A LUISA DE MARILLAC
¡Mi querido hermano, cuántos motivos tenemos para temblar usted y yo, al saber que es maldito todo aquel que realiza con negligencia al obra de Dios! ¡Dios míos, qué buena lección nos das por medio de los labradores del campo, de los artesanos de las ciudades y de los soldados que van a la guerra! Trabajan sin cesar y sufren mucho por cosas que han de perecer con ellos; y nosotros, para salvarnos, para que Dios sea honrado…