A LUlSA DE MARILLAC
¡Dios mío, señorita! ¡Qué bueno es ser hijo de Dios, ya que El ama todavía más tiernamente a los que tienen la dicha de serlo, que lo que usted quiere al suyo, aunque usted tenga con él mayor ternura que cualquier otra madre con sus hijos! ¡Bien! Ya hablaremos de ello a su regreso. Sin embargo, confíe plenamente en que aquélla a la que Nuestro Señor ha dado tanta caridad para con los hijos de otros, merecerá que…