos, cuya memoria permanece viva en sus comunidades, inspiren el respeto y la valoración de cada cultura en este territorio.

Y que el Espíritu Santo, que hoy te consagra, haga de ti el obispo que esta comunidad necesita.

Y, querida comunidad: quieran a su obispo, acompañen y apoyen a su obispo y protéjanlo.

Monseñor Homero, bienvenido, hermano de corazón misionero, a este servicio enorme.

Ahora sí, ¡el aplauso para el novio!

Muchas gracias.

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