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las cosas podían haber tenido sus comodidades, pero que sin embargo sufrieron muchas incomodidades durante todo el tiempo que estuvieron en la tierra, empezando desde el día de su nacimiento. También he pensado que no haya un camino más seguro para ir al cielo, ya que los apóstoles y todos los santos pasaron por él, y que, para purificar el alma, hay que donar el cuerpo. He tenido mucha confusión al verme tan po^o inclinada a la práctica…
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He resuelto, mediante la gracia de Dios, trabajar en deshacerme de este gran defecto, no mirar más que a Dios en todo y unirme fuertemente a él, pensando en los sufrimientos de nuestro Señor durante su vida y en la cruz, y teniendo en cuenta a la santísima Virgen. — ¿Y usted, hermana? — Padre, he considerado que el día en que abandonó el seno de su Padre, el Hijo de Dios dejó también sus delicias para sujetarse…
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Por lo que atañe a las satisfacciones del espíritu, he pensado que podemos ofender a Dios con nuestras pequeñas envidias; por ejemplo, si creemos que nuestros superiores se preocupan más de las demás que de nosotras, si tenemos apego a nuestro confesor, o si tuviésemos alguna devoción particular contra la voluntad de Dios. He tomado la resolución de vigilar cuidadosamente sobre mi misma, de no tener estos pensamientos y deseos en mi corazón y de abandonarme por entero…
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Otra hermana dijo: Padre, una razón para deshacerme del amor a mi misma, es que cada vez me apega más a mi propia voluntad y me impide hacer la de Dios. Estos apegos nos impiden muchas veces seguir nuestras reglas y comprender la felicidad que tenemos de ser llamadas por Dios par,a este género de vida. He tomado la resolución, cuando sienta ganas de tratarme con delicadeza, de animarme a no hacer nada de eso, por amor de…
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más que la voluntad de Dios, y contentarme con lo que se me de para comer, vestir, y todo lo demás. Dios me conceda la gracia de cumplir perfectamente las resoluciones que me ha dado su bondad. Otra hermana dijo: — Una razón para librarnos de nuestros afectos es que el amor propio, al tener nuestro espíritu demasiado ocupado en las cosas que deseamos, lo separa del pensamiento de Dios, nuestro creador y nuestro bienhechor, e impide en…
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Este ejemplo me enseña a sacrificarme también yo, pobre y desdichada criatura, que no soy más que vicio e imperfección, si quiero participar de su santo amor y de los méritos de sus sufrimientos, para gozar algún día de su gloria. Sobre el segundo punto, he pensado que nuestros apegos espirituales nos hacen ofender a Dios. La sequedad y la aridez nos desaniman y nos hacen descuidar y omitir nuestros ejercicios; cuando nuestros superiores nos amonestan caritativamente de…
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afectos perjudiciales a nuestra perfección, uno espiritual y otro corporal. De estos dos afectos tenemos mucho interés en librarnos: nos impiden obrar por la gloria de Dios y su amor, y aprovecharnos de los consejos de las personas que pueden ayudarnos en nuestro progreso, cuando no son de nuestro gusto. Además, hemos de temer encontrar en esas sensiblerías la recompensa de lo que podamos haber hecho, en vez de esperarla de Dios por la liberalidad de su amor.…
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Por lo que a mi se refiere, por la costumbre inveterada que tengo a estos afectos por mi propio cuerpo, cometo muchas faltas, desedifico a mis compañeras y doy mal ejemplo a toda la Compañía. Para deshacerme de estos afectos, mediante la gracia de Dios, tengo muchos deseos de honrar la forma de vivir del Hijo de Dios que, por hacer la voluntad de Dios su Padre, no tenía ningún apego a las criaturas, ni excesiva preocupación por…
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Nuestro bienaventurado Padre el 168
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obispo de Ginebra tenía este tema en gran estima; decía que estos afectos y satisfacciones no son más que amor propio. Pues bien, el amor propio produce estos deseos de afecto a nosotros mismos de dos maneras: una corporal y otra espiritual. La primera, como dice la meditación, se refiere a los vestidos, al alimento y a los cargos; la segunda consiste en amar los propios pensamientos y sentimientos. Pues bien, hermanas mías, este tema interesa especialmente a…
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En otro pasaje dice nuestro Señor: «El que no se odia a sí mismo, no puede ser mi discípulo» 3 y también: «El que no odia a su padre y a su madre, a sus hermanos y hermanas, no es digno de ser hijo de Dios» 4; esto es, hijas mías, que hay que odiarlos cuando nos impidan dejarlo todo, para poder seguirle. Y también nos lo dice san Pablo. Hijas mías, por tanto, hay que morir a…
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otra sería mucho más indicada». Y así con todo lo que se hace en las Caridades. Hijas mías, ¡qué desgracia si esto llegase a arraigar en vuestra Compañía! Guardaos mucho de ello, y Dios no lo quiera permitir. Eso por lo que se refiere al primer punto, que es el de deshacernos de los efectos a las buenas satisfacciones que se pueden tener en el vestido, y del placer que la carne y la sangre quisieran tener en…